Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
El plante de Sumar desde dentro: “No lo aprobaremos sin medidas de vivienda”
Sánchez-Albornoz cumple 100 años: tres exilios, fuga de Cuelgamuros y memoria
Opinión - 'La jauría humana', por Rosa María Artal

Nicolás Sánchez-Albornoz cumple 100 años: tres exilios, fuga de Cuelgamuros y toda una vida dedicada a la memoria

Sánchez Albornoz en un homenaje en la Casa de América por sus 100 años

Guillermo Martínez

20 de marzo de 2026 22:21 h

0

Sus piernas soportan el peso de tres exilios; en sus manos queda la memoria esculpida a base de honradez; sus ojos han visto la cárcel, la huida, el compañerismo y el retorno; y su cabeza es testigo de todo un siglo de lucha, represión y buen hacer. El pasado 11 de febrero, Nicolás Sánchez-Albornoz y Aboín cumplió 100 años. Los homenajes oficiales y oficiosos se sucedieron y el cansancio llegó a él, al igual que la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X El Sabio. Así lo cuenta a elDiario.es una mañana de marzo, cuando el sol comienza a calentar las calles, por teléfono. Su voz tintinea como lo hacen aquellas golpeadas por el tiempo. Sin embargo, la firmeza de su expresión no deja lugar a dudas: la historia sigue viva en sus palabras. “Yo contesto lo que pueda, usted pregunte”, invita a explorar.

Su apellido procede del liberal republicano Claudio Sánchez-Albornoz, también historiador, que ejerció como presidente del Gobierno de la República en el exilio desde 1962 hasta 1970. Décadas antes, Nicolás ya había vivido junto a él su primer exilio tras el estallido de la Guerra Civil, en 1936. Sus pies, en crecimiento todavía, pisaron las calles de Lisboa y Burdeos. En 1940, volvió a España junto a sus hermanas ante el avance del nazismo en el país galo. Siete años después, ya militaba en la Federación Universitaria Escolar (FUE).

El 23 de marzo de 1947 es una de las primeras fechas clavadas en la retina de Nicolás. “Hacíamos la pintada de madrugada y hasta las 6 o 7 horas del amanecer no se veía”, cuenta. Se refiere al nitrato de plata que utilizaron para escribir “¡Viva la universidad libre!” en la fachada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, que solo se activaba con los primeros rayos de sol. “Llegué a la Facultad como si nada y me encontré con el revuelo. Pero yo, a silbar, a hacerme el loco”, rememora el que también llegaría a ser docente universitario y que, una y otra vez, asegura que poco más de lo que ya escribió en Cárceles y exilios (Anagrama, 2012) puede añadir. Casi proféticamente, en ellas dejó por escrito reflexiones como que “la memoria no se circunscribe al pasado, sino que es garante del futuro”.

La ministra Milagros Tolón hace entrega de la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X El Sabio al historiador Nicolás Sánchez Albornoz

De la cárcel de Alcalá a Cuelgamuros

No le detuvieron el mismo día. Una investigación posterior a la pintada condujo a la Policía hasta su paradero semanas después. Lo mismo les pasó a otros compañeros de la FUE. Los llevaron a la Dirección General de Seguridad, en la actual Puerta del Sol. Tras los interrogatorios, fueron conducidos a la prisión de Alcalá de Henares, que, décadas después, Nicolás vería ya convertida en Parador cuando él ocupe el cargo de primer presidente del Instituto Cervantes.

Para eso todavía quedaba mucho camino por recorrer. Recluido vio cómo tras los muros había palabras que no se podían pronunciar fuera de ellos. “Las libertades de pensamiento y expresión quedaron por lo tanto reducidas al ámbito de la cárcel”, recogen sus memorias. “Solo en prisión cabía hablar a calzón quitado. Preso no se podía caer. Ya se estaba”.

“En Alcalá éramos unos 800 presos que militaban en todos los partidos, en todas las organizaciones y de todas las corrientes. Allí esperábamos el consejo de guerra”, comenta al teléfono. El coronel Enrique Eymar instruyó la causa que el 12 de diciembre de 1947 condenó a 14 miembros de la FUE a penas de entre cuatro y ocho años de prisión. Esa sentencia significaba para Nicolás, que tenía 21 años entonces, perder seis de algunos de los mejores años de su vida. “Sin comerlo ni beberlo, a Manolo Lamana y a mí nos destinaron a Cuelgamuros”, añade.

La huida exitosa

Llegó al valle el 20 de marzo de 1948 y estuvo obligado a levantar el mausoleo franquista hasta el 8 de agosto del mismo año. Así se convirtió en uno de los cientos presos opositores al régimen incluidos en la redención de penas por el trabajo, aunque su paso por el destacamento no pasaría desadvertido: Nicolás y Lamana fueron las dos únicas personas que lograron escapar del valle de Cuelgamuros con vida. “Pensaba que estaría mi juventud sin poder hacer nada, ni estudiar, ni nada de lo que quería”, subraya.

Consiguió entrar en contacto con la FUE en el exterior, en Francia, para ver si les podían ayudar. “Nos dijeron que irían a por nosotros, y lo hicieron. Vinieron dos chicas norteamericanas en un coche junto con un compañero que conocía de la Facultad de Filosofía y Letras para identificarles, Paco Benet. Lamana y yo nos acercamos a San Lorenzo de El Escorial, y allí nos encontramos”, se explaya el cumpleañero para relatar su segundo exilio, inmortalizado en la película de 1998 Los años bárbaros, dirigida por Fernando Colomo.

La editorial Ruedo Ibérico, a caballo con el tercer exilio

Nicolás todavía recuerda lo primero que hizo al verse en Francia, liberado de la opresión de las garras franquistas: telegrafiar a su padre, que estaba exiliado en Argentina. El progenitor le mandó un pasaje de barco para encontrarse en el país del tango nueve años después de su última separación. “Imagina las ganas que teníamos de vernos”, exclama. En el país latinoamericano desarrolló parte de su carrera académica como historiador y profesor de universidad.

La tranquilidad duró unas dos décadas. En 1968, el golpe de Estado de Onganía en el país latinoamericano le obligó a volver a hacer las maletas y abandonar el que hasta ese momento había sido su hogar. “Me ofertaron un trabajo como docente en Nueva York. Fue mi tercer exilio”, precisa.

El sello editorial Ruedo Ibérico fue otra de las grandes hazañas que marcaron la vida de Nicolás. Junto a Vicente Girbau y Elena Romo, pero sobre todo José Martínez, desde Nueva York apoyó la creación en 1961 de este proyecto literario radicado en París. “Yo ayudé en todo lo que pude, incluso financieramente. Estaban en Francia y recuerdo hacer exposiciones en media Europa de la editorial”, reconoce.

Publicaron libros en castellano nunca antes vistos y que entraban clandestinamente por la porosidad de la frontera española. Pusieron sobre la mesa debates sobre historia, política, sociología, con una gran atención al movimiento anarquista, pero también dejaron espacio para la poesía a través de plumas como las de Gabriel Celaya, Blas de Otero y Alfonso Sastre. En sus Cuadernos escribieron León Felipe, Vicente Aleixandre, José Bergamín y Agustín Goytisolo, y por sus portadas se pasearon los pinceles de Antonio Saura, Antonio Tàpies, Genovés y Manuel Millares. El Gobierno español franquista intentó cerrar la editorial y librería que tenían en el barrio Latino de París, sin éxito. También sufrieron un atentado. El declive y muerte de Ruedo Ibérico llegó en 1981, justamente, con el asentamiento del nuevo periodo democrático en España.

Mientras tanto, en la New York University Nicolás impartió clases de Historia de España y de América Latina Contemporánea y llegó a ser catedrático en 1972. Cuatro años después, sus pies, ya crecidos y con paso firme, volvieron a pisar España.

Vuelta a Alcalá como director del Instituto Cervantes

Casualidades del destino, fue un 23 de abril el día en que tanto su padre, Claudio Sánchez-Albornoz, como él, Nicolás, retornaron desde Buenos Aires al país que los vio nacer. En la fotografía que la agencia EFE conserva del momento aparece un Claudio de 83 años, con sombrero y gafas, que realiza un amago de saludo con su mano izquierda nada más dejar atrás la puerta del avión de Iberia, antes de bajar la escalinata que le llevará a tierra firme. El pie de foto informa que volvía de 40 años de exilio y llegaba a la capital junto a su hijo Nicolás y nietos.

Entonces no llegó para quedarse. “Me establecí en Madrid cuando me convertí en director del Instituto Cervantes”, expone. Con la sede de esta institución en Alcalá de Henares, Nicolás se conocía bien las calles centenarias de la ciudad cervantina. “Paradojas de la vida, muchas veces comía en la Hostería del Estudiante, justo en frente del Parador, que antes fue la cárcel en la que estuve unos meses”, detalla.

De aquellos años al frente del Instituto, desde 1991 hasta 1996, recuerda su labor en Alcalá, su despacho en la calle Libreros y el “buen cocido que hacían en un restaurante al lado de la Universidad, que me lo tomaba y volvía a trabajar”, dice con cierta sorna.

Preocupación por el porvenir del mundo

Con un siglo de vida a sus espaldas, Nicolás se muestra agradecido por todos los eventos que han celebrado la efeméride. “Pero también ha sido una paliza. Muchos discursos, muchos abrazos, y todo eso cansa cuando uno tiene 100 años”, admite. Los homenajes se han sucedido en enclaves tan reseñables como la Residencia de Estudiantes, la Casa de América y el propio Instituto Cervantes. Asimismo, la ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Milagros Tolón, le entregó el día de su cumpleaños la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X El Sabio.

Homenaje Instituto Cervantes

Ese cansancio no es óbice para que muestre sus reflexiones sobre cómo “el mundo está patas arriba”. Su mensaje va cargado de consciencia y conciencia: “La gente se está matando y todo de forma gratuita. Es peligroso el mundo actual, y posiblemente comience un enfrentamiento más amplio. Estoy preocupado por el porvenir del mundo”. Sobre el avance y auge de la extrema derecha y discursos de odio, el historiador asevera que “eso también es preocupante pero no es esencial, porque es algo que puede fluctuar mucho en un sentido o el contrario, no es algo definitivo”.

Lanza sus últimos pensamientos para esta entrevista desde su casa, cerca del parque de El Retiro, tras tener el teléfono pegado a la oreja durante una media hora. Preguntado por qué piensa de sí mismo si echa la vista atrás, Nicolás responde que eso apenas tiene interés. “Lo importante es lo que la gente piensa de mí, y ahí hay diversidad de opiniones que en los últimos tiempos se han manifestado muy amablemente y con aprecio”, añade. A pesar de intentar sonsacar una respuesta más concisa y autorreferencial, Nicolás se despide con la humildad que siempre le precede: “Que qué pienso de mí. Pues nada. Yo no soy un torero para presumir de guapo o de feo”.

Etiquetas
stats