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Catalunya, ¿movilizaciones pacíficas o guerra callejera?

Hay quienes consideran que las imágenes no representan al movimiento independentista y que su profusión en los medios obedece al objetivo de desacreditar el pacifismo que siempre lo ha caracterizado

La imagen es la oposición al razonamiento y al argumento, mediante su uso se logra puentear los intelectos y lograr adhesiones o rechazos a lo que el medio desee

Afortunadamente los tiempos en que los gobiernos impedían el trabajo de los periodistas están lejos y no es la censura lo más frecuente y ocultar la represión o las movilizaciones no es cosa fácil

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Una barricada separa a manifestantes y policías entre Pau Claris con Ronda Sant Pere en la quinta noche de protestas.

Una barricada separa a manifestantes y policías entre Pau Claris con Ronda Sant Pere en la quinta noche de protestas. Sònia Calvó

El uso (y abuso, en opinión de alguno) de las imágenes de batalla campal en Barcelona y otras ciudades de Catalunya ha generado en muchas personas la indignación de quienes consideran que no representan al movimiento independentista y que su profusión en los medios obedece al objetivo de desacreditar el pacifismo que siempre caracterizó y del que siempre alardeó el movimiento independentista catalán.

Sin posicionarme al respecto, lo que sí vale la pena señalar es el poder de los medios audiovisuales para, según enfocar una imagen u otra, provocar una posición o la contraria en las audiencias. No se necesita mentir, la imagen es la oposición al razonamiento y al argumento por lo que, mediante su uso, se logra puentear los intelectos y lograr adhesiones o rechazos a lo que el medio desee. Hemos sido víctimas de ello durante décadas pero solo ahora, cuando los acontecimientos se desarrollan en nuestras narices, vemos el poder y el peligro.

El editor del medio digital Counterpunch, Patrick Cockburn, ya señalaba hace siete años lo fácil que puede ser para una televisión emitir varios encuadres de tiroteos en una ciudad árabe o latinoamericana (tiroteos que son reales) y convencer a la audiencia europea de que el país está viviendo una revolución. O bien puede difundir cientos de miles de manifestantes tranquilos y presentar un movimiento popular masivo pacífico o, por el contrario, cientos de manifestantes violentos quemando contenedores y lanzando proyectiles a los policías y convencer a las audiencias de que nos encontramos ante un grupo de agresivos y exaltados que quieren desestabilizar un sistema democrático. Las imágenes pueden incluir cinco policías aporreando a una joven en el portal de una vivienda o a los diez amigos de las joven lanzando adoquines a esos mismos policías, que deben esconderse detrás de su furgoneta. No hace falta mentir, todas las imágenes son reales pero, probablemente, ninguna refleje por sí sola la realidad.

Cockburn cuenta que, hace años, unos periodistas iraníes opositores reconocían que si informasen de que en realidad no había muchas movilizaciones contra el gobierno, sus editores extranjeros no les harían caso porque lo que necesitaban era imágenes de disturbios y algaradas, de ahí la necesidad de magnificar las imágenes de cualquier incidente. Si los reporteros locales decían que esto era una exageración grave, sus empleadores sospecharían que la seguridad iraní los había intimidado o comprado.

Sucedió algo parecido hace unos días con una noticia de Público. Primero difundieron que unos policías infiltrados habían sido los causantes de derribar las vallas que protegían la consejería de Interior de Catalunya. Más tarde, el propio periódico aclaró que no podían confirmar con seguridad que fueran policías y así lo rectificaron en la noticia. Cada sector de sus lectores opinaba según su ideología sin importarle la verdad. Los independentistas les acusaron de ceder a las presiones del gobierno español con su desmentido; los antiindependentistas, de ser unos manipuladores a la vista de su rectificación. Lo que era evidente es que una noticia audiovisual (la información incluía varios vídeos) erradicó la reflexión y el raciocinio y disparó las emociones de cada sector.

Afortunadamente los tiempos en que los gobiernos impedían el trabajo de los periodistas están lejos y no es la censura lo más frecuente y ocultar la represión o las movilizaciones no es cosa fácil. El problema ahora es lo sencillo que resulta, tecnológicamente y con los medios audiovisuales, dar un enfoque, un recorte de imagen, un plano adecuado y una postproducción estratégica puede condicionar hacia un lugar u otro una noticia de televisión. Si, además, la noticia se machaca en redes y medios durante horas el efecto desinformativo es demoledor.

Por otro lado, las imágenes de diálogos entre líderes, negociaciones entre políticos o incluso consensos son muy aburridas en televisión, no generan audiencias. Siempre da más juego una masa de gente manifestándose (mejor todavía si están exaltados), un adoquín volando o una porra golpeando, aunque no sirva para interpretar nada.

Sucedió algo similar con las primaveras árabes y en la plaza Maidan de Kiev, ayer era en Venezuela y en Hong Kong. Siempre nos lo creíamos todo y no nos importó si era o no verdad, ahora sucede al lado de casa, en Catalunya, quizás ahora podamos darnos cuenta de que una imagen no vale más que mil palabras, sino que nos puede engañar más que con mil palabras.

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