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Alberto Corazón: "Estamos asistiendo a la apoteosis de la mediocridad"

Hace unos días el diseñador Alberto Corazón (Madrid, 1942) se sentó frente al ordenador y dijo “no puedo más”. Escribió una carta desgarradora en la que revelaba su desazón por el descrédito de su profesión. En ella criticaba los impagos, la falta de encargos, y lo peor de todo, la inmovilidad de los profesionales del diseño ante lo que él define como una hecatombe económica, “pero, sobre todo, moral”. La carta, publicada en la revista Visual, fue enlazada y tuiteada en numerosas ocasiones, y puso sobre el tapete la situación actual de este oficio hoy caído en desgracia después de los años de la burbuja. Una pesadumbre para este diseñador que vivió los años de la Transición, época en la que, según él, su profesión dio identidad a este país, que fue autor de logos como el de la Biblioteca Nacional, Mapfre, la UNED o el servicio de Cercanías, y que observa cómo en la actualidad se ha perdido toda la reputación que tenía su oficio a favor de trabajos rápidos, mal pagados, cómodos y mediocres. Corazón contesta relajado a esta entrevista realizada en el Hotel Kafka de Madrid, pero sus ojos vislumbran un poso de tristeza: después del solomillo estamos en pleno fast food del diseño.

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Alberto Corazón

Diario Kafka: ¿Cuál es hoy el papel del diseñador?
Alberto Corazón:
El papel hoy es el mismo que el de un arquitecto o un geólogo. El de ver cómo sobrevivir a la hecatombe. Sobre todo a la hecatombe moral en la que nos están sumiendo. El diseñador es un profesional que trabaja sobre la base del encargo. Y desafortunadamente en estos momentos ha desaparecido cualquier ambición desde el punto de vista empresarial, industrial… Hasta hace nada algunos habíamos conseguido ser buenos sastres y de repente estamos todos en la retoucherie. Todo lo que nos piden es que hagamos remiendos, que sea rápido e indoloro y no costoso. Y da igual lo que hagas.

DK: La banalización del oficio.
AC:
Sí. El descredito absoluto. Porque en comparación con otras profesiones como la arquitectura, que está sufriendo la crisis igual… Crisis que insisto es una crisis moral, además de económica. Y ha habido arquitectos buenísimos que tienen que cerrar el estudio, que se marchan… Pero la diferencia entre la arquitectura y el diseño es que el arquitecto sigue teniendo una reputación social. Hay algo que profesionalmente es válido. Por el contrario, la del diseñador ha caído en picado. Es alguien que es irrelevante lo que pueda decir.

DK: De ahí la desgarradora carta que acabas de publicar en la revista Visual en la que te quejas de que el gremio no se ha alzado la voz contra lo que está sucediendo (impagos, etc.) ¿Exigías una solución o era solo clamar en el desierto?
AC:
Inicialmente es un grito en el desierto, pero afortunadamente he comprobado que empieza a ser un grito que tiene un montón de ecos. Yo no estoy muy introducido en las redes sociales, por el lado de la motivación personal no estoy en esa historia, pero de repente me llega que han estado transvasando de unas páginas a otras esta carta y al estudio me llegan cada día una docena de correos sobre esto. Esta mañana [el pasado martes] me decían que esta tarde han convocado a diseñadores, arquitectos, etcétera, en el Café Central para hacer una gran tertulia con motivo de esta carta. Lo que da la dimensión sobre qué fuera del mundo estamos es que lo ponen a la misma hora que un Manchester-Madrid.

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Paula Corroto y Alberto Corazón durante la entrevista

DK: Sí, complicado. ¿Cuál fue el impulso que te llevó a escribir la carta?
AC:
Una decisión personal que era la de cerrar el estudio y concederme un periodo de reflexión. Y como primer ejercicio de reflexión me salía esta llamada. Porque es una llamada a las organizaciones profesionales, a las agrupaciones de diseñadores, ya que estamos en absoluto silencio sucumbiendo a esta hecatombe, mientras que hay un gran número de profesiones ligadas a la industria cultural que están protestando airadamente.

DK: ¿Por qué el diseñador protesta menos que otras profesiones culturales?
AC:
En general, el diseñador tiene muy poca conciencia profesional. Tú puedes decir que eres diseñador y nadie te puede decir que no. Con que te hagas una tarjeta te vale. Hemos estado viviendo una fantasía en los años de la prosperidad en la cual el diseño era una cosa divertida, creativa, pero sin más. La gente decía, “tengo 25 años, soy guay, y por tanto, soy creativo”. Ha habido una entrada en masa en el campo del diseño de personas que no tenían ninguna cualificación profesional, que no habían establecido ni siquiera un mínimo de reflexión personal sobre lo que estaban haciendo.

DK: Permíteme la expresión: era algo que molaba.
AC:
Sí, sí, molaba. Y eso explica también que de repente este mundo adolescente se viene abajo y no pasa nada. Sencillamente lo que hacen es intentar sobrevivir aceptando cualquier cosa. Y esa es la segunda cuestión. En estos momentos, lo que da idea de cuál es el aprecio social por el diseño es cualquiera de las cosas que vemos todos los días. Por ejemplo, si Madrid se tomara en serio ser una ciudad candidata a los Juegos Olímpicos… Lo que no puede ser es que tú decidas que el símbolo de esa candidatura sea una cosa que se convoca por concurso universal, hasta mi abuela puede participar, y luego todo eso se pone en la plaza de Colón, y el pueblo soberano es el que vota…

DK: Y la que se lió con el logo de Madrid 2020.
AC:
Con ese y con cualquiera. Lo que no he escuchado ni he leído es que el procedimiento es sencillamente estúpido. Es completamente inaceptable. Y volvemos a la misma historia de siempre: el diseño es “me gusta”, “no me gusta”… Hay una primera parte de la carta en la que insisto en que la única posibilidad que tiene el diseño de ser una profesión es que sea una profesión que esté ligada a la cultura del conocimiento. Es decir, o hay conocimiento o si no es una tontería.

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Alberto Corazón

DK: Falta la sustancia teórica.
AC:
La sustancia teórica y la sustancia práctica. El diseño, y siempre lo he entendido así, es una herramienta para mejorar nuestra relación con lo que nos rodea. Y lo que nos rodea es nuestra cultura. Cuando vemos una exposición de la cultura fenicia, qué es lo que hay ahí: vitrinas con cascos, con espadas, con objetos, y luego elementos de carácter simbólico. Exactamente eso es de lo que se ocupa el diseño en estos momentos: nuestra relación con el repertorio objetual y nuestra relación con el repertorio simbólico. Por un lado está el lenguaje y por otro los sistemas de signos.

DK: ¿Y cómo observa todo esto alguien que vivió los años ochenta y noventa, el esplendor del diseño antes de que se produjera la hecatombe guay de la primera década de los 2000?
AC:
Yo he tenido la fortuna de vivir esos años, que significaban salir de una dictadura, pero una dictadura mediocre, gris, triste. Y, de repente, llega la Transición a la democracia. Y en ese momento lo que sucede es que todo lo que es el cuerpo social se dispara porque, de repente, hay un proyecto, una expectativa, la de ser una sociedad moderna, una sociedad libre y democrática. Y es en ese momento en el que, tanto en la industria como en el comercio, como en la industria cultural se produce la efervescencia. Y ahí se recurre al diseño como herramienta que da cuerpo y consistencia a ese acceso a la modernidad. Pero en el mejor sentido del término, no en el de la Movida. Los primeros programas serios de desarrollo de identidad corporativa que se producen en el país vienen por el lado del sector público. Primero por parte de comunidades autónomas que no existían como La Rioja, que necesitan una identidad. La identidad es la palabra clave en toda la Transición. El franquismo había borrado todo, había inventado una historia de España que no tenía nada que ver con nada y, de repente, todo eso se viene abajo, se desmonta y se demanda la identidad, que es esencial al ser humano… Y, por ejemplo, los que vienen a mí son los de La Rioja que dicen, ahora somos una comunidad, no tenemos historia, pero necesitamos elementos de identidad que generen cohesión. Y así hubo que inventarse el símbolo, la bandera, todo.

DK: ¿Se creó una identidad que con los discursos actuales se está desmoronando?
AC:
Todo lo contrario. Los auges de los nacionalismos son las exigencias de conexión más fuertes

DK: Sí, pero me refiero a la que brota de las comunidades no a la del conjunto de España.
AC:
Cada comunidad está intentando salvar los trastos. En la medida que hay una presión catalana los de La Rioja exigen que su identidad se refuerce.

DK: Por cierto, como diseñador que trabajó en aquellos años de la Transición, en los ochenta y noventa con las instituciones, algunos críticos puede que lo encuadren en lo que se ha denomina do Cultura de la Transición, la cul tura institucional. ¿Qué opinas de e sta crítica que se está haciendo a la “cultura institucional” de aquella época?
AC:
Yo creo que la Transición tiene un contenido estrictamente político y en ese sentido como diseñador no tengo nada que decir. La Transición ha sido algo que ha adornado el paisaje, que nos ha servido durante un tiempo para llegar a acuerdos unos con otros y que lentamente empieza a mostrar todas las fisuras, los rotos… Y en estos momentos hay una necesidad de olvidar la Transición y de volver a hacer un replanteamiento de cómo son las relaciones entre todos nosotros, y con la Constitución, y con la monarquía.

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DK: Pero, ¿te sientes cómodo con que te puedan encuadrar dentro de esa Cultura de la Transición como una cultura institucionalizada a expensas de los políticos de entonces?
AC:
Espero que no me encuadren ahí. Y no me siento encuadrado para nada.

DK: Sobre lo que acabas de decir, ¿crees que la Transición nos ha llevado a un dique seco? De repente la Transición explota y este país tenía media docena de diarios con suplementos culturales que no eran banales. Estaba el suplemento que hacían Gándara y Bértolo en El País, estaba el suplemento de Diario 16, el del ABC tenía una fuerza muy grande . Y luego había semanarios políticos. Ahora no hay ninguno, cosa que en un correlato de un país como Italia no sucede. Por tanto, ¿la Transición ha construido un árbol cultural sin raíz?
AC:
Me remito a una cosa anterior. Cuando empezamos a hablar del diseño en la Transición hay, por un lado, esa demanda de identidad. Todos los desarrollos de la identidad siempre han sido buscar el origen real y recuperarlo. Pero otro aspecto que es importantísimo en relación con el diseño es la comprensión de que el diseño es un servicio público y que la aportación del diseño a los servicios públicos es esencial. En ese tiempo mejoró extraordinariamente la prestación en los transportes públicos, en el metro… Yo estuve con la empresa de autobuses, del metro, luego con Cercanías. [Mejoró] la ordenación, señalización y otros elementos añadidos en la red de hospitales públicos. Es decir, el diseño como una herramienta de mejora de nuestra calidad de vida tuvo una serie de oportunidades importantísima.

DK: Pero no hay conciencia ahora de eso del rol del diseñador en lo que acabas de decir y sí la hay en la del arquitecto. ¿No será porque el arquitecto es un eje de la burbuja inmobiliaria?
AC:
No. Tiene que ver con esa palabra que ahora se utiliza tanto y que es la “reputación”. Un arquitecto, como un médico, tiene una reputación consolidada.

DK: Pero sí es cierto que en los tiempos de la burbuja los arquitectos “oficiales” se dejaron llevar por grandes obras megalómanas. Auditorios para 10.000 personas etc, en cada ciudad.
AC:
Lo que pasa es que eso ya no tiene que ver con el diseño sino con otras cosas y enlaza con lo que tú planteabas antes. ¿Qué sucedió con la Transición? La Transición fue una situación forzada en la cual había que llevarse bien, ser amiguetes. Pero es imposible que nos llevemos muy bien y que seamos amiguetes porque ideológicamente estamos en puntos muy opuestos. ¿Y qué sucede entonces? Que los partidos políticos toman un control y un protagonismo que, en mi opinión, ya era excesivo desde el punto de vista de la relación de los partidos políticos con el conjunto social. Los partidos se convierten en los elementos hegemónicos y desmontan los cauces de participación popular que se habían creado. El PSOE desmonta absolutamente todos los consejos de vecinos… Cualquier iniciativa de carácter colectivo que no estaba relacionada con el partido era desmontada y absorbida por el partido. Y yo creo que lo que ha sucedido es que hemos llegado a un momento de una presencia absolutamente monopolística de los partidos en lo que es la vida pública.

DK: Esto nos lleva a una burbuja política y cultural. Hablas de la reputación del diseñador. Pero en Argentina, por ejemplo, un país en disolución permanente, con una tasa de analfabetismo importante, el diseñador gráfico emerge desde la universidad porque si no, no puede ejercer. En la Universidad de Buenos Aires está la carrera d e Diseño Gráfico. Hay una historia de diseño gráfico.
AC:
Claro, ni comparación. Yo creo que lo que no ha habido aquí es un crecimiento de la cultura. No ha habido una extensión de la cultura ni se ha generado un público que necesitara la cultura como un alimento. Siempre ha seguido estando por un lado en esa relación tan morbosa con los partidos en la subvención. La cultura española ha estado viviendo de la subvención, y por lo tanto, siendo de algún modo rehén de los políticos.

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Alberto Corazón

DK: Precisamente, el Partido Popular siempre ha hablado de una Ley de Mecenazgo de la que, por otra parte, aún no se tienen visos de que vaya a ser desarrollada, aprobada etc.
AC:
Sería absolutamente imprescindible. Son cosas que son tan obvias que es difícil hablar de ellas. ¿Cómo es posible que no haya una Ley de Mecenazgo y que el Ministerio de Hacienda se esté oponiendo porque piensa que va a recaudar menos? Estamos también viviendo una cultura desde el punto de vista económico en la cual lo que se da por supuesto es que todos somos unos golfos, y entonces Hacienda da por supuesto que todos vamos a intentar engañar a Hacienda y no declarar… Por lo tanto, los sistemas, incluso los niveles de cotización son absurdos y desproporcionados, pero están sobre la base de que se va a defraudar. Con la Ley de Mecenazgo, como con las leyes de Fundaciones, el punto de vista de Hacienda es que eso es un coladero para no pagar impuestos. Así que mientras que el punto de vista del Gobierno sea ese…

DK: También está calando el discurso de que el artista chupa del bote.
AC:
Sí, sí. Por eso es importante escribir, gritar, decir, agitar, ya que hemos aceptado ya un estado de cosas que es absolutamente inaceptable. Lo que se piensa es que el artista es un ser extravagante y que en cuanto uno se descuida, como Barceló, gana millones haciendo tonterías. Y claro, la consecuencia inmediata es empezar a preguntarse por qué es esa cosa de los derechos de autor. ¿Encima que son unos privilegiados van a plantear que hay que respetar el derecho de autor? Y no solamente es que no haya que respetar los derechos económicos de autor sino tampoco los derechos morales. Es algo que sigo discutiéndo todos los días.

DK: Lo que da la sensación es que batallas ganadas hace años…
AC:
...han sido liquidadas. Igual que la Seguridad Social. Hay una cosa muy desmoralizadora para la gente de mi generación y es la fragilidad de que creíamos que eran derechos consolidados. Te cuesta años, luchas, peleas, y en diez minutos todo se viene abajo.

DK: ¿Querrías volver al diseño en una era en la que parece que se ha convertido en producto? ¿Hasta qué punto afecta a la creatividad?
AC:
En relación con el producto, el diseño se ocupa de mejorar nuestra relación con el repertorio de objetos con el que nos rodeamos. Y esa mejora puede ser real o aparente. Si consideras que una mejora es tunear, pues entonces sí, pero evidentemente lo que estás haciendo es tunearlo no mejorarlo. Una gran parte del diseño en relación con los objetos en estos momentos se dedica exclusivamente a tunearlos. Pero esto, que también tiene que ver con la carta, no tiene ninguna penalización ni desde el punto de vista social, ni desde el punto de vista cultural, ni desde el punto de vista profesional. Hace poco asistí a la inauguración de una exposición en Nueva York sobre el diseño editorial en España. Era un pastón lo que se habían gastado. Yo estaba allí porque estaba invitado a dar una charla. Y el día de la inauguración, primero me dan el catálogo, que era absolutamente ilegible, pero ilegible literalmente, y era de un estudio muy guay y muy conocido en Madrid. Entro en la exposición y me encuentro con que esta se compone de veinte mesitas con montones de libros. La clave es que las mesas eran el diseño. Cada mesa tenía cuatro patas y cada una de ellas era diferente. Así que, primero, me indigné muchísimo, a continuación seguí indignándome, a continuación me tomé dos Martini porque ya no podía soportar más y después monté una… Tuve que cambiarme de hotel porque no encontré a nadie, de una docena de diseñadores, que entendieran qué es lo que estaba pasando.

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DK: Por otro lado, es curioso que, mientras el capitalismo promueve al individuo, el diseño sea cada vez más homogéneo.
AC:
Lo que pasa es que cuando hablamos del diseño es una palabra que empieza a ser un poco excesiva en lo que abarca. Yo lo que creo es que hay buen diseño, diseño mediocre y muy mal diseño.

DK: ¿Y en estos momentos?
AC:
Está generalizado por razones de mercado el pésimo diseño o no diseño incluso. Y lo que está extraordinariamente generalizado y cada vez con más potencia es la mediocridad. Estamos asistiendo a la apoteosis de la mediocridad. Nunca la mediocridad ha sido tan brillante. Y como tiene ese respaldo…

DK: Pero con respecto a la homogeneización del diseño esto tiene relación con la globalización. Cuando estás en la catedral de Colombia, la de la Habana, aquí en la de San Isidro o cualquiera y de repente te desvaneces y abres los ojos no sabes dónde estás. Sabes que estás en una iglesia, pero podrías estar en cualquiera de estas ciudades. Con los aeropuertos pasa lo mismo: ves el Starbucks, la tienda de Prada… Y con las casas y el diseño de Ikea. Ahí es dónde creo que el diseño, en este sentido, ha llegado a un punto muerto y que lo ha llevado un concepto de economía.
AC:
No, no, ahí hay dos cosas. Ahí el diseño no llega a ningún sitio, lo que llega es la cultura del consumidor y esta es la que compra o no compra, y decide. Y el diseñador ahí no tiene nada que decir. Yo insisto en que el diseñador actúa por encargo y la cualidad y la ambición y el nivel del encargo es lo que determina.

DK: Entonces quizá el diseñador no es sino el que decide cómo organiza el mercado…
AC:
Claro, pero fíjate que en estos momentos, y a mí es lo que personalmente me preocupa, cuando habláis de la homogeneización por un lado se da eso, y por otro lado, cuando veis los suplementos culturales lo que siempre hay es “moda”. Pero también hay siempre unos apartados en los cuales tú tienes la oportunidad de manifestar tu disidencia al respecto del global. Y entonces de repente hay unos que hacen unos zapatos que… Otros que hacen un mobiliario vintage. Es decir, existe esa demanda, pero se soluciona de un modo extraordinariamente mediocre. Lo global y lo particular siempre han estado en tensión. Lo global ya sabemos lo que es, pero que lo particular sea tan mediocre…

DK: Pero antes existía un off en oposición al mainstream y hoy ese off ha quedado apagado.
AC:
No, no. No creas. Y menos en un barrio como este [se refiere a Chueca, lugar de la entrevista].

DK: ¿Y el futuro va por aquí, por este barrio?
AC:
El futuro, como decía aquel, ya no es lo que era. No tengo ni idea. Y es algo también que, por experiencias personales, operaciones de corazón… , desde hace un tiempo lo único que vivo es el presente.

DK: Y no hay más remedio porque el futuro no es lo que era y nunca sabes qué pasado te espera. Fíjate lo que ha sido la Transición.
AC:
Lo que debemos es celebrar todos los días el esplendor de la vida.

DK: Lo que parece evidente es que muchos de los diseñadores de la década de los 2000 se quedarán por el camino.
AC:
Sí. Lo que el diseño en sí mismo produce tiene fecha de caducidad. Y además es lo que llamamos cultura. Yo hago algo con un cacharro y tú a continuación vienes y lo mejoras. Eso es la cultura. Y eso es lo propio del diseño. Por eso cuando se plantea eso de un Museo del Diseño pienso en esta manía de musear. El diseño está en la calle, tiene que estar vivo y cuando deja de estar vivo, desaparece.

DK: ¿Qué te parecen las calles de Madrid?
AC:
Un espanto. Es incomprensible que pretenda ser una metrópoli, es una chapuza total. Y el periodo brillante del emperador Gallardón, que con mucho criterio se olvidó de Madrid y se inventó el Madrid río, un no lugar en el que podías hacer cosas… Y si hablamos de la identidad… Ahora no existe. La única identidad que existe en Madrid son los equipos de fútbol.

DK: ¿Cuál sería el tipo de letra que nos definiría hoy como sociedad?
AC:
El caos. Escribir una frase de veinte letras y cada una con una tipografía diferente. Y además daría igual. Si preguntaras a alguien te diría: ¿esto mola, no?

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