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Más de 7 millones de ciudadanos a espaldas de Internet

La exclusión digital y la brecha de género en la Red no dejan a España en buen lugar

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Una mujer navega por internet en un locutorio

Sabemos que España es el país de la Unión Europea donde más ha crecido la desigualdad. Pero el riesgo de exclusión no sólo existe en el mundo físico. La marginación de Internet, pese al enorme potencial igualador que posee la Red y a que nos cuesta recordar los tiempos en que vivíamos sin conexión, pasa factura a sectores importantes de la sociedad. En España, un 21,4% de la población nunca en su vida se ha conectado, según datos de la Comisión Europea, correspondientes a 2014. ¡Hablamos de 7,7 millones de ciudadanos! La Agenda Digital de la Unión, que pretende ponerle las pilas en la materia a la UE, había fijado un objetivo para el año actual de que no superara el 15%. Así que, pese a los avances, agua.

Nuestra proporción de la población que nunca tuvo acceso a Internet se sitúa tres puntos por encima de la media comunitaria (18,1%) y supera con creces los niveles registrados en Francia y Alemania (11%), y por supuesto que vecinos avanzados como Reino Unido, Holanda, Finlandia o Dinamarca, esta última por debajo del 3%.

Si nos fijamos en los usuarios frecuentes de Internet, o los que navegan al menos una vez por semana, llama además la atención la diferencia que separa a los habituales en la Red según se bucee entre los hogares con ingresos más elevados (sólo un 2% de ellos no lo son) frente a los usuarios que viven en hogares con ingresos más bajos (el 16% queda fuera). Las diferencias son igualmente significativas en función del nivel educativo.

Mujeres sin visibilidad

Por no hablar de la llamada brecha digital de género. Los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) muestran que las mujeres no aprovechan Internet para ganar terreno en visibilidad e influencia. Esta afirmación es cierta, primero, en términos cuantitativos: la diferencia a favor de los hombres entre las personas que acceden con regularidad a la Red es de 4,4 puntos, y aún mayor (5, 1) en el caso de las compras online. Aunque la brecha digital empeora con la edad también en el caso de los hombres, la distancia entre las mujeres mayores y los hombres de 55 años supera los 9 puntos.

Es un trecho que no nos deja en buen lugar en el contexto europeo y que no deja de sorprender en un momento en que las mujeres son mayoría en la formación universitaria (salvo en campos como la ingeniería o la arquitectura) y entre quienes cursan postgrados. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), una vez más vamos por detrás de, como suele decirse, los países a los que nos quisiéramos parecer (por supuesto, los nórdicos, pero también Alemania, Francia o Reino Unido). La fractura digital es “endémica, sistemática” y puede volverse “permanente” y un problema para la competitividad de la economía, alertaba un informe de UGT sobre la cuestión.

Pero el hecho de que la mujer se quede rezagada no sólo se mide en porcentajes de acceso. La Universidad del País Vasco ha publicidad a la tesis La brecha digital de género, de Iker Merchán, un trabajo que analiza las causas de la menor influencia de la mujer en este espacio público de participación. “Urge visibilizar el problema”, afirma el autor de la tesis, tras rastrear 339 blogs considerados más influyentes en España. El documento estima en un 17% la proporción de blogs influyentes a cargo de mujeres, que destacan en campos como el propio tema de género, la moda, los niños o la televisión.

“El problema ya no está en el medio de comunicación”, apunta Merchán. Con Internet puede haber tantos blogs como queramos sobre tantos temas como se desee. Pero por cada blog de mujeres se cuentan seis de hombres. “El problema está en la sociedad”, concluye. La Red refleja lo que hay al otro lado de las pantallas. Y cuesta creer por qué en un mundo horizontal y supuestamente democrático no se da una mayor participación social, económica o política de la mujer. Donde los hombres quedan (ligeramente) atrás es en el uso frecuente del teléfono móvil.

[Este artículo pertenece a la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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