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Autor de matanza en Madrid en 1977, un hombre amable bajo una falsa identidad

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Autor de matanza en Madrid en 1977, un hombre amable bajo una falsa identidad

Autor de matanza en Madrid en 1977, un hombre amable bajo una falsa identidad

En el número 156 de la calle Vitorino Carmilo, a pocos kilómetros del centro de Sao Paulo, vivía hasta su arresto el miércoles Carlos García Juliá, uno de los responsables de una matanza terrorista en Madrid en 1977 y conocido por sus vecinos como Genaro Antonio Materan, un señor "amable", "discreto" y "educado".

Desde hace un año, García Juliá, condenado a 193 años de cárcel en España y prófugo de la justicia internacional desde 1994, vivía junto a su pareja, Ray, de nacionalidad brasileña, en una zona de la capital paulista marcada por la inseguridad.

"Esa situación es irreal, estoy muy confundida aún. He descubierto todo por el informativo, por internet. Todo ha cambiado de un día para el otro", dice a Efe Ray, quien mantenía una relación sentimental con García Juliá desde hace año y medio y cuya hermana alquila el inmueble que compartía con él.

"Toda mi vida se ha visto afectada y, de repente, él se ha vuelto una persona totalmente extraña", asegura esta mujer brasileña, de unos 40 años y que trabaja como empleada doméstica en la capital paulista.

Tras ser detenido el miércoles por tres agentes de la Policía Federal brasileña, García Juliá hizo una rápida llamada telefónica a Ray para tranquilizarle y advertirle de que no había "cometido crímenes en Brasil, solo en España".

"No tenía idea de qué estaba pasando, el abogado tampoco quiso darme más detalles. Yo tenía tan solo 10 años cuando todo pasó", recalca Ray.

El antiguo militante de la ultraderechista Fuerza Nueva, quien en la época de la matanza tenía 24 años, fue condenado por cinco asesinatos y cuatro intentos de homicidio en el despacho laboralista vinculado al sindicato comunista Comisiones Obreras, en el número 55 de la calle Atocha, en Madrid.

Genaro, como ella lo llamaba, siempre fue "adorable y amigo de todos", le encantaban los animales y los niños y trabajaba como conductor de Uber, detalla la mujer brasileña en una conversación telefónica.

A pesar de ser un "hombre de pocas palabras", los vecinos y camareros de bares de la calle Vitorino Carmilo coinciden en que García Juliá era una persona "muy educada", "tranquila" y "discreta".

García Juliá vivía sin lujos y, cuando comía fuera de casa, normalmente en el bar de la esquina, solía pedir carne a la parmesana.

Los sábados solía bajar a tomar una cerveza, "a veces solo, otras acompañado de Ray", pero "nunca con amigos".

"Solo tomaba Brahma (marca de una cerveza brasileña)", recuerda Valdemiro Messias, dueño del bar.

La portera Alaíde Ferreira, de 68 años y quien controla la entrada del edificio desde hace veintiséis años, afirma que García Juliá siempre fue "muy respetuoso" y se llevó bien con los vecinos, aunque era casi un "desconocido" por su perfil retraído.

"Siempre fue muy cordial y trataba a todos muy bien, pero yo no sabía mucho de él porque no soy de meterme en asuntos ajenos", declara.

Ferreira cuenta que a comienzos de esta semana "desconfió" que "algo estaba sucediendo", ya que un policía, que iba de paisano, le pidió que enseñara uno de los pisos que estaba para alquilar.

El agente, acompañado de otros dos compañeros, "circulaba por el lugar" desde el lunes, señala la portera.

Pese a la condena por cinco asesinatos y cuatro intentos de homicidios, Ferreira "siente pena" por el detenido, ya que considera que "era una persona buena".

"Sentí pena por él porque era una persona de bien, puede que tenga sus defectos, pero aquí era una persona buena", asegura.

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