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¿Déjà vu a la Peruana? Reflexiones hacia la segunda vuelta del 7 de junio

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En pocos días los peruanos volverán a las urnas para resolver, una vez más en segunda vuelta, quién ocupará la Casa de Pizarro. La contienda enfrenta a Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y a Roberto Sánchez (Juntos por el Perú), los dos candidatos que encabezaron una primera vuelta tan fragmentada como las anteriores. Fujimori afronta su cuarto intento por la presidencia luego de tres derrotas consecutivas en balotaje, aunque con resultados cada vez más ajustados. Es la heredera natural del fujimorismo, no solo por ser hija del último gobernante autoritario del siglo XX peruano (1990-2000) sino porque reivindica abiertamente ese legado.[1] Sánchez, a su vez, pretende ser el heredero de Pedro Castillo (2021-2022),[2] el expresidente encarcelado tras su intento de cerrar el Congreso, pero percibido por amplios sectores de la población como alguien que debió hacerlo.[3]

La elección guarda reminiscencias del 2021, cuando Castillo y Fujimori alcanzaron los primeros lugares en la primera vuelta con menos del 20% de votos cada uno y el resto de votos se desperdigó entre casi una veintena de candidaturas aún más ínfimas. Sin embargo, también hay diferencias que invitan a esperar un escenario distinto al de hace cinco años. A partir del desempeño histórico del fujimorismo y de sus principales contendientes, en esta nota describimos las continuidades y las rupturas del mapa electoral peruano e identificamos los votos que aún permanecen en disputa.

La pregunta que ordena nuestro análisis es la siguiente: ¿qué clivaje prevalecerá el 7 de junio, el de izquierda/derecha o el de fujimorismo/antifujimorismo? Sostenemos que si predomina el primero, la balanza tendería a inclinarse hacia Fujimori; si predomina el segundo, el beneficiado será Sánchez.

Comportamiento electoral peruano

En las últimas cuatro elecciones presidenciales (2011, 2016, 2021 y 2026) una enorme variedad de sellos partidarios y de nombres compitieron entre sí con una única certeza: la principal aspirante a un balotaje sería Keiko Fujimori. Por eso el naranja de Fuerza Popular es el único color constante en los cuatro mapas del gráfico siguiente.

Estos colores distribuidos a lo largo del territorio se entienden mejor si dividimos el país en cuatro grandes zonas: la costa, el sur, el oriente y el centro. Así, puede verse que hay áreas más estables que otras. La costa, que abarca gran parte del litoral, apostó en los últimos quince años por el fujimorismo, fuerza identificada con la defensa del modelo económico neoliberal consagrado en la Constitución de 1993. El sur, en cambio, respaldó de manera consistente a candidaturas de izquierda que se opusieron a ese mismo modelo: Gana Perú (2011), el Frente Amplio (2016), Perú Libre (2021) y Juntos por el Perú (2026) son expresiones de esa tendencia.

El oriente y el centro, por el contrario, muestran patrones más volátiles. El oriente (que agrupa regiones como Loreto, San Martín, Ucayali y Madre de Dios y alberga a la mayoría de los pueblos amazónicos, como los shipibo-conibo y los awajún) se inclinó en general por Fuerza Popular, aunque con intensidades variables. Tras un 2011 repartido entre Perú Posible, Gana Perú y Fuerza Popular, Fujimori se fortaleció en 2016 y tiñó de naranja casi toda la región. En 2021 y 2026 retuvo una parte importante de esos votos, aunque ya no en todos los distritos. El centro, salvo en las exitosas elecciones de Keiko en 2016, fue siempre una región disputada e incluso inclinada hacia sus contrincantes.

Lima Metropolitana, el bastión y el talón de Aquiles

Para entender la competitividad de Fujimori conviene poner el foco en Lima Metropolitana, que reúne a cerca de un tercio de la población peruana (más de diez millones de habitantes) en un área algo mayor que el Gran Ducado de Luxemburgo.

Como muestra el siguiente conjunto de mapas, el electorado limeño es fundamentalmente de derecha. Al tratarse del área que concentra la mayor parte de la riqueza del país, resulta previsible que sus electores defiendan el modelo vigente. Pero Lima es, además, una ciudad profundamente desigual que se refleja en los distintos “tipos” de derecha que conviven en ella. Los distritos menos acaudalados han respaldado históricamente al fujimorismo, mientras que los más ricos (situados en el centro de la ciudad) optaron por candidaturas de derecha liberal que tomaron distancia, al menos en el discurso, del autoritarismo fujimorista. Esta lógica se confirma en 2026: Renovación Popular, de Rafael López-Aliaga, fue la fuerza más votada en Lima Metropolitana (20,68%) por delante de la propia Fuerza Popular (17,41%).

Ese bastión de la derecha es, al mismo tiempo, el talón de Aquiles de la izquierda. La siguiente tabla lo pone en evidencia: Sánchez fue, por amplio margen, el candidato menos votado entre las fuerzas relevantes de Lima Metropolitana (2,83%) y Castillo también tuvo allí un desempeño pobre en el 2021 (7,29%). Del mismo modo, vale la pena reparar en lo ocurrido en el balotaje de 2021: aunque Castillo trepó del 7,29% al 34,32%, un crecimiento del 27%, quedó bastante lejos del incremento de 52% (del 14% al 66%) que obtuvo Fujimori.

El voto en el extranjero muestra patrones similares a los de Lima Metropolitana. Los candidatos más atractivos en las primeras vueltas del 2021 y del 2026 fueron López-Aliaga y Fujimori, mientras que los candidatos de izquierda no pasaban del 8%. Y, de igual manera, la capacidad de ganar más votos en la segunda vuelta fue más alta para Keiko Fujimori. En el 2021, Fujimori pasó del 14% al 66% en segunda vuelta, mientras que Perú Libre pasó de un 7% a un 34%. La brecha en la primera vuelta se incrementó en 2026: Fujimori obtuvo un 17%, mientras que Sánchez no alcanzó el 3%.

La segunda vuelta: votos en disputa

Las tendencias muestran una gran división territorial que se mantiene estable a lo largo de los años y que mantiene bastante parejos a los contendientes de la segunda vuelta. En ese sentido, la clave está en atraer a todos aquellos votantes que en primera vuelta no apoyaron a ninguna de las dos fuerzas que protagonizarán la próxima contienda.

En primer lugar, la participación electoral introduce una incógnita considerable. Luego de las elecciones de 2016, se inaugura un período de fuerte inestabilidad institucional y la participación se ha visto reducida año tras año (pese a que en el Perú el voto es obligatorio bajo pena de multa económica). Como se muestra en la tabla siguiente, esta se ha reducido en más del 10% en los últimos 15 años.

De modo similar, los votos nulos y en blanco se mantienen alrededor del 15% aunque estos suelen reducirse considerablemente para la segunda vuelta. Por ejemplo, en el 2021 más de 2 millones de electores se decidieron por alguna de las dos opciones. Cabría esperar el mismo comportamiento este fin de semana.

En segundo lugar, están los casi 12 millones de votos que en primera vuelta quedaron en manos de las otras 33 candidaturas presidenciales. Si nos guiáramos por las orientaciones ideológicas, Keiko Fujimori tendría mayor ventaja pues el electorado peruano, en su mayoría, se identifica a sí mismo como de derecha.[1] Así, los votantes de Rafael López-Aliaga (11.9%) y de Carlos Álvarez (7.9%) deberían orientarse “naturalmente” hacia Keiko; mientras que los de Ricardo Belmont (10.2%) y López-Chau (7.3%) hacia Sánchez. Sin embargo, el alineamiento no surge de forma natural porque muchos electores no se sienten representados por dichas candidaturas y el surgimiento de campañas por el voto en blanco por parte de algunos ex-candidatos[2] dejan más grande la incógnita de qué agrupación será capaz de atraer a más votantes.

Por otro lado, la lectura ideológica para el Perú es insuficiente, pues lo que ha decidido los resultados de los últimos años ha sido el “antifujimorismo”, una anti-identidad basada en la oposición a lo que representa el gobierno autoritario de Alberto Fujimori. A ello se debe, en buena medida, que Keiko no ganara las últimas contiendas electorales. El antifujimorismo se suele organizar en momentos clave de las competencias electorales. De hecho, en los últimos días al ver que Fujimori lidera las encuestas, se han organizado manifestaciones en la capital.[3]

Como último ejercicio, entonces, nos queda observar la capacidad de los competidores para mantener bastiones electorales que nos ayuden a pensar posibles desenlaces. Los siguientes dos gráficos muestran los espacios geográficos en los que la izquierda y el fujimorismo, respectivamente, han tenido apoyos concentrados. Utilizando el índice LISA de autocorrelación espacial podemos ver dónde se concentran los bastiones de cada candidatura. Esta técnica estadística muestra las áreas geográficas donde distritos contiguos tienen altos apoyos electorales hacia una candidatura (zonas rojas) que sugieren bastiones electorales y donde, por el contrario, los votos son sistemáticamente bajos (zonas azules) sugiriendo la presencia de oposición.

Así, al comparar el voto a Castillo (2021) en ambas elecciones con el de Sánchez (2026) se revela un dato sugerente: Sánchez no ha logrado retener el voto del sur que había cosechado Perú Libre (desvanecimiento de áreas rojas), pero lo compensó con regiones del norte como Cajamarca y Amazonas. Esto sugiere que si Roberto Sánchez logra articular tanto el voto de izquierda como el antifujimorismo en el sur, podría obtener incluso mayor apoyo que Castillo el 2021 si es que logra mantener Cajamarca y Amazonas al mismo tiempo.

El siguiente gráfico, en cambio, compara la autocorrelación espacial del voto a Fujimori en 2021 y 2026 y muestra una estructura territorial estable de su apoyo en las últimas tres elecciones. Loreto y Ucayali en la frontera amazónica fueron regiones que Fujimori consolidó respecto a la primera vuelta de 2021. Además, mantuvo Lima y la costa del Pacífico en el norte. Así, el apoyo electoral de Fujimori no parece haber cambiado mucho en estos últimos cinco años por lo que no parece que tuviese bolsones electorales que recuperar de cara a la segunda vuelta. Su estrategia, por tanto, parece enfocarse en evitar que Sánchez recupere el sur y poder atraer algunos votos de allí.

Comentarios finales

El escenario del 7 de junio permanece eminentemente abierto. Por su trayectoria, Fujimori llega como favorita y mejor posicionada que en ocasiones anteriores, aunque con varios flancos descubiertos: el centro y, sobre todo, el sur. Sánchez, por su parte, reúne características que lo emparentan con Castillo, pero con intensidades menores: parte de pisos más bajos en el sur, en Lima Metropolitana y en el exterior, y solo se muestra competitivo en el centro del país.

A esa fotografía de base se suman tres fuentes de incertidumbre que pueden alterar el resultado: la dirección que tome la participación, la reasignación de los votos nulos y en blanco que tienden a definirse en el balotaje, y la ambigüedad ideológica de buena parte de las candidaturas derrotadas. En definitiva, la elección parece reducirse a dos preguntas espejo. La medida en que Sánchez logre trascender a la izquierda para erigirse en candidato del antifujimorismo y la medida en que Fujimori consiga trascender su apellido para presentarse como una candidata de la derecha serán, muy probablemente, el terreno donde se dirima la presidencia del Perú.

[1] Véase los datos del Latin American Public Opinion Project (LAPOP) para Perú (2006–2023).

[2] https://www.infobae.com/peru/2026/05/14/tercer-candidato-de-la-segunda-vuelta-promueven-voto-viciado-para-anular-elecciones-y-frenar-a-keiko-fujimori-o-roberto-sanchez/

[3] https://www.infobae.com/america/agencias/2026/05/31/marcha-contra-la-candidata-presidencial-keiko-fujimori-toma-las-calles-del-centro-de-lima/

[1] Keiko Fujimori: “QUIERO SER PRESIDENTA PARA GOBERNAR, como lo hizo mi padre” https://youtube.com/shorts/eTkjwQFct8Y?si=XiIToMGdwZS_sI4w

[2]https://www.infobae.com/peru/2026/03/25/roberto-sanchez-explica-por-que-usa-el-mismo-sombrero-de-pedro-castillo-durante-su-campana/

[3] https://estudiosdeopinion.iep.org.pe/informe/diciembre-2022/