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Antón Losada

Soy mariñano de A Mariña do Lugo. Autor de "Piratas de lo Público". Profesor titular de ciencia política de la USC, doctor europeo en derecho, máster en gestión pública por la UAB. Ex secretario general de la vicepresidencia de la Xunta y exsecretario xeral de relacións intitucionais. Comentarista y analista en la Ser y Cuatro y El Periódico. Antes en TVE, TVG, y El País. Fui director general de Radiovoz y adjunto al consejero delegado de La Voz de Galicia.

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Spanish Shame

Empezamos la semana post 1-0 con el independentismo llenando las calles, convencido que la independencia estaba la vuelta de la esquina porque a Europa no le iba a quedar más remedio que intervenir ante la imagen brutal ofrecida por el Estado español y la innegable demanda de la sociedad catalana.

Por su parte, en el otro lado cundía el desanimo y el desconcierto por las imágenes de los antidisturbios contra las urnas y la desesperación ante la inacción de un Mariano Rajoy que, una vez más, tenía las horas contadas por cobarde y pusilánime.

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¿Qué viene ahora?

Ahíto el ardor guerrero español, confiemos en que al menos una parte de la media España que creía que esto se arreglaba metiendo a Carles Puigdemont en la cárcel se haya percatado de que no se pueden disolver barrios enteros a palos, ni se puede meter a media Catalunya en prisión. La demandas políticas no se pueden gestionar con el código penal.

La violencia policial le ha dado al Govern un argumento imbatible ante la opinión pública y la comunidad internacional que no entiende, simplemente porque es inexplicable, la lógica de antidisturbios frente a urnas. Una declaración unilateral de independencia sólo le crearía un problema que esa misma comunidad internacional se quitará de encima a la velocidad del rayo. Todo lo demás son incógnitas. Nadie sabe adónde irá el ardor independentista cuando se declare la independencia y pase nada apoque nadie la reconoce. Nadie sabe qué hará esa mitad de la población catalana que, según las encuestas, ni quería este referéndum, ni quiere esta independencia.

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La izquierda española y Catalunya

En una de esas frases de mitin, siempre tan trabajadas para que quepan en un titular, el líder socialista, Pedro Sánchez, ha sentenciado que "el 1-0 no va de echar a Rajoy, sino de romper España y fracturar Catalunya". Una afirmación redonda si no fuera por un pequeño detalle: ¿Y si para que no se rompa España y no se fracture Catalunya fuera condición imprescindible echar a Rajoy? Entonces, ¿qué hacemos?

Hay bastantes posibilidades de que así sea y sin desplazar al PP no haya solución posible. A fin de cuentas el discurso anticatalán implementado por los Populares durante una década, el extemporáneo y oportunista recurso contra el Estatut, la bizarra teoría del suflé o la política de no a todo cuanto pidieran desde Catalunya resultan directa responsabilidad de Rajoy y algo ha tenido que ver con la gravedad de la situación actual.

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Ese olor a corrupción que no se va

Estamos todos tan atareados cursando esta especie de máster nacional en derecho constitucional donde nos hemos metido, tan entretenidos siguiendo el carrusel de registros, decomisos e identificaciones efectuadas por la Guardia Civil en lugares tan peligroso como imprentas o empresas de mensajerías que, a veces, se nos pasan o despachamos como rutinarias otras cosas que también tiene su importancia. 

Comparados con la supuesta quiebra de la soberanía nacional puede que para muchos sean cosa menor o incluso bastante pedestre. Pero que un inspector de Hacienda confirme en sede judicial que el Partido Popular se financió ilegalmente, o que las facturas presentadas en su día por  la exministra Ana Mato para acreditar que ella se pagaba sus viajes no se corresponden con aquellos que le regaló la trama Gürtel, son algo más que pequeños detalles que no vale la pena ni comentar porque ya está todo dicho. 

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El Estado de deshecho

En una curiosa manera de no participar en una campaña supuestamente ilegal, justo al día siguiente de su arranque, Mariano Rajoy se fue a Barcelona a presidir un acto de la Junta directiva del Partido Popular; por si a alguien le quedaba alguna duda respecto al uso partidista que el PP aplica a todo cuanto sucede en Catalunya, mientras desde Ciudadanos y el PSOE les hacen el favor de blanquear su estrategia de partido como si fuera una razón de Estado tan eterna como sagrada.

Sin que a nadie le llamara la atención o le inquietara, allí explicó solemne Mariano Rajoy que "nos va a obligar a llegar donde no queremos llegar"; como si gobernar y cumplir y hacer cumplir la ley fuese un acto discrecional, un ejercicio de pura voluntad que dependiera del buen comportamiento del súbdito y la generosidad del gobernante.

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Porque tengo razón

Las máquinas de contar manifestantes están al borde de la rebelión, como Skynet en Terminator. Vamos a tener que jugarnos el bigote para desconectarlas antes de que provoquen el fin del mundo tal y como lo conocíamos. Los mismos que nos dijeron que en el 2014 apenas salieron unos pocos cientos de miles de catalanes nos cuentan ahora que aquella sí que fue una Diada masiva y poderosa, no esta Diada triste y desangelada del 2017. Los mismos que se sintieron secuestrados por los radicales y antisistema cuando se vieron rodeados en el Parlament divisan en los cientos de miles de manifestantes la fuerza de su causa y la prueba definitiva de su acierto.

Hay algo que todavía une a Catalunya y España: aquí y allí, cuando los manifestantes me dan la razón, son el pueblo sano y soberano, lo mejor de la democracia imparable y en acción; cuando no me la dan, se convierten en turbas descontroladas y peligrosas, manipuladas por populistas o pagadas por malversadores.

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Sus cuarenta mil millones, gracias

España es una máquina de tabaco, o al menos eso piensan Luis de Guindos, el supercool ministro de economía, y Mariano Rajoy, nuestro "presidente sensei". España es una máquina de tabaco a la que le metes unas cuantas monedas por una ranura y te devuelve cuarenta mil millones por la cajonera del fondo mientras te da las gracias con su voz más amable.

El gobernador del Banco de España, Luis María Linde, actuando en su papel favorito de sumiller del ejecutivo de Rajoy, acaba de confirmarlo: no vamos a recuperar tres de cada cuatro euros gastados en el rescate de bancos y cajas, cuarenta mil millones. Eso de entrada; si la privatización de Bankia se hace tan mal como las anteriores y se malvende la entidad o una parte a algún amiguete, entonces puede que ni siquiera lleguemos a recuperar los diez mil millones que el Banco de España aún calcula y confía en reembolsar.

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En Ciudadanos se creen que te chupas el dedo

Decía Gómez de la Serna que el tricornio de la Guardia Civil era un intento fallido de resolver la cuadratura del círculo. La presentación de la presunta iniciativa de Ciudadanos para limitar a dos los mandatos presidenciales en España es lo mismo, pero en política. En el mejor de los casos, representa un intento fallido de convencernos de que se puede votar a la vez una cosa y la contraria; en el peor, sólo se explica si Albert Rivera y los suyos de verdad se creen que, como tantas veces sentencian en los medios liberales, la gente no se entera o no entiende y vota cuanto le pongan delante siempre que venga envuelto con el lacito adecuado.

Vamos a obviar que en democracia ya viene de serie el limitador de mandatos más potente que existe: el voto. Vamos a pasar por alto el pequeño detalle de que la limitación de mandatos representa una institución más propia de los sistemas presidencialistas, nacida para diferenciarse claramente de las monarquías y prevenirlas, que de los sistemas parlamentarios como el español. Vamos a obviar que cuesta apreciar en qué contribuye exactamente a la lucha contra la corrupción limitar a dos el mandato del presidente del Gobierno de España y que, si esa fuera la razón, tendría mucho más sentido limitar los mandatos de diputados, senadores, altos cargos o ministros.

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El Gobierno que no tenía que dar explicaciones

El pleno sobre corrupción donde Mariano Rajoy, envuelto en la bandera de la unidad de España y agitando el miedo al terrorismo, se dio el gustazo de no contestar ni una sola de las preguntas que le formularon sobre las cuentas de su partido mientras exigía respuestas a la testigo Margarita Robles o al comensal Pablo Iglesias constituyó la primera señal de alerta. La rueda de prensa donde el portavoz del Gobierno se negó a dar explicaciones sobre las alertas recibidas por la Policía, el CNI y la Guardia Civil pero se las exigió a la Generalitat por la alerta recibidas por los Mossos lo confirmó.

Rajoy y su Gobierno creen que viven en un país donde todo el mundo tiene que explicarse menos ellos, que son gente seria y responsable, que se ocupa de las cosas realmente importantes, que no tiene tiempo que perder en nuestras chorradas porque lo necesitan todo para salvar a España y a los españoles del terrorismo, el independentismo, el populismo y, en general, todas las cosas terribles que acaban en ismo; así que no los cabreemos con preguntas tontas y peticiones de explicaciones porque acabaremos teniendo que confesarlo todo y declarándonos culpables de todos los cargos.

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Alguien que lo arregle

Sin haber empezado a tramitar la famosa Ley del Referéndum, que tanto dio que hablar antes de las vacaciones de verano, los independentistas acaban de presentar la Ley de Transitoriedad, que tanto va a dar que hablar a la vuelta de las mismas vacaciones. Sin aprobar la primera, la segunda no sirve de mucho. Es como si James Cameron hubiera estrenado Terminator 2 cuando aún está a medio estrenar Terminator 1, demasiado espectáculo junto.

Si realmente se estuviera diseñando un marco de legalidad para la independencia, la Ley del referéndum tendría mínimos de participación y resultados, como en todos los precedentes que cita, y la Ley de Transitoriedad se habría aprobado después de que los catalanes votasen y sin elevar la unilateralidad a título para quedarse con el patrimonio o los funcionarios.

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