¿Por qué los antiguos habitantes de Arabia cazaban y comían tiburones? Lo que hoy es arena fue entonces un mar lleno de vida

Las arenas de Omán esconden los restos de un antiguo fondo marino donde hoy apenas sobrevive la vegetación

Héctor Farrés

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Los suelos que apenas retienen humedad dejan en la superficie una capa rugosa y quebradiza donde el calor se acumula. En ese ambiente hostil se extienden los paisajes de Arabia, una región marcada por la escasez de agua y la amplitud de sus desiertos. Allí el aire vibra con temperaturas que deforman la vista y el terreno parece ajeno a cualquier forma de vida marina. Sin embargo, en algún momento remoto, ese mismo territorio estuvo cubierto por un mar denso y lleno de vida, donde los tiburones prosperaban.

Esa paradoja geológica, la de un mar convertido en arena a raíz de colisiones tectónicas hace millones de años y desertificación monzónica es el punto de partida para comprender uno de los hallazgos más insólitos sobre la adaptación humana en climas extremos, y con ello se abre la pregunta de cómo esos animales llegaron a formar parte de la dieta de las comunidades que habitaron la zona.

Un hallazgo arqueológico que cambia la historia del Neolítico árabe

Un equipo del Instituto Arqueológico de la Academia de Ciencias de la República Checa en Praga ha identificado en el yacimiento de Wadi Nafūn, en Omán, la evidencia más antigua de consumo sistemático de tiburones por comunidades prehistóricas, según la revista Antiquity. El hallazgo forma parte de una investigación iniciada en 2020 que también ha revelado la existencia del enterramiento colectivo megalítico más antiguo de la región, un descubrimiento que ha transformado la comprensión de la vida en Arabia meridional durante el Neolítico.

El grupo dirigido por la arqueóloga Alžběta Danielisová, responsable del Departamento de Ciencias Naturales y Arqueometría del instituto checo, desenterró los restos en una zona donde el clima actual impone grandes limitaciones a la conservación. La excavación mostró estructuras de piedra y restos humanos que datan de la primera mitad del V milenio antes de nuestra era. Entre los materiales hallados aparecieron dientes de tiburón y huesos que permitieron reconstruir una parte de la dieta de aquella comunidad, hasta ahora desconocida.

Los investigadores hallaron huesos y dientes en buen estado pese al clima extremo

La aridez extrema del entorno obligó a emplear métodos poco habituales. Ante la falta de colágeno en los huesos, el equipo optó por analizar la parte mineral de los restos, en especial los dientes humanos, cuya superficie contenía información estable sobre alimentación y procedencia. El antropólogo Jiří Šneberger explicó que la dentición presentaba un desgaste singular, indicio de una dieta específica y de un posible uso de los dientes como herramienta, una peculiaridad observada también en otros contextos neolíticos.

Los estudios isotópicos se realizaron en colaboración con el Instituto Max Planck de Química, en Mainz. Se analizaron isótopos de carbono, oxígeno, estroncio y nitrógeno para comparar la proporción de alimentos marinos y terrestres en la dieta. Los resultados mostraron que el consumo de carne de tiburón fue habitual y que los individuos analizados procedían de áreas situadas hasta 50 kilómetros del yacimiento. Esa información permitió trazar una red de movilidad y relación entre grupos dispersos de la zona.

El equipo del Instituto Arqueológico de Praga descubrió en Wadi Nafūn las pruebas más antiguas del consumo de tiburones por parte de comunidades prehistóricas

Según Danielisová, “por primera vez hemos podido documentar, mediante datos científico-naturales, la existencia de una caza especializada de depredadores marinos”. Añadió que “no se trataba de proteínas comunes, sino de proteínas procedentes de la cúspide de la cadena trófica”. Estas afirmaciones describen un modo de vida que requería conocimientos precisos sobre el mar y técnicas avanzadas para capturar animales de gran tamaño, algo insólito en comunidades situadas en zonas áridas.

El conjunto de datos recogidos en Wadi Nafūn demuestra que estas poblaciones practicaban una forma de subsistencia flexible, que incluía la caza terrestre, la recolección, el pastoreo y una explotación sistemática de los recursos marinos que existían en aquel momento. Los análisis apuntan además a que el enclave se mantuvo activo durante más de tres siglos, funcionando como lugar ritual y de enterramiento grupal. Su continuidad en el tiempo revela una cohesión social basada en la cooperación y en el aprovechamiento de los recursos de la costa de aquel entonces, un hecho que permitió sobrevivir en un entorno de lleno de extremos.

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