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ENTREVISTA | Pablo Simón, politólogo

"El establishment europeo no está preparado para hacer frente a la extrema derecha"

Simón analiza en 'El príncipe moderno' el auge de la extrema derecha, la crisis de la socialdemocracia y el nuevo pacto social que debe tejer el poder político

Asegura que la estrategia del cordón sanitario para limitar el impacto de la extrema derecha es "justamente lo que refuerza a estos partidos"

"La socialdemocracia europea no ha sabido equiparse para afrontar las nuevas formas de desigualdad"

Pablo Simón, politólogo y autor de "El príncipe moderno" | Patricia J. Garcinuño

Pablo Simón, politólogo y autor de "El príncipe moderno" Patricia J. Garcinuño

Cuando Pablo Simón (Arnedo, 1985) aterriza en Madrid para atender a eldiario.es, quedan poco más de doce horas para que Donald Trump pierda su mayoría en la Cámara de Representantes de Estados Unidos. El ultraderechista Jair Bolsonaro empieza a configurar su nuevo Gobierno, Angela Merkel ha anunciado que no volverá a presentarse como candidata a la cancillería alemana, Dani Mateo está perdiendo patrocinios publicitarios por un sketch humorístico y la extrema derecha sigue ganando cada vez más protagonismo en el panorama mediático y político europeo.

"Tenemos que asumir que esta es nuestra nueva normalidad y que se ha quebrado el pacto social", asegura el politólogo cuando se le pregunta acerca de aquello que está resquebrajando los cimientos de la democracia. En El príncipe moderno (Debate, 2018), Simón hurga en las heridas tratando de tejer un conjunto de ideas que lleven a un nuevo pacto social. Un nuevo pacto en el que la política tiene que jugar un papel clave y en el que deben alcanzarse nuevos acuerdos para decidir lo que estamos dispuestos a aceptar o no. "El primer paso para solucionar un problema es reconocer que lo tienes", zanja Simón.

¿Han utilizado los políticos el interés de los ciudadanos para fomentar una política del espectáculo?

Es verdad que los políticos sienten muchas veces la necesidad de llamar la atención, como compitiendo por las audiencias. A esto lo podríamos llamar el 'síndrome Rufián' o la idea de ver quién hace la bravuconada más grande o quién consigue el titular más llamativo para tratar de marcar la agenda política. El problema que tiene esto es que nos centramos en la marejada mientras que el océano o los asuntos estructurales de fondo siguen imperturbables. 

¿En qué sentido?

Pues saltando de tema en tema sin llegar a profundizar en ninguno de ellos y sin hablar en serio de política. El periplo que hemos vivido en España entre los meses de septiembre y octubre, pasando de la inmigración a la tesis de no sé quién y a las escuchas de no sé cuántos, ha sido como dar vueltas a una rueda. No hemos discutido nada sobre las cuestiones públicas en España y nada ha cambiado sustancialmente.

Esta es una reflexión que debemos hacerle a la clase política y a los administradores de su palabra: los medios de comunicación, que son los que ponen sobre la mesa un tema u otro. Hay una responsabilidad compartida en esto.

¿Han influido de alguna forma las dinámicas de los medios en el auge de la extrema derecha?

Sobre este asunto existen evidencias empíricas en el caso del UKIP, el partido euroescéptico y nacionalista del Reino Unido. ¿El interés mediático en torno al partido empezó después de que mejorase en las encuestas o empezó antes de que fuera una formación relevante? Un estudio apunta que, efectivamente, la atención de los medios antecedía al espacio que conseguía la extrema derecha en el prime time y en la discusión pública.

En esto hay una lógica que tiene cierto sentido: lo tremendista, lo catastrófico, es algo que llama la atención, que es visual y consigue clics. Los medios de comunicación -que también son empresas- entienden que el auge de la extrema derecha puede causar preocupación en la sociedad, independientemente de que haya una razón real para tal preocupación. Tiene sentido que si VOX llena Vistalegre se informe de ello, pero otra cosa distinta es la reflexión que debería hacerse sobre si se están magnificando determinadas cuestiones y el impacto que pueden tener en el sistema democrático. Y ese consenso, en el panorama mediático español, es difícil de conseguir.

Explica en El príncipe moderno que la extrema derecha inicia su vida política en el Parlamento Europeo, ¿se ha convertido la Unión en un escenario favorable para estas formaciones?

Al establecer que tiene que aplicarse un modelo proporcional, el sistema electoral del Parlamento Europeo facilita que partidos como las formaciones euroescépticas, que son muy minoritarias, pueden conseguir un espacio político. La paradoja de estos comicios es que figuras como Nigel Farage o Marine Le Pen son eurodiputados que han conseguido representación porque en sus propios sistemas nacionales, que benefician a los partidos mayoritarios, jamás habrían alcanzado la relevancia que tienen ahora. Gracias a que han ganado escaños en el Parlamento Europeo, los euroescépticos están ganando importancia en toda Europa.

En realidad, con la extrema derecha hablamos de una paradoja más profunda. Cuando empieza a emerger, marca un discurso político en cada uno de sus países y obliga a la sociedad y al resto de partidos a posicionarse a propósito de los temas que saca al debate público.

Y es entonces cuando se recurre al cordón sanitario.

Sí. A medida que la extrema derecha se hace más fuerte, los partidos tradicionales recurren al cordón sanitario y al pacto para hacer grandes coaliciones como única salida. Pero esta salida es justamente lo que refuerza a los partidos de extrema derecha, que se presentan como plataformas antiestablishment y contrarias a las élites tradicionales. Esto es lo que nos ha llevado a la situación en la que estamos ahora. Y el poder tradicional europeo no sabe cómo luchar contra estos partidos.

Pablo Simón, politólogo y autor de "El príncipe moderno" | Patricia J. Garcinuño

Pablo Simón, politólogo y autor de "El príncipe moderno" Patricia J. Garcinuño

Define la Unión Europea como "uno de los experimentos políticos más interesantes de las últimas décadas", pero también explica que los votantes las utilizan como una forma de castigar en las urnas a sus partidos. ¿Qué está fallando?

Llevamos mucho tiempo analizando este tema y lo que apuntan los estudios es que las elecciones europeas son consideradas como unas elecciones de segundo orden. Como el que tiene que votar no entiende lo que hace el Parlamento Europeo y no está eligiendo a un Gobierno, tiende a tomarse estos sufragios como un mecanismo que sirve para dar un toque de atención a los políticos a nivel nacional. Por ejemplo, dejo de votar al PSOE para que el partido cambie de rumbo. Y el partido lo hará para evitar un nuevo castigo electoral en las generales.

¿Los partidos entienden las europeas como una especie de encuesta?

En parte, sí. Digamos que es una forma de orientación que sirve para ver por dónde se puede estar redirigiendo el voto. Aunque las próximas elecciones europeas van a ser algo diferentes porque coincidirán con las locales y autonómicas y va a ser difícil que cojamos tres papeletas diferentes. Por eso hay que esperar antes de hablar de los resultados que podría conseguir VOX, porque la lógica del voto útil puede arrastrar a una parte de sus votantes de vuelta al Partido Popular.

¿Han influido las políticas comunitarias en la crisis de la socialdemocracia?

Hay una tesis que nos dice que la socialdemocracia está en declive porque se ha metido en una camisa de hierro en el marco de la zona euro, que no le permite hacer las políticas que querrían porque les están imponiendo políticas de austeridad y de rigor presupuestario. Esta es la tesis que planten algunos colegas, como Pepe Fernández-Albertos o Ignacio Sánchez Cuenca, pero yo soy un poco más crítico.

Las políticas socialdemócratas no tienen por qué estar reñidas con el rigor presupuestario. Los primeros que plantean la idea de que hay que incurrir en déficits cuando estás en recesión y en superávits cuando está en un momento de crecimiento económico, son los socialdemócratas. Además, y esto no lo podemos olvidar, el euro no es algo que haya caído del cielo, sino que es una construcción política. Los socialdemócratas probablemente hicieron dejación en sus funciones entendiendo que la integración podía hacerse sin elementos fiscales y sin el pilar social, lo que llevó a que construyéramos lo que los economistas llaman "unión monetaria imperfecta". No hemos integrado nuestras bases de impuestos y no hemos construido un colchón que funcione a nivel europeo para tiempos de crisis. Pero también está el hecho de que con la crisis todos nos hemos vuelto nacionalistas. Todos.

¿En qué sentido?

Pues mira, cuando Angela Merkel estaba en pleno enfrentamiento con Alexis Tsipras por el futuro del euro, defendía los intereses de los electores y de los contribuyentes alemanes. Exactamente igual que lo estaba haciendo el líder de Syriza con los de Grecia. Vivíamos en un dilema del prisionero en el que cada uno perseguía su propio interés individual, lo que nos hizo llegar a una situación en la que todos salimos perdiendo. A pesar de ello, hoy estamos mejor equipados para afrontar una nueva crisis económica, pero hay que tener en cuenta que actores que han sido fundamentales para la Unión -como Mario Draghi [presidente del Banco Central Europeo] o Angela Merkel- van a salir de escena. Y cómo será lo que viene que estamos preocupados por la salida de Merkel o de gente como Draghi.

Más allá de esto, los problemas que está teniendo la socialdemocracia europea vienen precisamente de que no ha sabido equiparse, en términos de programa y gestión, para las nuevas formas de desigualdad.

Autores como el politólogo estadounidense Mark Lilla culpan a las políticas identitarias de la crisis de la izquierda. 

Sí. Hay muchas cosas que me preocupan a propósito de este discurso. Estamos tratando de trasplantar un debate de EEUU a Europa, donde los niveles de cosmopolitismo, de variación y de heterogeneidad son muy diferentes. 

Pero en Europa también se está utilizando este tipo de discurso.

Exactamente. Y se está utilizando una tesis que no está contrastada empíricamente. No se ha demostrado que la gente haya abandonado a los partidos de izquierdas porque hablen más de políticas de la identidad. Esto nos retrotrae a un debate que es propio de mayo del 68, porque la historia es circular y todos los debates actuales tienen muchos ecos del pasado. Y parece que estamos hablando otra vez de un enfrentamiento entre los movimientos feministas o queer y los comunistas tradicionales, que se preguntan por qué estamos intentando dividir a la clase obrera.

Esto es muy divertido porque en un artículo que han publicado recientemente Tarik Abou-Chadi y Markus Wagner se pregunta a propósito de en qué medida es verdad o mentira que cuando los partidos de izquierdas se centran en la identidad pierdan votos. ¿Qué es lo que demuestran ellos empíricamente? Que es mentira. Los partidos que orientan sus políticas hacia temas sociales y lo combinan con políticas identitarias y de defensa de las minorías -aunque también se nos olvida que las mujeres no son minoría, sino que son la mitad de la población-, son justamente los que son más exitosos en las urnas.

Lo que ocurre es que como muchas veces vivimos en unas burbujas muy concretas, no nos damos cuenta de que las desigualdades son mucho más complejas. Cuando una persona homosexual tiene cinco veces más de probabilidades de sufrir una agresión por la calle, ¿de qué estamos hablando? Cuando hablamos de la brecha salarial de género, ¿hablamos de identidad o de desigualdad? ¿De verdad estamos diciendo que este tipo de debates no merecen ser tenidos en cuenta? Y este discurso de la identidad no ha venido fabricado por una élites maquiavélicas que quieren distraernos de la lucha de clases, esto viene porque la sociedad es más rica y más compleja.

Hay más variedad.

Lo que hace que el debate sea más rico. Creer que alguien puede volver a meter otra vez al genio en la lámpara es pura nostalgia; era lógico que la gente también empezara a preguntarse por la identidad. En los tiempos que vivimos tenemos que intentar apelar a consensos más transversales y eso lo tienen que hacer los agentes políticos, asumiendo que la sociedad ha cambiado y que todo es más sofisticado.

¿Está España preparada para tener una Presidenta del Gobierno?

Totalmente. El movimiento feminista y la movilización 8M en España, que ha generado admiración en todo el mundo, tiene todos los elementos de un movimiento social. Estos movimientos se encargan de colocar los temas en la agenda política y eso ya lo hemos conseguido. Ahora tenemos que dar el siguiente paso, que tiene que ser traducir todo ese movimiento a una acción política. Para conseguirlo, los partidos tienen que recoger ese menú social y convertirlo en políticas públicas concretas. Si no lo hacen, el movimiento social estará muy bien pero...

Si se me permite la provocación, entendiendo que el liderazgo debe seguir siendo femenino, el próximo 8 de marzo tendría que ser una huelga general. Una movilización general con cuatro o cinco medidas concretas que puedan traducirse en acción política. De no conseguirlo, se creará una hegemonía y un consenso -como que Ana Botín diga que es feminista-, pero al final de lo que se trata es de mejorar la vida de las mujeres. Si no lo vemos traducido en algo así, ¿para qué hemos venido?

Pablo Simón, autor de "El príncipe moderno" durante su entrevista con eldiario.es | Patricia J. Garcinuño

Pablo Simón, autor de "El príncipe moderno" durante su entrevista con eldiario.es Patricia J. Garcinuño

El nuevo presidente del PP, Pablo Casado, está lanzando un discurso en el que apela directamente a los jóvenes. ¿Se ha producido un cambio generacional en el partido o sigue siendo el mismo PP de siempre?

"Caminante no hay camino, se hace camino al andar". Muéstrame, muéstrame. ¿Qué tipo de políticas está defendiendo el PP que vayan en valor de los jóvenes? Hasta la fecha no he visto mucho porque, a parte de hablar del terrorismo de ETA, de los inmigrantes y de un 155 permanente en Catalunya, Pablo Casado ha hablado algo más sobre combatir la ideología de género y volver a la ley del aborto del 85. ¿Eso son el tipo de políticas que de verdad están esperando los jóvenes? No creo que sea necesario que haya políticos jóvenes para que se hagan políticas para jóvenes, que se han ido detrás de algunos candidatos con edad, pero hay muchos políticos jóvenes que ya suenan a viejo porque están acartonados y no han tenido otra vida que la de su partido.

Escribe que el tiempo "es un elemento fundamental para los gobiernos"...

Sin duda.

¿Le está sentando bien el tiempo al Gobierno de Pedro Sánchez?

Bueno... Hay algo que es indudable: gobernar siempre desgasta. El Gobierno de Sánchez empezó con un chute de luna de miel cuando mejoró en las encuestas inmediatamente después de su nombramiento, pero a medida que ha pasado el tiempo ha ido cometiendo errores. Los fallos de coordinación o las meteduras de pata van generando un desgaste que puede ir viéndose en todos los sondeos. Suavemente, el PSOE va perdiendo apoyos y no se me ocurre qué tipo de shock debería producirse para que cambie esta tendencia. 

¿En qué medida le han afectado los fallos de coordinación?

Estas meteduras de pata lo que generan es una sensación de improvisación. Te desgastan en un valor que es transversal: la percepción de que eres buen gestor, eres creíble o lo haces bien. Con el nuevo Gobierno, el PSOE lanzaba este mensaje pero el problema de estar diciendo A y luego decir B es que genera una sensación de inconsistencia. Esa percepción es lo que te desgasta.

Además, desde la moción de censura es difícil hablar de cuestiones de fondo porque estamos inmersos en un ambiente preelectoral y esto significa barro. Barro en todas direcciones combinado con una polarización total de la sociedad porque todos los actores políticos están interesados en que haya un ambiente de confrontación enorme para que la gente salga a votar. Va a ser muy difícil hablar de cuestiones de fondo porque vamos a estar inmersos en una marejada hasta que se asiente el polvo y se convoquen unas nuevas elecciones generales. 

En este clima de polarización extrema, ¿se ha convertido la defensa de derechos fundamentales, como la libertad de expresión, en una cuestión de bandos?

Por desgracia, sí. Hay varias encuestas que apuntan que durante la crisis económica la libertad de expresión se ha deteriorado en los países europeos. Aunque en España estamos afrontando este debate, en los países del este de Europa ya estamos viviendo un retroceso muy fuerte en este y otros derechos fundamentales.

Es muy importante que si estamos debatiendo sobre los límites del humor, el Código Penal no intervenga. Estaremos de acuerdo o no, nos hará gracia o no, los anunciantes decidirán retirar publicidad o poner más, pero el Código Penal no puede intervenir porque se estaría produciendo una intrusión del Estado en un derecho fundamental. A pesar de todo esto, debemos poner dos límites: la incitación al odio y las ofensas al honor.

¿Se revertirá esta polarización o tendremos que convivir siempre con ella?

Tenemos que asumir que vamos a estar en una situación cada vez más complicada porque la trinchera de los demócratas es cada vez más estrecha y nos vamos a ver con gente con la que no compartimos proyecto político y a la que hay que atraer a la causa para enfrentarnos a un mal mayor. Va a existir un consenso de mínimos que tendrá que ser aceptado dentro de esta batalla en la que nos vamos a ver inmersos y en la que hay algo fundamental: los demócratas no serán capaces de ganar si no reconstruyen el pacto social.

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