Por dónde viene 2022

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

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Sostiene el Señor Spock que, en los momentos críticos, los seres humanos tienden a ver aquello que quieren ver. En el momento más crítico de la sexta ola, Pedro Sánchez se refugia en los porcentajes de vacunación y confía que el sentido común de todos los demás le remate un trabajo que tal vez debería haber acabado personalmente. En el momento seguramente más crítico para su liderazgo entre la derecha, Pablo Casado se muestra completamente seguro de ser testigo de todas las señales que anuncian un cambio de ciclo que arranca en el año que acabamos de estrenar. 

Mientras en la Moncloa suenan las trompetas y dan por cumplido el 50% de su programa por los mismos cálculos que podrían dar por cumplido el 60% o el 80%, en Génova parece haberse instalado la tesis de no permitir que la realidad les estropee una buena encuesta. Pero la realidad acostumbra a mostrarse tozuda. El Gobierno Frankenstein no solo no se descompone, sino que aprueba sus segundos presupuestos con una mayoría aún más amplia, pacta la reforma laboral con sindicatos y patronal cuando ya se anunciaba la catástrofe, saca adelante otra reforma de las pensiones y España se convierte en el primer Estado en recibir los famosos fondos Next Generation, otra marca continental a añadir al liderazgo reconocido en vacunación, la mayor certeza que nos queda frente a la pandemia. 

Donde cualquier persona sensata podría apreciar ciertos signos de estabilidad y normalidad que hemos echado de menos durante esta última década excepcional que nos ha tocado padecer, Pablo Casado únicamente ve presagios aterradores de un futuro tan pavoroso como sobrecogedor, donde España no solo se rompe, sino que quiebra, se muere de hambre y frío, sus niños son asaltados impunemente en las calles o caen en voraces redes de depredadores sexuales y los castellanoparlantes deambulan por su barrio con una Ñ tatuada en la frente.

El tiempo dirá. De momento, 2022 no ha arrancado como siempre. Lo normal en la política española, cuando gobierna la izquierda, es que la derecha concentre disciplinadamente todos sus esfuerzos y energías en provocar un cambio de gobierno, mientras la izquierda se dispersa y se distrae, consumiendo unos recursos siempre escasos en debates y dilemas que casi nadie recuerda pasados unos meses; aún menos cuando la derecha retorna al poder. 

Pero este año nuevo comienza justo al revés. La izquierda bastante más concentrada de lo habitual en gobernar, procurando meter la pata lo menos posible y bajar el nivel de ruido, mientras la derecha se dispersa en anunciar el fin de los días y en una pelea por el liderazgo que nadie sabe muy bien cómo terminar, porque nadie en su sano juicio en el PP asume siquiera plantearse ahora un cambio de candidato que es, precisamente, aquello que anhela una Díaz Ayuso cada día más convencida de que no tiene por qué dejar pasar este turno. 

Cuesta encontrar en su historia un PP tan alejado de ese centro político que necesita ocupar para ganar y gobernar, con un camino tan difícil y repleto de obstáculos para hacer el camino de vuelta hasta allí: en guerra fría con la patronal por pactar con el gobierno rojosatánico, encabronado con el Papa por comunista y feminista, empujado a echarse con Vox al monte ideológico y dialéctico y con bastantes opciones de verse obligado a compartir el gobierno con la extrema derecha tras unas elecciones —Castilla y León y seguramente Andalucía— que habría forzado para ganar por goleada. La izquierda sabrá si aprovecha la oportunidad o se suma al desparrame. 

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