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Proceso (re)constituyente

La abdicación es una apuesta arriesgada. Pero de un riesgo limitado. Afecta sólo al vértice del Estado que, por otra parte, tal vez ya esté en cierta manera amortizado.

Tradicionalmente, cuando los diarios españoles lanzan ediciones especiales vespertinas, no es tanto para informar como para cohesionar. A estas jornadas de poca información, pero de mucha comunicación, que surgen cuando el Estado necesita una ayudita, se les podría llamar Apagón Informativo. Son uno de los sellos de la Cultura de la Transición.

Hasta ahora servían para vertebrar, de arriba abajo, el pensamiento oficial ante un tema urgente. Hoy, a pesar de que ese acopio de medios apuntando hacia la misma línea de investigación resulte, en verdad, apabullante, tal vez sólo sirva para saber cuál es el pronunciamiento oficial ante un tema.

Por lo general –y en lo que es otra característica del género, y de ahí la palabra "apagón"–, esa información vertida poco tiene que ver con lo que, ante el mismo objeto, informa y señala la prensa extranjera que, como su nombre indica, no está sometida a la cultura local. Exemplum: mientras Rajoy daba el pistoletazo de salida al festival y apuntaba los futuros titulares patrios, Le Figaro ya titulaba la cosa en otra lógica –L’impopularité de Juan Carlos menace la monarchie–. A los pocos minutos, The Washigton Post optaba por un Deeply unpopular Spanish King to Abdicate de throne in favor of son. Son titulares, en fin, poco probables por aquí abajo, que apuntan a que, por aquí abajo, el periodismo de los últimos 35 años suele tender, antes que a ser un poder, a ser una región del poder, esa cosa que, tradicionalmente, no tiende a informar sobre sí misma.

La buena noticia –la única buena noticia– es que, si bien esta cultura de Estado sigue siendo hegemónica en los medios locales, puede ser hoy deconstruida con cierta facilidad. Eso sucede desde 2011, cuando se produce algo inesperado. Una ruptura cultural, que no ha creado tanto nuevos emisores de información como receptores nuevos, personas que, zas, están modulando una nueva cultura, que no cree necesario crear la cohesión social entorno a la cultura/lo que vaya apuntando el Estado, sino entorno de derechos y democracia política, social y económica. Será divertido, en esta edición periódica de Apagón Informativo, ver ese enfrentamiento entre los miles y miles pequeños Davides emergentes y el Goliat de siempre, que sólo sabe describir la realidad a través de mitos culturales que ya son difíciles de confirmar en la realidad.

La semana pasada, por ejemplo, Goliat fue incapaz de explicar el fenómeno Podemos –utilizó tanto la palabra Venezuela que sorprenderá que la próxima Miss Venezuela no sea, como todo apunta, simpatizante de Podemos–, o la reacción ciudadana en Barcelona ante lo de Can Vies –utilizó en sus descripciones tanto encapuchado incendiario que cuesta creer que Barcelona no sea una sectorial del KKK–.

No, no está fina la Cultura de la Transición. Tres años después, aún no sabe interpretar el 15M como ruptura cultural –es decir, como ruptura–, que ha creado un nuevo sentido común, dejando grogui al antiguo canon de sentido común, que ofrecía cotidianamente protección cultural a las Instituciones. Tal vez aún no ha interpretado que el Estado cambió absolutamente de forma, sin cambiar de Régimen, con la reforma constitucional de 2011, enviando al garete el único pacto amplio de la Transición –nos dais bienestar y os quedáis con todo lo demás–.

Quizás no ha intuido que los casos Bárcenas, ERE y Ferrovial –que apuntan a la venta de políticas por parte de los partidos–, son un torpedo en la línea de flotación. Y, por lo visto, tampoco ha entendido que el caso Urdangarin –es decir, el caso infanta-, así como el fondo de inversiones creado, por Corinna y su novio, con dinero de las extintas cajas, para invertir en Arabia Saudí –ese país que jamás ha necesitado un fondo de inversiones–, son fenómenos fatales y ya de difícil sometimiento a la propaganda. No intuyen, posiblemente, en su magnitud, el creciente desapego hacía el Régimen del 78, esa cosa que nació cuando la Guerra Fría/Tonny Ronald, y que, como estaba previsto en su diseño, no estaba programado para defender la democracia y la sociedad ante lo que Josep Fontana califica como el  peor proceso de reacción desde el siglo XVIII.

Pero quien tuvo, retuvo. La abdicación es una gran jugada. Posiblemente parte de la percepción del único tema de discusión posible para la Cultura de la Transición. El territorial. Un nuevo rey entraña la reformulación del Régimen dentro de su misma lógica. Supone inaugurar un proceso constituyente vertical, desde arriba, que haga algún cambio y que, fundamentalmente, adopte un federalismo limitado, tanto en sus posibilidades como en su discusión. Supondría un recauchutado del gran tema territorial, en una dirección no sólo aceptable, sino rogada por CiU –en 2012, cuando Mas cayó de la mula, ya dijo que la monarquía podría ser la solución al tema catalán, se supone que a través de la figura del conde de Barcelona–, como para el PNV, que hace décadas que señala que el anclaje de Euskadi es una solución a través de un nexo con el rey de España y señor de Vizcaya.

La abdicación es una apuesta arriesgada. Pero de un riesgo limitado. Afecta sólo al vértice del Estado que, por otra parte, tal vez ya esté en cierta manera amortizado. Y ofrece solución a un tema llamativo –Catalunya–, que de los muchos que se están amontonando sobre la chepa del Régimen, es el único que aparece a diario en la prensa. Desde 2011, evoluciona un lento, pero imparable proceso deconstituyente. Frente a él, un Estado más debilitado de lo que creemos –al punto de tirar a su jefe de Estado por la ventana a cambio de un poco más de vida–, mueve por primera vez ficha, y propone un proceso re-constituyente, liderado por él mismo.

Tampoco es la última opción. Si fracasa –puede fracasar; si alguna vez pudo fracasar, es ahora–, la última sería una república –o varias– que garantizara a nuestros legítimos propietarios el pago de deuda y un volumen de cambios limitado. Los movimientos post15M, que ya han dibujado, frente a lo viejo, lo nuevo, la agenda democrática del siglo XXI –impago, derechos efectivos, ampliación de la democracia en lo social, económico, político y territorial, con la efectividad del derecho a la autodeterminación; intensificación de la democracia directa, defensa de lo común, creación de instituciones de autogestión–, deberían empezar a vincular sus descubrimientos de estos últimos tres años con un republicanismo nuevo y sexi, de manera efectiva y rápida. Es preciso que el choque cultural lo sea también político. Es preciso que, esta vez, el choque exista. O estamos perdidos. Como antes de 2011, ¿recuerdan?

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