Un asentamiento de la Edad del Hierro en el sureste peninsular aparece arrasado tres veces y los arqueólogos han reconstruido qué ocurrió
La desigualdad en la fuerza de los grupos no solo cambia quién manda, también decide quién resiste y quién acaba perdiendo su espacio. En la Península Ibérica de hace miles de años, esa lucha por el poder entre comunidades con más recursos y otras con menos capacidad marcó la vida diaria, desde el control del territorio hasta la forma en que se ocupaban los asentamientos.
Algunos enclaves concentraban población, rutas y producción, mientras otros quedaban en posiciones más expuestas, con menos margen para defenderse o negociar. Esa diferencia no siempre se resolvía con acuerdos, y en muchos casos derivaba en episodios de presión o violencia que alteraban el ritmo de ocupación del territorio.
El resultado se veía en cambios bruscos en el uso del espacio, en abandonos temporales y en reconstrucciones repetidas que reflejan una tensión prolongada. Esa situación general ayuda a entender por qué ciertos lugares muestran huellas de destrucción repetida mientras otros consolidan su control sin interrupciones.
Un yacimiento de Albacete sufrió tres fuegos sucesivos
Un estudio publicado en Archaeological and Anthropological Sciences, recogido por La Brújula Verde, documenta que el yacimiento de Varica Virtudes, en Albacete, sufrió tres incendios sucesivos durante la Edad del Hierro.
El trabajo, realizado por S. González Reyero y un equipo del CSIC junto a la Universidad de Jaén y la Universidad de Cantabria, identifica estos episodios como parte de una dinámica de conflicto ligada al control territorial. Los investigadores analizan el lugar con técnicas como micromorfología de suelos y dataciones por radiocarbono, lo que permite reconstruir con detalle las fases de ocupación y destrucción.
Antes de convertirse en un asentamiento estable, el espacio de Varica Virtudes tuvo un uso muy distinto. Durante la Edad del Bronce, la zona funcionaba como área de pastoreo, algo que se ha podido comprobar al detectar hasta 2,3 millones de microcristales de estiércol por gramo de sedimento junto a hongos asociados a excrementos de rumiantes.
No había construcciones en las que vivir, solo actividad ganadera ligada al entorno del río Taibilla. Ese patrón cambió con la llegada de la Edad del Hierro, cuando aparecen suelos de arcilla, muros de adobe y objetos cotidianos como cerámica o pesas de telar, lo que indica una ocupación residencial organizada.
El calor extremo confirma incendios dentro de las casas
Ese cambio no se mantuvo estable en el tiempo, porque el mismo espacio se reconstruyó varias veces. Los arqueólogos han identificado tres viviendas superpuestas, cada una levantada sobre los restos de la anterior tras un episodio de destrucción.
Cada fase presenta un suelo distinto, con colores y composiciones diferentes que permiten separarlas en el registro arqueológico. Entre una ocupación y otra se desarrollaron procesos naturales como la aparición de raíces o pequeños animales, lo que indica que las reconstrucciones no fueron inmediatas y que hubo abandonos intermedios.
Para confirmar que esas destrucciones fueron incendios intensos, el equipo recurrió a análisis químicos de los adobes. Mediante espectroscopía infrarroja, compararon los restos arqueológicos con materiales fabricados en laboratorio a partir de tierras locales sometidas a distintas temperaturas.
Los resultados muestran que los muros alcanzaron entre 500 y 700 grados, un rango que solo se consigue con fuegos prolongados en espacios cerrados. Además, los cambios de color en los materiales coinciden con condiciones de baja presencia de oxígeno, típicas de incendios dentro de estructuras habitadas.
Un asentamiento cercano ejercía presión sobre el enclave
Ese nivel de destrucción llevó a los investigadores a plantear una causa que va más allá de un accidente en casa. A unos 3 kilómetros se encuentra El Macalón, un asentamiento de mayor tamaño que en la misma época concentraba población, controlaba rutas y desarrollaba actividad metalúrgica.
La proximidad entre ambos lugares y la coincidencia parcial en sus fases de ocupación permiten proponer una relación de dependencia. El equipo señala que Varica Virtudes pudo estar sometido a presión por parte de ese centro de poder, con episodios de coerción que explicarían los incendios repetidos.
La forma en que colapsaron las viviendas refuerza esa interpretación. Los restos de adobe se acumulan formando pendientes hacia el interior, un patrón que aparece cuando las paredes se derrumban tras arder desde dentro.
Los fragmentos más finos quedan en la base y los más grandes en la parte superior, lo que indica un proceso gradual de caída tras la pérdida de estabilidad de la estructura. Ese tipo de derrumbe descarta causas como terremotos o desgaste natural y apunta a incendios originados en el interior de las casas.
Ambos asentamientos acabaron siendo abandonados
La repetición de estos episodios no es un caso aislado, sino que se inserta en un contexto más amplio de transformación social. Durante el primer milenio a.C., las comunidades ibéricas experimentaron cambios en la organización del territorio, con la aparición de núcleos más grandes que buscaban concentrar poder y recursos.
Ese proceso generó tensiones, con intentos de dominio que no siempre se consolidaban. En ese entorno, el uso del fuego como herramienta de presión aparece como una posibilidad que encaja con las evidencias arqueológicas.
El recorrido de ambos asentamientos termina de forma similar. Varica Virtudes dejó de ocuparse tras la última fase de destrucción, y El Macalón tampoco logró consolidar su control a largo plazo. Los datos del estudio indican que las dinámicas que impulsaron su crecimiento no se mantuvieron y que el lugar fue abandonado.
Esa coincidencia muestra que el equilibrio de poder en la zona era inestable y que ni siquiera los enclaves más fuertes lograron mantener su posición con el paso del tiempo, lo que explica por qué el paisaje arqueológico conserva huellas de conflicto más que de continuidad.
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