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Siembra participación en otoño y recogerás cambio en primavera

Nos jugamos mucho en estos meses. Mientras los rumores sobre el adelanto electoral serán una constante en un Congreso sin mayorías claras, lo que sí es seguro es que dentro de seis meses, a finales de mayo, tendrán lugar de forma simultánea las elecciones europeas, autonómicas y municipales. Y a nadie se le escapa que lo que suceda en estos tres niveles tendrá implicaciones directas en el futuro de nuestro país, y en la idea de Europa como espacio de derechos y libertades.

Han transcurrido ya diez años desde el inicio de la crisis financiera, y sus efectos políticos y sociales no solo no han desaparecido, sino que la creciente oleada de nacionalismos y xenofobia que va ganando terreno no se entiende sin el malestar, la incertidumbre y el miedo que están experimentando amplios sectores de nuestras sociedades.

Entre las múltiples crisis que afronta la Unión Europea en estos tiempos y las distintas dimensiones que entran en juego (política, económica, social…), la crisis de identidad es quizás la más inquietante, en la medida en que repercute en el resto. ¿Qué queda de Europa tras la crisis? ¿Seguimos pensándola como un espacio inclusivo, referente de los avances democráticos y sociales en el mundo? Las políticas de austeridad y la gestión de la crisis migratoria son ejemplos claros de cómo la idea de Europa se degrada y pervierte, al anteponerse las lógicas de mercado y el nacionalismo a uno de los principales proyectos de paz del último siglo.

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Memorias, derechos humanos y ciudadanías

La Puerta del Sol de Madrid, epicentro del 15M, en mayo 2011

Vivimos tiempos turbulentos, con profundas transformaciones políticas y culturales sobre las que parece que hemos perdido cualquier posibilidad de orientación democrática que habiliten nuevas ciudadanías, justas y sostenibles, en el siglo XXI.  

Hace casi una década constatamos una progresiva banalización de la democracia occidental, con un diagnóstico crítico probado empíricamente por Peter Mair sobre el espiral de declive democrático, articulado sobre la constante caída de afiliación partidista, participación electoral y consiguiente distanciamiento de la ciudadanía de la vida pública-política. Unos partidos crecientemente cartelizados, financiados crecientemente desde el Estado, que acuden a estrategias de márketing político y centralizan las decisiones en cúpulas cada vez más pequeñas, son fácilmente capturables por los poderes corporativos, por lo que dejan de responder a los intereses de los ciudadanos. Su diagnóstico sombrío era que en la Unión Europea estábamos gobernando el vacío político.

La crisis financiera de 2007 ha hecho emerger de manera progresiva una coyuntura de polarización, populista en la sugerente teorización de Ernesto Laclau, donde intereses y pasiones políticas buscan realinearse para impulsar nuevos horizontes de sentido. Hoy se articulan los fundamentalismos ideológicos que la globalización neoliberal ya había provocado, en el marco de las disputas geopolíticas sobre recursos e identidades, sobre todo en países del sur que vieron como la religión y las tensiones étnicas confrontaban el interior y exterior se sus sociedades. No obstante, el pulso reaccionario no es nuevo en occidente, hace ya muchos años que el Tea Party lo viene perfilando, como con su defensa de la enseñanza del creacionismo en las escuelas de algunos estados norteamericanos, como ahora Trump puede permitirse desde la Casa Blanca negar el cambio climático y promover la xenofobia institucional. Instaurada por pastores evangélicos ultraconservadores, vemos cómo avanzan nuevas doctrinas políticas con perspectivas retrógradas que abrazan la mirada religiosa, niegan la evolución y la propia ciencia, el pensamiento crítico del feminismo, el ecologismo, el pacifismo, y se instalan en nuevos relatos tendencialmente esencialistas y totalitarios. 

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Últimos estertores

Este martes viviremos un nuevo 20N lleno de nostalgia y exaltación JoseAntoniana y Franquista. Por lo que ya hemos visto este fin de semana, incluidas agresiones a varias activistas de Femen, la exhibición será mayor que otras veces, en lo que parece una muestra estertórea ante la exhumación inminente de los restos del dictador. 

Esto que pasará este martes en nuestro país quizá acapare algo más de atención ante la incipiente preocupación por los despertares de un neofascismo (al que le sobra el prefijo) ya que en España no es nada nuevo, sino más bien un ligero remodelado con el lenguaje modernizado de los mismos nostálgicos que hoy mostraran la bandera vigente en la dictadura, “la del pollo”.

Las ceremonias en recuerdo y honor del dictador y del fundador de la falange, la caminata nocturna y las reacciones exacerbadas ante la desaparición de simbología fascista en los espacios públicos -que alcanza su zénit con la retirada de los restos de Franco del mausoleo construido con trabajo esclavo en el Valle de Cuelgamuros - están normalizadas en nuestro país, estamos acostumbrados a verlas año tras año desde el 20 de noviembre de 1975. 

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¿Hasta cuándo?

El presidente del CGPJ, Carlos Lesmes.

Este lunes las carreras judicial y fiscal estamos llamadas a celebrar una nueva jornada de huelga para poner de manifiesto a la sociedad española la situación de abandono y dejadez en la que se encuentra nuestra Administración de Justicia. En junio de 2017 las asociaciones judiciales presentamos públicamente un documento con catorce propuestas para la mejora de la Justicia dirigidas tanto al Ministerio de Justicia como al Consejo General del Poder Judicial, sin que a fecha de hoy ninguna se haya materializado. No se trata de una huelga –al menos para Juezas y Jueces para la Democracia- contra el actual equipo ministerial. Somos conscientes que en cinco meses no se pueden dar soluciones a los múltiples y graves problemas que presenta la Justicia española. Y en lo que concierne al Consejo General del Poder Judicial este se encuentra finalizando su mandato.

En los últimos tiempos estamos asistiendo a una preocupante pérdida de prestigio de las instituciones judiciales cuyo punto de inflexión ha sido la desastrosa gestión del asunto del pago del impuesto en las hipotecas y la designación del próximo presidente del Consejo General del Poder Judicial por las dos principales fuerzas políticas. A lo que debemos añadir que el actual modelo del órgano de gobierno de la Judicatura ni siquiera es percibido por los jueces y juezas provisto de los mecanismos adecuados para defender la independencia judicial de forma efectiva, según una encuesta de la Red Europea de Consejos de Justicia entre jueces europeos. Y lo que es peor, los jueces españoles se sitúan a la cabeza, por delante del resto de sus compañeros europeos, cuando mayoritariamente creen que durante los últimos años algunos jueces en nuestro país han sido nombrados o promovidos sobre la base de criterios distintos a la capacidad y experiencia.

Por eso, pedimos reforzar la independencia judicial con un órgano de gobierno situado fuera de la lógica de los partidos.

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La feminización de la política: Tiros certeros y piedras sobre el tejado

Una de las asistentes a la marcha de las mujeres / Olmo Calvo

Hace tiempo que sigo con interés el debate sobre la feminización de la política en los medios y en el entorno feminista. Son muchas las organizaciones, entre ellas la mía, Barcelona En Comú, que están procurando ponerla en práctica con el fin de prefigurar los cambios que queremos impulsar en las instituciones públicas y más allá. 

Pero confieso que últimamente el concepto me genera cierta ambivalencia. Tengo dudas respecto a cómo se emplea en algunas ocasiones, cómo lo he llegado a utilizar yo misma y sobre las consecuencias que puede conllevar. Escribo, entonces, desde la autocrítica, pero también desde la voluntad de aportar al debate en positivo. 

Como pasa a menudo en la vida, los elementos más potentes de la propuesta de feminizar la política -en este caso su transversalidad y su relevancia al momento político actual- se vuelven a la vez las fuentes de su mayor debilidad. La feminización de la política se ha puesto de moda y de allí la tendencia de usarla, ambigua como es, como comodín para referirse al bien en casi cualquier situación. ¡Feminicemos la política! comprando un pastel, sonriéndonos, llegando puntual a la asamblea y todo lo contrario… 

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La soberbia

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Donald Trump

La gran enemiga de la razón es la soberbia. Desgraciadamente, a lo largo de la historia, la soberbia ha llevado a muchos dirigentes a creerse imprescindibles y a considerar que su criterio es el único válido, hasta el punto de pensar que es innecesario someter sus decisiones a la estimación colectiva. Supone un peligroso camino, que un día cualquiera puede desembocar en la negación de la democracia y abrir nuevamente la puerta al totalitarismo trasnochado o al neofascismo. Es éste un mal que ronda a demasiados líderes políticos, una enfermedad que los aísla, que con frecuencia los envuelve y les hace vivir en una burbuja inaccesible, en la que corren el riesgo de ser arrastrados al autoritarismo, al despotismo y a la injusticia. De este padecimiento están aquejados en la actualidad diversos líderes políticos, propios y ajenos. La soberbia es lo que lleva a Donald Trump a reírse en sus tuits del presidente francés Emmanuel Macron por plantear la creación de un ejército europeo y a olvidarse de los asesinatos terroristas de París de hace tan sólo dos años, o a ningunear y despreciar a la paciente caravana de miles de seres humanos que intentan labrarse un futuro, enviando nada menos que a las tropas militares a defender las fronteras, como si de un enemigo se tratase. Está también teñida de soberbia la decisión del dirigente turco Erdogan cuando encarcela a millares de profesionales, funcionarios y simples ciudadanos acusados de pensar diferente, mientras simultáneamente pretende aparecer como el paladín de la transparencia en el caso Khashoggi. Como insoportable resulta la soberbia y arrogancia de Jair Bolsonaro con su anuncio de un futuro Brasil en el que los derechos humanos ya están haciendo las maletas.

Aquí, en nuestro país, vivimos muchos años gobernados por la soberbia y seguimos conviviendo con ella. Como si cuarenta años de un generalísimo por la gracia de Dios no hubiesen sido bastantes, tuvimos que soportar después más de un intento de golpe de Estado porque el país no caminaba por el rumbo que unos jactanciosos y nostálgicos creían el correcto para España. Más tarde tuvimos que padecer la soberbia de quienes hicieron de la “guerra sucia” un modo de combatir el terrorismo a través de los GAL. A continuación, asistimos al espectáculo de José María Aznar decidiendo la masacre de seres humanos en Irak desde el Olimpo de su “amistad” con líderes mundiales tan soberbios como él mismo. Recientemente asistimos a la soberbia de un Mariano Rajoy que, con una actitud distante y altanera, propició que la corrupción se mantuviera bien arropada en el seno de su propio partido. Ahora, nuevamente, somos testigos de la soberbia de un joven Pablo Casado que actúa como redentor de la patria, cuando se ofrece como solución “constitucionalista” como único detentador del bien y de la verdad, faro de salvación para los políticos erráticos que no pertenecen al PP, que no se doblegan ante su inequívoco liderazgo y consideran que fuera de él y de su grupo nadie es constitucional, nadie es legal, nadie ama a España. Qué decir de los falsos profetas de algunos medios de comunicación, parapetados en sus poltronas de impunidad, que, embriagados de soberbia, mueven los hilos de la información que transmiten al lector, espectador u oyente, lanzando noticias falsas o sin contrastar, arrasando con la verdad, que se acaba convirtiendo en un obstáculo molesto para una difamación decidida.

Todos ellos parecen salidos del Ensayo sobre la lucidez del premio Nobel José Saramago. En esta obra, el 80 por ciento de ciudadanos de un país vota en blanco en las elecciones. Gritan así en silencio su indignación. Los presuntuosos dirigentes no admiten tal insubordinación y con ira buscan traidores entre la población, instalándose así el caos.

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Ser constitucionalista es condenar el franquismo

El próximo 20 de noviembre se cumplirán 43 años de la muerte del dictador Francisco Franco. Unos días después, el 6 de diciembre, celebraremos el 40 aniversario de nuestra Constitución, y el comienzo de la mejor etapa de la historia de España en cuanto a libertades y desarrollo económico y social se refiere.

La secuencia de los acontecimientos es fundamental y, aunque es evidente, no hay que dejar de recordarla: Si podemos celebrar cuatro décadas de democracia y Constitución en España, es porque previamente Franco y su dictadura habían dejado de existir. Franquismo y Constitución, dictadura y democracia, son incompatibles. No lo olvidemos.

Sin embargo, aunque ha pasado tanto tiempo, el nombre de Franco sigue influyendo en la vida pública de nuestro país. Es lo que se conoce como "el genio del lugar". El sociólogo Enrique Gil Calvo hace la siguiente definición: "Puede entenderse por genio del lugar la singularidad incomparable de cada cultura política específica de un determinado territorio, derivada de la trayectoria histórica irrepetible seguida en el pasado que sigue ejerciendo efectos retardados sobre el presente y el futuro".

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Una tragedia que no debería repetirse

Las inundaciones de Mallorca dejan 91 millones en daños materiales, 19 en casas

Cuando mueren 13 personas en un episodio de lluvias intensas, es difícil decir nada. Pero cuando en tres semanas mueren 12 personas más en Carcassonne, 2 en Málaga, 30 en Italia y se producen cuantiosos daños también en Valencia, Castellón y Tarragona... no queda más remedio que hacer una reflexión. 

Los expertos sabíamos que iba a ser un otoño sin precedentes. La ola de calor extraordinaria de este verano en Europa había dejado una anomalía térmica histórica en el Mediterráneo occidental. Y cuando se empezara a enfriar la tierra, el efecto de la diferencia de temperatura con el mar iba a favorecer la ciclogénesis. Sólo había que esperar la llegada de una masa de aire frio en altura para que las lluvias intensas batieran los récords de los registros, y así confirmar que el cambio climático no es sólo ya incuestionable sobre las temperaturas, sino que aumenta la probabilidad de otros fenómenos extremos a los que tendremos que empezar a adaptarnos. Y no lo duden, esa adaptación al cambio climático va a ser uno de los mayores retos de los próximos años y nos va a exigir cambiar nuestra forma de vivir, que ya es insostenible. 

Así que este mes de octubre excepcional en el que hemos visto 4 veces la lluvia media mensual en pocos días no va a ser una anomalía pasajera, sino algo que habrá que tomarse muy en serio a partir de ahora. Como lo van a ser los periodos de sequías, los fuegos forestales, las tormentas severas, las nevadas inusuales… Y si bien no está en nuestras manos evitar que ocurran esas emergencias meteorológicas, sí lo está minimizar los daños y, sobre todo, evitar las víctimas mortales. 

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El Domingo del Recuerdo

El Reino Unido guarda dos minutos de silencio por el Armisticio de la I Guerra Mundial

Si pasean por las calles de Londres durante el mes de noviembre, verán muchas amapolas rojas de papel prendidas en las solapas de los abrigos. La amapola simboliza la sangre de los caídos en el frente. Se empezó a utilizar al finalizar la Primera Guerra Mundial, inspirándose en el poema “ In Flanders Fields”, escrito por el soldado canadiense John McCrae.

El 11 de noviembre, el día en que se firmó el Armisticio de Compiègne que supuso el cese de hostilidades de la Gran Guerra, fue la fecha elegida por El Reino Unido y los países de la Commonwealth para celebrar el Domingo del Recuerdo (Remembrance Sunday). Cada 11 noviembre a las 11:00 horas se guarda un minuto de silencio y se colocan coronas de amapolas rojas en los monumentos y placas con los nombres de los hombres y mujeres que lucharon en las dos guerras mundiales, así como en conflictos posteriores. En noviembre de 2014 se instalaron en la Torre de Londres 888.246 amapolas rojas de cerámica, una por cada víctima de la guerra, y este 11 de noviembre también se ha celebrado de forma especial, al ser el centenario del final del conflicto. La recaudación de la venta de amapolas de papel (llamada Poppy Appeal) se destina a mejorar la calidad de vida de veteranos de guerra, de supervivientes y de sus familiares. También hay grupos pacifistas que prefieren rendir homenaje con una amapola blanca que simboliza la paz, el rechazo a la violencia y al comercio de armas, pero esto genera controversia: es considerado una falta de respeto por quienes piensan que apoyar a los veteranos de guerra y estar de acuerdo con la venta de armas son cosas muy distintas. En ocasiones los símbolos no siempre significan lo mismo para todo el mundo.

Lo fascinante del concepto del Domingo del Recuerdo es que todos los ciudadanos británicos de cualquier ideología (y hasta inmigrantes de paso, como una servidora) rinden respetuoso homenaje a ciudadanos que murieron en conflictos armados. Todo se para durante el minuto de silencio. Nadie trabaja ni habla ni se mueven. La primera vez que viví un 11 de noviembre aquí no esperaba que fuera tan sobrecogedor. Sé que nunca voy a ver esta clase de homenajes en España, al menos no de forma unánime bajo los mismos símbolos, porque no tenemos un relato único de nuestra historia reciente. No creo que esto sea algo negativo, sino una oportunidad de investigar y dar a conocer los hechos desde todos los puntos de vista. Los británicos no pasaron por una guerra civil fratricida ni tuvieron dictadores gobernando durante cuatro décadas. Lucharon contra un enemigo común teniendo muy claro quiénes eran ellos y quiénes eran “los otros”. Sufrieron el mismo destino en las dos guerras mundiales, tanto en el frente como en sus pueblos y ciudades, y su identidad nacional está sólidamente construida desde la época de Churchill. Hasta los británicos republicanos de izquierdas se identifican con símbolos nacionales como la Union Jack y reconocen a Isabel de Windsor como su reina. El arraigado respeto que tienen por los miembros de la monarquía también se debe a que la familia real se quedó en Londres durante los bombardeos del Blitz en 1940 y 1941.

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Ser médica en un hospital privatizado en venta

Hospital de Torrejón (Madrid) que adquirió Sanitas en 2012.

Hace ya siete años que tuve la inmensa suerte de poder vivir de primera mano la puesta en marcha del Hospital de Torrejón, y fue una experiencia muy ilusionante. A priori, lo que nos contaban sobre la gestión indirecta era bastante coherente y parecía una clara mejora de la eficiencia. En manos de Ribera Salud y con las leyes madrileñas de área única y libre elección, comenzábamos una "sana competencia" con los hospitales vecinos para ofrecer el mejor servicio posible y recuperar los pacientes de nuestra área, mediante una política empresarial orientada hacia la excelencia profesional y la calidad asistencial.

En ese año, los médicos disfrutamos de unas buenas condiciones laborales y económicas. Muchos de mis compañeros superaron el encadenamiento de contratos eventuales con la sanidad pública clásica y obtuvieron un contrato indefinido, que les permitió cosas tan básicas como poder pedir un crédito hipotecario. La gestión indirecta superaba en agilidad al SERMAS, y las listas de espera se resolvían sin mucho trámite burocrático, ofreciendo horas extra de consulta, quirófano o pruebas diagnósticas, sin muchos conflictos con los profesionales, puesto que se retribuía por acto médico. Esto podía ser causa de una cierta mercantilización, más parecida a la facturación por acto médico de los autónomos en la privada pura, que al modelo clásico de la pública. En cualquier caso, la calidad percibida por los pacientes era muy buena, puesto que las citas se daban mucho antes que en los hospitales públicos vecinos. También se cuidaba mucho, como marca empresarial, el trato al paciente.

A mí lo único que me escamaba de todo aquello, y estábamos en 2011, era el ambiente de "bonanza" que se percibía, mientras el país estaba sumido en una gran crisis económica y los hospitales públicos se empezaban a resentir a golpe de recortes.

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