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Este valle de lágrimas

Ante un suceso que nos conmociona y que nos toca nuestras fibras más íntimas sólo debemos responder con esos mecanismos pactados

Los linchamientos, las venganzas individuales, las turbas, los gritos reclamando la vuelta de castigos que afortunadamente ya abandonamos, por ineficientes y degradantes incluso para quiénes los aplican, no tienen cabida 

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Intento de agresión a Ana Julia Quezada

Guardias civiles contienen a una mujer que intenta agredir a Ana Julia Quezada

Este país no tiene ningún problema criminológico o jurídico. Esta sociedad no berrea y clama porque nuestro Estado de Derecho presente disfunciones inaceptables que puedan remediarse a golpe de reforma del Código Penal. Esta sociedad tiene un problema ontológico. Grave. Eliminadas las respuestas resignadas a las preguntas que el hombre ha intentado responder desde que dejó de andar como un simio -las respuestas que las religiones proporcionaban con cómodos repertorios para toda suerte de males- las sociedades occidentales, y la española en particular, ven como una gran parte de su población se deja arrastrar por un movimiento desenfrenado que pretende vender la seguridad y el fin del mal en cómodas píldoras carcelarias.

Y es el momento de decir con toda claridad que el mayor miedo que anima su reacción visceral y atávica no es el miedo a sufrir el mismo daño en ellos o en sus familiares que han sufrido otros -la estadística española de bajísima criminalidad bastaría para apaciguarlo- sino el miedo a mirar a los ojos al misterio del ser humano. Un misterio que no hemos logrado descifrar ni gobernar ni mucho menos controlar. Cuando masas enfebrecidas, a través de todos los medios a su alcance, llaman cerdos, ratas, deshechos, o cualquier otra cosa similar, a los presuntos autores de crímenes execrables están, en todo momento, privándoles siquiera con los epítetos de su cualidad de seres humanos. Lógico puesto que es en ésta en la que radica el origen del vértigo, del miedo, del pasmo. Es precisamente el hecho cierto de que no son animales sino personas, constitutivamente iguales a nosotros, lo que convierte en vertiginoso intentar comprender cómo pudieron llegar a cometer acciones tan abyectas. Son preguntas ontológicas cuya respuesta nadie posee aún. ¿Existe la maldad? Si no tenemos alma ¿dónde reside? ¿qué tipo de ausencia es? ¿somos por contra una sucesión de complejísimos procesos biológicos, neuronales y químicos? ¿son estos procesos los que son diferentes en algunos individuos? En resumen: ¿por qué? Ese porqué que lleva persiguiéndonos desde que fuimos capaces de razonar y de comunicarnos. Ese porqué que incluso nos aleja de los animales, cuyas únicas motivaciones para destruir a miembros de su especie o de otras tienen que ver con instintos biológicos sobre los que carecen de control. Los criminales, ni siquiera los peores de entre ellos, no son animales. El gran problema es que son personas.

El problema ontológico tiene que ver también con la realidad con la que contemplamos nuestra propia existencia en sociedad. Ansiamos la seguridad. Eso sí es un instinto biológico. Deberíamos saber ya, y de una forma racional, que tal seguridad total es un estado de evolución que no hemos alcanzado. La seguridad total sólo puede proceder de la comprensión de los orígenes de lo que hemos convenido en llamar maldad y la capacidad de obrar para que dejaran de operar y todos fuéramos seres benéficos. No ha llegado el momento y puede que no llegue jamás. Al menos ninguno de nosotros como individuos ha de verlo.

Sin embargo, sí hemos sido capaces hasta el momento de darnos cuenta de los efectos destructivos y degradantes que ha tenido históricamente el intentar luchar contra esta inseguridad por determinados medios. Al final, la realidad y las tragedias y nuestro propio avance en sabiduría y en reflexión, nos han llevado a aceptar que es preciso dotarnos de unas normas que conviertan el necesario castigo por los actos inaceptables en algo que no nos degrade como sociedad. Lo hemos hecho y lo hemos plasmado en una serie de códigos y axiomas que consideramos irrenunciables y que rigen nuestra convivencia. Unos códigos que pretenden preservar unos derechos que hemos considerado irrenunciables a nuestra propia naturaleza humana y que, asumiendo la necesidad del castigo e incluso de la venganza, los han tecnificado para alejarlos de toda pasión y los han dejado en manos del Estado para alejarlos de toda acción irreflexiva, desproporcionada o inhumana.

No ha sucedido nada que deba cambiar esto. Nada. Seguimos viviendo en un valle de lágrimas cuya salida al edén prometido nadie, salvo los que creen en otras vidas, ha encontrado aún. Aun así, España es una de las partes del valle en las que las lágrimas son más escasas y el castigo por verterlas más duro.

Ante un suceso que nos conmociona y que nos toca nuestras fibras más íntimas sólo debemos responder con esos mecanismos pactados. Los linchamientos, las venganzas individuales, las turbas, los gritos reclamando la vuelta de castigos que afortunadamente ya abandonamos, por ineficientes y degradantes incluso para quiénes los aplican, no tienen cabida en el país y en el mundo que yo quiero habitar. Oírlos sólo servirá para retrotraernos a un tiempo peor y, sobre todo, no arreglará nada.

Las preguntas que siempre se hizo el hombre seguirán ahí, sin respuesta, riéndose en nuestra cara y en nuestros corazones manchados de violencia. Me temo que ahora asistimos a la búsqueda de algunas venganzas privadas por el sinuoso camino de convertirlas en pública y de que sea el Estado quien la asuma. Debemos estar vigilantes ante tal manipulación. Los políticos decentes sólo pueden asumir la defensa de los pilares de nuestra civilización, aún con el coste de ser incomprendidos por muchos votantes e incluso de ser castigados en las urnas. Dar lo que no se puede dar porque de forma tumultuaria se pide: héteme aquí la definición de populismo. Dañar lo grandioso para abonar lo pasional o lo gregario. Ese es el destino de los que nos arrastran a la destrucción por un puñado de votos.

Asumir esto no significa asumir que nada podemos hacer sino insistir en que lo que hagamos debe ser en una marcha hacia adelante en busca de métodos y medios mejores para encontrar paliativos humanos a una realidad cuyo final a todos se nos escapa. Debemos aprender a protegernos mejor de esa fuerza destructiva que algunos de nuestros congéneres llevan consigo. Volver a lo que ya probamos y no funcionó no es una opción. Ya hubo prisiones permanentes, cadenas perpetuas, penas de muerte, hierros candentes y emparedamientos. Nada cambió. Explorar nuevos modelos asociados a la tecnología y a la investigación como medios de libertad vigilada con prohibición de abandono de zonas y/o con tratamiento médico obligatorio pueden ser una vía más racional. Esto último fue introducido por el PP en 2010 pero no se ha desarrollado. El estudio profundo neurológico, bioquímico o del tipo que sea que intente dar respuesta a nuestras preguntas más profundas también será una vía.

Todo menos volver a ese lugar que logramos abandonar a base de mucha sangre porque sólo más sangre hallaremos allí. Para muchos ha llegado el momento de dar testimonio. Aun cuando lluevan los escupitajos. Y de poner la otra mejilla como ya mandó el primer gran derogador de la Ley del Talión que algunos predican de nuevo.

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