Cinco cartas de amor, escritas en pleno siglo XVII, revelaban un romance clandestino cuyo sorprendente desenlace costó 2.370 reales

La historia de este romance tiene su origen en un legajo fechado en 1617, una auténtica joya documental de cinco cartas de apasionado amor escritas por una joven de 19 años

Alberto Gómez

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El amor clandestino y las pasiones arrebatadoras no son invenciones de las telenovelas modernas, sino emociones universales que han latido con fuerza a lo largo de los siglos. En la historia de la España del siglo XVII, bajo la estricta moralidad del Barroco, los jóvenes enamorados se las ingeniaban para sortear la vigilancia paterna y eclesiástica. Las promesas de matrimonio eran asuntos sumamente serios, y los tribunales de la época estaban repletos de pleitos por incumplimiento de la palabra dada, revelando dramas ocultos que hoy resultan fascinantes para el lector moderno.

Este apasionante asomo al amor y a la intimidad del pasado está recogida en investigaciones detalladas como “Una aportación a la historia de las mentalidades: cartas de amor en el barroco”, escrita por Mª Areños Muñoz Rodríguez y publicada dentro del Volumen I de las Actas del II Congreso de Historia de Palencia. Este documento rescata de los archivos un legajo fechado el 5 de diciembre de 1617 que esconde una auténtica joya documental: cinco cartas de apasionado amor escritas por una doncella de tan solo 19 años.

La historia está protagonizada por María Ferragudo Cuende y Grijalba, una muchacha de buena familia, y su primo hermano, Mateo Pinto de Quintana, un joven huérfano de veinte años. Mateo, perdidamente enamorado, había abandonado sus estudios religiosos en Salamanca con la firme intención de casarse con ella. Sin embargo, ante la rotunda negativa posterior de María a cumplir su promesa, instigada por la fuerte oposición de su padre, Mateo decidió llevar el caso ante la justicia del Tribunal Eclesiástico de Palencia.

Para enviarse mensajes sin ser descubiertos, la pareja utilizaba a improvisadas celestinas

Lo más intrigante y novelesco del caso es la férrea actitud que mantuvo María durante todo el juicio. Frente al tribunal, la joven negó categóricamente haber dado en algún momento palabra de matrimonio y rechazó cualquier vínculo romántico con su primo. Sin embargo, Mateo no acudió al juicio con las manos vacías; como prueba irrefutable de su relación, presentó ante el asombrado Provisor y Vicario General cinco misivas escritas del puño y letra de la propia muchacha.

Las cartas, lejos del tono frío del juzgado, revelan a una mujer profundamente enamorada y dispuesta a desafiar las convenciones de su tiempo. Con encabezamientos vibrantes como “Corazón mío i bida mía”, María confesaba a Mateo que le quería “después de Dios más que a ninguno oi en el mundo”. En sus escritos, le juraba lealtad absoluta y le aseguraba que, si el mismísimo rey de la tierra se le ofreciera, ella no tendría valor para olvidarle ni cometer tal traición, dispuesta incluso a enfrentar la muerte por él.

Estas misivas también nos muestran el complejo entramado de confidencias, complicidades y espionaje doméstico que rodeaba a los amantes de la época. Para enviarse mensajes sin ser descubiertos, la pareja utilizaba a criadas como Isabel y a vendedoras como Antonia, quienes hacían las veces de improvisadas celestinas. A través de esta red secreta, intercambiaban recados y regalos, como un rosario leonado comprado en Valladolid, cintas bordadas y puños, manteniendo viva la llama a escondidas de la vigilancia familiar.

Pero la desbordante pasión de María iba de la mano de un miedo cerval hacia su progenitor, Juan Ferragudo, un hombre al que la documentación describe con un “agrio carácter”. En una de las misivas, la joven confiesa a Mateo el pavor que le produce ser descubierta, rogándole cautela: “Te prometo que sino temiera tanto a mi padre como le temo (...) ¡bida mía! que io no saliera biba de sus manos”. Este terror puro y terrenal justifica, en gran medida, su negativa pública a reconocer el romance ante la justicia.

El estrecho parentesco entre ambos jóvenes constituía, además, el principal impedimento legal y religioso para su unión matrimonial. Al ser primos hermanos, necesitaban imperativamente una dispensa especial de la Curia Romana para poder casarse. Mateo, movido por el fervor de su enamoramiento, gastó la considerable suma de 2.370 reales en conseguir la Bula papal desde Roma, pero para cuando el costoso documento llegó a Medina de Rioseco, la actitud de su amada ya había dado un giro radical e irreversible.

Durante el dilatado proceso judicial, que se alargó cuatro meses, el Tribunal Eclesiástico tomó una medida drástica para proteger a la joven: ordenó que María fuera “depositada” lejos de su casa paterna, concretamente en el hogar de un pariente, el cura Blas Salvador. El objetivo era evitar que su padre la coaccionara o violentara para que declarase en contra del demandante. Sorprendentemente, ni siquiera en esta situación de aislamiento y aparente libertad la joven reconoció la relación ante las autoridades.

Fin del litigio, fin del romance

Tras meses de litigio, frustración y desgaste, este romance del Barroco tuvo un desenlace más pragmático que poético. Mateo, agotado por lo que él mismo llamó la “inmortalidad de un pleito eclesiástico” y al ver que María insistía en su terca negación, decidió retirar finalmente la demanda. En su amarga renuncia, el joven alegó que no deseaba forzar un matrimonio “sin entero gusto de la dicha doña María Ferragudo y de sus padres”, poniendo fin a su desesperado intento legal.

El destino de ambos protagonistas tomó rumbos completamente distintos y definitivos tras el escándalo que sacudió a su entorno. Mateo, probablemente desengañado del amor terrenal y de las promesas femeninas, parece haber vuelto a tomar los hábitos religiosos que en su día colgó por su prima. Por su parte, la indomable María no permaneció soltera por mucho tiempo: los archivos sacramentales revelan que, apenas unos meses después, contrajo matrimonio con don José de Vela, un respetado catedrático de la Universidad de Salamanca.

Estas excepcionales cartas de amor, archivadas casi por accidente entre fríos y burocráticos documentos judiciales, nos ofrecen hoy una ventana inigualable a la vida íntima de nuestros antepasados. Más allá del rígido lenguaje jurídico y de las estrictas normas sociales, nos demuestran que las emociones humanas han permanecido inalterables. A través de su caligrafía apresurada, la voz de María Ferragudo sigue latiendo con fuerza, permitiéndonos escuchar cuatro siglos después los ecos de un amor tan apasionado como prohibido.

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