El valle del olvido

El Valle de los Caídos

El Valle de los Caídos tiene el nombre mal puesto. Debería llamarse El Valle del Olvido. Con la única y dolorosa excepción de los familiares, obligados a arrastrase de juzgado en juzgado y portando fotocopias de las fotografías de sus seres queridos para que nadie les olvide, todos los demás hemos preferido olvidar. Si realmente se honrará allí a los muertos como manda la Santa madre Iglesia hace décadas que esa fosa estaría abierta y los muertos descansarían en paz.

Se ha olvidado la Iglesia católica de sus más elementales deberes de consuelo y alivio a los afligidos, eligiendo predicar la palabra del régimen antes que la palabra de Dios. El cruel y escasamente piadoso prior del Valle de los Caídos avergüenza a cualquier cristiano. Su permanencia supone un escándalo para una Iglesia española que nunca tiene reparos en meterse política, excepto cuando se trata de consolar y ayudar a las familias de las víctimas de la guerra civil.

Se ha olvidado el Estado, gobernado por los populares y por los socialistas, escondiéndose detrás de un convenio de los años 50 que podría anularse mañana mismo por ilegitimo. Hace décadas que el Valle de los Caídos debería haber sido revertido al patrimonio público y debería ser administrado por el Estado. A la derecha le ha faltado generosidad y a la izquierda le ha faltado compromiso. Sin escusas, sin coartadas, sin esconderse tras unos técnicos de patrimonio que, tal vez, deberían platearse tomar unos cursillos de empatía; por lo menos los que acudieron el lunes a iniciar las exhumaciones.

También nos hemos olvidado muchos de nosotros, eso que llamamos “sociedad civil”. Hemos confundido mirar hacia delante y pensar en el futuro con el olvido. Y los pueblos que olvidan su historia están irremisiblemente condenados a repetirla. En plena Guerra civil al padrino de mi abuelo, Arximiro Rico Trabada, maestro y republicano, lo mataron en Monte Cubeiro. Contra las expresas instrucciones de quienes ya ganaban la guerra fue a buscar su cadáver con un carro y un caballo su primo falangista, Xosé, quien no paró hasta darle el entierro que merecía. Memoria y respeto. Ya va siendo hora de que lo aprendamos.

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Publicado el
24 de abril de 2018 - 20:36 h

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