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Sevilla, provincia de Roma

La provincia hispalense, cuna de Trajano y Adriano, alberga en sus municipios antiguas polis, termas, canteras y vestigios de todo tipo

La Bética fue una provincia rica, proveedora de aceites y vinos. Son bien conocidas Itálica, fundada por Escipión como villa de descanso, Carmona o Écija, pero la influencia romana se extiende por decenas de municipios

La Diputación traza tres rutas para poner en valor los restos arqueológicos del antiguo imperio

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Itálica | Turismo de Sevilla

Itálica | Turismo de Sevilla

Desde Guadalcanal a Utrera, de Casariche a Itálica, la provincia de Sevilla reúne en sus municipios el legado arquitectónico, cultural y artístico de lo que fue hace dos mil años: parte esencial de una de las provincias más prósperas del Imperio Romano. Recorrerlos es sumergirse de lleno en un periodo fascinante de nuestra historia, marcado por los dos mandatarios más poderosos que haya dado esta tierra: Trajano y Adriano.

Aprovechando que este año se cumplen los 1.900 años de la muerte de Trajano y el ascenso al trono de su heredero Adriano, la Diputación Provincial de Sevilla ha recuperado tres rutas esenciales que marcan la presencia romana en la provincia Bética y, por extensión, en Hispania: la Vía de la Plata (de Itálica a Guadalcanal), la Bética-romana (de Sevilla y La Rinconada hasta Peñaflor) y la Vía Augusta (de San Juan de Aznalfarache a Herrera).

Mosaico de Júpiter, en Itálica

Mosaico de Júpiter, en Itálica

Itálica, en la actual Santiponce, es la gran ciudad residencial romana de la Bética. Fundada como villa de descanso por el gran militar de la antigüedad, Escipión el Africano, aquí nació Trajano, y quizá también Adriano. Itálica llegó a ocupar 52 hectáreas y aunque gran parte acabó sirviendo para levantar otras urbes, hoy se puede visitar la nova urbs (ciudad nueva), un imponente conjunto descubierto a partir de las excavaciones de Francisco de Bruna a finales del siglo XVIII. Allí siguen el mosaico de Júpiter, la casa del planetario o los exvotos en honor de Némesis, en el anfiteatro. En Santiponce, el municipio bajo el cual yace la vetus urbs, se yergue el imponente teatro. Al otro extremo de la ruta, en Guadalcanal, se encuentran los castros defensivos. Para llegar habremos de pasar por Almadén de la Plata y sus canteras de mármol o por el acueducto de Aznalcóllar.

Necrópolis de Carmona | Turismo de Sevilla

Necrópolis de Carmona | Turismo de Sevilla

La segunda de las rutas comienza en la antigua colonia Iulia Romula Hispalis, fundada por Julio César tras su conquista durante las guerras púnicas: esto es, Sevilla. Concluye en Peñaflor, después de haber recorrido pueblos tan asociados a su herencia romana como Carmona o Écija, la antigua Astigi, que alberga un fabuloso museo de vestigios romanos. Pero además de estos asentamientos, bien conocidos, hay un buen puñado de lugares a descubrir, como la muralla de Alcalá del Río (Ilipa Magna), en el lugar donde tuvo lugar la batalla entre los ejércitos de Escipión el Africano y Asdrúbal, la antigua ciudad minera de Munigua (la actual Villanueva del Río y Minas) o el puente sobre el río Galidón en San Nicolás del Puerto.

Por último, la ruta Augusta cubre en Sevilla el trayecto de oeste a este entre San Juan de Aznalfarache y Herrera. La vía Augusta fue la calzada más larga de Hispania, con más de 1.500 kilómetros de Cádiz a los Pirineos. En Sevilla abarca hitos como la antigua ciudad de Martia (Marchena), los 36 yacimientos romanos de Gilena o las canteras de Ventippo (Casariche).  

El legado de Trajano y Adriano

Las tres rutas permiten descubrir la riqueza y la historia de la Bética, y recordar el peso que tuvieron en Roma los emperadores Trajano y Adriano, estrechamente vinculados a Itálica. La Hispania Baetica, en el sur; Lusitania, en el actual territorio de Portugal y Extremadura, y la Hispania Tarraconensis, en el norte y noreste, son las tres provincias que quedaron bajo la administración del Imperio Romano. La Bética fue provincia romana hasta que cayó a manos de los vándalos y los alanos, en el siglo V, y luego de los visigodos. Y fue, además, una de las más ricas y prósperas, consolidada sobre una élite de funcionarios especialmente leal a Roma.

Mapa de la Bética, de Ptolomeo

Mapa de la Bética, de Ptolomeo

De esa élite de funcionarios surgió precisamente Trajano, el primer emperador no nacido en la península itálica. Trajano heredó el trono de Nerva, a su vez nombrado después del asesinato de Domiciano, y de él dice Indro Montanelli, en su esencial y amena Historia de Roma, que ni siquiera quedó muy impresionado cuando le nombraron emperador. Al contrario, pasó dos años resolviendo sus asuntos militares en Germania antes de acudir a Roma y aceptar el cargo.

Busto de Trajano, emperador de Roma

Busto de Trajano, emperador de Roma

"El poder no se le subió nunca a la cabeza y ni siquiera la amenaza de conjuras bastó para transformarle en un déspota suspicaz y sanguinario", cuenta el periodista italiano. Lo cual, en los tiempos que corrían, no era poco. Además de como notable militar, el itálico Trajano pasó a la historia por la construcción de edificios públicos en Roma, incluyendo el foro de Trajano y la Columna Trajana.

Le sucedió su sobrino Adriano, huérfano y educado en Itálica con su tío. No hay acuerdo de si nació en Roma o en la Bética, pero sí en que pasó su infancia en nuestra tierra. Su educación y su amistad (probablemente algo más, según su contemporáneo Dión Casio) con Plotina, la esposa de Trajano, le llevaron al poder.

"Nos cuesta, lo confesamos, admitir que un episodio tan fausto como el advenimiento al trono del más grande emperador de la Antigüedad se debiera a una coincidencia fútil y más bien sucia como el adulterio. A los "se dice" hay que darles crédito hasta cierto punto, especialmente en cuestión de cuernos. Pero no cabe duda de que al menos una mano se la echó Plotina a Adriano para coronarle", lamenta Montanelli.

Busto de Adriano, emperador de Roma

Busto de Adriano, emperador de Roma

Como Nerón, Adriano cantaba, pintaba y escribía poemas, pero sus ambiciones artísticas quedaron en eso. Adriano impulsó la simplificación legislativa y la racionalización del aparato burocrático, pero quedó para la historia por su reconstrucción del Panteón de Agripa y por su irrefrenable propensión al viaje. Sus años de periplo por África, Asia Menor, Britannia (donde construyó la empalizada) o Germania le sirvieron para conocer el imperio como nadie. Cansado y dolorido, se hizo construir el Castel Sant-Angelo y murió pronunciando uno de los primeros alegatos a favor de la eutanasia, pues ni Eufrates ni su médico ni un criado quisieron pasarle la cicuta o un puñal: "He aquí un hombre que tiene poder para hacer morir a quienquiera, salvo a sí mismo".

Trajano y Adriano, dos de los grandes emperadores romanos, quedaron para siempre unidos a Itálica, uno de los más imponentes vestigios que Sevilla aún conserva del más grande imperio de todos los tiempos.

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