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CRÓNICA

Cómo perder la alcaldía de Pamplona y la reputación en una sola frase

Joseba Asiron celebra en el balcón del Ayuntamiento de Pamplona la victoria de la moción de censura.

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Pamplona ya tiene un recordatorio a las víctimas en sus calles. A las víctimas de los toros. Este miércoles, la alcaldesa de la ciudad ordenó la instalación de adoquines conmemorativos en el pavimento para recordar a los muertos en los encierros de los Sanfermines. Temía que el nuevo alcalde no pusiera en práctica la medida. Memoria histórica por los crímenes del franquismo, no. Pamplona conserva el mayor monumento a los muertos del bando franquista después del Valle de los Caídos. Memoria por los corneados, desde luego.

Fue la última decisión de Cristina Ibarrola, de UPN, antes de la moción de censura que este jueves ha entregado la alcaldía a Joseba Asiron, de EH Bildu, por mayoría absoluta (15 votos a 11). A la misma hora, Alberto Núñez Feijóo utilizaba el cambio para declarar que el PSOE ya no es un partido constitucional. En realidad, ya lo ha dicho tantas veces que ni llama la atención. España debe de ser el único país europeo que sólo tiene un partido democrático. El suyo, claro.

Todo es un drama en la política española y una moción de censura en una capital de provincia no podía dejar de serlo. El enfado de UPN era lógico. A nadie le gusta quedarse sin el poder. Fue la retórica la que saltó por los aires por la costumbre del partido de considerarse el único que defiende los intereses de Navarra. Los resultados de las elecciones no dicen eso.

UPN tiene nueve concejales en Pamplona sobre un total de veintisiete. Con un 30,3% de los votos, fue la primera fuerza en las elecciones de mayo y sacó un concejal y 2.939 votos de ventaja a Bildu. Las fuerzas de izquierda contaban con mayoría absoluta con 16 ediles, pero los socialistas no iban a dar su apoyo a Bildu antes de las elecciones generales. Es algo que la derecha denuncia ahora escandalizada como si fuera una gran sorpresa, pero sabían que todo podía cambiar con la formación del nuevo Gobierno central tras la investidura.

El día antes de la moción, Ibarrola afirmó que el PSOE pagará un precio muy alto por su voto: “Le auguro al partido socialista una desaparición de las instituciones, desde luego de Pamplona, bastante rápida”. 

Eso ya ocurrió años atrás, pero en un sentido opuesto al señalado por Ibarrola. En las elecciones autonómicas de 2007, el PSOE sacó 74.158 votos y quedó tercero. La dirección navarra del partido quería prestar su apoyo a Nafarroa Bai, una coalición nacionalista vasca que aprovechó la ilegalización de la izquierda abertzale para ser segunda, y sacar a UPN de la presidencia del Gobierno.

Zapatero vetó la decisión y obligó a los socialistas navarros a abstenerse y permitir que UPN siguiera en el poder. Los votantes del partido tomaron nota. El PSOE cayó en picado en 2011 hasta los 51.238 votos. Aún había espacio para seguir hundiéndose. En 2014, Rubalcaba volvió a imponer el veto desde Ferraz para frenar el deseo del partido en Navarra de presentar una moción de censura contra el Gobierno de UPN que necesitaba el apoyo de Bildu. Un año después, muchos de sus votantes volvieron a preguntarse si votar al PSOE sólo servía para mantener a la derecha en el poder. El partido se precipitó en 2015 hasta los 45.164 votos quedando como quinta fuerza política.

Hay un patrón en esta evolución. Cuanto más se alejaba el PSOE de alcanzar acuerdos con los nacionalistas, más caía en las urnas. Al revés de lo que Ibarrola dice que ocurrirá a partir de este pleno.

Para UPN, siempre ha sido esencial mantener al PSOE alejado de un pacto con las fuerzas nacionalistas. Sin esa garantía, lo tiene muy complicado para llegar al poder en Navarra, aunque sea el partido más votado en las elecciones. Ibarrola comenzó su mandato sabiendo que no podía aprobar unos presupuestos sólo con los votos de la derecha.

De ahí la reacción de la alcaldesa saliente, que dijo el jueves en el pleno que los ediles socialistas eran “cuatro traidores que les han mandado lo que hay que hacer y que han ejecutado una traición a Pamplona”. También sugirió que su seguridad estará en peligro. Dijo que no tendrá escolta –nadie le había preguntado eso– y responsabilizó al nuevo alcalde “de todo lo que pueda sucederme”. 

La estrategia de UPN y PP pasaba por relacionar constantemente esta moción de censura con la época del terrorismo, once años después del fin de ETA. Javier Esparza recuperó el lenguaje de entonces hace unos días con unas palabras tenebrosas: “El PSN y Bildu van a hacer todo lo posible para exterminarnos, pero somos la principal fuerza en esta tierra”.

Asiron vuelve a la alcaldía de la ciudad que presidió entre 2015 y 2019. Se reía cuando los periodistas le preguntaron después sobre si su gobierno servirá como pieza de un plan por la independencia: “Pobre de mí, cómo podría hacer yo tal cosa”. Sus prioridades: “Que no haya personas que duerman en la calle. Ese es mi primer objetivo, las políticas sociales, y además un plan social de vivienda”.

Frente al intento de UPN y PP de crispar la nueva etapa política, el nuevo alcalde dijo que “cualquier persona tiene derecho a pasear por la calle sin que nadie le falte el respeto y eso vale también para los concejales”. Destacó que los dos partidos de la derecha “son fuerzas necesarias en esta ciudad y representan una parte importante de ella”. Pamplona es de todos sus ciudadanos: “No se puede querer a tu ciudad y despreciar a una parte de ella”.

No es esa la posición de Cristina Ibarrola. Quería dejar claro que nunca pactaría con Bildu y lo hizo con un comentario desagradable por clasista. “Nunca apoyaría a Bildu pase lo que pase. Jamás. Preferiría fregar escaleras”, dijo con cara de asco. 

Siempre puede dedicarse a sacar brillo a los adoquines de los muertos del encierro, el único legado de su breve alcaldía.

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