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La reelección de Orbán desafía la gobernanza europea

Bruselas debería preocuparse algo más por esta reelección, ya que Orbán y sus aliados euroescépticos de Visegrado, junto a Austria e Italia, intentarán minar la Unión Europea como un caballo de Troya desde el seno de sus propias instituciones

Orbán alerta sobre el "peligro islámico" de la inmigración en Europa

Viktor Orbán EFE

Salvo sorpresas de última hora, las elecciones parlamentarias en Hungría el 8 de abril van a suponer un espaldarazo para Viktor Orbán y su populismo antinmigración, islamófobo y antieuropeo. Según las encuestas, tiene la victoria asegurada con aproximadamente un 50 por ciento de los votos, probablemente seguido del partido neofascista Jobbik, mientras que el centro y la izquierda debilitados y fragmentados apenas alcanzarán el 30 por ciento de apoyo. El triunfo de Orbán supondrá un nuevo revés para Bruselas y consolida un bloque del rechazo en Europa Central. Mientras alimenta el temor de la población ante una supuesta invasión del Islam –enlazando con el histórico temor al turco, elemento fundacional de la Hungría moderna– desmantela los fundamentos de la separación de poderes, socavando la democracia misma. La retórica y la ideología de Orbán pueden calificarse sin exageraciones de racista, ultranacionalista y xenófoba, consiguiendo manipular a una población que se siente a veces asediada y otras narcotizada por los mensajes populistas. Bruselas debería preocuparse algo más por esta reelección, ya que Orbán y sus aliados euroescépticos de Visegrado, junto a Austria e Italia, le ayudarán a minar la Unión Europea como un caballo de Troya desde el seno de sus propias instituciones. Una suerte de eastxit desde dentro.

Orbán casi siempre se ha salido con la suya. Ha ganado ya tres elecciones (1998, 2010 y 2014) y controla su partido Fidesz (Unión Cívica Húngara) con mano de hierro desde su fundación en 1988. Lejos quedan sus años de militancia anticomunista cuando era un demócrata proccidental, liberal y urbano. Tras su derrota de 1994, comenzó su deriva derechista y nacionalista, enfocada en el electorado más conservador y rural, a menudo nostálgico del comunismo. Desde que volvió al poder en 2010, Viktor Orbán, apodado Viktator por la oposición, domina toda la vida pública y mediática con un perfil claramente autoritario. En abril de 2011, un año después de las elecciones, el Parlamento húngaro aprobó una nueva Constitución que reconocía las raíces cristianas del país e instauraba un orden social protector de la identidad nacional de Hungría frente a un mundo global. Orbán modificó el sistema electoral en su propio beneficio, rediseñando las circunscripciones electorales y se aseguró el apoyo de la importante diáspora magiar otorgándoles pasaporte y derecho a voto. En las elecciones de 2014 recogió los frutos al arrasar con 133 de los 199 escaños.

Mientras arenga a las masas contra la invasión de inmigrantes, Orbán enmienda la constitución para flexibilizar los requisitos para declarar estado de excepción, reforma la judicatura limitando su independencia, propone una ley de medios de comunicación que estrangula la libertad de expresión, reintroduce el debate sobre la pena capital, aprueba una ley contra las oenegés financiadas con capital extranjero o monta y financia con fondos públicos una campaña obsesiva contra el magnate y filántropo judío de origen húngaro George Soros.

Su provocadora retórica ultranacionalista se hace eco del resentimiento social y las pulsiones antiglobalización de una clase obrera y campesina empobrecida y sin expectativas, un fértil caldo de cultivo para el populismo económico a través de un Estado asistencial y socialmente conservador. El desprecio hacia las élites y hacia el sistema liberal en general tiene como diana la integración europea, la globalización y, por supuesto, la multiculturalidad. El suyo es populismo en esencia pura: un discurso divisorio entre el “pueblo magiar puro” y el enemigo a las puertas: la élite corrupta, los mandarines de Bruselas, las oenegés defensoras de derechos, los inmigrantes, los musulmanes, los extranjeros, los terroristas… También el multilateralismo como antítesis de la soberanía, las teorías conspirativas, la manipulación informativa o la demagogia sentimentalista. Solamente Orbán puede ofrecer seguridad, estabilidad y orden público a un pueblo desamparado. Caudillismo al estilo de Erdogan o Putin, su mayor aliado.

Orbán puede permitirse traspasar lo que antes eran líneas rojas porque están acordes con el espíritu de los tiempos, el nuevo zeitgeist de la Mitteleuropa. Sus palabras evocan otros tiempos, los de la Cruz Flechada de Ferenc Szálasi: "estamos lidiando con un oponente que es diferente a nosotros. No actúa abiertamente, sino oculto, no es recto, sino retorcido, no es honesto, pero astuto, no es nacional, sino internacional, no cree en el trabajo, pero especula con dinero, no tiene patria porque cree que el mundo entero es suyo”. En sus soflamas agita el fantasma de Eurabia y anuncia el apocalipsis al que llevará la invasión de los inmigrantes asimilándolos a terroristas, ladrones y violadores a pesar de que tan solo un 5,2 por ciento de la población en 2017 es inmigrante, la mayoría rumanos, serbios y ucranianos. Un ejemplo del éxito de su campaña anti inmigración se pudo ver el año pasado en la aldea de Őcsény, donde los vecinos echaron al alcalde y se amotinaron en contra del dueño de un motel que había invitado a unas mujeres y niños refugiados a pasar unos días de vacaciones en su casa. O cuando la periodista gráfica Petra László pateó a varios inmigrantes que huían de la policía.

El Gobierno húngaro practica una política de inmigración y asilo muy restrictiva. En 2015 levantó una barrera de 175 kilómetros de alambre y concertinas en la frontera con Serbia y Croacia para detener el flujo de personas a través de la ruta de los Balcanes. Según datos de 2017 del Comité de Helsinki húngaro todos los solicitantes de asilo, incluidos menores no acompañados y personas vulnerables, son automáticamente e ilegalmente detenidos en las zonas de tránsito durante todo el procedimiento de asilo, sin acceso a defensa jurídica ni recurso judicial. Un informe de Amnistía Internacional denuncia, entre otros aspectos, el continuo retroceso en materia de derechos humanos y civiles que acosa y estrangula a la sociedad civil y las oenegés defensoras de derechos, mientras Human Rights Watch resalta las continuas violaciones, persecuciones penal y devoluciones con violencia en la frontera con Serbia. A todo ello se suma la discriminación sistemática contra la estigmatizada minoría nacional húngara de origen romaní —más de un 3 por ciento de la población húngara— convertida en objeto de linchamiento y persecución constante.

Aunque Orbán tiene la victoria asegurada según los sondeos, Fidesz no quiere perder la hegemonía parlamentaria y dejar que los escándalos de corrupción de miembros del Gobierno (incluido el propio Orbán) salgan a la luz en campaña, por lo que acudir al nacionalismo irrendentista húngaro es una baza perfecta. En el relato de Orbán, ni los otomanos, ni los Habsburgo, ni los comunistas pudieron vencer al espíritu magiar, por lo que Soros, los inmigrantes o Bruselas tampoco lo conseguirán.
El siguiente objetivo de la campaña es ganarle terreno al segundo partido en alza en las encuestas (entre el 20 y el 25 por ciento), el neofascista Jobbik (Movimiento para una Hungría Mejor), que a pesar de su programa racista, antisemita, antigitano y homófobo, es percibido por algunos como más cercano al pueblo que Fidesz, por su denuncia de la corrupción gubernamental. Así, en torno al 70 por ciento de los parlamentarios húngaros serían de la extrema derecha, mientras que el centro y la izquierda se sumen en la irrelevancia, divididos y aturdidos ante el éxito del populismo.

Lo que está en juego en Hungría —como en Polonia— no es solo el futuro del Estado de derecho, sino el desafío abierto a la gobernanza europea e internacional. Se trata de un cuestionamiento profundo de la tectónica del sistema europeo de democracia representativa. Orbán rechaza muchos de los principios fundacionales de la Unión Europea y de la gobernanza internacional. En febrero de este año, llegó a pedir el cese del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid bin Ra'ad al-Hussein, por calificarle de racista y xenófobo al reprocharle su etnopopulismo y su búsqueda de la pureza étnica, nacional o racial.

El Parlamento europeo y la Comisión han reaccionado invocando violaciones graves de los valores del art. 2 Tratado de la Unión Europea (TUE) y la consiguiente activación del procedimiento de su Artículo 7.1, que en última instancia prevé la privación del voto en el Consejo. Pero estos frentes abiertos retroalimentan la figura de Orbán como paladín de las esencias patrias y adalid de la causa antinmigratoria en la Unión Europea al frente del Grupo de Visegrado (Polonia, República Checa y Eslovaquia) con el apoyo de los nuevos Gobiernos de Austria o Italia. Sabe que cualquier amenaza de sanción quedará bloqueada por el veto de sus aliados en el Consejo. En el Parlamento Europeo, el Fidesz se sienta en la bancada del Partido Popular Europeo, junto a la CDU de Angela Merkel o al Partido Popular español. La jugada le ha salido perfecta y el enroque de Orbán y del Grupo de Visegrado añaden una nueva dosis de inestabilidad al proyecto europeo. Los aires turbulentos que baten la Puszta húngara se llevan la reflexión del premio nobel Imre Kertész: “Hungría jamás se ha preguntado por qué ha estado siempre en el lado equivocado de la historia”, describiendo un país donde “campan por sus fueros los antisemitas y la ultraderecha”.

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