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La historia de Marina Ginestà, ‘la chica del fusil’ que nunca llegó a disparar: “Se han contado muchas tonterías sobre la foto”

La miliciana Marina Ginestà, miembro de la juventud comunista catalana (JSU), posa en la terraza del hotel Colón, donde se estableció una oficina de alistamiento de milicianos.

Val Torres

27 de abril de 2026 22:21 h

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Isabelle Werck-Ginestà pierde la cuenta de las biografías que ha publicado a lo largo de su carrera académica. Especialista en el ámbito musical, existía una historia alejada de este campo del saber que impulsó el ritmo de su escritura justo el día después del entierro de su madre. Había mucho que “aclarar” sobre ella, según cuenta la entrañable parisina en conversación con elDiario.es. 

A pesar de que hace muchos años que no visita Madrid, Isabelle llega a la cafetería con facilidad, desenvolviéndose con las paradas del Metro y fijándose en la gente con la que coincide en el vagón. “Así es cómo se conoce a la gente de una ciudad”, bromea al llegar al punto donde la espera este periódico.

Su madre, Marina Ginestà, fue una joven militante republicana que realizó importantes trabajos de intérprete entre periodistas que contaban la Guerra Civil española por todo el mundo. Pero también fue un importante pilar y ejemplo a seguir para ella, su hija Isabelle.

Medio francesa, medio catalana, Marina saltó a la fama mucho más tarde del final de la guerra. La obra del fotógrafo alemán Hans Gutmann fue adquirida por la Agencia EFE en el 87. Pero no fue hasta el 2008 que el archivista Xulio García Bilbao descubrió la identidad de la modelo. Y corrió como la pólvora por todo internet. Su rostro adolescente y su mirada desafiante, capturados el 21 de julio de 1936 desde el Hotel Colón de una Barcelona pletórica por la resistencia ante los golpistas, se convirtieron en un icono de la Guerra Civil y la contienda republicana.

Sin embargo, Marina nunca quiso contar su verdadera historia, marcada por varios episodios dignos de película. Desde un infantil romance con Ramón Mercader, muchos años antes de que el estalinista matara a Trotsky, hasta un matrimonio con un diplomático belga que la llevó a cenar con la reina de Inglaterra, entre otros rostros conocidos de la alta cuna europea. Además de la huida por los Pirineos hasta Perpiñán y el exilio de toda su familia en Venezuela durante 10 años. Su hija pequeña, Isabelle, fue testigo de todos estos episodios y de la audacia de una mujer que nunca bajó los brazos ni calló ante nada ni nadie. 

A los siete años, Isabelle comenzó a preguntar a quien se convertiría en su persona favorita, su madre, el porqué y el cómo había llegado hasta allí. Y no fue hasta los “58 o 59 años”, cuando la vida de Marina entraba en la recta final, que conoció todos los detalles, incluso los más desagradables, de lo que presenció la joven miliciana durante la batalla por defender los ideales socialistas. Por aquel entonces, cuando Marina rompió por completo el silencio frente a su hija, su foto posando con un fusil “prestado”, que nunca disparó, ya ilustraba exposiciones y libros en el mundo entero. 

“Se han contado muchas tonterías sobre la foto”. Así defiende Isabelle la publicación de unas memorias póstumas –Marina falleció en 2014– que su madre nunca quiso escribir, pero que ella defiende ahora por el poder de las “historias familiares”. La editorial Bala Perdida trae a España esta biografía importada desde la capital francesa, bajo el título de Marina Ginestà. La chica del fusil.

¿Cómo definiría a su madre para una persona que solo ha visto la foto, la famosa foto con el fusil al hombro?

Una persona que solo ha visto la foto la encontrará provocadora. Y tanto la izquierda como la derecha la encuentran un poco terrorista, porque es lo que provoca la imagen con ese fusil. Pero lo que yo creo es que se ve toda su personalidad futura.

¿Y usted cómo la definiría realmente?

Realmente, tenía a menudo esa expresión y era una persona muy alegre y optimista. Creo que estaba muy agradecida porque había tenido mucha suerte durante la guerra y aún después. Y era un poquito pícara. Tenía mucho sentido del humor y era dinámica. Siempre quería que se hiciera algo. '¿Qué vamos a hacer?'. Ya sea en casa o lo que sea. Pero lo que siempre digo es que le gustaba la vida y creo que tuvo una vida larga con varias vidas, como dijo alguien. Y supo hacer la síntesis de todas esas vidas muy diferentes. La educación francesa primero. Insisto sobre eso porque la educación francesa la ayudó enormemente durante la guerra y por supuesto después también. Esto fue una especie de pasaporte que tuvo. Después, en la guerra, con esos acontecimientos tan impactantes. Y mucho más tarde, en esta vida de diplomática en la que tenía que hacer un papel de señora distinguida que no mete la pata. 

Se llevaban muy bien, ¿verdad? Tenían una relación muy estrecha…

Sí. Porque también, como nos movíamos todo el tiempo por el trabajo de mi padre... Mi padre tenía que quedarse tres años aquí, tres años allá, un año y medio allá, moviéndose. Y yo, hija única, así que obligatoriamente estaba muy cerca de mis padres, pero no lo siento porque aprendí mucho.

¿Y fue consciente del éxito que tuvo la foto, de la popularidad que alcanzó? ¿Qué decía sobre eso?

La primera vez [que se enteró] dijo inmediatamente y repetía dos cosas. Lo primero: 'Yo no usé nunca ese fusil. Yo no he disparado nunca'. Bueno, has leído en el libro que hay un momento, un pequeño incidente. Pero ella no se servía de ese fusil ni de ningún fusil, en realidad. La segunda cosa que dijo, con razón: 'El que tiene el mérito es el fotógrafo'. El fotógrafo ha tenido mucho talento porque hubo muchas otras chicas guapas con fusiles. Era la moda de esa época. Y no sé si las fotos eran tan buenas como esta, ¿verdad?

¿Mantuvo la relación con el fotógrafo? ¿Seguían en contacto?

No, no, no. No se daba cuenta de lo que iba a pasar más tarde con todas esas fotos. No sé ni siquiera si yo cuando era joven vi esa foto. No le hizo mucho caso.

Porque Hans Gutmann se acabó yendo a México. ¿No volvieron a hablar ni nada?

No, y es una pena porque en México ella hubiera podido encontrarlo, pero creo que ni lo pensó.

¿Por qué cree que nunca quiso escribir o contar su historia?

Tengo dos hipótesis. La primera es que no le gustaba hacerse la interesante. Bueno, contaba su vida con mucha animación cuando estaba con amigos o con familia. Lo contaba, pero todo en desorden. Y es por eso que, cuando ella tenía ya 94 y pico, le dije: 'Vamos a clasificar todas las fotos, vamos a poner fechas'. Lo que creo es que la historia familiar no es nunca insignificante. La historia familiar tiene mucho interés. También es historia. Le dije: ‘Vamos a clasificar las fotos y me vas a contar todo lo que conozco más o menos bien en orden’. He hecho un poco el trabajo que haces tú y le enseñé mis apuntes. Y ese es el primer motivo. Creo que no quería hacerse la interesante por escrito. La segunda cosa es que creo que había algunos recuerdos muy desagradables que no tenía ganas de refrescarlos. Y hay cosas que me contó muy tarde, muy tarde, cuando yo tenía 58 o 59 años. Y estuve sorprendida de aprender ciertas cosas que no me había contado nunca.

¿Qué fue lo que más tardó en contarle?

Lo de todos los muertos que había visto cuando tenía 17 años. Eso me lo contó al final... Y también lo que pasó en Alicante cuando estuvo presa. Yo no sabía todo eso.

¿Y por qué usted sí ha decidido contarlo? ¿Qué cree que aporta esta historia?

Yo estoy acostumbrada a escribir. Tengo siete publicaciones y escribo vidas, escribo vidas de compositores. Sé más o menos cómo se hace una biografía. Pero mi primer motivo era la ternura por la madre desaparecida. Empecé muy lentamente el trabajo el día siguiente después del funeral. Y también es que creo que hay que aclarar las cosas porque Marina es un icono y, al principio de todo, tanto la gente de izquierdas como de derechas la toma por una especie de guerrillera. Y me parecía importante decir quién era porque se han contado muchas tonterías sobre esta foto. He visto en internet gente neofascista que dice que está en el infierno ahora o que es un hereje o tonterías así. Bueno, entiendo que los neofranquistas sean completamente alérgicos a esta imagen. Y, por otro lado, hay quienes ven una guerrera y también sobre eso había que decir la verdad. 

Creo que lo más característico de la foto es su mirada, la mirada desafiante que también te da la juventud. ¿Cree que en algún momento de su vida llegó a perder esa actitud retadora?

Era optimista. Bueno, en el final de su vida... Pero eso tiene poco interés y no lo cuento. Yo tengo la impresión de que tomó demasiados medicamentos, pero eso es una cosa mía. 

Bueno, pero ¿en su etapa de diplomática siempre mantuvo esa actitud desafiante?

Sí, tenía mucha soltura, sabía muy bien hablar. Los españoles, según veo, hablan todos muy bien. Sí, sí, ya lo creo. Y ella estaba en países extranjeros. Quizás un poco fríos, como Bélgica, Inglaterra. Bueno, tenía mucha admiración por el estilo de los ingleses, pero ella no lo tenía. Ella era extrovertida.

Pero cuenta en el libro que admiraba la educación y los buenos modales de Francia. O sea que tenía un poco de mezcla.

Sí, era su referencia: Francia. Eso de saber francés y de tener el primer diploma, que es el certificado de estudios que tenía un cierto nivel a esa época. Eso ayudó a mi tío durante la guerra. Lo admitieron inmediatamente como oficial en el ejército y Marina encontró inmediatamente una ocupación de intérprete de periodistas.

No sé si se hablaba en su casa, pero qué opinaba o cómo opinaba su madre acerca de las noticias que llegaban de España progresivamente, de la muerte de Franco, de la Transición…

La muerte de Franco la vivimos en España. Eso fue una cosa un poco extraordinaria, porque mi padre había rechazado una embajada. Eso no lo escribí. Rechazó una embajada en Bogotá porque era peligroso para los diplomáticos. Así que él no lo quiso así. No tuvo nunca el título de excelencia de embajador, pero tuvo mejor ir a Barcelona. Ser representante de Bélgica en Barcelona es casi una embajada, así que entre el 72 y el 76 tuvimos tiempo de ver la evolución de cerca. Además, mi madre siempre estaba al corriente de la actualidad en el mundo entero, en España y en el mundo entero. Era mucho más apasionada que yo.

¿Y qué cree que aportan historias individuales como las de Marina en un contexto global tan convulso como el de ahora?

Bueno, me parece que siempre es agradable interesarse por una persona como si tú la hubieras conocido un poco. Es mi misión, hacer un retrato muy vivo.

Hay una parte en el libro, al principio, en la que habla de que Marina fue a las Juventudes Socialistas y era comunista, de la misma manera que alguien criado en una familia conservadora hubiese ido a la iglesia.

Claro. Sí, porque era bastante obediente a lo que había alrededor. Se adaptaba. Por eso se adaptó tan bien a la diplomacia.

¿Cuál es su parte favorita del libro? La que más le gustó escribir.

Me apasionó interesarme por la Guerra de España, que conocía mal porque en la escuela me lo explicaron, pero en media hora. Y era el año de mi bachillerato. Era un solo profesor que nos lo contó en un curso muy corto He leído sobre la guerra. Eso me ayudó porque había cosas misteriosas. Por ejemplo, ¿por qué estuvo Marina como periodista en Valencia? ¿Por qué en Valencia? Eso no me lo explicó ella, pero veo la resolución de que el Gobierno se había mudado a Valencia y también el periódico, La verdad, se había mudado a Valencia, claro. Y así puedo seguir un poco sus huellas.

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