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Tres historias de desigualdad en la educación: “Entre la gente era el repetidor, el chaval que la liaba”

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Raúl Sánchez / Victòria Oliveres / Ainhoa Díez

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A Milagros, Iker y Elsa los separan cientos de kilómetros y pertenecen a tres generaciones. Los tres vienen de familias que como mucho habían terminado los estudios básicos y se criaron en barrios que están entre los más pobres de España. Sus historias no son idénticas, pero sí similares. Son la personificación de la rueda de la desigualdad: en los barrios más humildes se concentran las personas con menor nivel de estudios y, generación tras generación, la posibilidad de salir de ahí parece haberse convertido más en la excepción que en la regla.

Iker, 20 años (Valladolid)

Cada vez que ha empezado a estudiar algo, Iker Curero lo ha hecho con muchas ganas. La ESO, el Bachillerato o un grado medio en Administración de Empresas. Pero a medio camino aparecía algún problema que le hacía perder impulso y le reafirmaba en su pensamiento de que sentarse a estudiar simplemente no era para él. 

Tanto Iker como su familia son naturales del barrio de Pajarillos (Valladolid). Esta zona de tradición obrera fue considerada en su momento “el supermercado de la droga” de la ciudad y está en el 5% más pobre de España. “Nacidos y criados todos aquí”, resume Iker. Él ha sido el único que ha estudiado fuera del barrio, en un instituto de La Cistérniga. Una zona de renta alta de la misma ciudad. 

Hasta la ESO no destacaba en los estudios ni para bien ni para mal. Un alumno normal que no había suspendido nunca. Rompió la racha nada más empezar Secundaria dejando cinco asignaturas. Terminó repitiendo el segundo año. Si tuviera que resumir esta etapa en una sola palabra sería “cafre”. 

“Como repetí, entre la gente con la que me juntaba era el repetidor, el chaval que la liaba”, recuerda. “Pensé en dejar muchas veces, repetí segundo, pero al final la acabé sacando la ESO. Pero estudiar, lo que es sentarme a estudiar no me he sentado nunca, ni me ha gustado, ni creo que lo haga”, asegura.

Con el graduado en Secundaria, ya había superado los estudios alcanzados por sus padres, pero entre su madre y sus profesores le convencieron para que siguiese estudiando. “Mi madre se apretó el cinturón para pagarme el Bachillerato –que era privado en mi instituto– y que me lo pudiese sacar. Siempre ha intentado motivarme”, asegura. 

Una vez más, empezó con ganas, pero se le complicaron un par de asignaturas y las dudas que arrastraba de la secundaria se incrementaron: “Vas con intención de hacer la EBAU, de entrar a una carrera. Ahí fue cuando dije: 'no puedo seguir estudiando esto porque no es mi sitio'”. Pensó que lo había encontrado cuando empezó el grado medio en Administración. 

Este año trabaja de seis de la mañana a seis de la tarde como repartidor mientras saca las asignaturas que tiene pendientes. Ha dejado atrás a la persona “cafre” que era en el instituto y dice que su madre está contenta de verle centrado por primera vez. 

¿Su objetivo? En realidad, siempre ha sido el mismo. Quiere entrar en el Ejército, pero tiene claro que incluso en la carrera militar: “Cuántos más estudios, más cobras”. Así que, si por algún casual no consigue sus aspiraciones, prefiere dejarse las puertas abiertas a otras opciones.

Elsa, 31 años (Santander)

La familia de Elsa viene de “Las Casucas”, un poblado que construyeron en Cantabria para alojar a las personas que se quedaron sin casa tras el incendio de la capital. Hoy estarían en el barrio de La Albericia. Es en este distrito, que se encuentra en el 20% más pobre de España, donde se ha criado ella. Desde el colegio hasta el instituto.

Si tiene que señalar el momento en que empezó a tener problemas con los estudios sería 2º de la ESO. “Con 14 ó 15 empecé a juntarme con ‘los malotes’ y me volví muy vaga”, recuerda. Dejó siete asignaturas, recuperó las suficientes para pasar de curso y luego repitió 3º. En 4º probó primero la opción de ciencias puras con Física y Química porque “era muy chula”, asegura. Repitió otra vez, pero al año siguiente sacó el graduado en Secundaria. 

Aunque le habría gustado ser educadora infantil y sus padres la motivaban para que tuviese estudios, no empezó el Bachillerato. Intercaló periodos sabáticos con un año en la escuela de adultos para entrar en un grado superior de Educación Infantil, pero tampoco funcionó. “Tenía que saber Inglés, Matemáticas, Historia… cosas que pensaba que no me iban a servir de nada”, cuenta.

Estudiar más o menos le generaba sus propias contradicciones. “He visto a mi madre ganarse la vida limpiando casas y es algo que no quiero. Pero ni para mí, ni para ella”, explica. Al mismo tiempo sabía que, aunque sus padres no tenían estudios, su familia vivía bien. Así que a la hora de sentarse a estudiar solía ganar la pereza. 

Fue tras la muerte de su abuela cuando alcanzó un punto de inflexión y decidió que tenía que hacer algo con su vida. Dedicó dos años a cursar un grado medio de estética, porque entraba en juego el factor tiempo: “Podría haber hecho magisterio, sí, pero al final son cuatro años que no estás trabajando y que cuesta dinero también”, argumenta. Desde que terminó, ha cambiado de sitio, pero no ha estado más de un mes parada. 

Está contenta. También sabe que si tuviese que hacerlo todo de nuevo, estudiaría para ser educadora infantil. “Soy dependienta en una perfumería, también he sido esteticista. Si fuese lo otro, viviría mejor”, concluye. 

Milagros, 52 años (Tenerife)

Milagros recuerda el colegio como su “vía de escape”.  Se crio en una familia de 12 hermanos en Catalanes, un caserío montañoso y rural de la isla de Tenerife. Una zona de tradición agrícola y de rentas bajas. “Mis padres nos pusieron a mis hermanos y a mí en un colegio interno en La Esperanza. Íbamos el lunes y nos volvíamos el viernes”, relata.

“A mí el colegio siempre me gustó. Me gustaba hacer tareas y sacaba buenas notas”, recuerda. En octavo de EGB le ofrecieron una beca para continuar los estudios pero la familia se interpuso en el camino. Sus padres rechazaron la ayuda económica. “Creían que una mujer no era para estudiar, que su labor era ser una buena esposa. Era una forma de pensar de aquella época. Al final, yo acabé con 15 años sin haber suspendido nada”, explica. Así que en su lugar entró en un curso de corte y confección. 

Aunque ni ella ni ninguno de sus 11 hermanos tenía la expectativa de llegar a la universidad, no poder estudiar en su momento lo rememora con frustración y tristeza: “Estaban condicionando mi vida a ser una ama de casa”. Por eso, en cuanto tuvo edad suficiente para ello se puso a trabajar. Ahí llegaron los hijos y con ellos aparecieron también los problemas económicos. “Cuando tienes niños, tienes que sacarlos adelante como sea”, apunta Milagros. 

Trabajaba en lo que podía, desde supermercados hasta en la limpieza. “Cuando no estudias, siempre tienes el miedo de no dar el nivel que tienen los demás o de no hablar de forma correcta o de no tener la suficiente preparación”, se sincera. Incluso con ese miedo, decidió volver a estudiar. Empujada por su pareja de entonces, cuenta, se sacó el graduado de Secundaria a los 35 años con “buena nota”, el Bachillerato a distancia y un ciclo superior de Administración y Finanzas en muy pocos años.

Al mismo tiempo, sacaba adelante a sus hijos e intentaba darles el ejemplo que ella no había tenido en su momento. “Yo creo que el verme estudiar los motivaba para seguir adelante”, explica. Una oportunidad en contra de la estadística que han aprovechado y que les ha servido para romper la rueda de la desigualdad: sus hijos ya tienen o están a punto de terminar los estudios universitarios. Milagros lo tiene claro: “Siempre les he dicho: no tengo nada que ofrecerles salvo la posibilidad de estudiar. Es la mayor herencia que yo les puedo dejar”. 

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