La agonía de Maricarmen, de 87 años, se convierte en una fiesta de la resistencia para evitar un tercer intento de desahucio
Música, cánticos reivindicativos, alguna lágrima propia o ajena y un pasillo humano que la acompañó hasta casa. Aunque también estaba previsto, finalmente no hubo acampada: al menos al día siguiente aún no habría nada que temer. Contra todo pronóstico, así ha terminado la marcha multitudinaria convocada esta tarde en apoyo a Maricarmen, la vecina de 87 años que aún resiste a los intentos de un fondo para desahuciarla de su hogar en la calle Alcalde Sainz de Baranda, en pleno centro de Madrid. Su familia firmó el contrato de arrendamiento en 1956, un conflicto legal con este modelo de renta antigua permitió que Urbagestión se hiciera con la propiedad y amagara con expulsarla, primero en octubre y luego este miércoles.
El desalojo se ha frenado a última hora, pero eso no ha impedido que cientos de personas salgan a la calle para defender su derecho a la vivienda. “Esto no es una victoria: sabemos que lo hacen para desmovilizar a los vecinos y que no vayamos a apoyarla en el siguiente intento”, señalan desde la manifestación fuentes del Sindicato de Inquilinas de Madrid, que había convocado la protesta y programado una acampada nocturna frente a la casa de Maricarmen, en aras de impedir su desalojo a la mañana siguiente. Pero la cita se ha pospuesto hasta dentro de tres semanas.
El Juzgado de Primera Instancia de Madrid número 90 lo confirmó a última hora: en lugar del 3 de junio, tendrá lugar el día 24. “Nos veremos entonces, Maricarmen”, aseguró desde el distrito de Retiro el actor Juan Diego Botto, uno de los artistas invitados al pasacalle por la vecina. Comenzó a las 19.30 horas frente a una biblioteca municipal de Retiro. Junto a él estuvieron otras caras conocidas de la cultura, con Ismael Serrano y Rozalén cantando en dúo frente a una multitud que rodeaba a una mujer en el centro: la anciana de 87 años, que ya se ha convertido en un símbolo de la crisis de vivienda.
La actual situación de la inquilina se debe, en buena medida, al machismo imperante en la legislación franquista. “Las mujeres no podían entonces firmar contratos de alquiler”, contaba ella misma a elDiario.es sobre la primera firma del contrato, que hizo su padre en los años 50. Al no poder firmar de primeras la madre, fue subrogada con la muerte del marido. Acogida a las rentas antiguas previas al decreto Boyer que acabó con los contratos indefinidos de alquiler, tan solo se permitía una subrogación indefinida, por lo que la muerte de la madre en 2005 terminó con su blindaje. Como segunda subrogada, ya no estaba protegida.
Pese a ello, los antiguos propietarios respetaron su renta antigua. También lo hizo Renta Corporación, la inmobiliaria que compró en primera instancia la vivienda en el año 2018 y que le ofreció comprar la vivienda a un precio que no podía asumir. La empresa respetó la negativa, pero vendió la vivienda a la inmobiliaria Urbagestión, que solo le dio la opción de quedarse con un alquiler de 1.650 euros al mes. Esto es, más del triple de lo que paga a día de hoy, unos 500 euros. Una cifra inalcanzable para alguien que cobra una pensión de 1.400 euros.
Después de negarse, recibió la orden judicial de desahucio a finales de 2020: “Yo no sé quiénes son estos señores, nunca he hablado con ellos”. El juzgado número 90 de Madrid dio la razón al considerar que cuando se produjo su subrogación, los entonces propietarios del inmueble la aceptaron, “tácitamente” y que los compradores mantienen esta aceptación. Pero la Audiencia Provincial y el Supremo se posicionaron con las pretensiones de los propietarios y en 2024 llegó otra carta de desahucio.
Desde entonces, Maricarmen ha inspirado a su alrededor un movimiento de resistencia ciudadana impulsado, a la vez, desde los colectivos por el derecho a la vivienda, llegando a participar como figura invitada en la última gran manifestación social de mayo. Entonces sonaron muchos de los cánticos que ahora se repiten en favor de la inquilina de Retiro. “Si pago el alquiler me quedo sin comer”; “no es meritocracia, es parasitismo” o “Maricarmen se queda” fueron réplicas a viva voz que, esta tarde, despertaron la curiosidad de varios paseantes en el centro.
La protagonista de la marcha encabezaba la multitud desde su silla de ruedas, que era empujada por una de las manifestantes que vestían de naranja reflectante, el color del chaleco que portan los miembros del Sindicato de Inquilinas. A sus 87 años, la vecina lloró y rió, y también animó a la cola humana que la seguía a elevar la voz de sus consigna haciendo gestos con las manos. “Tengo una edad, problemas de movilidad y aún así la única opción que me dejan es seguir luchando”, volvió a reclamar desde su calle en declaraciones a la prensa, a la espera de que su caso no caiga en el olvido y las semanas no frenen la presión vecinal.
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