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La tecnología tiene ideología

La economía colaborativa es más eficiente, pero no puede limitarse a optimizar la lógica del capitalismo

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ILUSTRACIÓN: PEDRO STRUKELJ

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Hoy en día la tecnología nos da un grado de apalancamiento sin precedentes en la historia de la humanidad: gracias a Internet, las redes sociales y los móviles podemos tener un impacto enorme en el mundo con un número muy reducido de personas y poco capital.

Sin ir más lejos, la explosión de iniciativas de la economía colaborativa lo demuestra. Grupos de ciudadanos educados y conectados van por delante: colaborando, compartiendo y generando la confianza necesaria entre ellos para que la sociedad funcione de manera más horizontal, más eficiente y con un menor número de intermediarios.

La tecnología nos permite obtener aquello que necesitamos (transporte, alojamiento, ropa, capital, etc.) los unos de los otros de manera muy directa. Al eliminar intermediarios tradicionales se abaratan costes, lo que resulta atractivo a los potenciales clientes y produce una mayor ganancia al que ofrece los bienes o servicios. Conseguimos hacer así las transacciones más eficientes, poner en circulación activos y capacidades ociosas y, en resumen, hacer más con menos.

La abundancia generada por la economía colaborativa y abierta deja en evidencia, a veces de manera insultante, a las empresas más tradicionales. Éstas oponen resistencia (actividades de lobby, manipulación de la opinión, etc.) a este cambio de escenario competitivo.

Pero la economía colaborativa debe aspirar a ser mucho más que una mejor gestión de la oferta y la demanda. Si no lo hacemos, lo único que conseguimos en realidad es optimizar la lógica del capitalismo. Un ejemplo: Spotify es eficiente e interesante al dar prioridad al acceso frente a la compra de la música, pero en realidad se puede catalogar de oportunidad perdida para transformar de manera sustancial la relación entre los músicos y sus seguidores. Hemos reemplazado a las antiguas discográficas por versiones mucho más eficientes de lo mismo: Spotify o iTunes.

Trasladando la reflexión de Spotify a Uber y ejemplos similares, vemos que lo que se está desarrollando a gran velocidad es el “capitalismo de plataforma” o la “economía bajo demanda”. Hay un debate abierto acerca de si ello forma parte o no de la economía colaborativa, a la que se atribuyen otro tipo de valores.

La extrema eficiencia les lleva a generar cuasimonopolios de manera natural; lo aprendimos con Internet. Llegados a este extremo, las condiciones laborales de los proveedores de valor en algunas de las plataformas pueden dejar mucho que desear y además pueden ser modificadas de manera unilateral. Aquel ciudadano empoderado para generar ingresos mediante la plataforma se encuentra de hecho desempoderado frente a la misma. Los proveedores no son considerados empleados, sino simples usuarios de la plataforma: no cuentan con garantías como coberturas en caso de baja médica o por maternidad, vacaciones pagadas ni prestaciones por jubilación.

Si llegamos a este punto podemos decir que se trata de otra oportunidad perdida.

LA ECONOMÍA DE LA ABUNDANCIA

Tradicionalmente, el concepto de economía engloba el uso de los recursos “escasos” para producir bienes con valor y cómo se hace la distribución de los bienes entre los individuos. La lógica colaborativa genera un aluvión de oferta (conductores, alojamientos, ropa, capital, conocimientos, etc.) y crea una abundancia que la economía tradicional, por definición, no sabe cómo gestionar.

Paradójicamente, en el mundo de abundancia al que nos lleva la digitalización, lo escaso es el empleo disponible: un recurso que habrá que administrar racional y democráticamente:

- ¿Hablamos de una “renta básica” que permita negociar con garantías las condiciones laborales a los proveedores?

- ¿Promovemos modelos cooperativistas donde los proveedores pueden ser también inversores en los proyectos?

- ¿Reinventamos la Seguridad Social para encajar el nuevo orden?

- ¿Revisamos la frontera entre el profesional y el aficionado?

- ¿Estamos en el fondo mercantilizando todas las relaciones humanas?

- Estas plataformas requieren menos capital que los modelos tradicionales. ¿Corremos el riesgo de que el capital sobrante acabe desviado a la economía especulativa y rentista?

“La tecnología tiene ideología”, dice acertadamente el consultor Genís Roca. El debate no es tecnológico, sino político. Y el debate no es de futuro, sino de presente.

¿Tendremos el coraje de hacernos las preguntas necesarias para desplegar todo el potencial de la economía colaborativa? Por mi parte, ayudaré en todo lo que pueda.

[Este artículo pertenece a la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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