Crecer a la sombra de ETA

María Jáuregui, hija de Juan Mari Jáuregui, asesinado por ETA y Peru del Hoyo, hijo de Kepa del Hoyo, miembro de ETA fallecido en la cárcel.

¿Cuánto tiempo necesitas para aceptar que un asesinato marcó tu vida para siempre? ¿Qué pasa por tu mente cuando decides que nunca cogerás un arma? ¿En qué momento cuestionas la razón por la que tu padre entró en ETA y estuvo en prisión? Éstas son algunas de las preguntas que se han hecho Eñaut, Idoia, María, Peru, Jon y Pablo a raíz del estreno de la serie La línea invisible. Sus recuerdos componen un pequeño puzle de la memoria del País Vasco y de España. En sus relatos hay dolor y palabras que pellizcan el corazón, pero también hay firmeza y valentía. Sin embargo, si algo llama la atención al verlos son sus miradas y su capacidad de escucha. Cuando hace algunas semanas un equipo de LaviniaVoice, Goroka y Sentido Films les pedimos a cada uno de ellos que se sentaran frente a frente, ante la pantalla de su ordenador, para contarnos cómo ETA había marcado su vida, nos sorprendió la empatía que reflejaban sus rostros al oír otros testimonios. Necesitaban comprender qué le había sucedido a la otra persona y hacerle sentir que, a pesar de no estar junto a ella, algo profundamente humano los unía al otro lado de la pantalla.

La sociedad vasca lleva tiempo transitando en la intimidad un camino que solo en algunas ocasiones, como ésta, tenemos el privilegio de observar. Los protagonistas de estos encuentros han decidido que su testimonio puede ser valioso para los demás, pero tomar la palabra resulta todavía difícil. Lo comprobamos después de decenas de llamadas. Al otro lado del teléfono hay demasiadas vidas rasgadas por años de silencio impuesto, vidas marcadas por etiquetas demasiado pesadas y arropadas por “tribus” poderosas que a veces acogen y, a veces, amputan. Son relatos de soledad, de rabia contenida, de estrategias fraguadas día a día para sobrevivir a un atentado, pero también de fugaces paseos por pueblos en los que no se cruzaban miradas y en los que, ahora, la compra diaria del pan se ha convertido en una despedida improvisada porque después de dos horas de conversación hay que regresar a casa para hacer la comida. Hoy se marcan teléfonos que antes habían desaparecido de la agenda y hay lugares de reunión en bares, calles, auditorios y colegios donde además de verse, los ciudadanos comienzan a mirarse.

Los pequeños detalles de la vida cotidiana de esas personas conforman la memoria reciente del País Vasco, un collage de historias marcadas por la violencia que durante décadas hemos intuido al leer los periódicos y que, ahora, la ficción nos cuenta en proyectos trufados de realidad, como la serie de Movistar dirigida por Mariano Barroso o el podcast de investigación periodística sobre el origen de ETA, La Línea Invisible, dirigido por Pablo González Batista. A veces, y de eso en España sabemos bastante, necesitamos que el arte nos ayude a digerir nuestra historia antes de escuchar en toda su crudeza la verdad de los hechos.

Eñaut Arambarri e Idoia Mikelez

Eñaut nació en 1987, Idoia en 1991. Creen que pertenecen a lo que ellos llaman “la generación del silencio”. Nadie les contaba ni les explicaba nada para no hacerles sufrir, pero la realidad es que lo vieron todo. Idoia tiene grabado en su memoria el paraguas rojo que llevaba José Luis López de la Calle el día que fue asesinado. Ella era sólo una niña que veía en la tele aquel paraguas al lado de un cuerpo tendido en el suelo de una calle de su pueblo antes de ir al colegio. El mejor amigo de Eñaut fue detenido en Francia por pertenecer a ETA. Sus tíos llevaban escolta. Las ventanas de casa temblaban cuando cargaba la policía. Hoy, Idoia y Eñaut convierten sus silencios en palabras.

María Jáuregui y Peru del Hoyo

Juan Mari Jáuregui fue asesinado por ETA mientras su hija disfrutaba de una salida al campo con sus amigos. Kepa del Hoyo falleció de un infarto en la prisión de Badajoz donde cumplía condena por pertenencia a ETA. Su hijo estaba en un festival de música. María y Peru eran adolescentes cuando perdieron a sus padres. Hoy se sientan a hablar sobre la pérdida, la parálisis que implica el odio, la política de dispersión de presos o los diálogos pendientes en la familia.

Pablo Romero y Jon Viar

Pablo Romero tenía 17 años cuando su padre fue asesinado. Jon Viar era muy pequeño cuando descubrió que su padre había pertenecido a ETA en los años 60 para abandonarla poco después y convertirse en un firme defensor del fin de la violencia. Ambos han desandado el camino de las vidas de sus padres y se han acercado a la historia del Comando Madrid y a la historia de ETA para comprender cómo el terrorismo marcó sus vidas y las de toda la sociedad.

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Publicado el
30 de mayo de 2020 - 20:57 h

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