Dos cosechas y cien kilómetros: una ruta por Valladolid siguiendo la uva y la aceituna
A finales de agosto, las carreteras del sur de Valladolid empiezan a llenarse de camiones cargados de uva. En las bodegas de Rueda y Ribera del Duero se trabaja contrarreloj: llegan los racimos, se llenan los depósitos y el viñedo va perdiendo, poco a poco, el fruto que ha cuidado durante meses. Unas semanas después, el color cambia. El verde de las cepas da paso a los ocres del otoño y, más al norte, en la Tierra de Campos vallisoletana, las protagonistas son otras: las aceitunas.
Entre una escena y otra pasan apenas dos meses y menos de cien kilómetros. Es tiempo y distancia suficientes para recorrer la misma provincia siguiendo dos cosechas distintas y comprobar algo que no es evidente a simple vista: Valladolid ya no se explica solo por el vino. El aceite de oliva virgen extra, un producto asociado durante generaciones a latitudes más meridionales, se ha abierto un hueco en una comarca cuyo paisaje ha estado tradicionalmente ligado al cereal.
Este año, el calendario se ha adelantado. Las primeras parcelas de Rueda comenzaron a vendimiarse en torno al 17 de agosto, casi una semana antes que en la campaña anterior. No es un dato menor: este tipo de anticipación se ha convertido en un fenómeno recurrente en buena parte de las denominaciones de origen españolas en la última década, asociado al aumento de las temperaturas estivales, y Rueda no es una excepción. El orden de la ruta —vendimia primero, aceituna después— es el mismo de siempre; lo que cambia, año a año, es el pulso exacto con el que la tierra marca el inicio de cada cosecha.
Rueda, cuando el paisaje se llena de uva
El recorrido arranca en Rueda con las viñas llegando al final de su ciclo y los primeros racimos a punto de dejar la cepa. La denominación de origen atraviesa, según Carlos Yllera, presidente de la DO y director general de Yllera Bodegas y Viñedos, “una etapa de consolidación”: han llegado nuevos proyectos, se ha invertido en investigación y los vinos han ganado presencia en mercados exteriores.
La mayor parte de la vendimia se concentra en los primeros días de septiembre, y es entonces cuando resulta más evidente todo lo que hay detrás de una botella de verdejo: tractores, vendimiadores, camiones, depósitos y jornadas que se alargan mientras dure la campaña. Durante esas semanas, el trabajo en las bodegas deja ver la cara menos visible del vino, la que no llega a la copa.
Rueda también guarda memoria bajo tierra. La familia Yllera conserva una bodega histórica formada por más de un kilómetro y medio de galerías mudéjares, excavadas a mano en el siglo XV, cuando el vino se elaboraba y se conservaba en espacios cavados bajo los pueblos. La visita recorre pasillos estrechos de piedra con una temperatura que apenas varía a lo largo del año y explica, mejor que cualquier dato técnico, por qué estas galerías siguieron usándose durante siglos: el frescor constante conservaba el vino sin necesidad de otra tecnología que la propia profundidad del subsuelo. Para Carlos Yllera, ese trayecto es también una forma de asomarse a la historia del territorio: “Quien recorre esas galerías no solo visita una bodega: atraviesa un patrimonio subterráneo que explica cómo se construyó la cultura del vino en esta zona”.
Ribera del Duero, otra forma de leer el terreno
Desde Rueda, la ruta se dirige hacia el sureste, a Ribera del Duero, donde la tempranillo —tinto fino o tinta del país, según la zona— domina buena parte de las parcelas. Aquí la altitud es determinante: algunos viñedos superan los 900 metros, y esa cota, combinada con la diversidad de suelos de la denominación, ayuda a explicar el carácter de sus vinos.
En los últimos años, junto a las grandes bodegas históricas, ha crecido una generación de proyectos familiares más pequeños. Uno de ellos es Finca Rodma, puesta en marcha por la familia Martín Rodríguez a finales de 2022 en la llamada Milla de Oro de la denominación. Su propuesta de enoturismo apuesta por grupos reducidos y por el contacto directo con el viñedo: recorrer las parcelas, observar cómo cambia el suelo de una a otra y terminar la visita con una cata que relaciona cada vino con el paisaje del que procede. “Abrimos nuestra casa para que cada persona descubra el paisaje, la historia y la cultura de Ribera del Duero”, resume Sofía Alcázar, responsable de enoturismo de la bodega.
Septiembre añade aquí un elemento que no existe el resto del año: las bodegas reciben la uva de la nueva cosecha y todo el proceso de elaboración pasa a ocupar el centro de la actividad. Peñafiel completa esta parte de la ruta. Su castillo y el Museo Provincial del Vino recuerdan que la viticultura, en esta comarca, ha dejado de ser solo una actividad agrícola para convertirse también en una forma de recorrer y entender el territorio.
Tierra de Campos, cuando llega la aceituna
La vendimia queda atrás y el paisaje empieza a cambiar. En Tierra de Campos, donde el cereal ha dominado históricamente los campos, el verdejo da paso al olivo, un cultivo poco habitual en el imaginario de Castilla y León.
En Medina de Rioseco se encuentra Pago de Valdecuevas, un proyecto que arrancó en 2008 con la plantación de olivos de arbequina a 850 metros de altitud —una cota inusualmente alta para este cultivo— y que tres años después puso en marcha su propia almazara, integrada en la finca y diseñada para que la aceituna pase del árbol a la molturación en cuestión de horas.
La imagen rompe con la asociación inmediata entre olivar y sur de España, y es precisamente esa localización atípica lo que da al proyecto su personalidad: una plantación que ha introducido un cultivo distinto en una comarca vinculada durante generaciones a los cereales, y que ha contribuido, con el tiempo, a situar a Valladolid en el mapa —todavía minoritario— de la producción española de aceite de oliva virgen extra.
La visita guiada comienza en el olivar y continúa en la almazara, donde durante la campaña se puede seguir el proceso completo: la aceituna que llega directamente del campo, el lavado, la molienda y el momento en que empieza a salir el aceite. Ese recorrido ayuda a entender cómo se transforma la aceituna en aceite y qué importancia tiene cada paso. “El oleoturismo nos permite acercar al visitante a la cultura del aceite de oliva virgen extra y mostrarle todo el proceso, desde que la aceituna está en el campo hasta que se convierte en aceite”, explica Chelo Miñana, directora general del Grupo Valdecuevas. Para quien nunca ha pisado una almazara, seguir cada fase resulta especialmente revelador: descubrir que, antes de llegar a una botella, el aceite nace de un trabajo rápido y preciso que sucede a pocos metros del olivo.
La recogida arranca en noviembre, cuando el viñedo ya ha dejado atrás su momento de mayor actividad. El paisaje vuelve a cambiar y la aceituna ocupa el lugar que, unas semanas antes, correspondía a la uva. No se trata solo de sustituir una cosecha por otra: es la prueba de que un cultivo asociado tradicionalmente a otras latitudes ha encontrado, también aquí, su propio espacio.
Una ruta, dos calendarios
La distancia entre los tres puntos permite plantear el recorrido como una misma ruta, aunque no como un único viaje. Rueda y Peñafiel están a poco más de media hora en coche, y Medina de Rioseco queda a una hora de cualquiera de los dos. Pero la clave no está en el mapa, sino en el calendario: en septiembre, el protagonista es el vino; en noviembre, el aceite. No hace falta elegir entre una experiencia y otra —se puede volver a la provincia en momentos distintos del año y encontrar, cada vez, un territorio diferente
Para quien quiera convertir el itinerario en un viaje concreto, conviene tener en cuenta que cada bodega y almazara fija sus propias condiciones de visita, precios y disponibilidad según la temporada, por lo que es recomendable confirmarlos antes de planificar la ruta.
Seguir ese calendario agrícola permite observar cómo dos cultivos, uno arraigado desde hace siglos y otro todavía en expansión, moldean el paisaje de una misma provincia y construyen, cada uno a su ritmo, una forma distinta de contar su gastronomía.
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