Ven castores europeos en el Tajo aguas abajo de Entrepeñas y la explicación no encaja con su expansión natural
Un cambio en el curso del agua puede alterar todo un tramo de río aunque el paisaje parezca el mismo. El castor es uno de los animales que provocan ese tipo de transformación porque corta árboles, acumula ramas y modifica el paso del agua con estructuras que retienen caudal y lo liberan poco a poco.
Esa función en los ríos tiene efectos muy concretos, desde la formación de zonas húmedas hasta la aparición de refugios para otras especies cuando el nivel baja en verano. Sin embargo, lo que está ocurriendo en España no encaja con el comportamiento esperado de esta especie, ya que su presencia aparece en puntos aislados y alejados entre sí, algo que apunta a movimientos que no siguen un patrón natural.
El castor europeo aparece en cuencas separadas sin conexión natural
El castor europeo ha aparecido en varias cuencas españolas con indicios de introducción no natural y obliga a replantear su gestión. Según recoge Xataka, hoy hay ejemplares en el Segrià, el Tajo y en el Guadalquivir, y las estimaciones de desplazamiento natural no cuadran con esas distancias.
Un estudio publicado en SECEM documenta su presencia en el Tajo, mientras que investigaciones en Galemys sitúan poblaciones ya asentadas en otras zonas. La cuestión ya no es si está presente, sino cómo actuar ante una expansión que no sigue las reglas habituales.
El interés por este animal se explica en parte por su capacidad para cambiar el agua de forma cuantificable. Un trabajo de diez años desarrollado por la Universidad de Exeter junto a Devon Wildlife Trust analizó varios humedales creados por castores y calculó que almacenaban más de 24 millones de litros en cuatro territorios.
Además, ese mismo estudio detectó que durante episodios de lluvia intensa los caudales aguas abajo bajaban una media del 30%, ya que las estructuras frenaban el avance del agua. En periodos secos ocurre el proceso contrario, porque el agua retenida se libera poco a poco y mantiene el flujo en tramos donde normalmente desaparecería.
Los registros recientes muestran apariciones en ríos sin conexión
Ese comportamiento contrasta con lo que se observa en España cuando se analizan las distancias entre poblaciones. El paleozoólogo Marco Ansón explicó tras ver un ejemplar en el Tajo que “me voló la cabeza”, ya que no existían registros previos en ese tramo.
El punto documentado en Zorita de los Canes queda a más de 100 kilómetros de la población conocida más cercana, una separación que dificulta explicar su llegada por dispersión natural, ya que no hubieran sido capaces de hacer ese trayecto solos. El propio Ansón llegó a ironizar en prensa al señalar que “los castores han venido en furgoneta”, una forma de resumir que alguien pudo trasladarlos de una cuenca a otra.
Esa anomalía se confirma al observar la cronología reciente. Primero aparecieron en el Tormes en 2022, después en el Guadalquivir en 2023 y más tarde en el Tajo en 2024. En el caso andaluz, la distancia entre puntos supera los 365 kilómetros, un recorrido imposible para estos animales en tan poco tiempo según los cálculos citados por la bióloga Teresa Calderón. La secuencia muestra saltos bruscos entre ríos que no están conectados de forma explícita, lo que refuerza la hipótesis de sueltas no controladas.
En España no levantan grandes diques como en el norte europeo
El efecto que pueden tener en España no es idéntico al de otros países. En algunos tramos del Tajo se ha observado que no construyen presas como en el norte de Europa, aunque sí dejan señales claras como árboles derribados y acumulación de madera. Esa diferencia cambia el tipo de impacto porque la ausencia de diques limita la creación de grandes humedales.
Aun así, estudios en Estados Unidos sobre incendios forestales muestran que las zonas con presencia de castores mantienen más humedad, ya que el 89% de esos tramos se clasificaron como refugios frente al fuego frente al 60% en riberas sin ellos.
La protección legal y el seguimiento marcan la gestión actual
La situación actual también se entiende al mirar atrás. En 2003 se liberaron de forma clandestina 18 ejemplares en la cuenca del Ebro, y durante años se intentó eliminarlos sin éxito. Más de 200 animales fueron abatidos en regiones como La Rioja, Navarra y Aragón, aunque la población siguió creciendo.
En 2020, el BOE incluyó al castor europeo en el listado de especies protegidas, lo que cambió el enfoque y obligó a pasar de la eliminación a la gestión. Ese cambio coincide con datos recientes, como los recogidos en Galemys, que indican presencia en 375 de los 378 kilómetros estudiados en La Rioja y una población estimada de entre 436 y 465 ejemplares.
La respuesta institucional se centra ahora en conocer el alcance real del problema. Las autoridades de Castilla-La Mancha trabajan en sistemas de seguimiento que incluyen captura y marcaje para entender los movimientos de los animales.
Según RTVE, los investigadores advierten de que las sueltas no oficiales pueden generar problemas sanitarios y alterar el equilibrio de los ecosistemas. Además, el origen desconocido de algunos ejemplares complica cualquier plan a largo plazo, ya que no se sabe si forman parte de una población estable o de introducciones puntuales.
El caso sigue abierto porque la presencia del castor ya no es anecdótica y aparece en varios puntos del mapa. A medida que se asienta en nuevos tramos, obliga a vigilar riberas, cultivos y sistemas de riego que pueden verse afectados por su actividad. Ese seguimiento continuo se ha convertido en la única forma de entender qué ocurre en cada río mientras los animales permanecen allí y continúan modificando el entorno donde han aparecido.
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