“Si no vienen en dos días, les llamo”: cuando el comercio local sirve de red para los vecinos mayores
Una entra y aspira profundamente el olor. Hoy hay puchero, albóndigas y macarrones a la carbonara, también, un salmorejo para rebajar los sudores, y mucho fundamento, de ese que no se puede fingir, sino que se aprende frente a los calderos y con la mano removiendo el cucharón sobre el fuego. Esto pide más sal o un poquito de tomillo, prueba, que esto es una ciencia inexacta que aprecia el paladar. Y ese sabor, esa ternura que entra cuando le da un bocado a la comida de casa, es la que aprecian los vecinos que llaman para reservar los menús de La cocina de Águeda porque, estén donde estén, estas recetas sirven para tejer una comunidad que crece paso a paso desde hace una década.
Águeda Peinado le pide a Antonio Almansa, su marido, que se quede un momento al tanto por si entra algún cliente. En el local conviven las dos empresas, por una parte, la insigne Cárnicas Almansa, presente en el barrio desde 1960, mientras que en el piso superior están los fogones del negocio que dirige su mujer. La plaza de la Alfalfa va despertando con los primeros humores de la mañana y saluda a los vecinos que se encuentra mientras señala a los comercios que todavía no han sido presa de la gentrificación. “Antes, a esta hora, te podías tomar un café en cualquiera de las mesas, pero ahora esperan a mediodía o a la noche para abrir”, que es cuando hay más jaleo, sobre todo en el verano sevillano con la llegada de los turistas. La farmacia, el bar Casa Diego, el florista a su lado y Persianas Alfalfa en frente, va nombrándolos como viejos conocidos que resisten al paso del tiempo.
¿Cómo empezó todo? Como las buenas historias, desde la niñez. Águeda todavía recuerda los veranos en casa de sus abuelos en Jaén, que tenían el estanco y tienda de ultramarinos y donde le fue cogiendo el gusto a despachar a los clientes y, también, a la cocina. Ya en Sevilla y, recién casada, entró a trabajar en Cárnicas Almansa hasta que, con la ayuda de su cuñada Magdalena, decidió emprender. La idea surgió cuando varios vecinos, que entraban a la tienda y olían los guisos que preparaba, le sugirieron que lo intentara, que seguro que tendría éxito. Así empezó todo en 2008, en plena crisis económica, con pocos pedidos, a cuentagotas, hasta llegar a los 150 envíos diarios que le llegan a través de siete grupos de WhatsApp durante el estío, cuando baja un poco el ritmo.
“Tengo la gran suerte de hacer un trabajo que me encanta”
A su vera, tiene a un equipo de cinco personas entregadas, asiente. Magdalena, Asunción y María, encargadas de la cocina, y Carlos y Águeda, dedicados exclusivamente al reparto. “Tienen ya tanta confianza con algunos clientes que hasta le piden que le pongan una bombilla o hay quien deja la llave si les cuesta mucho moverse”, comenta, sobre todo cuando se trata de personas mayores que viven solas o han ido perdiendo movilidad.
Ahí es cuando entra ese tejido social, cercano, en el que se apoyan unos a otros: “Hay hijos que me piden la comida diaria de sus padres y, también, hay veces que te llaman, pero tú sabes que es para charlar, porque lo necesitan, y yo los atiendo”. Incluso, la alarma salta cuando el silencio se prolonga varios días sin razón. “Si no me llaman en dos días, yo les llamo: 'Oye, ¿dónde estás? ¿Qué te pasa?'”, y ya se queda tranquila, y con algunos lleva tantos años que hasta sabe qué ingredientes no le gustan.
Es más, Águeda se ríe, porque hasta irse de vacaciones se ha convertido en un problema: “Me preguntan, ¿y ahora qué hago?”. No se hable más. La dueña del negocio lo tiene todo planificado: con un par de semanas de antelación va preparando unos menús congelados para los vecinos con mayor dependencia y deja a encargo de sus hijos el reparto durante esos días. Un respiro veraniego que, realmente, empezó a tomarse hará unos escasos tres años, reflexiona, “al final me di cuenta de que lo necesitaba”, aunque nunca apaga el móvil, por lo que pudiera pasar.
“Tengo la gran suerte de hacer un trabajo que me encanta. Eso es importantísimo. Se lo digo siempre a mis hijos, que cuando un trabajo te apasiona, la hora de salida ya ni la ves”, mantiene. Una peculiaridad que tiene el negocio es que no cobra por el reparto a domicilio: el precio del menú es fijo, cambia los siete primeros y los siete segundos los siete días a la semana, “para que nadie se canse”, pero no cobra ningún extra. ¿Por qué? “Al principio, estaba dedicado solo a personas mayores y, aunque se ha ido uniendo muchísima gente, es un gasto que asumimos. También nos diferenciamos con ello”, indica, “eso sí, a los jóvenes se los decimos, que tienen preferencia las personas mayores o con algún tipo de tratamiento”. Tanto se ha extendido el círculo que, una vez a la semana, reparten por el Aljarafe.
Relevo generacional y revitalizar el centro
Hablando de los jóvenes o de la incursión de los supermercados en las comidas preparadas, comparte las preocupaciones que tuvo al principio: “Cuando me fui de vacaciones la primera vez tenía miedo porque pensaba... La gente se me irá a otro lado. Pero cuando volvía, me decían: 'Oye, chapó, porque os echo de menos'”. Huyendo de los congelados de la producción en masa, La cocina de Águeda ha encontrado su propio sello, y se nota. “Porque me dicen, tu comida hay días que está salada, un día está a lo mejor más pegadita, pero tú sabes siempre que es comida casera”, resalta. Las espinacas con garbanzo, las papas con carne, las lentejas, un sabor distintivo.
Hasta tienen una aplicación: Too Good To Go. Una plataforma digital cuya misión es evitar el desperdicio de alimentos y mediante la cual ha dado con los más jóvenes. “Hacen un pedido, en el que priman más la calidad que la cantidad, he de decir, y cuando llegan, me preguntan qué piezas de carne les he dejado y les explico qué recetas pueden hacer”, da pasos sencillos, pero esenciales, “esto es muy fácil, echas la carne, hay que espumarlo y una vez que espume, lo dejas un rato y, les digo, el puchero tiene que llorar”, alguno ha llamado a su madre en Zaragoza para decirle que le ha salido igual al que hacen en sus casas.
¿Ve relevo generacional? Cavila dos segundos y lanza: “Yo creo que sí”. Dos de sus tres hijos ya trabajan en el negocio familiar en la parte de Cárnicas Almansa, aunque, a todo aquel que empieza siempre le dice: “No hay que cansarse al principio ni tirar la toalla, porque cuesta muchísimo trabajo dar los primeros pasos”. Poco a poco, “vas recogiendo los frutos, y aunque muchas veces me desanimaba, yo seguía ahí”. Incluso, hace autocrítica en el sector y subraya que para distinguirse de las grandes superficies comerciales deben hacer un esfuerzo extra en la atención al cliente, “mi horario del mediodía es hasta las cuatro, pero si yo estoy y alguien lo necesita, estaré hasta las cinco disponible”.
Pero también tiene algunas exigencias para con la administración: pide un mayor apoyo para los autónomos que aguantan el tejido del barrio, así como planes que revitalicen el centro y que unan a los comerciantes, al igual que servicios públicos básicos para incrementar la interconectividad con los demás barrios, como que repongan las paradas de la guagua que había al costado de la plaza de la Alfalfa. “Tengo clientes que han dejado de venir por lo costoso que resulta llegar”, explica.
Hay ilusión, ganas, incluso, nuevos proyectos. En un par de semanas renovarán la vitrina de la carnicería mientras Águeda sueña con poner una freiduría. Sería cosa de brujería o malabarismo, porque le faltan manos, pero hay tantas cosas por hacer que no pierde el ánimo. Eso sí, ¿cuál es el plato estrella de La cocina de Águeda? “Una olla de 25 pucheros. Me sale en el día, en el día, te digo, aunque sea verano”.
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