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Hablando de trenes

Roger Deulofeu

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En el año 1848 se inauguraba el primer tramo ferroviario de España. Medía 30 kilómetros y unía Barcelona con Mataró. La gente estaba eufórica: se auguraba un prometedor futuro para los transportes públicos. Eran muy conscientes de que unas buenas comunicaciones entre pueblos y ciudades serían la base para la construcción de un país avanzado.

Debieron imaginar un 2026 con coches y trenes voladores, con una puntualidad de reloj atómico. Nada más lejos de la realidad.

Han pasado 178 años. Tenemos televisores en color, ordenadores en el bolsillo, hemos llegado a la Luna, hemos descifrado la física cuántica y desarrollado la inteligencia artificial. Son tantos los avances de la humanidad que cuesta entender la decadencia de nuestra red ferroviaria. Sobre todo la de los trenes más esenciales: los que llevan a la gente a casa, al trabajo o a ver a la familia.

Como demostró Einstein, el tiempo es relativo. Para los políticos que hace años que deberían haber puesto manos a la obra, el tiempo se estira infinitamente. Pero para los usuarios de Renfe —y para todos aquellos que empatizamos con ellos— el tiempo de la paciencia está acabando.