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A Pedro Sánchez sólo le preocupa su cargo en el partido

El objetivo del líder del PSOE al firmar el acuerdo con Ciudadanos, que no va a darle la investidura ni va a permitirle gobernar, es mantener su cargo dentro del grupo socialista

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El pacto PSOE-Ciudadanos es un sinsentido a no ser que se entienda desde el punto de vista de los intereses de Pedro Sánchez en el interior de su partido. Firmar un acuerdo de investidura o de gobierno, que tampoco eso se aclara mucho en el texto, que no va a darle la investidura ni permitirle gobernar es un despropósito, más allá de cualquier otra consideración. A menos que sirva al líder del PSOE para intentar conservar su cargo. Esa ha sido la prioridad de Pedro Sánchez desde la noche misma del 20-D. Todos los movimientos que ha hecho en los últimos dos meses adquieren una cierta coherencia a la luz de ese objetivo. Lo demás para él ha sido secundario. O simplemente instrumental.

Lo único que podría evitar unas nuevas elecciones es que dentro de unas semanas se acordara una gran coalición presidida por Mariano Rajoy

Menos de una semana después de las elecciones una tormenta interna se desencadenó en el PSOE. Se dio por seguro, aunque nunca se confirmó del todo, que Susana Díaz quiso entonces sustituir a Pedro Sánchez en la secretaría general. Ese extremo nunca se confirmó del todo. Puede que la dirigente andaluza y otros pesos pesados simplemente quisieran ejercer un padrinazgo de hierro sobre Sánchez y que éste se negara en redondo a aceptarlo. Lo cierto es que el trasfondo del debate eran los malos resultados electorales del partido y la exigencia de responsabilidades políticas a la dirección por dicho fracaso.

Cabe recordar que el liderazgo de Sánchez había sido seriamente cuestionado varias veces desde hacía un año antes. Y que las críticas arreciaron cuando a finales de noviembre los sondeos pronosticaron algo parecido a una debacle para el PSOE. Sánchez, con el agua al cuello, reaccionó ante tan negros pronósticos reorientando su campaña hacia la izquierda, asumiendo compromisos de cambio en materia social y económica y olvidando las invectivas y descalificaciones contra Podemos que habían sido la norma desde que el partido de Pablo Iglesias apareció en escena. Ese nuevo tono más 'progre' permitió al PSOE remontar en los sondeos y alcanzar los 90 diputados que, aun siendo el peor resultado del partido en 38 años, permitieron a Sánchez y a los suyos entonar poco menos que cantos de victoria.

Pero en clave interna no todos, ni mucho menos, compartieron ese optimismo. Atendiendo a motivaciones diversas, una amplia gama de personajes del partido expresaron su malestar en términos no precisamente suaves. Sánchez estuvo en la cuerda floja durante varios días. La polémica sobre sus fallos y carencias se trasladó enseguida a la política de alianzas. Porque así convenía a unos y a otros y también porque el partido tenía que definirse al respecto. Un sector variopinto, pero poderoso, pugnó por la gran coalición con el PP. Porque en su opinión permitía salvar los muebles en incluso reforzar las parcelas de poder que el PSOE seguía teniendo en autonomías y ayuntamientos, aunque para ello hubiera que cambiar el signo de los pactos en muchos de ellos y acercarse a la derecha rompiendo con Podemos.

Pedro Sánchez se defendió como gato panza arriba contra esa opción porque su rechazo de la gran coalición había sido una de sus banderas electorales y aceptarla suponía su muerte política. Y su posición terminó ganando. Porque supo manejar su fuerza interna, pero sobre todo porque entregar el gobierno a Mariano Rajoy después de su formidable derrota electoral era una propuesta indefendible.

Pero la suya fue una victoria pírrica. Porque sus oponentes limitaron tanto su capacidad de maniobra para poder configurar una alternativa de gobierno al PP que ésta fue imposible desde un primer momento. Por el 'no' tajante a cualquier acercamiento a los soberanistas catalanes, que Podemos consideraba ingrediente imprescindible de un programa de cambio y que era necesario para obtener su abstención en la votación de investidura. Por la condición sine qua non de que Podemos no entrara en el futuro gobierno, salvo en posiciones decorativas, que aunque nunca se expresó formalmente aparecía enseguida en cualquier conversación con los dirigentes socialistas, sea cual fuera el sector al que pertenecieran. Y porque tampoco se le iba a permitir alegría alguna en materia social o económica.

Esas limitaciones estaban plenamente vigentes cuando Sánchez aceptó presentarse a la investidura, después de que Rajoy se negara a ello, cuando el líder del PSOE se frotaba las manos sabiendo que iba a humillar al del PP en el debate parlamentario que habría estado destinado a ese fin. Sabiendo que un entendimiento con Podemos era imposible porque las fuerzas vivas del PSOE no le permitirían pactar los contenidos que lo habrían hecho factible, Sánchez se lanzó entonces a la tarea de marear la perdiz en la que hemos estado hasta hoy mismo.

Los dirigentes socialistas se indignaron cuando Podemos presentó las condiciones en las que firmaría un pacto con el PSOE. Porque todas y cada una de ellas, y no sólo la exigencia de una vicepresidencia, ponían el dedo en las líneas rojas que el PSOE había impuesto a Pedro Sánchez. Hallazgos puntuales, numeritos publicitarios y mesas aparte, la imposibilidad del pacto estuvo clara desde aquel día. El bloqueo sólo podía romperse si el PSOE cambiaba de postura. Pero su secretario general no podía hacerlo.

Sin embargo, tenía que inventarse algo para no llegar con las manos vacías a la investidura. Su partido se lo haría pagar muy caro si no lo hacía. De ahí, en el momento que fuera, seguramente mucho antes de lo que se ha venido diciendo, nació la idea del pacto con Ciudadanos. Parecía que el partido de Rivera no estaba por esa labor, que su opción era un pacto con el PP. Pero los escándalos de corrupción que desde hace más de un mes cayeron sobre el partido de Rajoy desaconsejaron seguir trabajando en esa vía, al menos por ahora. Por otra parte, pactando con el PSOE Albert Rivera volvía al primer plano del que estaba alejado desde el 20-D. Y más si el PSOE, acuciado por las prisas o por lo que fuera, aceptaba incluir en el texto del pacto buena parte de los puntos del programa de Ciudadanos, sin mayores miramientos.

Ahora los dirigentes socialistas dicen que lo de las diputaciones sí pero no, que el contrato único no es tan único y cosas de ese porte. Porque por ahí, por las prisas, pueden venir dificultades internas para Pedro Sánchez y poner en cuestión el resultado de la consulta a la militancia que ha empezado este viernes. Y que para el líder socialista es una cuestión de vida o muerte política. Porque si pierde estará acabado y si gana, que parece lo más probable, aunque habrá que ver por cuanto, tendrá una baza poderosa para encabezar nuevamente la lista electoral y para ganar el futuro congreso. Con eso Sánchez estaría más que satisfecho.

Así las cosas habrá elecciones el 26 de junio. Lo único que podría evitarlo es que dentro de unas semanas se acordara una gran coalición presidida por Mariano Rajoy. Parece muy difícil que Pedro Sánchez firme ese acuerdo por parte del PSOE. ¿Pero qué haría quien le sustituyera a la cabeza del partido si las cosas le salen mal a su actual secretario general?

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