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Lo que también pasa en Nigeria

En Nigeria, ese país que nos queda tan lejos, pero que cada vez nos quiere sonar más, pasan muchas cosas. Pasa que Boko Haram sigue secuestrando y matando, pasa que las fuerzas gubernamentales no protegen a su población, sino que son responsables de abusos, pasa que miles de personas se ven obligadas a dejar atrás su lugar de origen, su casa, sus recuerdos, su familia y sus costumbres iniciando una carrera a no se sabe dónde para intentar tener más seguridad y para salvar sus vidas y la de sus seres más queridos. Y pasan historias como las de Esther Kiobel, una mujer #Valiente que se enfrenta a una de las mayores petroleras del mundo.

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Esther Koibel © Amnesty International

Esther Koibel © Amnesty International

La historia se remonta a la explotación que durante años fue llevada a cabo por Shell en el delta del Níger, contaminando la zona durante decenios y dejando tras de sí la devastación de comunidades locales, algunas de las cuales se unieron formando movimientos de protesta, la mayoría aplastados por el propio gobierno.

Cuando Shell puso en conocimiento del gobierno la “incomodidad” que le suponía esta oposición, sabía que con esta declaración marcaba a sus oponentes, que serían detenidos, torturados e incluso abatidos a tiros y que las mujeres y niñas además podrían ser víctimas de violaciones.

Detuvieron y acusaron de implicación en el homicidio de cuatro jefes ogoni (pueblos indígenas de la región) a 14  miembros del Movimiento por la Supervivencia del Pueblo Ogoni, entre los que se encontraba Barinem Kiobel, el marido de Esther.

La fábrica de Shell en Kora Kora, Nigeria © Tim Lambon / Greenpeace

La fábrica de Shell en Kora Kora, Nigeria © Tim Lambon / Greenpeace

Cuando Esther fue a verlo a la cárcel fue interceptada por Paul Okuntimo, jefe militar al mando de una unidad especial creada por el gobierno para reprimir y neutralizar a las comunidades ogonis, que no recibió bien la negativa de ella a mantener relaciones sexuales, tanto fue así que la abofeteó y la detuvo durante dos semanas, no siendo liberada hasta que su marido envió una carta pidiendo su liberación.

Tras un juicio vergonzosamente perverso, 9 de los detenidos fueron condenados a muerte y, sin haberse comunicado nunca la fecha de la ejecución, esta se llevó a cabo 10 días después de la sentencia, en 1995. Las apelaciones contra la culpabilidad de familiares y simpatizantes de todo el mundo esta vez no salvaron sus vidas.

Esther seguía estando en peligro, y con todo su dolor logró huir con sus cuatro hijos y otros tres de su cuñada al campo de personas refugiadas en Benín, pero al tiempo recibió la noticia de que allí ocurrían secuestros, por lo que tampoco era un lugar seguro. Siguió huyendo con los siete niños hasta que, con la ayuda de Amnistía Internacional,  les concedieron el asilo en Estados Unidos.

Uno de los padres de las niñas de Chobok secuestradas llora delante de la policía, que impide la entrada al palacio presidencial en Abuja, Nigeria © REUTERS/Afolabi Sotunde/Alamy

Uno de los padres de las niñas de Chobok secuestradas llora delante de la policía, que impide la entrada al palacio presidencial en Abuja, Nigeria © REUTERS/Afolabi Sotunde/Alamy

Allí decidió librar su batalla para conseguir la declaración de inocencia de su marido, y a pesar de la negativa de Estados Unidos a llevar a los tribunales a Shell, se trasladó a los Países Bajos, país de origen de la empresa, donde se enfrentará a ella, puesto que no tiene dudas del papel de responsabilidad que jugó el gigante petrolero en la muerte de su marido.

Esther lleva 20 años luchando para que se le haga justicia a su marido. Dice no estar sola en esta causa, puesto que la acompañan otras tres mujeres cuyos esposos también fueron ejecutados, el aliento de miles de personas que apoyan su causa y además siente el respaldo del espíritu de su marido.

En Nigeria sucede que hay hambre, y que existe la tortura, las detenciones arbitrarias, los ataques a la libertad de expresión y de reunión, los asesinatos extrajudiciales y la injusticia. Pero también pasa que héroes y heroínas no se dan por vencidos y eligen luchar por sus derechos, porque entre todos los horrores, muchas veces surge lo mejor del ser humano, para darnos ejemplo, inspirarnos y hacer visible que la lucha por la justicia vale la pena.

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