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El dilema Hulot y la trampa del crecimiento

Hulot ha querido insistir en que la acumulación de decepciones que le ha llevado a salir de la primera línea política no es una cuestión de partidos, sino del funcionamiento perverso de un modelo social

Un gobierno que se tomara en serio la transición ecológica, más allá de lucir un ministerio florero, también debería ser un gobierno dispuesto a una transformación socioeconómica radical

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Nicolas Hulot conversa con un activista durante una protesta en la víspera del 25 aniversario del desastre nuclear de Chernobyl en una imagen de archivo.

EFE

Nicolas Hulot, flamante ministro de Transición Ecológica y Solidaria del gobierno de Macron, ha dimitido por sorpresa ante la escasa determinación del ejecutivo francés en la tarea que dirigía: “no quiero mentir más; no quiero dar la ilusión de que mi presencia en el Gobierno significa que estamos a la altura”. Tanto por su celebridad mediática previa en el terreno del periodismo ambiental, como por su pedigrí apartidista que generaba amplios consensos, Hulot era una de las figuras más relevantes de un gabinete llamado a mucho. Entre otras cosas, a regenerar el proyecto europeo en sus horas más bajas. Lo que pasaba necesariamente por convertir a Francia en la vanguardia continental de un nuevo modelo productivo sostenible.

En su renuncia al puesto, Hulot ha cargado contra la influencia perversa de los lobbies empresariales en la democracia, la política de pequeños pasos ambientales absolutamente insuficiente ante la magnitud del abismo socioecológico que hemos de saltar o la soledad de su acción de gobierno. Pero lo más interesante, que suele ser poco habitual en un cargo de su perfil, es que ha puesto el acento del problema en el modelo económico liberal. Podemos afirmar, a riesgo de simplificar, que Hulot ha dimito tras chocar con dos realidades tenaces, que en algunos círculos nos suenan muy obvias, pero que en el debate público apenas tienen presencia: la primera obviedad es que sin reducir el tamaño de la economía no se reducirá nuestro impacto desastroso sobre la biosfera, sea éste medido en emisiones de gases de efecto invernadero, contaminación química o pérdida de biodiversidad; la segunda obviedad es que la telaraña de intereses creados pesa hoy mucho más que la voluntad de cambio cualquier ministro-estrella.

En este asunto hay una lección fundamental que el ecologismo debería abanderar en su discurso de un modo mucho más valiente: mientras el crecimiento económico sea un precepto sagrado, la ecología estará obligada a rebajarse a marketing verde. Transición ecológica y neoliberalismo es una combinación con una consistencia similar a la del agua seca, el día nocturno o el fuego helado. Pero la pregunta realmente inquietante y necesaria es otra: ¿sería distinto con la izquierda en el poder? Y no solo con la socialdemocracia acomplejada del PSF, siempre tan competente a la hora de decepcionar a sus votantes, sino incluso con la izquierda fuerte de la Francia Insumisa. Es razonable esperar que el margen de acción de un ministerio de Transición Ecológica de Mèlenchon, más resuelto a la hora de atacar posiciones del entramado oligárquico-empresarial, cambiaría sustancialmente el margen de acción en aspectos que no hay que despreciar. Pero las presiones más importantes que nos empujan hacia la extralimitación ecológica se mantendrían casi constantes. El peor error que la izquierda ecologista puede cometer es simplificar los obstáculos reales de la consecución de la sostenibilidad desde la superioridad moral y el autismo ideológico. Toca ser un poco más humildes: tenemos ya la certeza de que nuestras economías deben dejar de acelerar en su carrera hacia el abismo. Pero aún nadie sabe cómo se para esta máquina sin frenos.

Hulot ha querido insistir en que la acumulación de decepciones que le ha llevado a salir de la primera línea política no es una cuestión de partidos, sino del funcionamiento perverso de un modelo social. Y que este tiene una base de colaboración activa entre la ciudadanía inmensa, cuya defensa abarca casi todo el espectro electoral. En esto acierta. Cuando los ecologistas planteamos el horizonte teóricamente sensato del decrecimiento, y hay que celebrar que éste ya no es un coto de reflexión exclusiva de académicos y activistas (gracias a iniciativas como el debate sobre el post-crecimiento en el Parlamente Europeo, que ha impulsado entre otros el eurodiputado Florent Marcellesi), olvidamos un aspecto crucial para pensar su hipotética traducción práctica: que el crecimiento económico no es solo una decisión política en favor del capital. Es una inercia civilizatoria muy profunda, que no se podrá revertir sin generar inmensos trastornos. La telaraña de intereses creados alrededor de la expansión permanente de la producción y el consumo no la sostiene exclusivamente el 1%.

Por ello, y desde Informe del Club de Roma hace más de 40 años, las advertencias científicas bien fundamentadas sobre la necesidad de organizar nuestra economía en base a un patrón de estado estacionario han caído en saco roto. Con el crecimiento económico se refuerzan mutuamente los intereses de los poderes establecidos, los mitos colectivos más profundos de la modernidad, el modelo de subjetividad imperante (con su esquema de premios y reconocimientos y su promesa de felicidad) y el chantaje estructural que define al capitalismo como sistema. Es un nudo gordiano de complicidades socioculturales que no se rompe con la espada de la voluntad política. Hay que deshilar mucho más fino.

No es solo que todo nuestro marco económico e institucional esté diseñado como un esquema Ponzi o una estafa piramidal (basta pensar en el mecanismo de deuda-interés). O que suframos una racionalidad colectiva devaluada, oscurecida por el arraigo de la religión más potente de nuestra época, la tecnolatría, cuya teología puede resumirse en el dogma “ya inventarán algo”. O que el consumismo, que ha seducido a miles de millones de personas, actúe como una plaga de langostas sobre los ecosistemas de todo el globo. El secuestro en la trampa del crecimiento es todavía más perfecto: cuando una sociedad solo sabe producir vidas cotidianas mínimamente vivibles mediante el incremento del PIB, por mucho que las élites se lleven la mejor parte, y por muy autodestructivo que sea su efecto a medio plazo, la gente creerá en ello a toda costa. Y será electoralmente suicida rebatirlo. Especialmente, como es el caso, si los daños más directos todavía se pueden externalizar sobre el cuerpo de las mujeres, los países del Sur o cargando la factura sobre la naturaleza. Por tanto, y he aquí el verdadero dilema Hulot: un gobierno que se tomara en serio la transición ecológica, más allá de lucir un ministerio florero, también debería ser un gobierno dispuesto a una transformación socioeconómica radical. Al menos, tan radical como el ciclo reformista de los años treinta. Quizá mucho más radical: recordemos que el socialismo, emblema histórico de aventura colectiva conscientemente organizada para transformar del mundo, con lo muchísimo que aspiró a cambiar, nunca se planteó una tarea como dejar de crecer.

Bajo esta luz el dilema Hulot se presenta de una complejidad poco compatible con una lectura maniquea entre partidos políticos buenos y malos. Si nuestra historia nos enseña algo es que una transformación socioeconómica radical, llamada a contrariar los intereses (y la lógica) del capital, es un tipo de operación de altísimo riesgo. Que solo es posible empezar a planteársela en serio cuando además de un gobierno decidido existe una inmensa fuerza social que empuja desbordando las instituciones establecidas. Y no solo con movilizaciones masivas o conflictos sectoriales (en el mundo del trabajo o por el reconocimiento de derechos): casi más importante es la creación de un tejido capilar de apoyo mutuo, identidad común y sociabilidad no mercantil en la vida cotidiana. Como fue la cultura obrera de sindicatos, ateneos, tabernas, casas del pueblo y cooperativas. Sin este respaldo magmático, que diría García Linera, también un gobierno de izquierdas se limitará seguramente a administrar impotencias.

Para romper el círculo vicioso que nos arrastra hacia la catástrofe socioecológica, toca redescubrir otra obviedad, mucho más hermosa que las obviedades antes descritas: la impotencia gubernamental se cura siempre con agitación popular. Por eso el 8 de septiembre nos pondremos en pie por el clima, y llenaremos las calles del mundo para exigir la transición ecológica justa y democrática. Por eso el 8 de septiembre inauguraremos el cortísimo siglo XXI. Que será mucho más breve que el corto siglo XX que Hobsbawn demarcó entre la Revolución Soviética y la caída del muro. Aquí está el condicionante más difícil del reto que nos ha tocado vivir: una opción de transición ecológica gradualista parece, a la luz de la experiencia histórica, mucho más viable políticamente que una opción de contracción ecológica de emergencia. Entre otras cosas porque, como cualquier proceso revolucionario, ésta última no podrá ser demasiado exquisita en términos democráticos. Pero a diferencia de los años treinta a nosotros no nos queda tiempo.

A mediados de esta centuria habremos cruzado el Rubicón ecológico. O bien una sociedad reintegrada en los límites de la biosfera, que haya convertido el crecimiento económico exponencial en una pieza de museo, o bien la descomposición catastrófica de la civilización industrial en una lucha competitiva atroz. Que como afirma Jorge Riechmann, desencadenará genocidios como método para gestionar el ecocidio. En cualquier caso, la vida humana será algo muy distinto al presente. Lo suficiente como para que los historiadores del futuro, si es que tal profesión sigue existiendo, tengan que nombrar su época bajo otras palabras. Está en manos de nuestra generación determinar el desenlace. El sábado 8, a las 19.00 horas en la plaza del Reina Sofía, Madrid pondrá su aporte.

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