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El glifosato y la contaminación de tierras, cuerpos e imaginarios

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La historia cuenta que durante la colonización de Perú los jesuitas construyeron recintos en el campo para que los indios acudieran a misa. Los indígenas no entendían que se pudiera orar en un espacio aislado de la naturaleza, estas iglesias al aire libre posibilitaron que durante siglos estos comulgaran y cantaran engañando a los evangelizadores. pues bajo las apariencias formales ellos seguían rezando a las montañas y al sol.

A lo largo del tiempo las culturas indígenas y campesinas han sido muy conscientes de su ecodependencia, de que el sustento de la vida se encontraba ligado de forma inseparable al aprovechamiento renovable de los recursos y servicios que nos prestan los ecosistemas. Sin embargo nuestras sociedades industrializadas se han ido alejando, de forma literal y simbólica, de la naturaleza. Al contrario que los indios peruanos vivimos encerrados en espacios crecientemente artificializados y somos incapaces de percibir tanto su vulnerabilidad ecológica, como los impactos ambientales que provoca nuestro estilo de vida.

El nacimiento del movimiento ecologista moderno se asocia a la publicación en 1962 del libro de Rachel Carson La primavera silenciosa, donde se denunciaban los efectos del pesticida DDT sobre los ecosistemas, con impactos especialmente graves sobre la fauna aviar, y sobre la salud humana. Este texto promovió una acelerada toma de conciencia y una fuerte movilización social que consiguió la prohibición del DDT diez años después. El ecologismo surgía frente a la contaminación como una respuesta formulada en forma de pregunta: ¿en qué momento empezamos a denominar "progreso" al hecho de envenenar conscientemente tierras de cultivo, aguas, alimentos y personas en beneficio del crecimiento económico?

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La batalla cultural frente a los transgénicos

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Aunque el capitalismo amenaza las bases de la vida, no le resulta tan fácil ni tan legítimo apropiarse  de nuestras conciencias, tampoco de las culturas que trabajan para que dicha vida siga reproduciéndose. La reciente sentencia dictada por el magistrado federal de México, Benjamín Soto, ha cerrado las puertas (por el momento) a la liberación o siembra de maíz transgénico en dicho país. México, tan cerca de monstruos transnacionales como Monsanto o Syngenta y tan lejos de los dioses que crearon a los hombres de maíz como reza el libro comunitario maya del Popol Vuh, se ha reconocido como país donde la preservación de su alimentación es un hecho justiciable. La demanda fue presentada concretamente por 53 personas: campesinos y campesinas, artistas, personas investigadoras y activistas de derechos humanos. Pero obedece a una larga disputa jurídica, territorial e identitaria contra los citados monstruos como indica este colectivo: “México es la cuna donde nació el maíz, planta que hermanó en su territorio a decenas de culturas”.

Hace unas semanas, uno de los impulsores de dicho proceso colectivo, Narciso Barrera Bassols, me reafirmaba esa disputa que ha unido territorios, manejos sostenibles de recursos y tradiciones actualizadas: “ganamos, porque venimos ganando la batalla cultural”.  Y me citaba la presentación de exposiciones nacionales como Milpa: ritual imprescindible, la campaña Sin Maíz no hay País o el trabajo local en pos de asentar derechos y sabores propios de los distintos territorios que componen México. La milpa (esa asociación de maíz, frijo y calabaza) tan mexicana se ha impuesto culturalmente.  

¿Qué podemos aprender de este proceso para continuar nuestra batalla por un mundo habitable, libre de transgénicos? El capitalismo precisa introducir rupturas en nuestros vínculos con los territorios, y en particular con la alimentación, para nutrir su sociedad de consumo, aquella que no entiende de contextos sociales ni de proximidades, si no de laboratorios y de mercados globalizados. El TTIP es una clara muestra. Y aquí nos jugamos mucho en la batalla frente a los transgénicos en la Unión Europea. La resistencia mexicana se ha fundamentado en ir bastante más allá de la denuncia del control de la alimentación. No se han limitado a enfrentar manejos o formas de producir alimentos. En México se ha planteado que el maíz representa otra forma de estar en el mundo y de sentirlo. Todo cambio social implica una adaptación o una incorporación de nuevas visiones del mundo. En esta Transición inaplazable (política y vitalmente) esperamos no caer en un “aprendizaje por shock” como nos apunta Ernest García, si no en innovar en prácticas y en deseos hacia otras sociedades.

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Fumiga, que algo queda: Zika, la Revolución Verde y Monsanto

Las noticias repiten las imágenes de técnicos pertrechados en uniformes de seguridad fumigando a diestro y siniestro. Así entraba el virus del Zika en nuestros imaginarios: asaltos a casas de apariencia muy humilde en busca de un enemigo que parece invisible. Margaret Chan, directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) hablaba de una expansión “explosiva” de una enfermedad vírica, con riesgo de alcanzar 6 millones de casos. Según algunos titulares se trata de otra “enfermedad viajera” más. Para corroborar la amenaza de un "nuevo peligro global", se mencionaban algunos antecedentes de epidemias internacionalizadas en el último año, como los brotes de chikunguña o el dengue, también transmitidas por el mosquito Aedes y también focalizadas en países empobrecidos. Acto seguido, el pasado 1 de febrero, acontecía la declaración de emergencia internacional por parte de la OMS.

¿Y qué se proponen hacer las autoridades sanitarias nacionales e internacionales? La mayor parte de las informaciones insiste y reitera que el problema ha de focalizarse en un vector (el mosquito) controlable a base de químicos.  La OMS aconsejaba el uso de piriproxifeno que produce Sumimoto Chemical. Sumimoto también se dedica a recomendar la fumigación con herbicida de nuestros campos para erradicar “amenazantes” malezas como la verdolaga. Esta empresa es, en la práctica, una franquicia japonesa de la compañía Monsanto, que prefiere considerarla un “socio activo” en negocios e investigaciones con venenos. Monsanto controla el mercado mundial de semillas transgénicas y va camino de adueñarse del mercado de pesticidas. La verdolaga, uno de los “enemigos” de Monsanto que sirve de excusa para hacer negocios químicos, es una planta conocida en muchas culturas (mediterráneas y asiáticas) como alimento y como medicina por sus aportes de vitaminas, aminoácidos y antioxidantes.

Conclusión provisional: business as usual: i) hay que matar mosquitos a cañonazos, porque si no estos pobres nos van a inundar de enfermedades; ii) ya hay cañones químicos fabricados y disponibles para su venta en Occidente; iii) se ruega a las autoridades (como la OMS) que no difundan en exceso sus dudas sobre lo inútil que puede revelarse en el medio plazo el tratamiento a través de plaguicidas (informe 15 del Comité de Expertos de la OMS en Biología de los Vectores); iv) desoigan a los profesionales de la salud que vienen trabajando sobre estas epidemias y en estas zonas, como la Asociación Brasileña de Salud Colectiva, que consideran que son “las condiciones de vida en esos suburbios, el saneamiento básico inadecuado [...] el descuido con la higiene de espacios públicos y particulares, los principales responsables de este desastre”; y v) pongan en su lugar audiovisuales que nos hagan internalizar la sensación de pánico, como cuando Cuarto Milenio emitía el reportaje: “Zika, el nuevo nombre del miedo”. Y, por supuesto, sigan regando estos países con tóxicos. Hoy en Brasil cada habitante es “obsequiado” con ¡7 litros de pesticidas al año! para atender plagas en grandes monocultivos o como respuesta a enfermedades como el Zika.

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Sólo habrá plan B para Europa si encontramos plan B para el petróleo

Hace pocos días movimientos sociales y políticos de la izquierda europea con figuras como Yanis Varoufakis, Ada Colau  o Marina Albiol a la cabeza, se reunieron en Madrid para buscar la manera de "construir un espacio de convergencia europeo contra la austeridad y para la construcción de una verdadera democracia en Europa".

Es una iniciativa imprescindible en estos momentos, y muy interesante por su carácter transnacional y por esas alianzas entre movimientos sociales y partidos políticos, pero me temo que pueda quedar en agua de borrajas si sus promotores no saben entender todo lo que hay detrás de esta crisis.

Los debates del foro se centraron en la necesidad de presionar para conseguir una Unión Europea democrática que no sacrifique a los ciudadanos en aras de las políticas económicas, pero olvidaron que no todo lo que está pasando en Europa ni en el mundo en estos años depende de la política ni de nuestras decisiones. Existen causas materiales muy importantes que están haciendo que todas las economías del Planeta entren en crisis y son las que han lanzado a Europa a proponer estas drásticas medidas que llaman “de austeridad”.

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Necesitamos un Plan B al crecimiento

La búsqueda del crecimiento está en el trasfondo del primer lema de las jornadas (“contra la austeridad”). El lema se refiere al desigual reparto de la riqueza y hubiera sido mejor usar una fórmula de ese tipo, ya que la austeridad no solo es necesaria, sino que, en los tiempos en los que estamos, con recursos cada vez más difíciles de conseguir, es inevitable. Por supuesto, me refiero a la austeridad justa, con reparto de la riqueza.

En las jornadas pudimos oír a Kostas Lapavistas, profesor universitario de economía y referente de la izquierda griega y europea, decir que el petróleo ya no es un problema para Europa porque está barato. Es preocupante que una persona de su categoría no exprese la importancia central del petróleo para el funcionamiento de la economía, ni sea capaz de analizar el precio del petróleo con una mirada más amplia.

Por su parte, Nacho Álvarez, una de las cabezas económicas de Podemos, nos hizo una apología del crecimiento, y puso el ejemplo de cómo Argentina lo consiguió gracias a una expansión monetaria y un precio alto de la soja (entre otros factores). Sin embargo, obvió dar un paso fundamental más en el análisis. La soja crece en Argentina en monocultivos transgénicos dependientes de abonos y pesticidas de síntesis (por cierto, todo ello gracias al petróleo) y es un modelo que no tiene mucho recorrido por delante, fruto del agotamiento del suelo, de los acuíferos y del petróleo barato. No podemos entender el crecimiento sin entender la base material sobre la que se sostiene (lo que no quiere decir que sea el único requisito).

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El peligro anestesiante del acuerdo climático de París

Procrastinar es la acción de postergar las actividades que deben atenderse. Es un verbo que define bien la historia de la (in)acción política en materia climática. En 1979 tuvo lugar la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima. Las emisiones de carbono de ese año fueron algo superiores a las 18 gigatoneladas (Gt). Casi una década después, se creó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés). Las emisiones ya sobrepasaron ese año las 20 Gt. Después, durante más de 20 años de negociaciones climáticas para solucionar el problema, las emisiones nunca dejaron de aumentar. Tras cinco informes del IPCC, el mensaje sobre mitigación se ha fortalecido algo, pero en definitiva no ha cambiado mucho: necesitamos reducir drásticamente las emisiones. Sin embargo estas han crecido de forma imparable, hasta duplicarse en todos estos años.

El pasado diciembre se cerraba en París un acuerdo mundial sobre el clima. De forma paralela a las negociaciones una región del sur de la India sufría las peores inundaciones de los últimos cien años, afectando gravemente a la cuarta ciudad más importante del país, provocando muerte, hambruna y destrucción del tejido industrial. El número de muertos que el cambio climático ya provoca aumentará hasta los 250.000 cada año entre 2030 y 2050, según la Organización Mundial de la Salud.

Un ciudadano de a pie que observe este panorama desde cierta distancia, esperaría que lo acordado en París estuviera a la altura de semejante reto: un compromiso vinculante que garantizara que empezáramos desde ya a reducir las emisiones de carbono y que lo hiciéramos al mayor ritmo posible, al tiempo que se destinan los máximos esfuerzos para adaptarse a los ya inevitables efectos, y se compensa a los países empobrecidos, que no han generado el problema, por los daños causados. La firma del acuerdo se aireó en los medios efectivamente como una victoria al haber sido refrendado por más de 190 países del mundo y como un mensaje de que la comunidad internacional, finalmente, se había puesto en marcha. Pero, lamentablemente, tener un acuerdo de todos no es un valor en sí mismo. Lo que hay que ver es si sirve para solucionar el problema que tenemos.

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La experiencia del huerto

Un hombre trabaja en un huerto urbano

Tendemos a olvidar la tupida red de interdependencias ecológicas y sociales dentro de la cual vivimos. Ahora bien, la agricultura concebida como cuidado de la T(t)ierra tiene el potencial de hacer saludablemente presente para todos y todas los estrechos vínculos que la acción humana mantiene con la ecología del planeta. Aquí están en juego asuntos de suma importancia para la vida buena del ser humano, y conviene recordarlo en un momento en que bastantes “ayuntamientos del cambio” están apoyando (y en algunos casos poniendo en marcha) iniciativas agroecológicas y de agricultura urbana.

Escribió Bertrand Russell en La conquista de la felicidad que “somos criaturas de la tierra; nuestra vida es parte de la vida de la tierra, y nos alimentamos de ella lo mismo que los animales y las plantas. (...) Los procesos que nos ponen en contacto con la vida de la tierra tienen en sí mismos algo que satisface profundamente. Cuando cesan, la felicidad que habían producido permanece” (Espasa-Calpe, Madrid 1978, p. 75).

Hortus, en latín, significa tanto jardín como huerto. El cultivo del huerto/jardín probablemente sea el conjunto de prácticas humanas donde más cerca llegamos a estar de una experiencia de salvación. ¿Parece demasiado exagerado? Reflexionemos un poco.

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La desigualdad social es insostenible, ecológicamente también

Un viejo teórico de la democracia como Rousseau solía afirmar que la igualdad no significa que todos tengamos la misma riqueza, sino que nadie sea tan rico como para poder comprar a otro, ni que nadie sea tan pobre como para verse forzado a venderse. Los informes que cíclicamente se vienen publicando sobre la situación de la desigualdad social en nuestra sociedad ofrecen cifras tan alarmantes e insultantes, que Rousseau nos avisaría de que esta tendencia es incompatible con un régimen democrático. Ya sea el Informe Foessa sobre la realidad española o el reciente informe publicado por Oxfam sobre la situación a nivel global, donde se evidencia que las 62 personas más ricas del planeta tienen lo mismo que otros 3.600 millones de habitantes.

Una mínima ética ciudadana no puede asumir que una élite acapare tanta riqueza, poder e influencias, pues cualquier noción de democracia queda pervertida ante la fractura que provocan estos umbrales de desigualdad. Una dinámica agudizada en tiempo de crisis, pero que forma parte del ADN del proyecto socioeconómico neoliberal. La mano invisible del mercado es todo menos una mano tendida.

Y es que más allá de las carencias materiales que conlleva el empobrecimiento social para las clases populares (desahucios, pobreza energética, alimentación, movilidad…), la desigualdad nos hace más infelices como sociedad. Los investigadores norteamericanos Oishi y Kesebir han realizado un interesante trabajo donde comparan la evolución de las políticas económicas y la autopercepcción de la felicidad durante los últimos 50 años en EEUU, llegando a la conclusión de que la infelicidad se asocia a periodos de mayor desigualdad. Y no tanto por la pérdida de ingresos como por la percepción comparativa del reparto asimétrico de los esfuerzos, lo que aumenta el sentimiento de injusticia y provoca desconfianza en las instituciones colectivas.

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Tiempo de descomponedores

Es difícil no tener una sensación de desazón al contemplar la realidad política española y observar esta especie de estancamiento que se ha instalado en la vida colectiva. Últimamente parece que avanzáramos como quien se mueve por un camino completamente enfangado, teniendo que vencer una enorme resistencia para apenas avanzar. Las iniciativas políticas que estaban surgiendo hace unos pocos años con tanta fuerza apenas se han formado cuando ya empiezan a descomponerse en una multitud de siglas y controversias diversas. Procesos que llegaban a despertar antiguos miedos porque parecían explosivos, como las movilizaciones posteriores al 15M, el auge de Podemos y de Ciudadanos o el Procés catalán, se van frenando en cuestión de apenas meses hasta terminar enfangados en divisiones, debates y conflictos.

Y si el estancamiento político es desazonador, mucho más lo es el estado de conciencia ciudadana acerca de las cuestiones estructurales. El conocimiento de la gravedad que tienen problemas como el cambio climático, el pico del petróleo, la crisis socioeconómica global y el brutal deterioro ecológico que vivimos, apenas avanzan de boca en boca, con una lentitud exasperante.

Muchos habíamos pensado que todo esto que llaman “crisis” y algunos creemos que es, simplemente, el encuentro de la economía capitalista con los límites del planeta,  iba a ser algo parecido al choque de la proa del Titanic contra el iceberg. Pensábamos que los datos -ya evidentes- acerca del declive de las fuentes de energía, el deterioro ecológico y el paralelo deterioro de las condiciones de vida humanas, iban a hacer sonar todas las señales de alarma. Imaginábamos conmociones sociales y rápidos procesos de cambio más o menos organizados o caóticos.

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¿Es el crecimiento un imperativo del capitalismo?

John Bellamy Foster ha publicado recientemente un excelente ensayo con el título "Marxismo y Ecología: Fuentes comunes de una Gran Transición". Foster  aboga por un (eco) socialismo del estado estacionario. Sostiene  que "un sistema de satisfacción de las necesidades colectivas basado en el principio de la suficiencia es obviamente imposible desde cualquier faceta, bajo el régimen de acumulación del capital". Y continúa: "el capitalismo como sistema está intrínsecamente orientado hacia la máxima acumulación posible y hacia el máximo flujo de materia y energía". "El crecimiento económico (en un sentido más abstracto) o la acumulación de capital (de forma más concreta) ... no pueden  existir sin resquebrajar el sistema Tierra". "La sociedad, particularmente en los países ricos, debe avanzar hacia una economía del estado estacionario, que requiere un cambio hacia una economía sin formación neta de capital".

En principio, estoy de acuerdo. Intuitivamente, y dada nuestra experiencia sobre el capitalismo, esta visión  tiene mucho sentido. El crecimiento económico apareció con el capitalismo, y se correlaciona con el crecimiento del uso de materiales y de energía en una proporción casi del 1:1. Pero permítanme ser un poco más escolástico con la intención de promover  y fortalecer (más que  de socavar) el argumento de Foster.

Para empezar, creo que tenemos que distinguir entre los diferentes conceptos que Foster introduce.

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