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Nuestra vida y nuestro planeta están en juego

Manifestación de jóvenes contra el cambio climático en Madrid el 1 de marzo de 2019 / B.R.

Tenemos enormes retos por delante y como sociedad civil organizada no podemos ser un actor ajeno a esta campaña electoral, menos ante la situación de crisis y urgencia social, económica, política y medioambiental que queda invisibilizada en medio del sube-baja de número de votos del que hablan unos y otros, los ataques electoralistas superfluos y la verborrea de promesas, muchas veces vacías. Las políticas neoliberales de los últimos años basadas en la austeridad y los recortes en servicios y derechos, junto con las prácticas extractivas y de desposesión de recursos naturales de las multinacionales y la firma de acuerdos de libre comercio no solo han seguido aumentando la explotación de muchos países del hemisferio sur sino que han incrementado exponencialmente la desigualdad y puesto en peligro la vida de todos y el planeta en el que convivimos y del que somos interdependientes.

La emergencia climática nos exige que en un tiempo récord de apenas diez años revirtamos los efectos de décadas de excesos. En nuestro país la crisis de 2008 sirvió para implementar estas políticas y recortes que empobrecieron más a la población, elevaron los niveles de paro, convirtieron los servicios públicos esenciales en un lucrativo negocio y consolidaron una precariedad estructural que castiga especialmente a las personas más jóvenes y a las mujeres en quienes recae la sostenibilidad de la vida y los cuidados. Es decir, sus ‘soluciones’ ahondaron todavía más en las desigualdades y la falta de acceso al bienestar, porque los costes de la austeridad, las guerras, la contaminación o la pérdida de biodiversidad no quedan reflejados en el PIB. Vivir en paz, la dignidad, la salud, el medio ambiente o la equidad no se contabilizan en sus análisis económicos.

Además, la defensa de estos derechos está perseguida por la aprobación de un elenco de leyes que criminalizan la disidencia y la protesta ciudadana. Normas como la ley mordaza restringen los derechos de participación y el espacio democrático, imprescindibles para acabar con un sistema en el que la mayoría cada vez tiene más dificultades para sobrevivir.

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Una directiva contra el retroceso de los derechos

La captura de Julian Assange en la embajada de Ecuador en Londres tras la revocación del asilo concedido hace casi ocho años atrás, es una prueba más del avance de la ultraderecha en el mundo, en particular del gobierno de Donald Trump en los Estados Unidos y de Lenín Moreno en Ecuador, y que encuentra al Reino Unido en un debate entre salir de la Unión Europea sin acuerdo o de manera ordenada y pactada.

La detención de Assange no es un hecho aislado ni marginal, sino un paso más dado por quienes quieren retroceder hacia épocas pretéritas donde reinaba la opacidad, recortando nuestros derechos fundamentales y castigando a quienes dan a conocer los secretos que avergüenzan a quienes detentan el poder.

El fundador de WikiLeaks, a través de la publicación realizada en 2010, expuso ante el mundo entero las vejaciones, torturas y otros crímenes de guerra cometidos por los soldados estadounidenses en Irak y Afganistán, un hecho imperdonable que -dicen- atenta contra la seguridad de Estados Unidos y constituye en sí mismo un acto de terrorismo que debe ser perseguido y castigado de manera ejemplar. Ello no sólo implica la privación de su libertad sino, tal vez, el riesgo cierto de ser víctima de las mismas torturas que dio a conocer, y que han padecido otros alertadores como Chelsea Manning, ante la pasividad del mundo entero, cuando aportó información clasificada revelada posteriormente por WikiLeaks. De allí no "debería haber salido nunca", dijo en 2017 Donald Trump, refiriéndose a Manning como "traidora desagradecida", luego de ser nuevamente encarcelada por no querer declarar contra Julian Assange.

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Por qué no podemos esperar

Dentro de unos días, exactamente el 28 de abril, tendrá lugar una de las elecciones generales más importantes que se han celebrado en nuestra democracia. Tendremos que elegir entre la defensa y ampliación de los derechos y avances democráticos conquistados a lo largo de la historia por diferentes movimientos sociales o el retroceso político y social que la derecha y la extrema derecha quieren llevar a cabo en nuestro país.

Las políticas neoliberales aplicadas por el PP y el PSOE durante años han incrementando enormemente la desigualdad en nuestra sociedad. Es en este clima social de inseguridad y miedo en el que, tanto la derecha como la extrema derecha, han dirigido todos sus esfuerzos en buscar chivos expiatorios para desviar la atención de los que son culpables de esta crisis, de los que han seguido enriqueciéndose mientras nosotras nos apretábamos cada vez más el cinturón para llegar a fin de mes.

Uno de los grupos sociales más golpeados por la crisis económica somos el de las personas de origen migrante. Son muchos los testimonios y realidades cercanas las que me tocan, la fuerza e imaginación de las personas migrantes para enfrentar las diferentes barreras institucionales que nos encontramos en nuestras vidas cotidianas contrarrestan toda la desfiguración a la que somos sometidas en los discursos racistas y xenófobos de la derecha y la extrema derecha.

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La mano que se cierra opaca

Transcribo unos versos  del poema "Sobre el tiempo presente" de José Ángel Valente: "Escribo sobre el tiempo presente. / …Escribo sobre la latitud del dolor, / desde lo que hemos destruido / ante todo en nosotros… / …desde el clamor del hambre y del trasmundo, / …desde la mano que se cierra opaca".

Cuando hay tantas imágenes que conmueven, que mueven a manos abiertas…nos encontramos con manos repletas, cerradas, manos armadas, alzadas…que rehúsan la máxima felicidad de dar, de darse, de compartir, de convivir, de desvivirse en favor de los más vulnerables y menesterosos.

¡Pienso tantas veces en aquella frase que leí hace muchos años en una capilla cerca de Montpellier: "Las mortajas no tienen bolsillos"!  La sociedad saciada olvida este hecho fundamental y vive ensimismada, abducida, alejada de la realidad que, de otro modo, podría sonreírle…

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Aquí abajo seguimos, Slepoy

Carlos Slepoy

Han pasado dos años de tu ausencia en la tierra de Madrid, pero a estas alturas ya tendrás las alas que te mereces. Seguramente el proceso comenzó al sonar Zamba de mi esperanza el día de la incineración en La Almudena, y cantar "no se rinde un gallo rojo, más que cuando está ya muerto", como cantamos aquella mañana en el cementerio de Madrid, a la llegada del féretro, rodeado de flores rojas, amarillas y moradas, una bandera de las Brigadas Internacionales, otra roja, con el pañuelo de las madres de plaza de mayo, y el banderín de tu equipo de fútbol, el Club Atlético Lanús, que por cierto está a 17 puntos de boca, pero a 11 de River.

Aquí abajo seguimos, aunque la tercera aún no ha llegado, la Ceaqua ha organizado una recogida de firmas para que se coloque una placa-homenaje en tu recuerdo, en el sitio donde un policía borracho te disparó, por defender a una manifestante, y aquello te tuvo dos años en la cama de un hospital, bastón, y finalmente, silla de ruedas. Ascensión Mendieta, dos meses después de que nos dejaras, logró enterrar a su padre Timoteo, en el cementerio civil de la Almudena de Madrid, a sus 91 años, lo primero que dijo fue "Pobre padre mío, se ha pasado casi toda la vida bajo tierra". Almudena Carracero terminó su documental, esa cámara que estaba con nosotros en todos los momentos, ha conseguido nada menos que un Goya, la película se llama El Silencio de los Otros, y es precandidata para los Óscar. ¡Casi vas a los Óscar de Hollywood!, porque el documental termina con una foto de tu sonrisa.

Franco sigue en el sitio en el que le dejaste, pero pronto el Valle reducirá su número de residentes. Las familias han podido acceder al interior. Mercedes Abril, de 86 años, ha podido entrar. Como dice la canción "se le fue toda una vida, porque el tiempo y la memoria juegan juntos en nuestra historia". Tras desplazarse por la basílica en silla de ruedas, y llegar a la puerta de la cripta, se puso en pie, bien agarrada a su bastón, y subió tres pisos por una escalera intransitable que estaba pensada para almacenar cuerpos y no para ser transitada, puesto que la lógica de ellos fue la de entrar para nunca salir. A través de un ventanuco construido este año, pudo ver las cajas y decir in situ "siento que mi padre está ahí dentro".

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Gritos

Si hay algo urgente en este preciso momento y en esta campaña electoral, es acabar con la crispación. El tono de las intervenciones de la derecha está llegando a un nivel que sobrepasa la línea roja del respeto transformándola en intolerancia. La falta de moderación tiene nefastos efectos sobre la sociedad afectando a la convivencia ciudadana y hastiándola cuando más tendría que estar en calma y sosegada. Estos ruidos, que llegan a ser ensordecedores, sirven para ocultar la falta de contenido de muchos programas o para propagar las disparatadas propuestas desarrolladas por otras formaciones. También son de utilidad para ningunear a partidos más pequeños.

La vocación de Actúa ha sido desde su fundación colaborar en serenar esas voces y conducirlas al debate tranquilo y productivo. Ocurre que para ello tiene que haber voluntad y visibilidad. Y no parece que esas formaciones como el Partido Popular, Ciudadanos, Vox e incluso otros a la izquierda, tengan demasiado interés en moderar su discurso. Ni que a los partidos que no forman el quinteto de salida, como Actúa se les brinde esa posibilidad de incidir en el electorado a través de los medios.  

Se ha visto desde el primer momento con el caso de Cataluña, en que el PP inició un difícil camino tirando los trastos e introduciendo la variante judicial antes de intentar agotar el diálogo. Reconociendo la terquedad y falta de sensatez de un sector importante del Govern de la Generalitat, lo cierto es que el ejecutivo que presidía Mariano Rajoy, hizo gala de una ostentosa dejación de funciones políticas, poniendo a Cataluña –y a todos a los pies de los caballos. Eso sí, entre grandes ruidos de indignación y arropados por los no menos vociferantes ecos de partidos como Ciudadanos o el estrambótico Vox. 

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#28AlasfeministasVotamos

Con este hashtag inician las feministas su propia campaña, no como elegibles, pero sí como electoras. En el mismo día, y horas antes del pistoletazo de salida de la campaña electoral de los partidos, 156 agrupaciones feministas del Estado español suscriben un documento con propuestas claras y firmes a los partidos políticos. Es un hecho simbólico que apunta hacia varias novedades políticas: que los electores elaboran sus programas propios, que las mujeres reclaman cuestiones que les atañen de modo específico, y que la soberanía popular también se representa a sí misma y no sólo a través de los partidos políticos. Está claro que el movimiento feminista va marcando ciertas pautas por las que, tarde o temprano, habrá de transitar la política. Primero fue lo personal es político, que marcó la agenda política con reclamaciones que no habían accedido a ella; luego vino aquello de los derechos de las mujeres son derechos humanos, universalizándolos y dando relevancia a injusticias propias olvidadas por los gobiernos; y ahora, en la "cuarta ola", podríamos decir que el feminismo es la política de lo esencial. Y es política de lo esencial porque es la política de la vida.

Leyendo el Manifiesto en forma de decálogo, se percibe que todas las propuestas atraviesan el centro de la vida, y de modo muy especial de la vida de las mujeres, de sus criaturas y del planeta. Es como decir "se acabaron las tonterías, los egoísmos y los abusos masculinos contra la mitad de la población". No es posible que una civilización prospere, que una civilización adquiera la categoría de humana si sus bases se asientan sobre la desigualdad, la opresión, la violencia, la jerarquía dominante y la discriminación generalizada del diferente. El feminismo está poniendo un espejo frente al sistema patriarcal para que se vea como lo que es: una barbarie. Por mucho que presuma de avanzada tecnología, de sorprendentes hallazgos científicos, de creativas obras artísticas, de autopistas fabulosas o sublimes puentes tendidos sobre el vacío, eso es nada si nuestros sistemas de convivencia son violentos, insolidarios, egoístas, egocéntricos, narcisistas, extractivistas, especuladores, crueles, ignorantes, bélicos y definitivamente estúpidos. Por eso hay que volver a la pregunta esencial ¿y todo esto para qué? ¿Para qué si no está en el centro la vida, las personas? Por eso "el feminismo es la política de lo esencial".

Este Manifiesto feminista es como decirle a los señores de los partidos políticos: Miren, absténganse de prometernos más y más ciudades para los coches o bajadas generalizadas de impuestos para una mayor insolidaridad, para una mayor soledad en el individualismo atroz de un neoliberalismo suicida. Absténganse de medir nuestro bienestar con su PIB, de privatizar los servicios básicos de la gente, de externalizar el horror de las migraciones, de comerciar con nuestros cuerpos por su insignificante placer y sus fabulosos beneficios, de traficar con niños para siempre sin madres, de negociar con los cuerpos del dolor en una sanidad sin alma. ¡Absténganse de tantas cosas que nos prometen! No nos interesa nada si la vida no está en el centro, si la vida está en otra parte.

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Cinco pensamientos mágicos a evitar en materia de vivienda y un corolario ineludible

En Catalunya en estos momentos, y no sólo por razones electorales, abundan los debates sobre vivienda. Hay una muy interesante efervescencia de congresos, jornadas y artículos de prensa. Algo muy necesario, habida cuenta del grave problema que tenemos como sociedad en esta materia. Pero, y esto no es tan positivo, abundan las explicaciones parciales y viciadas por todo tipo de intereses. Supongo que yo también tengo prejuicios, al estar lastrado por una determinada posición profesional e intelectual. Pero, con el único ánimo de ayudar a clarificar el debate, quiero poner de relieve cinco pensamientos mágicos que en materia de vivienda nos impedirán construir soluciones sólidas que faciliten la salida del grave problema social que afrontamos.

Empezaré siendo crítico con mi propio colectivo profesional y llamaré pensamiento mágico primero al de no pocos directivos de empresas públicas de vivienda. Según ellos, con procurar suelo y financiación a las empresas públicas, el problema ya está en vías de solución, pues la producción de vivienda protegida, con una parte de la misma en alquiler, por si misma solucionará todos nuestros problemas. Como con el resto de pensamientos mágicos, debo decir que hay que hacer mucho de esto (de hecho, muchísimo), pero con sólo esto no será suficiente.

El segundo pensamiento mágico es el de muchas empresas privadas, asociaciones profesionales y no pocos académicos (adecuadamente financiados) que consideran que lo único que hay que hacer para solucionar el problema de la vivienda es conseguir que la Administración no intervenga, pues de esa manera, el mercado, con su capacidad de asignar de forma eficaz y eficiente recursos, generará mucha vivienda y esta será asequible. Todos sabemos, pues lo vivimos en los recientes años 1998–2008, que la producción masiva de vivienda ni reduce el precio del suelo ni el de la vivienda (en el periodo citado, a pesar de producir 6 millones de viviendas, en un país con 25,5 millones de unidades, el precio del suelo se cuadriplicó y el de la vivienda más que duplicó). Esto no debe llevarnos a defender que no hay que producir nueva vivienda. Tampoco debemos negar que en ciertas áreas urbanas la falta de oferta de vivienda de nueva construcción es una parte relevante del problema. Pero este pensamiento mágico consiste en afirmar que si sólo la Administración fuera muy activa urbanísticamente y diera licencias de manera instantánea, el sector privado, solo haciendo crecer la oferta de vivienda, conseguiría que los precios fuesen asequibles para todos.

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Normalizando lo radical y radicalizando lo normal: el peligro de no llamar a las cosas por su nombre

Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias

Cuando los líderes del supuesto centro o centro-derecha de este país se niegan a calificar a un partido de extrema derecha como tal lo normalizan y blanquean. Cuando estos líderes se niegan a condenar el franquismo, normalizan y apoyan la extrema derecha. Cuando plantean propuestas aberrantes dignas del fascismo, normalizan y secundan su discurso. Y muchos medios de comunicación apoyan y blanquean este discurso.

Esto no es más que un pequeño ejemplo de lo que está ocurriendo en estos últimos tiempos en este país: tratar de normalizar o limpiar los discursos radicales de la extrema derecha o de políticos que, independientemente de los partidos a los que representan, plantean propuestas o hacen comentarios dignos de líderes de la extrema derecha. La idea es que no pasa nada, que no hay para tanto, que esas ideas son tan respetables como las de los demás. Que a pesar de la barbaridad o del tufo fascista de algunas declaraciones es un líder de un partido de "centro derecha", de "centro" o incluso "constitucionalista". Todo en orden.

Sin embargo, paralelamente se lanza la idea de que determinados representantes y partidos que hacen propuestas de lo más "normales", y con esto me refiero a medidas que benefician a la gran mayoría de las personas, que ni exceden ni adolecen, son tachadas como radicales de extrema izquierda. Que la banca devuelva el dinero del rescate parece una demanda de lo más justa teniendo en cuenta los beneficios de la banca y las actuales necesidades del estado para financiar sanidad, educación o pensiones. Sin embargo, lo proponen sólo partidos que son calificados por muchos medios y partidos como de extrema izquierda. Apoyar, sin tapujos, la sanidad y educación pública sería una propuesta normal, pero que realmente es apoyada una vez más por este tipo de partidos. Lo mismo en cuanto a la progresividad de los impuestos: parece una propuesta planteada por radicales de izquierda, cuando lo que implica es que simplemente paguen más los que más tienen; algo que debería ser muy normal, al menos en un país que defiende el bienestar de todos sus ciudadanos.

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La ira

Imagen de Archivo. Pablo Casado

Cuando algo nos duele damos rienda suelta a nuestro mal carácter. Eso es la ira que, si aparece con demasiada frecuencia, procede de lo que sentimos cuando nuestros objetivos se frustran. Hay una ira que proviene de la incapacidad de autocontrol. Es especialmente peligrosa porque sus consecuencias suelen ser devastadoras para quien la recibe y para quien la ejerce. Las emociones desbordadas y sueltas a su aire resultan lesivas. Esa es la ira insana, que no procede de la indignación ante el descalabro de la virtud, sino de la obsesión por el propio lucro.

A algunos políticos les pasa eso con cierta frecuencia. Son aquellos a los que duele no detentar el poder y se reconcomen cuando ven que conseguirlo es difícil o se aleja. En tal situación pueden arremeter contra otros colegas próximos en ideología o, en sus arranques de enfado máximo, establecer tal tensión entre sus allegados, que estos acabarán desbarrando en sus afirmaciones por temor a incurrir en el furor de su líder si no están a su altura.

La ira, el fuego interno desazonador por no estar donde se piensa que deberían encontrarse, es lo que está llevando sin duda a que un político como Pablo Casado se encuentre en conflicto permanente y manteniendo un discurso extremo en que, para epatar al rival, suelta todo tipo de incongruencias con un fondo agresivo. De este modo vimos a Pablo Casado arreciando contra el presidente socialista Pedro Sánchez, en un ejercicio que solo se entiende desde la desesperación, llamándole felón, traidor, incompetente, incapaz, mediocre, mentiroso compulsivo, okupa e ilegítimo. Todo ello porque en el intento de llevar al ámbito de la cordura al Govern de la Generalitat catalana, Sánchez planteó su aceptación en las conversaciones de la figura de un relator, un escriba ni más ni menos. La ira que llevó a tal incontinencia verbal al líder de la derecha, tendría que ver en este caso con el miedo a la desventaja que podría conllevar el inicio de solución de un conflicto que Casado, al parecer, quiere conducir a su máxima expresión.

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