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El invasor rojo que conquistó la marisma

Cangrejo rojo americano.

Juan Miguel Baquero

Es un conquistador nato, un invasor. Capaz de atravesar kilómetros de tierra seca, aguas estacionales o salinas, y dispuesto a comer de todo, incluso carroña. Bajo una dura coraza escarlata y aliado a una notable capacidad de adaptación, no hay territorio que se resista a su personalidad expansiva. Responde al nombre (científico) de procambarus clarkii, es americano y… rojo, además de sabroso. Llegó casi por casualidad a la marisma del río Guadalquivir. Pero lo hizo para quedarse, de Andalucía al resto de España, ante la mirada de detractores y de quienes sacan rendimiento a su presencia. Unos lo quieren, otros no tanto. En la mesa, y cocinado en múltiples recetas, las opiniones son más unánimes.

Isla Mayor (Sevilla) es la capital europea del cangrejo rojo americano. Cada año, el estuario del Guadalquivir produce unos tres millones de kilos. Una de las mayores bolsas de pesca de este crustáceo a nivel mundial. La mayor parte se exporta a EEUU, China, Francia o países nórdicos. Varias factorías dan cuenta en la pequeña población marismeña de un sector que alcanza cada campaña un volumen de negocio total superior a los 20 millones de euros.

El procambarus, así, genera decenas de miles de jornales anuales entre trabajadores de viveros, transportistas, restauración y alguna empresa auxiliar. Amén de los pescadores, que usan nasas para capturar los especímenes luego vendidos a 0,55 euros el kilo. Al día, en temporadas que tienen su época punta de agosto a octubre, cada pescador retiene en sus redes entre 300 y 600 kilos por cabeza. “El que es más espabilao puede llegar a 800 kilos diarios, son pocos meses pero se saca un pico, aunque el último no ha sido el mejor año”, relata Raúl Arroyo, que lleva “media vida” entre cangrejos.

Tan importante es el cangrejo rojo en Isla Mayor que la semana grande, en junio, se titula Feria y Fiestas del Arroz y el Cangrejo. Y un poco más tarde, en septiembre, los isleños celebran el Día del Cangrejo. Un homenaje al peculiar e incansable ocupante marismeño que, en todo caso, no se libra de pasar por la cazuela en el Concurso recetas creativas de cangrejo. A la plancha, cocinado en diferentes salsas o con elaboraciones más atrevidas, es un plato requerido en las múltiples visitas que recibe esta tierra indómita. Una ruta turística, por cierto, que ha explotado tras el éxito de la galardonada película La Isla Mínima.

El cangrejo americano es también una profusa fuente de alimento para los pájaros que transitan el espacio natural del Parque Nacional de Doñana y las marismas del Guadalquivir. Cormoranes, flamencos, cigüeñas, espátulas, garzas… toda una orgía de aves acuáticas, unos 200.000 individuos al año de más de 300 especies diferentes, buscan el codiciado crustáceo en la despensa situada entre dos continentes. El cielo, la tierra y el agua isleña son lugar de paso, cría e invernada para miles de ellas, acuáticas y terrestres, europeas y africanas.

¿Qué es y de dónde llegó? El procambarus es un crustáceo decápodo nativo de la costa del Golfo de México, del norte mexicano a Florida e incluso en el interior por el sur de Illinois y Ohio. Ahora puede encontrarse también en Asia y África. Y en Europa, continente que comenzó a conquistar desde la península ibérica. Fue introducido en 1973 en la cuenca del bajo Guadalquivir tras el descenso notable en las poblaciones autóctonas de cangrejo de río, con fuerte demanda entonces en el mercado por la calidad de su carne.

Aquel año, la primera introducción de 100 kilos de marisco procedente de Nueva Orleans se hizo en los arrozales de una finca de Badajoz. Poco después, y con apoyo institucional por parte del desaparecido Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA), la operación quedó repetida a mayor escala en las marismas andaluzas. La aclimatación fue un éxito y Valencia (1978) y el Delta del Ebro (1979) fueron las siguientes plazas antes de que la elevada tasa de dispersión natural de la especie llevara al cangrejo rojo americano a conquistar la cuenca del Guadiana en los años 80.

Aunque no todos están conformes con tal invasión. La especie ha desplazado en muchos cursos de agua al cangrejo de río ibérico (austropotamobius pallipes lusitanicus) con estrategias de combate que van de la supremacía por tamaño o el voraz hábito alimenticio a la guerra bacteriológica: es vector de virus que atacan con virulencia al crustáceo aborigen. A duras penas, franjas de agua más fría de Castilla y León, La Rioja o País Vasco resisten el potencial colonizador que recoge el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. En Andalucía, el Programa de Conservación y Gestión del Cangrejo de río autóctono actúa en zonas como el Parque Natural Sierra de Las Nieves (Málaga). Como canta el grupo sevillano Canijos Sin Fronteras en su tema titulado El Cangrejo, en defensa de aquel crustáceo aborigen: “nos echaron del canal y ocuparon las acequias / refugiao medioambiental, estrategia militar pa borrarnos de la tierra”.

El problema para la biodiversidad puede afectar también a algunos anfibios y reptiles, disminuyendo su población hasta límites alarmantes. Para los agricultores son a menudo una fuente de inconvenientes. Los túneles que el procambarus clarkii excava en la tierra, en canales y acequias, provoca daños en las infraestructuras creadas en el arrozal. Algún que otro roce motivó por esto el crustáceo entre arroceros y pescadores. Por todo esto, la pesca está prohibida aunque con la excepción, según la normativa, de su extracción profesional destinada a la industria alimentaria “como consecuencia de la importancia socioeconómica” en la comarca del Bajo Guadalquivir “desde hace décadas” con un ámbito geográfico que incluye Almonte e Hinojos (Huelva), Aznalcázar, Villamanrique de la Condesa, Isla Mayor, La Puebla del Río, Coria del Río, Los Palacios y Villafranca, Utrera, Las Cabezas y Lebrija (Sevilla), o Trebujena y Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). En muchas de estas poblaciones, el cangrejo rojo americano es fuente de riqueza, origen de dolores de cabeza medioambientales y protagonista de una gastronomía que, a fuerza de conquista, se ha convertido en típica. Como dice sobre esta complicada relación la copla de los Canijos, en voz del cangrejo aborigen: “espero salir un día de mi agujero / contar mi historia al mundo entero / y sus redes se puedan desgarrar... hubo un tiempo en que yo era / el rey de la marisma / ya los tiempos han cambiado, ya la historia no es la misma”.

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