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Economistas, por favor, inventen algo

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Concentración en Santander por el 'Friday for future'. | R.A.

El pasado 9 de junio la tribuna de El País abría la semana con un curioso artículo de John Gray, "Cambio climático y extinción del pensamiento", que es un buen ejemplo de cómo hasta las personas más lúcidas pueden caer en la trampa de confiar en soluciones tecnooptimistas con muy poca base a la hora de buscar soluciones al cambio climático.

El de John Gray es un artículo curioso porque comienza afirmando la importancia del cambio climático y diciendo tajantemente que "todo el mundo, excepto los negacionistas más contumaces, se da cuenta de que, en el mundo que los seres humanos han habitado a lo largo de su historia, está teniendo lugar un cambio sin precedentes". Pero después, sorprendentemente, en lugar de dar la razón al colectivo que ha puesto sobre la mesa la emergencia climática, califica de ingenuo al movimiento ecologista y desprecia las soluciones que éste propone.

Gray llega a decir que "los actuales movimientos ecologistas son expresión de un pensamiento mágico, intentos de ignorar la realidad o evadirse de ella, más que de entenderla y adaptarse". Resulta realmente curioso que, en el mismo artículo, el Sr. Gray reconozca que la ciencia y la realidad están confirmando lo que los movimientos ecologistas denunciaron contra viento y marea durante décadas (mientras prácticamente toda la sociedad lo negaba) y, por otro lado, diga que este movimiento vive fuera de la realidad y no se basa en la ciencia.

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El poder de las finanzas públicas para el futuro que deseamos

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Puede que la idea no tenga nada de nuevo, pero la fuerza que ha cobrado el Nuevo Pacto Verde en EEUU es notable. Los posibles candidatos presidenciales están asumiendo la propuesta, que ya ocupa un lugar destacado en la agenda del Congreso, donde 40 congresistas demócratas están reivindicando que se elabore un plan sólido al respecto. Sin embargo, puede que lo más llamativo no sea la popularidad al alza de esta idea, sino el creciente reconocimiento político de que el Gobierno puede crear los miles de millones de dólares que se necesitan no solo para enfrentar la crisis climática, sino también para luchar contra las desigualdades y transformar la economía.

Después de 2008, se impuso el relato de que no queda más dinero público para sufragar las alternativas, por lo que debemos recurrir a las finanzas privadas. El Nuevo Pacto Verde da un vuelco a esa perspectiva. Como ha comentado su defensora más célebre, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, este marco ofrece posibilidades para reproducir "la Gran Sociedad, la pisada en la luna, el movimiento por los derechos civiles de nuestra generación". Esta iniciativa ha potenciado el apoyo a grandes inversiones públicas para luchar contra el cambio climático, con la ayuda de dinero creado públicamente y bancos públicos democráticos. Un nuevo sistema de dinero público podría canalizar subsidios para fomentar el bienestar colectivo.

El supuesto de que las finanzas privadas representan la única forma de promover la política social y ambiental domina los debates sobre cómo poner en práctica el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). A menudo, estos debates ignoran cómo las finanzas privadas facilitan la extracción de riqueza desde el sector público hacia los ricos. Por ejemplo, un estudio sugiere que, entre 1995 y 2005, la City de Londres le costó a la población del Reino Unido 4,5 billones de libras esterlinas en recursos, capacidades e inversiones que beneficiaron al sector financiero en lugar de destinarse a actividades más productivas de la sociedad, así como la enorme riqueza que se evaporó entre los más acomodados con la crisis financiera de 2008.

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Madrid Central y el derecho a ir en coche

Un cartel de Madrid Central

Desde que se puso en marcha en modo de prueba hace ya algo más de medio año, la zona de bajas emisiones conocida como Madrid Central ha sido objeto de una gran atención mediática y política. Los impulsores, el Gobierno municipal de Ahora Madrid con el apoyo del PSOE y el respaldo de un gran número de organizaciones sociales, han tenido que aguantar un fuerte acoso tanto en medios de comunicación como en la escena política. El PP y Vox lo situaban como la primera actuación a revertir si llegaban al gobierno, algo bastante probable si cuaja el acuerdo de los tres partidos de derecha y ultraderecha en el Ayuntamiento de Madrid.

Lo paradójico es que Madrid Central está funcionando muy bien, cumpliendo lo que era su principal razón de ser: reducir la contaminación para preservar la salud de la población. La mayor parte de la gente también lo valora positivamente. ¿Dónde está pues, la justificación de esta férrea oposición? Apuntaremos aquí algunas explicaciones.

Los buenos resultados de Madrid Central, al igual que pasó con la renaturalización del río Manzanares, están sorprendiendo a sus propios impulsores. Durante el pasado mes de abril la única estación de medición de la contaminación ubicada en el interior de su perímetro, Plaza del Carmen, registró el nivel mensual más bajo de su historia para el dióxido de nitrógeno. Este es el gas tóxico cuyos niveles se superan en Madrid de forma ininterrumpida desde 2010 y que sobre todo proviene de los tubos de escape de los vehículos diésel. Claro está, antes de esa fecha también había niveles malsanos de dióxido de nitrógeno, pero no estaba vigente la actual legislación por lo que no cabía el reproche legal. Más aún, en mayo la media de todas las estaciones de la ciudad fue también la más baja para este contaminante desde que existe la actual red de medición.

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El corto verano del municipalismo

Puedo escribir los versos más tristes esta noche… decía Neruda, y su poema hecho canción por Paco Ibáñez era censurado en la radio de la dictadura franquista. La inmensa tristeza de un pueblo puede ser una metáfora con evidentes interpretaciones políticas, entre ellas que la alegría pasa por un cambio de régimen y por eso es peligrosa. Tristeza es la palabra más repetida en las conversaciones con familiares y amistades, en los grupos de Telegram o en muchas esquinas de las grandes ciudades que han perdido los gobiernos del cambio. El ciclo inaugurado por el 15M se clausura de forma rotunda y parece que negara toda la alegría vivida en las plazas. El reto es convertir la tristeza en esperanza, antes de que se traduzca en impotencia.

Más allá de las decepciones, que suelen ser proporcionales a las expectativas y al realismo con el que se asumieron los límites institucionales (interdependencia institucional, presupuestos, competencias...), las transformaciones vividas estos años en las formas y en el fondo de las agendas municipalistas resultan innegables. Ha habido cambios significativos en cuestiones redistributivas, una nueva generación de políticas de participación, de igualdad de género y diversidad; incluso tímidos avances en políticas ambientales y de reequilibrio territorial. Así como procedimientos más participativos que irían de la coproducción en el diseño de muchas políticas a la gestión ciudadana de equipamientos o las herramientas digitales. Un listado significativode las principales políticas públicas impulsadas por algunos de estos gobiernos locales podemos encontrarlas en Ciudades en Movimiento. A las políticas concretas tendríamos que añadir intangibles, como la percepción de un clima más acogedor, abierto y amable en muchas de estas ciudades.

Hans Magnus Ezenberger en su novela histórica El corto verano de la anarquía, relataba la vida de Durruti y describía el breve, intenso y convulso proceso desatado por la revolución libertaria durante la Guerra Civil. En las grandes ciudades cuatro años se han hecho muy cortos para consolidar muchas de las transformaciones emprendidas y el corto verano municipalista corre el riesgo de convertirse en un recuerdo nostálgico, en un breve y anecdótico paréntesis.

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Comercializadoras públicas: más allá de la lógica del mercado

La comercialización es un sector liberalizado del mercado eléctrico y, de los cuatro que lo componen (generación, transporte y distribución, y comercialización), el que más se ha abierto a la competencia. En un modelo pertinazmente centralizado, basado en grandes plantas de generación como el español, liberalizar ampliamente la generación hasta alcanzar escalas populares entraña grandes dificultades. En este modelo, el transporte y la distribución son sectores regulados que, con el pretexto de dar un servicio en régimen de monopolio natural, son gestionados por unas pocas manos. Mientras esta situación no cambie, la comercialización es el punto más accesible del sistema eléctrico, es el punto de partida pragmático desde donde comenzar a ser parte del sector y empezar a hacer las cosas de otra manera.

Más allá de la lógica de mercado: servicio público de un bien común

Una actividad de marcado carácter mercantil como la comercialización de electricidad, ¿tiene sentido que sea un servicio público? En un contexto en el que nuestro horizonte como sociedad debería ser la reducción del consumo energético, dedicarse a comercializar electricidad, ¿no es un contrasentido?

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Ante la crisis socioecológica… ¿esperanza activa?

Ante la compleja crisis socioecológica a la que nos enfrentamos a escala planetaria, ¿cómo no caer en la desesperanza? ¿Cómo ser capaces de digerir esta situación y poder llevar una "vida buena"? ¿Cómo no sucumbir al "qué más da" o al negacionismo y continuar con este estilo de vida insostenible pero (para bastante gente en los países centrales del sistema) lleno de comodidades?

Tal y como se puede ver, las distopías pueblan diferentes géneros artísticos: literatura, cine o series conducen nuestra imaginación hacia futuros donde poco espacio queda para otros tonos más allá de los grises y negros. Frente a estas propuestas hay quienes, comprendiendo la coyuntura a la que nos enfrentamos, han decidido apostar por ofrecer herramientas para que seamos capaces de aliviar parte del peso que supone el hacerse cargo de esta situación, y que consigamos mirar con otros ojos los proyectos que tenemos delante.

A un nivel más general se puede hablar de las utopías reales de Erik Olin Wright, quien parte del imaginar un futuro distinto y del nutrirse de los ideales emancipatorios, pero tomando como base las potencialidades humanas y coyunturales existentes, dando lugar a "otros mundos" o sociedades conformados por instituciones que sean capaces de dar respuesta al mundo actual. Otro caso muy sonado es el de Naomi Klein, quien en su libro Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima considera que la crisis climática puede ser esa vía para lograr una transformación económica real y que, además, se establezca como el "gran empujón" que congregue e impulse a todos esos movimientos que están divididos.

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Rebeldes con causa, el último internacionalismo esperanzado

La cuenta atrás ha comenzado. La rebelión está aquí. Llevábamos décadas escuchando voces de alarma ante el colapso ecológico y social al que nos conduce el cambio climático. Lo que ha irrumpido ahora con fuerza es la cuenta atrás de la reacción ciudadana, también global, que se moviliza para que los gobiernos se tomen en serio la emergencia climática. Es Extinction Rebellion, surge en el Reino Unido y se expande con rapidez por todo el planeta. La rebelión global comenzó el 15 de abril y continuará “hasta que los poderes políticos y económicos se decidan a tomar las drásticas y urgentes medidas necesarias para evitar el colapso de nuestra civilización y de los ecosistemas terrestres y marinos”.

En Reino Unido han ganado la primera batalla. Ha sido el primer país en declararse en emergencia climática, respondiendo a las demandas de Extinction Rebellion. Justo antes, Londres - capital financiera, ciudad global- nos había regalado imágenes inauditas de más de diez días de bloqueos masivos y pacíficos en cuatro espacios emblemáticos del centro de la ciudad. La acción de desobediencia civil ha dejado cientos de titulares, más de mil detenidos e historias conmovedoras como la de Mr Kingston, encaramado al techo de un tren donde celebra su 83 cumpleaños, impidiendo su circulación, en nombre de sus nietos y “el planeta que les estamos dejando”. Se acabó el tiempo de discursos y retórica. Cuando ni gobiernos ni fuerzas políticas están a la altura del reto al que nos enfrentamos, la ciudadanía opta por aplicar el derecho a la rebelión para evitar un mal mayor. El panorama internacional se puebla de científicas que abandonan sus laboratorios e investigaciones y pasan a la acción directa no violenta, de cientos de miles de jóvenes tomando la iniciativa y saliendo a las calles por el futuro, de personas “de a pie” que no quieren quedarse de brazos cruzados ante el colapso. Puede que fracasen, pero podrán decir que, al menos, lo intentaron.

La llamada internacional a la desobediencia civil se basa en acciones noviolentas, cada vez de mayor escala y cada vez más disruptivas. Entienden que es lo único que puede generar los cambios necesarios para nuestra supervivencia y la de la Comunidad de la Vida en la Tierra. La historia demuestra que movilizando entre un 2 y un 3 % de la población, de manera activa y permanente, con acción directa noviolenta han logrado ejercer suficiente presión política como para que los gobernantes les escucharan e iniciaran los cambios.

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Tierraplanismo económico

Tierra Plana

Hace unas semanas estuve viendo en Netflix el documental La tierra es plana, donde se presenta una galería de los personajes más icónicos y referentes de este movimiento internacional que defiende que la tierra no es una esfera que gira por el espacio alrededor del Sol. La película nos ofrece un divertido y sorprendente recorrido por EEUU, donde vemos sus conferencias, sus delirantes experimentos y su frenética actividad en las redes sociales, especialmente mediante los videos de Youtube. Resulta curioso asistir a la conformación de una comunidad de personas que han comprometido sus ahorros, su tiempo y sus esfuerzos en demostrar unas teorías absurdas pero verosímiles.

Vemos como los tierraplanistas tienen una agudizada tendencia a sostener teorías de la conspiración, desprecian la ciencia por formar parte del engaño que nos hace vivir en una especie de gigante Show de Truman, derrochan creatividad para cuestionar las evidencias, inventan artilugios tremendamente ingeniosos para visualizar sus teorías y logran generar una identidad colectiva y un fuerte sentido de pertenencia grupal. Un tierraplanista nunca pierde un debate porque en una conversación solo persigue reafirmarse en sus ideas y nunca problematizarlas, resultando frustrante ver lo ineficaz que resulta apelar a la razón ante tanto despropósito.

Al final del documental tras haberse demostrado lo ridículo de estas ideas y los perversos mecanismos de reafirmación que las sostienen, terminas sintiendo lástima por esta comunidad de personas ingenuas y plagadas de frustraciones, soledad e incomprensión. Y te das cuenta de que algo falla en el sistema educativo, los medios de comunicación y la dinámica de las redes sociales que realimentan este fenómeno. El enorme auge de este movimiento es un reflejo de los efectos que tiene la popularización de la posverdad, de las afirmaciones falsas que tratan de influir en la opinión pública basándose en emociones y acríticas creencias previas.

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Protestas, propuestas y alternativas

La teoría del caos plantea la no linealidad de los procesos y las consecuencias no intencionales de nuestros actos, la mariposa que con su batir de alas desata una tormenta en la otra punta del planeta. La solitaria huelga de los viernes iniciada por Greta Thunberg, nuestra mariposa, ha desatado una movilización masiva y global de las generaciones más jóvenes contra la crisis ecológica, ella ha sido la chispa que ha incendiado una pradera seca por el cambio climático.

Edgar Morin afirma que nuestra esperanza debe sustentarse en lo improbable, en lo que tiene pocas probabilidades de pasar pero que de forma azarosa termina sucediendo. En el campo del ecologismo social nadie podía prever que un ciclo de acción colectiva tan impresionante iba a surgir de esta manera y con esta fuerza, siendo capaz de situar la crisis ecosocial en la esfera pública y forzar su incorporación a la agenda política. Igual que el 15M, las insurrecciones exitosas no se planifican, no se imponen por decreto sino que suceden... siguen la máxima de John Lennon de que la vida es eso que pasa mientras tratamos de hacer planes.

Esta insurrección ecosocial de las jóvenes generaciones coincide con el crecimiento subterráneo e imperceptible de movimientos como la internacionalización de la campaña de desobediencia civil ecológica de Extinctión Rebelllion, que hace unos meses logró cortar simultáneamente todos los puentes de Londres, y tiene fechada en el 15 de abril su próxima cita global, que llegará a nuestra geografía. Los vientos se vienen sembrando hace tiempo y parece temporada de recoger las tempestades. Unas revueltas arrancan con un fuerte poder destituyente, una voluntad de impugnar los poderes existentes y las narrativas oficiales.

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Chalecos rurales y verdes

El siglo que atravesamos va a ser una sucesión de chalecos de distinto color manifestándose en las calles y, en el futuro, auto-organizando distintas formas de vida. El progresivo fin de una civilización petrolera irá poniendo sobre la mesa la cuestión de cómo vamos a comer y quién va a pagar los platos rotos. El creciente endeudamiento de los Estados hará más difícil sostener servicios públicos y políticas orientadas a la satisfacción de necesidades básicas. Sobre todo porque la ultraderecha productivista se ha apuntado al carro neoliberal y la socialdemocracia no viene precisamente de poner freno a la merma de derechos sociales y al aumento de una mercantilización globalizadora. Habrá chalecos amarillos, como en Francia, para decir que el mundo rural y las clases precarias no tienen por qué hacer frente a las subidas de impuestos y del precio de la gasolina. Surgirán también chalecos verdes al calor de de los aún jóvenes "Fridays for Future".

De orientación verde y rural han sido los cerca de 100.000 "chalecos" que han desfilado el pasado domingo por Madrid, al clamor de "La Revuleta de la España Vaciada". Cada vez son más palpables las dificultades de la pequeña ganadería y de la agricultura para competir con granjas intensivas y monocultivos, las facilidades administrativas para que la gran distribución se adueñe y arruine con sus bajos precios a estos pequeños productores, la renuencia de las administraciones públicas a mantener servicios básicos cuando la despoblación avanza (como el transporte o una escuela), la emigración y el distanciamiento juvenil de los proyectos que ya vienen empaquetados por el llamado "desarrollo rural" e impiden construir con autonomía local, entre otras cuestiones. Frente a las políticas que perpetúan "la España vaciada" se han convocado plataformas, algunas muy críticas con el desarrollismo y sus consecuencias, como Milana Bonita (Extremadura), "Teruel Existe", la Asociación Española contra la Despoblación o la Federación Española de Entidades Locales Menores.

En el medio rural existen también otros chalecos pugnando por encontrar razones y horizontes para continuar viviendo en estas zonas. Chalecos marrones son aquellos que proclaman la necesidad de continuar sosteniendo lo insostenible: una economía catapultada por una energía fósil, unas políticas que hagan caso omiso del ocaso en la disponibilidad de materiales esenciales para una industria globalizada, la ilusión de que aún tenemos margen para olvidarnos del vuelco climático y de las consecuencias del avance de la desertificación. El jueves 24 de enero se manifestaban en la localidad cacereña de Navalmoral de la Mata más de 4.000 personas. Pedían la continuidad de la central nuclear de Almaraz, un motor de ingresos para la comarca. Su paraguas organizativo era la Plataforma Ciudadana Vida y entre sus lemas podíamos leer "Almaraz Sí – Vida sí". Economías insostenibles reclamadas con argumentos de "vida". Aunque distanciándose, a la vez, de un debate sobre el impostergable cierre de las centrales nucleares. Se trata de reacciones fruto de un estado de shock y de un futuro altamente incierto en el medio rural.

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