¿Podemos soportar la verdad?
Quizá recuerden una película de 1992 llamada A few good men, estrenada en España como “Algunos hombres buenos”. El argumento gira en torno al juicio contra dos marines estadounidenses acusados de matar a otro soldado. En el momento culminante de la historia, el abogado de los acusados, el teniente Daniel Allister Kafee (Tom Cruise) interroga en el estrado al coronel Nathan R. Jessup (Jack Nicholson), jefe de la unidad donde ocurrió el asesinato.
El teniente Kafee le exige al coronel Jessup que diga la verdad. Según el guion, Jessup debía responder: “¡Ya tiene usted la verdad!”. Pero los grandes actores no son grandes por casualidad. Sin avisar a nadie, Jack Nicholson decidió cambiar la frase que tenía asignada. Y lo que gritó Jessup-Nicholson fue: “You can´t handle the truth!”. En español, “¡Usted no puede soportar la verdad!”. Ese momento define la película. Y le valió a Jack Nicholson una nominación al Óscar.
Muchos nos hemos pasado la vida reclamando la verdad. La cuestión es: ¿podemos soportar la verdad?
Últimamente, el mundo parece iluminado por una luz más cruda. Lo que solía entreverse o intuirse, el trasfondo de la realidad, aparece ahora con sus formas bien definidas. Ya no hay disimulos ni explicaciones tan condescendientes como falsas. Tenemos la verdad ante nuestros ojos.
No se trata solamente de Donald Trump, aunque el presidente de los Estados Unidos sea el principal iluminador del nuevo mundo descarnado. Gracias a él sabemos hasta qué punto la guerra es un gran negocio. Resulta fascinante el espectáculo de su manipulación de los mercados y de sus falsas noticias sobre la guerra, gracias a la cual se enriquecen tanto él como su familia y sus próximos practicando con el mayor descaro el “insider trading”.
Trump nos exhibe cómo se deciden realmente las agresiones imperialistas, cómo funciona el nepotismo, cómo se engaña a los ciudadanos y hasta qué punto los ciudadanos aceptan el engaño, e incluso lo disfrutan.
Y ahí tienen al régimen iraní de los ayatolás: por si quedaban dudas sobre su brutalidad represiva, está aprovechando la guerra, como hizo en las anteriores agresiones israelíes, para acelerar el ritmo de los asesinatos, ejecuciones y encarcelamientos.
¿Queríamos saber cuál era exactamente la relación de la OTAN con Estados Unidos? Pues ahora podemos ver, sin velos ni disimulos, el celo con que su secretario general, Mark Rutte, lame exhaustivamente el culo de Trump en cuanto le dan ocasión.
¿Teníamos alguna duda sobre la bajeza con que la industria del fútbol mezcla negocio y política? Consideremos en su justa medida el premio FIFA de la Paz que el presidente de esa organización, Gianni Infantino, inventó para complacer al energúmeno belicista de Washington.
La nueva luz lo baña todo. ¿Sospechábamos que el cinismo es consustancial a la política? Recuerden a Pedro Sánchez diciendo que José Luis Ábalos (su compañero de Peugeot, su secretario de Organización, su ministro) era para él “un gran desconocido”. Por no hablar de sus cartas a la ciudadanía y sus teatreras reflexiones sobre si debía o no dejar la presidencia por amor, purísimo amor conyugal.
¿Temíamos que el PP fuera capaz de proferir cualquier mentira y difundir cualquier bulo con tal de erosionar al Gobierno? ¿Temíamos que el PP se abrazara a la extrema derecha sin el menor escrúpulo? Ya no hay que temer nada: no cabe sino lamentar la realidad que se despliega ante nuestros ojos.
¿Corrupción en el PP madrileño? ¿Negocios del hermanísimo de Isabel Ayuso durante la pandemia? ¿Privatización de la sanidad con grandes dividendos para el novio de la presidenta? Hubo un presidente del PP, Pablo Casado, que se atrevió a criticar el latrocinio sistemático. Ya saben lo que ocurrió: Casado demostró ser un infeliz incapaz de soportar la verdad.
Parecía obvio que Vox era una nueva versión del timo de la estampita. Y sí, lo es. Decenas de antiguos dirigentes lo reconocen. Y Santiago Abascal casi presume públicamente de ello, sin que millones de ciudadanos dejen de comprarle “estampitas”.
Quienes recelaban de la justicia pueden quedarse tranquilos: tenían razón. Basta con mentar al juez Juan Carlos Peinado (o con seguir el juicio del “caso Gürtel”, sobre el que sobrevuela aquel misterioso “M. Rajoy”) para cerrar cualquier debate sobre el asunto.
Ah, y la izquierda española. Sí, en efecto: es un magma de sectas y egos. Realmente, no hacía falta tanta luz para verificarlo.
Para qué seguir.
Ahora nos toca soportar la verdad. Es el primer paso para, quizá, intentar cambiarla un poquito.
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