Un estudio revisa víctimas de asesinos en serie y encuentra un patrón repetido que cambia cómo se eligen
Los asesinos en serie repiten gestos cuando eligen a quién atacar, y esa repetición se nota en los rasgos de las personas que acaban siendo sus víctimas. Ted Bundy, por ejemplo, buscaba mujeres con el pelo oscuro y la raya en medio, una elección que se repitió en varios de sus crímenes y que formaba parte de su forma de actuar.
Ese tipo de comportamiento no aparece al azar, porque muchos agresores fijan su atención en caras que recuerdan a alguien de su entorno cercano. En varios casos, esas similitudes apuntan a figuras familiares ligadas a experiencias traumáticas durante la infancia.
Un equipo universitario plantea medir similitudes faciales
Un estudio de la Universidad de Murdoch, publicado en The Police Journal: Theory, Practice and Principles, muestra que los asesinos en serie tienden a elegir víctimas con rasgos faciales similares y propone una herramienta para detectarlo.
El trabajo indica que esa repetición puede medirse con datos, no solo con impresiones, y que esos patrones pueden ayudar a vincular casos sin resolver. Según el equipo, el sistema detecta “rasgos sutiles de la geometría facial” que pasan desapercibidos cuando se revisan fotos sin un método definido.
Los investigadores explican que muchos delincuentes seleccionan a sus víctimas siguiendo criterios como edad, sexo o apariencia, y esos criterios se repiten en varios ataques del mismo agresor. En algunos casos, el parecido se dirige hacia una persona concreta del pasado, como un progenitor, y esa referencia se traduce en elecciones repetidas con características físicas similares.
El patrón observado en Bundy anticipa futuros objetivos
El caso de Theodore Robert Bundy encaja en ese comportamiento, ya que sus víctimas compartían un tipo de peinado y rasgos que se repetían una y otra vez. Ese patrón no solo describe lo que ocurrió, también permite anticipar qué tipo de persona podría ser objetivo en futuros ataques.
Cuando no hay testigos ni restos biológicos, la investigación se queda sin apoyos claros para avanzar, y eso deja muchos casos abiertos durante años. En ese contexto, resulta difícil conectar crímenes cometidos en lugares distintos aunque el autor sea el mismo.
Muchos asesinos en serie han sido detenidos, pero no se ha logrado demostrar su relación con todos los hechos que se les atribuyen. Esa falta de conexión entre víctimas obliga a buscar métodos que permitan comparar casos a partir de otros datos disponibles.
El sistema mide proporciones a partir de 21 puntos del rostro
La técnica que propone el estudio se llama Vínculo de Similitud Facial y se basa en medir partes concretas del rostro en lugar de mirar fotos de forma general. El equipo identificó 21 puntos en cada cara, entre ellos las comisuras de los labios, los bordes de los ojos, la punta de la nariz y el mentón, y midió la distancia entre ellos para construir proporciones.
Ese sistema evita errores provocados por fotos tomadas desde distintos ángulos o con tamaños diferentes, algo habitual cuando las imágenes proceden de redes sociales o archivos personales. Al trabajar con proporciones, las comparaciones se mantienen aunque la imagen esté inclinada o recortada.
Tras aplicar este método, los investigadores obtuvieron 55 medidas faciales que permiten diferenciar a personas relacionadas entre sí de otras que no lo están. Esas medidas funcionan incluso cuando las imágenes no son de buena calidad, y permiten agrupar víctimas que comparten rasgos sin necesidad de otros datos. El análisis no se queda en una coincidencia general, porque define qué partes del rostro coinciden y en qué grado lo hacen. Esa precisión permite separar casos que parecen similares de otros que realmente siguen un mismo patrón.
El sistema también se ha probado con personas sin experiencia previa, y aun así lograron mantener un error cercano al 5% siguiendo instrucciones sencillas. Esa facilidad abre la puerta a que se utilice en distintos equipos de investigación sin necesidad de formación avanzada.
Además, los autores plantean que el proceso puede integrarse con inteligencia artificial para analizar miles de imágenes en poco tiempo. Con ese desarrollo, la policía podría revisar grandes bases de datos y encontrar conexiones entre víctimas que hasta ahora no se habían detectado.
La herramienta se integra con otras pruebas policiales
La herramienta no sustituye a pruebas como el ADN o las huellas, pero se añade cuando esos datos no están disponibles o se han deteriorado. En esos casos, comparar rostros permite orientar la investigación hacia un sospechoso común cuando varias víctimas presentan rasgos similares. Ese uso convierte el análisis facial en una forma de organizar la información disponible y reducir el número de hipótesis abiertas.
El estudio de la Universidad de Murdoch plantea que este tipo de análisis puede incorporarse como parte habitual del trabajo policial, siempre que se utilice junto a otras pruebas. Los autores explican que características como la edad, el sexo o la apariencia influyen en la elección de la víctima, y que esos factores pueden medirse con herramientas como esta. Esa forma de analizar los casos permite revisar investigaciones antiguas con nuevos criterios y comprobar si varias víctimas responden al mismo patrón de elección.
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