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Por qué Trump no llega ni a la suela de los zapatos de Hitler como el malo de la película

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en la sala de prensa de la Casa Blanca, el 6 de abril de 2026, en Washington D. C., Estados Unidos.
10 de abril de 2026 22:21 h

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En las películas de James Bond hay siempre un momento de tensión insoportable que, bien mirado, es el momento más realista de toda la historia, a saber: el malo tiene a Bond atado a una plancha de acero, un láser empieza a subir por el muslo amenazando con partirlo en dos y, en lugar de apretar el botón y terminar el trabajo, el tipo se sirve un Dry Martini y se pone a hablar. Necesita que el héroe, y el espectador, entienda su biografía. Necesita una coartada moral para dejar de ser un simple villano y erigirse como un hombre con un destino. Esa explicación, ese discurso, es su armadura; sin un relato que lo sostenga, el villano es solo un señor ridículo en una isla privada. Porque hay una máxima en el ser humano que consiste en que nadie, absolutamente nadie, es malo a los ojos de sí mismo. Incluso cuando la maldad se autorreconoce, normalmente cuando se echa la vista atrás a las acciones del pasado, siempre hay una explicación que justifique el mal causado o que lo maquille como un mal necesario. Pero no hay males necesarios; el mal es el mal, y punto.

El mejor ejemplo que podemos encontrar, echando un vistazo al mundo, es el de Benjamín Netanyahu; su narrativa, el relato israelí, es una historia que parte de un trauma como mito fundacional de un país y que se justifica a partir de los remanentes de ese odio, del antisemitismo, que representan, dicen ellos, una amenaza existencial para su Estado. La justificación sionista, en realidad, no tiene que funcionar demasiado más allá de las fronteras de la propia Israel, basta con que sirva para que no haya una respuesta contundente de la comunidad internacional contra sus crímenes, normalmente a base de insuflar dinero a periodistas, políticos y medios de comunicación. Pero hasta los sionistas tienen un relato que andamie la barbarie que representan.

Estados Unidos ha hecho del cine, la televisión y la literatura su principal baza argumental, sobre todo para cimentar a posteriori aquello de que la realidad siempre supera a la ficción. No hay nada que no pase primero por el filtro de Hollywood para que el mundo sepa cómo debe interpretarse. Pero Estados Unidos, sin embargo, no ha tenido opciones de terminar de armar el suyo en esta última década porque el jefe de guionistas se ha vuelto loco. A un villano se le compra la crueldad; incluso se le compra la locura. Pero jamás se le compra que tome al espectador por idiota. El problema de Trump no es que sea el malo de la película; es que ha cometido el pecado que ni el más psicópata de los enemigos de Ian Fleming se permitiría: traicionar la coherencia del personaje. Para que el discurso del láser funcione, tienes que creerte lo que estás diciendo. Y Trump no se cree nada porque intenta decirlo todo al mismo tiempo.

Ha agotado sus narrativas por pura bulimia. Ha querido ser tantas cosas a la vez, y todas contradictorias, que ha terminado por vaciar el personaje. No puedes ser el guardián de la ley y el orden mientras jaleas a una turba para que asalte el Capitolio, y no puedes ser el multimillonario alfa que desprecia a los débiles y pasarte el día lloriqueando por las esquinas de internet porque los demás países son muy malos contigo. La narrativa funciona comprando la lealtad del espectador, y la lealtad, en el amor y en la política, se basa en saber a qué atenerse.

Un villano con una buena historia puede conquistar un imperio. Hitler acudiendo a la humillación de Versalles o Stalin sacrificando a su propio hijo con aquello de “no cambiaré a un mariscal por un teniente” son buena prueba de ello. Un villano que se contradice cada mañana solo conquista el silencio de los que antes le aplaudían. Se queda solo porque ya no hay relato que lo sostenga, solo un eco de sí mismo rebotando en las paredes de una mansión en Florida donde ya no entra aire fresco. 

Trump ha descubierto que la forma más rápida de que te dejen de escuchar no es ser malo, sino ser incoherente. Estamos viviendo el momento más singular de todos los tiempos: cuando el malo amenaza con acabar con todo y con todos y nada ni nadie se lo toma en serio porque ya no tiene credibilidad, ni motivos.

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