El desconocido entramado que usaron los fascistas para refugiarse en Madrid

El entramado que usó un grupo de nazis para refugiarse en Madrid

Marta Borraz


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Otto Skorzeny recibió directamente de Adolf Hitler la orden de liberar a Benito Mussolini de su arresto en el Hotel Campo Imperatore durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Fue coronel y miembro destacado de las SS y uno de los símbolos del fascismo en Europa. Murió en Madrid en 1975. Skorzeny fue perseguido por la justicia tras el triunfo de los aliados en la contienda y se instaló definitivamente en España en 1950, un “país caballeresco”, escribió en sus memorias, en el que contaba con “amigos leales” que le ayudarían a su llegada. Este apoyo le sirvió para abrir una empresa de ingeniería en plena Gran Vía que la CIA llegó a definir como “tapadera”. Skorzeny, en realidad, estaba dedicándose a la actividad política.

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El suyo no es un caso aislado. Skorzeny formó parte de una constelación de fascistas, nazis y criminales de guerra que utilizaron Madrid como refugio en un momento en el que caía el fascismo en Europa y la dictadura franquista se mantenía en España. Así lo detalla el historiador Pablo del Hierro, profesor de Historia de la Universidad de Maastricht, en el profuso artículo The Neofascist Network and Madrid 1945–1953, publicado recientemente en la revista Contemporary European History de la Universidad de Cambridge.

Utilizando fuentes que van desde memorias y diarios personales a archivos de varios países e informes policiales y de distintos servicios de inteligencia, la investigación reconstruye el entramado que convirtió Madrid en uno de los nodos clave de una red neofascista transnacional más amplia. Decenas de alemanes, italianos, austriacos o croatas confluyeron en la capital, donde no solo encontraron un lugar seguro, también un espacio en el que compartir ideas, reunirse, publicar, organizar actos y repensar sus estrategias. Una parte desconocida de la historia que fue también rescatada por la escritora Almudena Grandes en su obra Los Pacientes del Doctor García.

La conversión de Madrid en un epicentro de la red no fue repentina. “A priori no parecía el lugar perfecto porque al principio había todavía una imagen de Madrid como capital del antifascismo, pero esto comienza a cambiar después de 1945”, explica del Hierro a elDiario.es. Entonces convergieron en la ciudad varios factores: Alemania e Italia ya tenían en ella algunas estructuras puestas en marcha, los fascistas huidos sabían que el régimen de Franco les miraría con buenos ojos y Madrid era un paso intermedio en las rutas de escape hacia otros países como Argentina, Brasil, Siria o Egipto.

Las ratlines con parada en Madrid

Según ha documentado Del Hierro, la capital fue un nodo central en tres de estas grandes vías, las llamadas ratlines o rutas de las ratas, un sistema concebido por los fascistas para huir de la justicia de los aliados. Funcionaban como redes informales de personas que podían moverse de unos países a otros, y en la práctica les ayudaban con dinero, ropa, alojamiento, billetes y documentación e identidades falsas. Los criminales de guerra, explica el historiador, “pudieron encontrar refugio en varias ciudades 'amigas'”, entre ellas Madrid, que “ya acogía a varios destacados fascistas enviados por sus gobiernos durante la Segunda Guerra Mundial para hacer negocios con el régimen franquista”.

La primera de las ratlines que se puso en marcha fue la encabezada por Arturo degli Agostini, dueño de una popular heladería situada en el centro de la capital y que había sido identificado por las autoridades italianas como uno de los fascistas más activos. Una vez finalizada la guerra, intentó reorganizar en Madrid a la comunidad italiana residente en España, especialmente en el distrito de Chamberí, pero también impulsó un mecanismo que tenía como objetivo “dar cobijo” a los fascistas de Italia, narra el artículo. Entre ellos, destacó Mario Roatta, exjefe de los servicios secretos de Mussolini que se convirtió en director de la Sociedad Comercial Hispano-Italiana.

El responsable de la segunda ruta fue el miembro de las SS y empresario Johannes Bernhardt, que en 1936 supervisaba por orden de Hitler las relaciones económicas entre Alemania y los sublevados franquistas. Esto le valió importantes relaciones con las élites económicas españolas, con las altas esferas del régimen franquista y el partido nazi. Fue, además, informante de la operación angloamericana SAFEHAVEN, lo que le hizo disfrutar de una posición “singular” desde su oficina de Gran Vía al colaborar, una vez finalizada la contienda, con las autoridades aliadas. Pero al mismo tiempo, maniobraba para ayudar a los fascistas huidos y en abril de 1945 convocó una reunión en su casa que creó oficialmente la ratline de Bernhardt. Le ayudarían figuras como la alemana Clara Stauffer, que había trabajado para la Sección Femenina de Falange.

El organizado sistema con el que los fascistas intentaban burlar a la justicia tuvo en la capital una tercera ruta para llevar a los criminales a Argentina a través de España. Fue puesta en marcha por Carlos Fuldner, un argentino que había pertenecido a las SS y al partido nazi y que, según el artículo, contaba con el apoyo del presidente argentino Juan Domingo Perón. Se sumarían después otros como René Lagrou, líder de las SS flamencas, Radu Ghenea, embajador rumano en España, el escritor Charles Lescat o Pierre Daye, periodista y miembro del rexismo, movimiento belga fascista, y cuyos diarios han sido utilizados por Del Hierro como fuente.

“Nuestro tiempo volverá”

La investigación no solo revela cómo funcionaban las rutas de escape: también detalla parte de la vida cotidiana en la capital. Los extremistas compartían el mismo espacio urbano, por lo que no era poco habitual que se encontraran paseando “por las principales arterias del centro, el eje formado por Castellana, Gran Vía y Alcalá” o quedaran en alguna casa o restaurante. Quienes afrontaban mayores dificultades económicas frecuentaban las baratas tabernas de la calle Lope de Vega, ha documentado del Hierro; quienes poseían más recursos solían cenar en restaurantes más exclusivos como el Horcher, aún abierto.

La presencia de estos fascistas en Madrid tuvo implicaciones políticas sobre todo a partir de finales de 1946, cuando los aliados reducen la presión sobre ellos. Perseguirlos ya no es una prioridad porque el tablero internacional comienza a estar marcado “por las tensiones con la URSS” y la idea del fascismo como enemigo se abandona, cuenta Del Hierro. Esta nueva circunstancia hizo que quienes estaban escondidos en Madrid comenzaran “a sentirse más seguros” y la capital a convertirse en un lugar en el que la extrema derecha podía volver a ser políticamente activa como epicentro de una red más amplia formada por Roma, Lisboa, Buenos Aires, El Cairo o Santiago de Chile.

“La tolerancia activa de las autoridades franquistas y las posibilidades de utilizarlas como contactos para realizar lucrativos negocios fueron factores que facilitaron su asentamiento en la capital”, se detalla en la investigación. En este contexto desembarca Otto Skorzeny en Madrid, que retoma sus actividades políticas con la ayuda de Leon Degrelle, líder rexista. “A pesar de las desgracias del momento, sigo siendo optimista [...] Nuestro tiempo volverá”, escribió este entonces en una carta que envió a Daye consultada por del Hierro.

La pervivencia del fascismo

El historiador de la Universidad de Maastricht afirma que las actividades desarrolladas en Madrid durante estos años contribuyeron a “mantener la ideología fascista viva” y fueron clave “a la hora de construir los pilares fundamentales de lo que llamamos el neofascismo”. No fueron actos ni convocatorias masivas, pero la red era internacional, recuerda el experto, que apunta a que la actividad política estaba marcada por la idea de repensar las estrategias. “Muchos consideran que la ideología tal y como estaba planteada ya no sirve para la posguerra y empiezan a pensar cómo ese fascismo se puede adaptar al nuevo contexto”, explica.

Como símbolo de la importancia de la capital para el universo fascista, la investigación señala la decisión de dos grandes grupos neofascistas de abrir oficinas en Madrid: el Movimento Sociale Italiano (MSI) y el Movimiento Social Europeo (EMS). Previamente se había producido un viaje relevante, el de Oswald Mosley, fundador de la Unión Británica de Fascistas sobre el que los servicios británicos aseguraron que estaba “intentado hacer todo lo posible por desarrollar sus contactos en el extranjero” para formar un movimiento europeo. Una vez creó la red de contactos en España, emprendió el viaje “apadrinado por el cuñado de Franco Ramón Serrano Súñer”. Después participó en varios congresos en Roma y Malmö, de donde surgió el EMS.

Al mismo tiempo, los neofascistas residentes en Madrid recibieron los ecos de las decisiones tomadas en la ciudad sueca y decidieron aprovechar el impulso y organizar un encuentro internacional en septiembre de 1951 con motivo del aniversario de la liberación del Alcázar de Toledo durante la Guerra Civil. El Movimiento Social Europeo decidió entonces abrir una sede en la capital que dirigiría el neofascista Jean-Maurice Bauverd, perseguido por las autoridades suizas al que Otto Skorzeny facilitó los documentos legales para cruzar la frontera y un trabajo. Skorzeny se convertiría en una de las figuras clave del neofascismo e incluso llegó a lanzar desde Madrid la idea de crear un ejército de alemanes en España.

“El nodo de la red neofascista establecida en Madrid se estaba volviendo sustancialmente más grande, más global y más oficial”, remacha el estudio. Una relevancia que fue creciendo “hasta el punto de convertirse en un punto de peregrinaje casi obligado para cualquier persona interesada en la ideología neofascista en las siguientes décadas”.

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