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El “problema” catalán tras el 20D

A pocos días del inicio de la campaña electoral de las autonómicas catalanas de 1992, el presidente del gobierno Felipe González decidió visitar Premià de Dalt para compartir un almuerzo con Jordi Pujol. Tras su encuentro, los dos presidentes escenificaron un clima de gran sintonía y complicidad ante la mirada atónita del candidato socialista catalán, Raimon Obiols, que veía cómo el líder del PSOE prefería flirtear con su principal adversario en lugar de apoyar su candidatura. Sin duda, tan sonado desplante representaba un bochornoso contratiempo para la estrategia electoral de Obiols. Sin embargo, este era el precio que debían pagar los socialistas para que González se ganara la simpatía de Pujol en un momento en que las encuestas auguraban que CiU iba a ser crucial en decidir quién ocuparía la Moncloa en las elecciones de 1993.

La cena de Premià de Dalt fue el símbolo de un cambio de ciclo en la política española. La etapa de la hegemonía socialista tocaba su fin y se iniciaba la época en la que la gobernabilidad pasaba a manos de los partidos minoritarios nacionalistas o regionalistas. El 2015 también estaba llamado a ser un nuevo cambio de ciclo, en el que la atomización del sistema de partidos español y el proceso soberanista acabarían con el papel de partido bisagra de los partidos nacionalistas catalanes. Sin embargo, tras las elecciones del 20D, la cuestión catalana vuelve a situarse en el epicentro de las negociaciones sobre la investidura. En esta ocasión, no se debe a las demandas (o el “chantaje”, según el gusto del consumidor) de ERC o CiU, pues estos partidos tienen hoy un mandato inequívoco de ruptura. Cataluña vuelve a ser protagonista gracias a Podemos y a su decisión de situar el referéndum catalán como una línea (por el momento) roja en las negociaciones para formar gobierno.

Por el momento, la demanda de un referéndum en Cataluña se presenta como uno de los principales escollos a un acuerdo de investidura de Pedro Sánchez. Mientras Podemos apuesta por ofrecer el derecho a decidir de los catalanes, el PSOE se muestra intransigente con cualquier propuesta que amenace con poner en peligro la unidad de España. Por otro lado, Ciudadanos tampoco estaría dispuesta a facilitar una investidura si el referéndum es parte del acuerdo. En suma, las distintas posturas sobre la cuestión catalana parecen frenar las opciones de Sánchez de ser una alternativa al PP.

Tal desencuentro entre los distintos partidos en torno a esta materia parece indicar que los políticos tienen la sensación de que las preferencias territoriales de los ciudadanos tienen un papel destacado en cómo estos deciden su voto. Pero, ¿es realmente así? Veámoslo con datos.

En el gráfico 1 muestro la probabilidad de votar Podemos y al PSOE según la preferencias territoriales de los votantes españoles (excluyendo las comunidades históricas) de izquierdas y de centro. Los datos usados son los de la encuesta preelectoral del CIS. El gráfico muestra que, en efecto, la opinión sobre cómo debe ser el modelo territorial no es inocuo. Podemos es más atractivo entre el electorado de izquierdas partidario un mayor autogobierno y, en cambio, el PSOE lo es entre los partidarios del status quo. La decisión de votar entre el PSOE o Podemos depende de muchos factores. Y aunque muy probablemente no sea el más importante, la cuestión territorial parece tomar un papel significativo.

Quizás una de las preguntas clave que surge de este debate es la siguiente: ¿puede Podemos ampliar sus apoyos electorales fuera de las comunidades históricas manteniendo en su ideario político la defensa del derecho a la autodeterminación? Existen dos elementos que, combinados, nos hacen ser algo escépticos. En primer lugar, la gran mayoría de los españoles (excluyendo a las comunidades históricas) es partidaria del status quo y aquellos a los que les gustaría un Estado unitario o con unas autonomías más débiles doblan a los que desearían un mayor autogobierno. En segundo lugar, el gráfico muestra que las preferencias territoriales son relevantes a la hora de decidir el voto. Es de esperar, pues, que la posición de Podemos en esta materia acabe representando una losa para su ascenso electoral.

Puede que simpatizar con el referéndum ayude a Podemos a atraer a ese nuevo “votante dual” catalán que votaría a opciones nacionalistas en la arena autonómica (especialmente ERC y CUP) pero que optaría por la papeleta de Podemos (y asociados) en las elecciones generales. Pero fuera de Cataluña parece difícil imaginar que un partido con posturas en materia territorial tan alejadas de la mayoría del electorado de izquierdas pueda lograr una posición hegemónica en ese espacio ideológico.

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Nota metodológica: el gráfico muestra los valores predichos por regresiones lineales usando la enceusta prelectoral del CIS. La variable dependiente es la probabilidad de votar al PSOE o Podemos y las variables independentes son: preferencia territorial, ideologia, edad, sexo, estudios, situación laboral, valoración de la economía y de la gestión del gobierno.

A pocos días del inicio de la campaña electoral de las autonómicas catalanas de 1992, el presidente del gobierno Felipe González decidió visitar Premià de Dalt para compartir un almuerzo con Jordi Pujol. Tras su encuentro, los dos presidentes escenificaron un clima de gran sintonía y complicidad ante la mirada atónita del candidato socialista catalán, Raimon Obiols, que veía cómo el líder del PSOE prefería flirtear con su principal adversario en lugar de apoyar su candidatura. Sin duda, tan sonado desplante representaba un bochornoso contratiempo para la estrategia electoral de Obiols. Sin embargo, este era el precio que debían pagar los socialistas para que González se ganara la simpatía de Pujol en un momento en que las encuestas auguraban que CiU iba a ser crucial en decidir quién ocuparía la Moncloa en las elecciones de 1993.

La cena de Premià de Dalt fue el símbolo de un cambio de ciclo en la política española. La etapa de la hegemonía socialista tocaba su fin y se iniciaba la época en la que la gobernabilidad pasaba a manos de los partidos minoritarios nacionalistas o regionalistas. El 2015 también estaba llamado a ser un nuevo cambio de ciclo, en el que la atomización del sistema de partidos español y el proceso soberanista acabarían con el papel de partido bisagra de los partidos nacionalistas catalanes. Sin embargo, tras las elecciones del 20D, la cuestión catalana vuelve a situarse en el epicentro de las negociaciones sobre la investidura. En esta ocasión, no se debe a las demandas (o el “chantaje”, según el gusto del consumidor) de ERC o CiU, pues estos partidos tienen hoy un mandato inequívoco de ruptura. Cataluña vuelve a ser protagonista gracias a Podemos y a su decisión de situar el referéndum catalán como una línea (por el momento) roja en las negociaciones para formar gobierno.