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España ya roza los 12.000 kilómetros de zonas con riesgo de inundación, que la crisis climática amenaza con empeorar

Efectos de la DANA de 2019 fría en Los Alcázares (Región de Murcia).

Raúl Rejón

A mediados de septiembre de 2019, España se pasó días con la atención pegada a las imágenes de las inundaciones causadas por las lluvias torrenciales de una depresión atmosférica situada sobre el Levante. La DANA. Imágenes de lagunas que cubrían poblaciones como Orihuela o riadas en Almería y Málaga. Murieron siete personas.

La realidad es que España es un terreno especialmente vulnerable a las inundaciones. Tanto que los tramos con riesgo evidente suman ya casi 12.000 kilómetros, según los datos de la última revisión de peligro recopilados por el Ministerio de Transición Ecológica y ultimados en noviembre. Esta evaluación, que llega a 11.934 km, supone un 8% más que el primer análisis realizado en 2015. Además, la crisis climática se deja notar con episodios de precipitaciones agudas que empeoran las perspectivas en zonas de barrancos, ramblas y rieras muchas veces deforestadas. 

La exposición a avenidas de agua es evidente: si hace cuatro años las distintas demarcaciones hidrográficas presentaban 1.342 áreas con un mayor riesgo de inundación, ahora el número asciende 1.425.

“En el primer ciclo de análisis había zonas con dudas. Ahora, tras verificar los datos, ya no las hay”, explican fuentes técnicas del Ministerio. Solo un mes después de la DANA de Levante, unas lluvias torrenciales en Tarragona causaron una riada con caudales no vistos en 25 años. En 15 minutos, el caudal en el río Francolí pasó de 50 a 1.238 m3 por segundo, según la Agencia Catalana del Agua.

De las 24 demarcaciones españolas, diez añaden kilómetros y siete han recortado algo sus tramos. El resto calcan los datos, según la actualización del Gobierno.

Entre las que han visto crecer sus áreas de riesgo de inundación destacan las del Guadalete y Miño-Sil que crecen más de un 20% cada una. En términos absolutos, en el Ebro han sumado 200 nuevos kilómetros catalogados con peligro significativo (un 20%). Además, el Tajo, Segura, Júcar, Guadiana, Guadalquivir, las Cuencas Catalanas Interiores y el Cantábrico Oriental han ampliados sus mapas.

Las demarcaciones con reducciones están en las Cuencas Mediterráneas Andaluzas, el Duero, el Cantábrico Occidental, La Gomera, Ceuta y la del Tinto-Odiel-Piedras.

Los mapas de peligrosidad que se derivan de estas zonas de riesgo indican que en la superficie afectada viven más de 700.000 personas en áreas con alta probabilidad de inundación –cada diez años–, unos dos millones en áreas de avenidas cada 100 años y unos tres millones para cada 500 años. ¿Muy improbable?

Estos escenarios se traducen así: para las zonas con riesgo medio, es decir, una avenida cada 100 años, la probabilidad de inundación en un periodo de 25 años consecutivos es de un 22%. En 50 años, casi del 40%. En las áreas de 10 años, la probabilidad de padecer una inundación en un lapso de 25 años es de un 90%.

Precisamente, hace solo un año, en octubre de 2018, una tormenta concentrada en poco tiempo y espacio en el norte de Mallorca terminó en un inundación que mató a 10 personas en Sant Llorenç des Cardassar. Su riera es zona de alto riesgo: retorno de una avenida cada 10 años.

Tormentas breves e intensas

A la fragilidad consustancial de España respecto a las inundaciones, se le está añadiendo la influencia de la crisis climática. El efecto directo de la alteración del clima está en evaluación, pero cada vez se asienta más el hecho de que empeora la vulnerabilidad.

En agosto pasado, un macroestudio coordinado desde la Universidad de Viena evidenció que en el nordeste de Europa la magnitud de las inundaciones ha crecido por el aumento de precipitación y humedad del suelo. Al mismo tiempo reflejaba que el desbordamiento de cursos grandes en el sur europeo caía porque llueve menos y hace más calor. Sin embargo, la investigación mostraba cómo en cursos pequeños “las inundaciones aumentan por las tormentas locales y la deforestación”.

Así lo confirmaba uno de los colaboradores del estudio, Luis Mediero de la Universidad Politécnica de Madrid, al señalar la intensificación de las  inundaciones por tormentas convectivas de corta duración y gran intensidad. “Con el cambio climático se espera que estas tormentas sean más severas por lo tanto se espera un aumento en la magnitud de las inundaciones en zonas urbanas y en barrancos y ramblas”. 

Además, la subida del nivel del mar consecuencia del calentamiento global incide directamente en las inundaciones costeras. Los cálculos de las zonas expuestas en España se han visto recientemente alterados al alza. 210.000 personas viven en áreas con riesgo de padecer crecidas del mar, según las nuevas mediciones por satélite que afinaron las estimaciones anteriores que confundían en ocasiones tejados y copas de árboles con nivel del terreno. Huelva, Bilbao o Cádiz están en zona roja si continúa el ritmo actual de calentamiento de la Tierra. 

Aunque la alteración en la forma de llover que trae la crisis climática es un factor crucial a la hora de estudiar las inundaciones, los informes del Ministerio de Transición Ecológica indican que el mayor impacto se produce “en la generación de caudales de avenida”. La cantidad de agua que se concentra en un curso. 

“Su efecto es muy importante, obteniéndose incrementos de caudal para el período de retorno de 100 años de entre el 39% y el 76%”, indican. Es decir, en zonas de las cuencas donde llueva algo más, puede traducirse en caudales, aguas abajo, exponencialmente mayores lo que dispara el riesgo de riada.

Pero no solo la lluvia empeora una inundación. Las condiciones del terreno por donde pasa el agua tienen una influencia muy importante en las consecuencias de una avenida, según indican los técnicos de Dominio Público Hidráulico (DPH).

Los cambios en el uso del suelo, la deforestación (ya sea para obtener terreno de cultivo o por incendios forestales) la erosión y la desertificación “pueden ser factores más importantes que la propia precipitación”, cuentan en este departamento.

En este sentido, España ya está padeciendo la acción de un clima cada vez más árido: la erosión del suelo y la desertificación asociada ganan terreno. La erosión se come 500 millones de toneladas de suelo al año abonando el terreno para que se convierta en árido, es decir, más desértico. Erosión y desertificación van de la mano.

El suelo erosionado y desprovisto de vegetación empeora la severidad de una inundación. “La misma lluvia hace más daño”, resumen estos técnicos. “Es un riesgo bastante real, pero, tras el rescate, la limpieza y la reparación, llega el sol y se olvida. Los planes para prevenir el riesgo por inundación implican limitaciones al urbanismo y eso choca”. 

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