La pedagogía de la amnesia
Cada vez que los gobiernos del PP y Vox exigen neutralidad ideológica a la cultura me pregunto qué quieren que dejemos de ver. Qué historias consideran prescindibles, qué víctimas resultan incómodas y qué preguntas preferirían que no llegáramos a formular. Porque decidir qué puede representarse en un escenario también interviene en nuestra manera de comprender la sociedad. Y quienes toman esas decisiones tienen una ideología, aunque pretendan reservar esa palabra para los demás.
Y me lo pregunto a raíz de la cancelación en Valladolid de Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva, de la compañía Proyecto 43-2. Así como la defensa que hace el consejero de cultura (perteneciente a VOX en el gobierno autonómico de coalición con el PP) de la “neutralidad ideológica” para impedir que los fondos públicos alimenten la batalla cultural de la izquierda. Algo concretado en dos órdenes que vetan las ayudas al cine en esta comunidad para películas “que impliquen adoctrinamiento ideológico”. Frente a esto, un parapetado PP defiende las medidas como garantistas de la “libertad y la calidad artística”. Se presenta como imparcial una intervención dirigida contra un adversario político. Si lo extendemos a la coincidente cancelación de la obra de teatro, nos podemos preguntar ¿Quién decide que recordar la represión franquista y preguntar por los desaparecidos es adoctrinar?
Ambos partidos mantienen, con trayectorias distintas, vínculos con el legado franquista. Su manera de afrontar ese pasado se expresa en las políticas con las que cuestionan la memoria democrática y una cultura que representa y da voz a las víctimas del franquismo. La cultura se convierte así en uno de los ámbitos de intervención de la coalición, junto con la sustitución de las leyes de memoria democrática por las llamadas leyes de concordia. En ambas políticas se invoca la libertad, la neutralidad y la imparcialidad para justificar decisiones que contribuyen a borrar la memoria incómoda y excluir de la financiación pública a proyectos culturales por su falta de afinidad ideológica. Poco hay de neutral y democrático en esta estrategia, que termina reproduciendo aquello que las mencionadas órdenes dicen combatir: “adoctrinamiento ideológico, propaganda partidista o apoyo expreso a opciones políticas concretas”.
Estamos ante políticas con una pretensión reeducadora. Enseñan qué debemos recordar y qué reclamaciones conviene abandonar. Cuando el recuerdo se asocia al enfrentamiento y la crítica al adoctrinamiento, se acostumbra a la sociedad a desconfiar de quienes preguntan. Quien exige encontrar a un desaparecido acaba teniendo que justificar su insistencia. Quien deja sin respuesta esa demanda puede presentarse como defensor de la convivencia.
La reeducación opera también mediante las ausencias. Una obra retirada deja de encontrarse con su público. Un autor excluido pierde presencia en el espacio compartido. La marginación puede alcanzar al propio Lorca y a su creación, además de a la memoria de su asesinato. Y otras compañías reciben una advertencia sobre los asuntos que pueden dificultar una contratación o una ayuda. La incertidumbre favorece la autocensura y reduce lo que finalmente llega a los escenarios.
Es una propagación de la amnesia y de la ceguera. La amnesia debilita el conocimiento de las causas históricas de las injusticias, y la ceguera dificulta reconocer sus consecuencias presentes. Sin comprender la relación entre esas causas históricas y sus consecuencias presentes, la sociedad pierde herramientas críticas para identificar la discriminación, discutir las responsabilidades y exigir que los derechos se hagan efectivos. Por eso defender la libertad cultural afecta también al público. Tenemos derecho a conocer relatos distintos, contrastarlos y discutirlos, incluidas obras que incomoden nuestras convicciones.
Resulta difícil no recordar aquí La Barraca, el teatro universitario con el que Lorca y sus compañeros llevaron los clásicos a pueblos donde buena parte de la población apenas tenía acceso a ellos. También aquel proyecto de democratización cultural sufrió la hostilidad de sectores de la derecha y los recortes de los gobiernos conservadores durante la II República. La guerra acabó por desarticular aquella experiencia. Hoy las circunstancias y los instrumentos son distintos, pero conviene preguntarse qué ocurre cuando se vuelve a convertir en sospechosa una cultura que amplía nuestra capacidad de conocer y cuestionar.
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