Sobre este blog

Este es un espacio donde opinar sobre Sevilla y su provincia. Sus problemas, sus virtudes, sus carencias, su gente. Con voces que animen el debate y la conversación. Porque Sevilla nos importa.

La ciudad vendida

La cena de gala se celebró en las plazas Virgen de los Reyes y del Triunfo, en pleno conjunto histórico de la ciudad.

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Preámbulo. ¿Alguien ha leído alguna vez un número de la revista Escaparate? Sí, esa que la ha liado parda en Sevilla la semana pasada con la fiesta por su 20 aniversario, celebrada con toda pompa y boato en la Plaza Virgen de los Reyes y en la Plaza del Triunfo. A lo que voy. ¿Alguien la ha tenido en sus manos alguna vez? En dos décadas, creo recordar haberla ojeado un día en la consulta de un médico. Y eso que yo me dedico a este negocio.

Una vez establecida la relevancia del elemento generador del debate, os confieso que llevo cerca de una semana de lo más entretenido gracias al ruido mediático y en redes sociales generado por el fiestón de marras. Entre el boato de cartón piedra, los nobles que no le importan a nadie más que a ellos mismos, la participación de las administraciones públicas, el alcalde y el presidente sin esmoquin, la obscenidad de la ocupación del espacio público, y la reacción posterior de políticos y periodistas haciéndose los sorprendidos.

De entre todos los elementos rancios y fuera de lugar que brillan en este entremés, emerge con gran fuerza la figura de Mario Niebla del Toro Carrión, ese empresario hecho a sí mismo en torno a la mentira de la aristocracia y la jet set que, como buen nuevo rico, alcanza su cima particular codeándose con príncipes y marquesas y tuteando a nuestros políticos. En el podio del humor de toda la historia está, sin duda, el nombre de la sociedad con la que Niebla del Toro gestiona la revista y sus actividades: Sevilla por la gracia de Dios, SL. Domiciliada en Sanlúcar de Barrameda, Cádiz. Guiño, guiño.

Su acceso a la dirección de la Hermandad del Rocío de la Macarena, su gestión de la caseta de Feria de la corporación y la cesión del bar de Los Perdigones gratis por 30 años por parte del Ayuntamiento para que esté cerrado a cal y canto día sí y día también se ajustan como un guante al patrón del quiero y no puedo sevillano. Recordad siempre que, el que es rico de verdad, no lo parece ni lo aparenta.

La reacción del susodicho a las críticas por la celebración del evento a través de su cuenta de X es impagable. Merece mucho la pena tomarse unos minutos para repasar sus mensajes, con un tono entre mafioso amenazante y niña pequeña caprichosa llorando porque un adulto le ha regañado.

Más allá del mal gusto, el falso ornato y el olor a naftalina que desprende el suceso de marras, yo sinceramente veo pocos elementos de crítica en este caso que ahora ocupa en la ciudad tertulias digitales y de café.

Se censura que Ayuntamiento y Junta contribuyan a sufragar una parte de los gastos (y beneficio) del organizador con sendas subvenciones cercanas a los 15.00 euros, apenas un 20% del presupuesto total. No coincido con el criterio de adjudicación porque no me gusta el contenido y el continente del acto, pero las administraciones públicas subvencionan todo tipo de actividades de todo tipo de organizadores y ellos verán qué beneficio en términos de imagen y reputación les proporciona vincular su imagen a la de la revista Escaparate y su dueño, Mario Niebla del Toro Carrión. Lo han hecho gobiernos del PP como antes que ellos lo hicieron del PSOE.

La única línea roja que sí me parece censurable es haber utilizado justo los dos únicos espacios de la ciudad cuya ocupación prohíbe taxativamente la Ordenanza Municipal Reguladora de la Ocupación de los espacios públicos del Conjunto Histórico declarado de la ciudad de Sevilla en su artículo 11.1. Pero, como dice el dicho, hecha la ley, hecha la trampa; trampa que en este caso está incluida en la propia ley. El artículo 3 de la ordenanza permite suspender su cumplimiento en determinados supuestos que, según alegan Ayuntamiento y Organización, sí concurren en este caso

Resulta llamativo leer titulares de medios de comunicación criticando la celebración de la fiesta. Medios que, como hace Escaparate, fundamentan buena parte de su cuenta de ingresos en las subvenciones y ayudas públicas que reciben a través de la organización de todo tipo de eventos, galas y entregas de premios. Y todo tan legítimo como la fiesta de marras.

La única línea roja que sí me parece censurable es haber utilizado justo los dos únicos espacios de la ciudad cuya ocupación prohíbe taxativamente la Ordenanza Municipal Reguladora de la Ocupación de los espacios públicos del Conjunto Histórico declarado de la ciudad de Sevilla en su artículo 11.1. Pero, como dice el dicho, hecha la ley, hecha la trampa; trampa que en este caso está incluida en la propia ley. El artículo 3 de la ordenanza permite suspender su cumplimiento en determinados supuestos que, según alegan Ayuntamiento y Organización, sí concurren en este caso.

Quizás el uso de este espacio protegido para una pomposa cena de gente que aparenta ser rica es el último peldaño de la escalera por la que la ciudad lleva décadas escurriéndose. Quizás tengamos que dejar de gritar a los cuatro vientos en nuestros perfiles de redes sociales que Sevilla no se vende porque ya es tarde. Ya no queda nada por comercializar y rentabilizar. Ya está todo el pescado vendido. Sevilla no está en venta porque ya está vendida.

Como en el resto del país, la educación, la sanidad, los servicios sociales o la promoción de vivienda están cada vez más en manos privadas porque las administraciones públicas así llevan fomentándolo desde hace muchos años. En Sevilla, las casas particulares se han convertido en alojamientos turísticos gestionadas por empresas inmobiliarias y fondos buitre. Cuando la luz verde de un semáforo se enciende, arrancan más taxis y VTC que coches particulares.

Y el espacio público, el territorio compartido durante siglos entre los sevillanos, ya tampoco es nuestro. Lo han ocupado, legalmente y con el beneplácito de nuestras autoridades, las terrazas y veladores de negocios de hostelería que impiden no ya el paso, sino la estancia, el asiento, la interrelación entre nosotros y el tiempo compartido. Mesas y sillas para cenar en la Plaza Nueva, otra línea roja traspasada.

Me temo que se nos acabó el tiempo de protestar porque Sevilla se vende. Se acabó el tiempo porque ya está vendida. La ciudad dejó hace tiempo de pertenecernos y sólo queda el decorado. Para cenas, para paseos y para eventos. Y a nadie parece importarle.

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