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Sánchez y Feijóo se miden ahora en Aragón con una inflamada inercia nacional de la que solo saca rédito la ultraderecha de Vox

7 de febrero de 2026 22:03 h

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Ni Aragón es Extremadura ni Pilar Alegría es Miguel Ángel Gallardo, pero todo apunta a una nueva derrota del PSOE este domingo y a una victoria holgada del PP que, lejos de zafarse de Vox, aumentará su dependencia de los ultras. Jorge Azcón sí es en este caso María Guardiola porque, como la extremeña, habrá anticipado de forma baldía unas elecciones que no tocaban hasta mayo de 2027 y tras las que tendrá que formar gobierno con la ultraderecha. Todo en un contexto de constante zumbido y en el que el debate nacional se ha impuesto al autonómico con asuntos como el trágico accidente de ferrocarril en Adamuz, la denuncia por acoso sexual de una exconcejal del PP contra el alcalde de Móstoles que ignoraron Ayuso y sus adláteres, el caso Koldo/Ábalos y el escándalo Salazar. 

Y es que las elecciones de este domingo no van de Azcón o Alegría, ni siquiera de políticas públicas, cohesión territorial o problemas demográficos, sino de un nuevo termómetro con el que medir el estado de ánimo de los españoles sobre el “sanchismo”. A falta de unas elecciones generales anticipadas, como reclama el PP casi desde el día siguiente a que se formase gobierno en 2023, Feijóo ha convertido Aragón, como ya hizo el pasado diciembre en Extremadura, en un termómetro sobre el presidente del Gobierno. En marzo, hará lo propio en Castilla y León y en junio, en Andalucía. En este último caso bien es verdad que tendrá que contar para ello con la anuencia de Juanma Moreno, que suele alejarse lo máximo posible de los líos nacionales y de la inflamada estrategia de los inquilinos de Génova, que es lo que le dio la mayoría absoluta en 2023.

Las campañas no le sientan bien al PP

El caso es que si algo ha confirmado la demoscopia en estos últimos días de contienda electoral es que las campañas no le sientan bien a los de Feijóo. De hecho, muy mal han tenido que ver en la calle Génova su evolución en Aragón para tener el arrojo de incluir en un mismo cartel de fin de campaña a Alberto Núñez Feijóo y al bulero, agitador y acosador de periodistas y políticos de izquierdas Vito Quiles. Ni echado en los brazos de la ultraderecha el PP logra desprenderse de la presión de Vox y su dependencia de los de Abascal para llegar a los gobiernos. Y eso que la mentira, la desinformación y la deshumanización del adversario forman parte del modus operandi de un partido gobernado por alguien que se presentó como el gran pacificador de una política de furia y ruido a la que llegaba para introducir diálogo y moderación. 

En un mundo, que ya es el mundo de Trump y los ultraderechistas, Feijóo se mueve en el insulto, la mentira y la confrontación con la misma soltura que Ayuso, Abascal, Milei o el presidente de los EEUU. No solo ha hecho suya gran parte de las guerras culturales de la ultraderecha, como la de la inmigración, sino que se desenvuelve en el barro cual facoquero. Un día los suyos difunden informaciones comprobadamente falsas como la publicada en ABC sobre la participación en la campaña de Pilar Alegría del destituido Francisco Salazar tras varias denuncias de acoso sexual de trabajadoras de la Moncloa; otro votan junto a Vox una iniciativa que establece el cese y la inhabilitación de funcionarios públicos por tener en sus despachos distintivos considerados “partidistas” y, al siguiente, normalizan el “Pedro Sánchez, hijo de puta” que profirió una concejal del PP en un mitin del presidente del Gobierno.

Pues ni con esas logra Feijóo frenar el auge de Vox. La última semana de campaña todos los tracking internos y externos que han llegado a la sede popular detectaron un PP a la baja respecto al inicio de la carrera electoral. El trágico accidente de Adamuz si a alguien ha beneficiado ha sido a la ultraderecha de Abascal, que como ya ocurrió en Extremadura podría casi doblar el número de diputados que hoy tiene en las Cortes de Aragón, ya que se mueve en una horquilla de entre 11 y 13 parlamentarios. 

Una región sin mayorías absolutas

El PP se quedaría con los actuales 28 e incluso podría bajar un diputado frente a un PSOE que roza su peor resultado con los 18 parlamentarios que sumó en 2015 mientras que la izquierda de Podemos y el PAR desaparecerían e IU se quedaría con un único diputado. En una región en la que nunca ha habido mayorías absolutas, las únicas incógnitas por despejar esta noche son el suelo de los socialistas, hasta donde llega la dependencia de Azcón de los de Abascal y si su maltrecha relación con el candidato de Vox, Alejandro Nolasco, le permitirá o no formar gobierno, después de haber convocado anticipadamente los comicios.

Nada de todo ello evitará lecturas sobre un castigo severo al PSOE, que con una economía y un mercado laboral boyante, aventura una crisis de credibilidad importante no tanto de la marca como del presidente del Gobierno. Entre cuadros y dirigentes todo lo achacan a las intensas campañas de deshumanización de Pedro Sánchez, al acoso judicial, la difusión de bulos y los ataques sistemáticos de medios perfectamente sincronizados con la derecha política. La oposición cree sencillamente que es consecuencia de “una corrupción estructural” —que no es tal— y a la gestión de un “gobierno negligente”. Y algunos sociólogos advierten que el resultado de las urnas en Aragón, como el que salió de Extremadura, puede ser una versión extrema del desgaste de los socialistas que puede llevar al PP a interpretaciones precipitadas como le ocurrió en 2023.

Alegría se quedará en la región

Sánchez se enfrenta también, con la candidatura de Pilar Alegría, a un fracaso seguro con su primer experimento de convertir en candidatos a elecciones autonómicas a sus ministros. Su estrategia de usar La Moncloa como trampolín para tratar de recuperar poder tras la debacle que sufrió el PSOE en las autonómicas de 2023 pasa este domingo su primer examen con Pilar Alegría, exministra de Educación y Deportes y ex portavoz del Gobierno. Además de la candidata por Aragón otros cuatro socialistas que hoy se sientan en el Consejo de Ministros pasarán por el mismo trance. En junio, María Jesús Montero, en Andalucía, donde sus posibilidades de sacar al PSOE de la depresión profunda y avanzar posiciones respecto al resultado de su antecesor, Juan Espadas, son prácticamente nulas. Y en mayo de 2027 será el turno de Diana Morant (Comunitat Valenciana), Óscar López (Madrid) y Ángel Víctor Torres (Canarias). A ninguno de ellos, aunque con matices, se les atribuye mejor suerte que la de un asiento seguro en la oposición como a Alegría que, pese a lo que se escucha y se publica, se quedará en Aragón sea cual sea el resultado de esta noche.

Tan segura es su permanencia en las Cortes de Aragón como que el ganador de este domingo no serán tanto Azcón como Vox, que sigue escalando posiciones sin que se alcance a ver su techo electoral a costa de inocular el virus del anti sanchismo en gran parte de la sociedad. Siempre, claro, con la colaboración en absoluto desinteresada de medios y opinadores que han llevado el periodismo a niveles de descrédito hasta ahora desconocidos.

Salvo sorpresa, todo conduce a que después del carrusel de elecciones autonómicas de este semestre, en el marco nacional la suma PP y Vox tiene muchas más opciones de formar gobierno que el bloque de la izquierda. Lo que está por despejar es si, como hasta ahora, será Abascal quien marque la senda a Feijóo por la que debe transitar el país con todo lo que significa en el retroceso de derechos y actitudes antidemocráticas. Pero, la experiencia de los gobiernos de coalición PP y Vox en las autonomías que salieron de las elecciones de 2023 ya emitieron señales inequívocas y, en absoluto, tranquilizadoras. Por tanto, sí, esto también va de Sánchez o Feijóo y de avanzar o retroceder en el tiempo hasta momentos de la historia de este país que no fueron precisamente ni los de mayor bienestar económico, ni en los que los españoles disfrutaron de más derechos.