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OPINIÓN | '¿En nombre de qué España hablan?' Por Esther Palomera
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Los tres cubitos y la bolita del trilero


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A la muerte del dictador había tres opciones.

Una de ellas, la oficial del régimen, era el inmovilismo del bunker, que todo siguiera igual, atado y bien atado, eran los nostálgicos, seguramente los únicos que se creían aquello del nacionalcatolicismo con su pensamiento y partido único y con sus políticas sociales basadas en la caridad cristiana, en la bondad de los curas para cuidar de su rebaño, en la justicia de los tribunales y las fuerzas del orden para llevar al redil a las ovejas descarriadas y en la paternidad de los patrones para cuidar de sus inocentes y dóciles hijos trabajadores dentro de los sindicatos verticales protegidos por los omnipresentes yugos y flechas, los simbólicos y los reales.

Otra opción, que también era del régimen, era la que se identificaba con la Reforma, la de los que sabían que en nuestro ámbito geoestratégico había pasado la hora del totalitarismo y sabían que para los negocios les vendría muy bien un régimen homologado por las democracias liberales de occidente, estos querían reformar lo justo para que les admitieran en tan selecto club pero conservando el máximo de privilegios de clase, de familias y de clan.

Por último, estaba el que preconizaba la Ruptura, este era el único coherente, consideraba que no se puede pasar de la ley de la dictadura a la ley de la democracia sin dar saltos malabares con la vergüenza y la dignidad. En esta opción estaban desde la oposición antifranquista del PCE hasta miembros del Opus Dei pasando por los seguidores monárquicos de Don Juan de Borbón, básicamente se organizaron en la Junta Democrática que llamaban a la Ruptura Democrática, por otro lado estaba el PSOE y la UGT con diversos grupos demócrata cristianos y socialdemócratas junto a diversos movimientos nacionalistas vascos y catalanes y algunos partidos marxistas de la famosa sopa de letras, todos ellos unidos en la Plataforma Democrática y más proclives al pacto. Ambos grupos se fusionaron para negociar con el gobierno de Adolfo Suarez formando lo que popularmente se conoció como “Platajunta”

En la segunda opción estaban todos los hombres de la dictadura que después han sido los prohombres que han pasado a la historia como los grandes artífices de la Transición, el rey Juan Carlos I, el presidente Suarez y sus promotores, estos tomaron el poder y con ese as en la manga invitaron a los de la Platajunta para organizar el modelo político que nos llevaría a donde ellos querían ir, a la homologación con las democracias occidentales. Además del poder tenían el recurso permanente al ruido de sables provenientes de la primera opción para asustar a los de la tercera opción, estos cedieron y cedieron y siguieron cediendo, se olvidaron de la Ruptura y aceptaron la Reforma y todo lo que eso significaba.

El pueblo mientras tanto reclamaba sonoramente en las calles Amnistía y Libertad, le dieron una amnistía en la que no solo se incluía a los antifranquistas, que era lo que se pedía, de paso colaron en la ley a los asesinos y torturadores como Billy el Niño, se hizo vista gorda a jueces y policías que eran manifiestamente antidemocráticos y en definitiva no hubo purgas, es más, se siguieron dando medallas a muchos franquistas reconocidos.

Con estas piezas se construyó la democracia española del 78. Siguieron en su sitio todos los servidores públicos del Estado y como es evidente los había de todos los colores aunque a nadie se le escapa que predominaba el azul, por selección, por nepotismo, por recomendación y por formación en las escuelas, institutos y universidades.

La gran mayoría de los altos mandos de todas las instituciones que no dependían de procesos electorales, siguieron en sus puestos, es decir, el poder militar, el poder judicial, la policía y en general todos los altos mandos de todos los ministerios salvo los cargos de libre designación seguían siendo los mismos.

El cesto de la democracia se fabricó con todos estos mimbres, no es raro que haga agua por demasiados sitios.

La bolita del trilero estaba donde tenía que estar.

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