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Gorona del Viento y la transición energética: seamos realistas

Renovables esglobal

Hay una pregunta materialista vulgar que oímos a menudo referida a empeños y actividades humanas: ¿quién lo paga?

En la naturaleza, la "divisa fuerte" es la energía. Se cobra y se paga en energía. También sucede así en la economía humana, que no se halla al margen de la naturaleza –a pesar de las ilusiones que alienta la teoría económica estándar. Ante las actividades de producción y consumo de los seres humanos, hemos de preguntar: ¿quién lo paga –es decir, con qué base energética se realiza? Y es que casi todas las actividades humanas se entienden mejor si pensamos primero en términos de energía (cuidando de no incurrir en determinismo energético; y abordando también, desde luego, los aspectos culturales, políticos, económicos, etc. de tales actividades). Pues de la energía disponible para una sociedad depende casi todo lo demás.

Esto sucede también si indagamos en posibles transiciones ecosociales hacia la sustentabilidad: ¿cómo afectaría a nuestras sociedades lo más básico de esos cambios, a saber, la necesaria transición energética desde la matriz actual basada en combustibles fósiles hacia un sistema energético nutrido con fuentes renovables?

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El David de la ciencia ecologista frente al Goliat transgénico

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Las campañas antitransgénicos han generado desconfianza entre la población

Hace unos días, 109 premios nobel firmaron una carta en la cual acusaban a la organización ecologista Greenpeace de “crímenes contra la humanidad” por oponerse a los transgénicos y ser, supuestamente, responsable de que el arroz dorado rico en vitamina A no pueda salvar a millones de niños de África y Asia de las enfermedades derivadas de su carencia.

Esta carta ha sido  contestada por Greenpeace en una extensa nota que contrasta con la escueta declaración de los premios Nobel. Así como los científicos básicamente usan el argumento –simplista- del arroz dorado y la necesidad de producir más alimentos, Greenpeace hace un repaso a todos los aspectos del problema: argumenta que el arroz dorado no es más que un prototipo; que el problema del hambre es de origen socioeconómico y está muy lejos de solucionarse con tecnología; que los transgénicos no han conseguido en veinte años aumentar sus rendimiento, lo que hace difícil que sean útiles para luchar contra la desnutrición; que los mismos resultados o mejores se obtienen con técnicas convencionales de mejora y variedades tradicionales; que no se sabe si son o no peligrosos porque no existen estudios independientes pero, en el caso que lo fueran, su control sería imposible porque el polen viaja cientos de kilómetros; que su principal ventaja es la facilidad que dan a las compañías para patentar las semillas; que sus logros en reducción del uso de herbicidas son ridículos comparadas con los de las técnicas ecológicas que lo reducen a cero y consiguen productividades similares; que los transgénicos son la punta de lanza de un modelo agrícola que es acusado por numerosas ONG, sindicatos agrarios y organizaciones internacionales como la propia causa de la desnutrición, etc.

El debate sobre los transgénicos se ha querido vestir como una lucha entre ecologistas “sentimentales” y “anticientíficos” contra la Ciencia con mayúsculas, pero la realidad es muy diferente. Muchos científicos nos oponemos a los cultivos transgénicos y denunciamos que la supuesta preocupación de sus defensores por la alimentación mundial tiene mucho de hipocresía e intento de salvar su negocio. Porque el problema principal de los transgénicos no es que sean peligrosos, su principal problema es que son inútiles. Sirven a las compañías que los desarrollan (ya que permiten patentar los genes y monopolizar los mercados) pero son inútiles para todo el resto de la humanidad.

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¿Es oro todo lo que reluce en el arroz dorado?

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Activistas de Greenpeace en una de sus campañas en contra de los transgénicos

La complejidad de la alimentación humana en un mundo rasgado por la fractura Norte-Sur, dominado por megacorporaciones y enfrentado a una crisis socioecológica global se pone de manifiesto en el caso del “arroz dorado”, una variedad de arroz transgénico creado por investigadores suizos que contiene cierta dosis de betacaroteno (sustancia precursora de la vitamina A). De entrada, hay que reconocer que con esta planta estamos en un terreno de discusión distinto al de otras variedades transgénicas resistentes a herbicidas o productoras de toxinas insecticidas: aquí cabe debatir sobre un auténtico beneficio potencial para gentes desfavorecidas. En efecto, muchos millones de personas en todo el mundo no ingieren suficiente vitamina A (en un contexto general en el que el 40% de la población mundial, al menos, padece deficiencia en micronutrientes); según la OMS, para 2’8 millones de niños menores de cinco años la falta de vitamina A es tan grave que produce ceguera.

¿Podría este arroz enriquecido ser una solución? La industria biotecnológica emprendió ya hace lustros una intensa campaña de public relations para convencer al mundo de que sí, y de que por fin llegan los cultivos transgénicos “buenos”. Es cierto que desde el año 2000 “ el arroz dorado ha funcionado como pararrayos en la batalla en torno a los cultivos transgénicos”. Para la industria se trataba sobre todo de  una escaramuza de contención de daños que se jugaba en el plano de la aceptabilidad política. No es la primera vez que llaman “asesinos” a los colectivos ciudadanos y ecologistas que se oponen a los cultivos y alimentos transgénicos, pero en esta ocasión el grito ha resultado especialmente estridente: una carta firmada por más de cien premios Nobel que ha sido ampliamente publicitada en el mundo entero.

Sin embargo, e incluso dejando de lado los posibles riesgos ecológicos (aún no investigados), y las incertidumbres sobre si el betacaroteno del “arroz dorado” podrá ser asimilado fácilmente por las personas (especialmente por los niños desnutridos a quienes se supone va dirigido), y si podrán ser transferidos los nuevos e inestables constructos genéticos a las variedades de arroz empleadas en los países pobres, y si las más de setenta patentes sobre pasos del proceso propiedad de multinacionales no supondrán en algún momento obstáculos insalvables para que las semillas estén a disposición de los más pobres, incluso dejando de lado todo eso –que ya es dejar de lado-, las cosas están lejos de ser sencillas. ¿Por qué padece la gente en muchos países malnutrición, con carencias de vitamina A, C, D, hierro, yodo, zinc, selenio, calcio, riboflavina y otros micronutrientes? A causa de las dietas empobrecidas típicas de la agricultura de la “revolución verde”, que ha llevado a que hoy más de dos mil millones de personas tengan una alimentación menos diversificada que hace cuarenta años.

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Apuntes políticos y ambientales para explicar el Brexit

Los grupos del PE exigen a Cameron iniciar las negociaciones del "brexit"

La victoria en el referéndum británico del no a la UE se enmarca en un contexto en el que en varios territorios centrales están aumentando de forma importante las posturas nacionalistas de derecha y ultraderecha. Este es el caso de Quebec, Cataluña, Escocia o el propio Reino Unido, pero también de Francia, Austria, Alemania u Holanda. Lejos de ser una coyuntura, son movimientos que responden al momento histórico actual y deben leerse conjuntamente (aunque obviamente tienen sus especificidades). Suponen grandes riesgos de regresión democrática y social, no por el hecho del proceso independentista, sino de quien lo lidera. Compartimos algunas ideas sobre las causas del auge del nacionalismo insolidario británico expresado en el Brexit, que pueden ser extrapolables a otros territorios.

No hay precedentes de ninguna población que se haya marchado de un proyecto que consideraba que le beneficiase. El pueblo británico no es una excepción: la UE no le sirve porque le impone políticas neoliberales que le lesionan. También porque es un proyecto que tiene cada vez menos espacio en el marco internacional, es decir, que sirve cada vez menos para mantener las posiciones de privilegio a escala mundial de las que han disfrutado las clases medias y altas británicas. Ambos aspectos, han servido de trampolín a las posiciones nacionalistas de derechas que han protagonizado la campaña.

La UE fue ideada por los poderes económicos y políticos dominantes, y está detrás de muchas de las políticas que han generado tremendos problemas económicos, sociales y ambientales: la privatización de servicios públicos, la liberalización del movimiento de capitales, el aumento del poder del sistema financiero, las burbujas inmobiliarias, los rescates bancarios, las deudas ilegitimas, el desmantelamiento de sectores productivos y de la agricultura familiar, el desempleo y la precarización estructurales, la liberalización del sector energético dando lugar oligopolios y a la pobreza energética, etc.

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La sensatez ecologista del PP

Aznar alerta de la "tentación" ante el 26J de "polarizar" a los españoles

Atención, propuesta: “construir una política energética que mire a largo plazo, aproveche al máximo nuestros recursos, impulse la creación de empleo, haga la energía más accesible para todos y colabore en la lucha contra el cambio climático de forma eficiente”. Suena bien, ¿verdad?

Podría haberlo planteado algún dirigente verde, pero pertenece al programa electoral del PP. Esto puede parecer raro, pero lo cierto es que el ecologismo es una ideología que impregna de forma trasversal a todos los partidos. Tanto, que hoy en día sería un suicidio declararse abiertamente antiecologista. El mejor ejemplo es el propio Rajoy: en 2007 negaba el calentamiento global porque se lo había dicho un primo suyo, pero en 2015 dijo tras la Cumbre del Clima que el cambio climático “es el mayor reto ambiental al que nos enfrentamos”.

Entonces, ¿es el PP ecologista? Si entendemos como ecologismo cierta sensibilidad entorno al concepto de “desarrollo sostenible”, la respuesta es sí, pues su programa está plagado de propuestas que siguen esa línea. De hecho, fue José María Aznar quien creó el Ministerio de Medio Ambiente en España en 1996 -aunque Rajoy lo eliminó en 2011 junto a la secretaría de estado de cambio climático-.

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Periferias que alimentan dignidad

benimaclet

La periferia queda allí donde el asfalto se interrumpe, las calles acaban y empiezan los descampados, la invisible puerta de acceso al campo. Las periferias en muchos casos son barrios olvidados o despreciados por las instituciones, edificios de ladrillo visto habitados por personas con precariedades, necesidades y estilos de vida incomprendidos para la urbanidad bien pensante. La periferia es aquello que geográfica y simbólicamente queda fuera del centro, el lugar donde se clava el compás y desde el que se delimita lo que es relevante. Allí donde residen las personas afectadas por la desigualdad y la pobreza.

Hace unos días participaba en Vitoria-Gasteiz de la jornada Periferias que alimentan, organizada por el sindicato agrario EHNE Bizkaia, donde nos encontrábamos gentes de distintas ciudades que venimos trabajando desde entornos urbanos por la soberania alimentaria y el derecho a la alimentación, con quienes hacen lo propio desde el medio rural vasco. La alimentación es el elemento en torno al cual estamos estableciendo esa complicidad cognitiva entre el campo y la ciudad, después de décadas de incomprensión mutuas asistimos a la multiplicación de espacios de reencuentro

Las ignoradas problemáticas del medio rural (no se valora la actividad campesina, inviabilidad de rentas agrarias, políticas agrícolas que facilitan el acaparamiento de las ayudas por el agro-negocio, envejecimiento, abandono de los servicios públicos...) dialogan con la precaria situación de las periferias urbanas a través de las iniciativas agroecológicas de extrarradio.

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Brasil: otro golpe político contra la sostenibilidad

Rousseff hace énfasis en que el Gobierno de Temer es "provisional" e "ilegítimo"

Última llamada para quienes aún confíen en que las élites económicas están preocupadas por la democracia y por la sostenibilidad en este planeta. El escondido romance del TTIP entre los Estados Unidos y la Unión Europea ha puesto de manifiesto que, en este interesado amor de las élites, poco importa el apoyo de sus pueblos o el respeto a unos mínimos ambientales que aboguen por la precaución frente a un planeta en estado de shock. Entre capitalismo del shock y capitalismo contra el cambio climático anda el mundo, según nos documenta la ensayista Naomi Klein. Y Brasil no es más que un eslabón en esta cadena.

El 18 de abril de este año, menos de un mes antes del golpe político en Brasil, el coordinador del programa económico del partido que ha accedido al poder (PMDB, centro-derecha), Roberto Brant, que ya había sido ministro con Fernando Henrique Cardoso (PSDB, socialdemocracia neoliberal), afirmaba lo siguiente sobre su propuesta económica: "la propuesta no fue hecha para enfrentarse al voto de la población. Con un programa así no se acude a una elección […] Todo lo que allí se dice precisa ser realizado. El tamaño del desastre que vive hoy Brasil es inédito en nuestra historia". El desastre de Brasil existe, ciertamente, y se llama desigualdad social, sólo comparable con Sudáfrica, según datos de Oxfam. El desastre ambiental de Brasil se refleja en el avance de la deforestación amazónica, que oscila entre 10.000 y 25.000 km2 por año, siendo la presión combinada de mercados que buscan carne y grano para alimentarlo, y élites dispuestas a obtener beneficios rápidos, la causa de ello.

El desastre político de Brasil que, en gran parte, ha alentado esta llegada ávida del neoliberalismo al poder se llama "bancada ruralista": cerca de un tercio de diputados que en el congreso son afines o controlados por grandes terratenientes y que mantienen una oposición sistemática a introducir avances en el reparto de tierra, la ayuda al pequeño agricultor o el respeto de los derechos humanos en el campo. No en vano, todo legado del PT en términos de apoyo a una agricultura familiar y propuestas en clave de producción ecológica, por mínimo que haya sido, ha sido borrado en estos días. De un plumazo ha desaparecido el Ministerio de Desarrollo Agrario, donde la lógica era de apoyo a estos pequeños productores, responsables del 70% de los alimentos que consume el país, y cuyos programas se considera que son la causa que ha permitido a la FAO retirar a Brasil de sus mapas del hambre.

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Seseña: de la dejadez a la tragedia

El Ministerio y los gobiernos autonómicos crean un grupo de trabajo sobre Seseña

Podemos extraer muchas enseñanzas del pavoroso incendio que se inició el viernes 13 de mayo en el vertedero de neumáticos de Seseña (Toledo) y Valdemoro (Madrid). Enseñanzas de cómo no se deben gestionar los residuos, de qué forma el urbanismo y las infraestructuras se han plegado solo a los intereses de unos pocos, de la manera en que se ignoran sistemáticamente las advertencias y denuncias de los grupos ecologistas, o de cómo se da prioridad a trasmitir un vano mensaje de tranquilidad para que no cunda la alarma frente a la necesaria protección de la salud de la población. Hagamos un pequeño repaso de todo ello.

El macrovertedero surgió en 1990 como depósito temporal de neumáticos, a la espera de ser reciclados, pero acabó convirtiéndose en un enorme almacén permanente, carente de autorizaciones. En 2003 el vertedero fue declarado ilegal por no respetar las normas medioambientales. Ya en 2005 hubo varias sentencias en contra, que nadie ejecutó, como tantas veces ocurre en casos medioambientales. La empresa que gestionaba el depósito, denunciada ante la justicia, abandonó el lugar y en 2010 una decisión judicial declaró los neumáticos “bienes abandonados”, dejándolos a disposición del Ayuntamiento de Seseña. Desde entonces se han producido varios anuncios de actuación por parte de las diferentes administraciones implicadas, pero la realidad es que no se ha hecho nada.

El alcalde de Seseña que dio licencia a Francisco Hernando, Paco El Pocero, para construir nada menos que 13.500 viviendas –al final se concluyeron 7.500– en una zona desgajada del núcleo urbano, fue el mismo que dio licencia al vertedero, a pesar de que las casas y los neumáticos quedaban a 400 metros. Y sin olvidar que entre ambos trascurría la R4, una de las autopistas de peaje quebradas por falta de demanda y que rescataremos con dinero público. Toda una imagen de lo peor de nuestra burbuja inmobiliaria y de infraestructuras.

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La resistencia social ante los conflictos ambientales, más necesaria hoy que nunca

Los procesos de degradación ambiental y empoderamiento social corren en paralelo. A medida que aumentan el metabolismo social y los procesos extractivistas, se agrava consecuentemente la crisis ambiental  y los ciudadanos protestan contra dicha situación. Se visibiliza entonces también un creciente déficit democrático en lo relativo a las decisiones que afectan a los recursos o al medio en el que vivimos.  A pesar de la existencia de un marco formal de apariencia democrática, en el que existen canales para la información, la reclamación y la participación, nos hallamos en realidad ante un mero espejismo participativo. Permitir la participación implica ceder poder y capacidad de decisión. Sin embargo la crisis ambiental pone de manifiesto la existencia de una falta real de mecanismos de control social sobre los procesos que generan la degradación ambiental, sobre la gestión de los recursos o sobre las decisiones energéticas y la producción de residuos contaminantes. La toma de conciencia respecto a esta situación lleva unos años conduciendo a un empoderamiento social y comunitario que es hoy más necesario que nunca. A medida que se percibe de forma creciente que lo que mueve a las grandes corporaciones y a los gobiernos que las amparan, no es precisamente el bien común, crece la conciencia de que si la sociedad no toma las riendas para defender el agua, la tierra o el aire,... nadie lo hará.

Y prueba de este empoderamiento creciente de la sociedad está en la propia respuesta dada desde el poder. La protesta es cada vez más duramente reprimida. Cuando se fuerzan avances legislativos de protección en las escalas más inmediatas de gobernanza (principalmente a nivel local o regional), estos son revertidos por instancias superiores (nacionales o supranacionales) o amenazados por los acuerdo comerciales (como en el caso del TTIP), ignorando la voluntad popular. Y cuando la protesta se produce, esta se criminaliza y reprime. Se niega a las comunidades afectadas su derecho de autodeterminación e incluso el de consulta previa. Las protestas por cuestiones ambientales han ofrecido resultados antes impensables, tanto a la hora de concitar gente en las calles (recordemos las más de 300.000 personas en las calles de Nueva York en la marcha por el clima), como a la hora de forzar giros en las políticas (el movimiento por la desinversión fósil, o el rechazo de la administración Obama al oleoducto XXL son algunos ejemplos). Pero este movimiento se está volviendo como decimos, cada vez más autónomo, y a medida que avance la desobediencia civil avanzará previsiblemente la represión. Tras el sabor amargo que el Acuerdo de París dejó en la sociedad civil, y bajo la máxima de “desobediencia” durante este mes se están llevando a cabo en todo el mundo acciones directas contra los combustibles fósiles, desde ocupaciones en minas de carbón a bloqueos de cumbres de empresas energéticas.

Esta situación represiva cobra aún mayor relevancia en países donde la corrupción institucional es mayor y el arraigo de los sistemas democráticos menor. En ellos, la defensa de la vida y el territorio puede salir muy caro, al tolerarse la acción de grupos paramilitares y mafiosos que en defensa de los intereses de algunas empresas, acosan, persiguen y matan a aquellos activistas que se atreven a dar un paso al frente en defensa de los comunes. Es el caso lamentable del asesinato en Honduras de la activista Berta Cáceres, pero también el de muchos otros activistas anónimos que cada año son asesinados en diferentes partes del mundo por su obstinación en la defensa del medio. Algunos de los más los más recientes, el de un monje budista y una mujer en una protesta contra una represa hidroeléctrica en Arunchal Pradesh en la India, y el de un activista en KwaZulu Natal en Sudafrica defendiendo las dunas contra la minería de titanio a cargo de una empresa australiana. El de Cáceres es sin embargo un buen ejemplo de que la lucha social da resultados, como lo demuestra el hecho de que se retiraran del proyecto hidroelectrico contra el que luchaba algunos de los actores más significativos, como un banco holandés, el Banco Mundial, o la empresa china Sinohydro.

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Tu casa no es un contenedor: La experiencia de los municipalismos vivos

“Os damos, concedemos y asignamos a perpetuidad, así a vosotros como a vuestros sucesores los reyes de Castilla y León, todas y cada una de las tierras e islas sobredichas, antes desconocidas”, Bula Inter Cetera, emitida por el papa Alejandro VI el 4 de mayo de 1493

Lejos de ver territorios llenos y conformados por personas, memorias, biodiversidad y otras formas de entender el bienestar social, la colonización dibujó continentes vacíos, como argumenta Eduardo Subirats: eran apenas superficies para ofrecer a los imperios en expansión. Sostiene Subirats que el “ideario de conversión” era en realidad una “empresa de ocupación y explotación territoriales como cruzada a lo ancho de un continente vacío”, siendo el indígena americano un cristiano potencial: “ tabula rasa susceptible de sujeción y subjetivación”. Continente visto como contenedor del que extraer recursos, conciencias planas dispuestas a ser alfombradas por la nueva religión.

La modernidad ha cambiado, pero conserva aún muchos de sus pecados originales. Los territorios no son percibidos como lugares donde los seres humanos entrelazamos ecosistemas (territorio ambiental), infraestructuras y organizaciones sociales (territorio material) e imaginarios sobre desarrollo y manejo de recursos (territorio inmaterial). Cuando en clase pregunto (a estudiantes de medioambiente o de agronomía), por primera vez, qué entienden por territorio, lo usual es que contesten en clave de “superficie”, “área” o “terreno”. A través de sistemas educativos y de la construcción de una civilización consumista y que apenas entiende de límites ambientales, hemos heredado la tradición colonialista de percibir los territorios (propios y ajenos) como contenedores de recursos y alfombras humanas sobre las que instaurar proyectos y procesos de depredación. Edward Said, Arturo Escobar, Vandana Shiva o Tzvetan Todorov han escrito en profundidad sobre este hecho. Los territorios, los lugares donde cimentamos modos de vida y formas de circulación de recursos, bienes y mercancías, se edifican a partir de proximidades: una ciudad o pueblo, una comarca, una cuenca hidrográfica, un paisaje. Cierto que la llamada “globalización” ha desprovisto de sentido y de autonomía a estos territorios de proximidad. Desplazamos y nos desplazamos mucho. Más del 40% de la biomasa planetaria es movida y apropiada por el agente geológico ser-humano: hemos entrado en el Antropoceno.

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