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Antón Losada

Soy mariñano de A Mariña do Lugo. Autor de "Piratas de lo Público". Profesor titular de ciencia política de la USC, doctor europeo en derecho, máster en gestión pública por la UAB. Ex secretario general de la vicepresidencia de la Xunta y exsecretario xeral de relacións intitucionais. Comentarista y analista en la Ser y Cuatro y El Periódico. Antes en TVE, TVG, y El País. Fui director general de Radiovoz y adjunto al consejero delegado de La Voz de Galicia.

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Naranjas, azules, todos quieren ser los campeones

Nada describe tan bien la pugna desatada en el seno de la derecha española como la mítica canción de Torrebruno: “tigres, leones, todos quieren ser los campeones”. La disputa entre naranjas y azules se reduce a resolver quién gana el campeonato. Si el Partido Popular no fuera un partido asolado por la corrupción, Ciudadanos tendría serios problemas de plagio con su programa y con su discurso “liberal progresista”. De ahí que la única discrepancia seria que mantienen se refiera a una reforma de la Ley electoral que el PP no quiere tocar, porque mantiene el peso del electorado de la España interior que todavía conserva, y Cs quiere cambiar para que pese aún más ese electorado conservador urbano que cree dominar.

A falta de discurso o políticas diferentes que discutir en Catalunya, azules y naranjas se pelean por la cesión de un diputado bajando al barro de echarse en cara si unos lo piden sólo por la pasta y otros lo niegan por traidores. El PP ha tenido tan difícil encontrar un punto de discrepancia por donde empezar a arrear a Cs que han recurrido a la inflamable cuestión de la prisión permanente revisable. Los populares, abanderados de ese derecho penal cipotero que recorre España desde hace años alimentándose sin compasión del dolor de las víctimas, echan en cara a Ciudadanos su abstención; ni siquiera pueden reprocharle haber votado a favor de su derogación.

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El Naranjismo

La política española acostumbra a mostrarse con frecuencia injusta y especialmente cruel con aquellos que, por falta de pericia o falta de cinismo, dicen la verdad. A Melisa Rodríguez Hernández, portavoz adjunta y diputada de Ciudadanos, miembro de su ejecutiva como secretaria de juventud y responsable de energía y medio ambiente y también candidata naranja a la presidencia de Canarias, le está cayendo la del pulpo por mezclar los derechos de los perros, la igualdad y el feminismo, cuando deberíamos estar aplaudiendo con entusiasmo y agradeciéndole sinceramente que haya desvelado uno de los grandes misterios de la política hispana: qué defiende exactamente Ciudadanos.

En lugar de criticarla con ferocidad deberíamos proclamarla de inmediato ideóloga oficial del “Naranjismo” –bauticémoslo ya, dejémonos de eufemismos y patatas ‘antimárketing’ arrejuntando dos palabras tan antiguas como liberal y progresista– Nadie, ni siquiera Albert Rivera en su inmensa sabiduría, ha podido sintetizar mejor y en una sola frase la esencia del pensamiento naranja: “Yo busco la igualdad de las personas reales: mujeres, hombres y seres. Por ello presentamos el proyecto de ley para que los perros sean personas”. ¿Quién dijo que en Cs no había equipo?

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La izquierda no está tan mal

La izquierda española debería seguir el ejemplo de Mariano Rajoy y no ponerse nerviosa antes de tiempo. Cuando faltan dos años para las elecciones, las encuestas significan muy poco y deciden nada y la agenda política dista bastante de conformar ya la agenda electoral. Pero lejos de mantener la calma parece que empieza a dar síntomas de un inminente ataque de pánico.

Es la historia de siempre. La derecha le reclama autocrítica y la izquierda corre a hacerla y a darle la razón sobre lo mal que está y lo mal que lo hace todo; no vaya a ser que quede algún votante o militante que se resista a dejarse encerrar en esa realidad virtual donde la derecha gobierna siempre bien, los problemas son culpa de los demás y están más unidos que la familia Campos, mientras que la izquierda no ha nacido para mandar, todo cuanto sucede es culpa de Manuela Carmena o de Ada Colau y la Boda Roja de Juego de Tronos es lo más unida que sabe estar. Al habitual asedio por tierra, mar y aire de la derecha y el liberal progresismo emergente, se han sumado rápidamente los analistas e intelectuales de la izquierda, siempre dispuestos a demostrar que ellos son los más listos formulando una critica sobre la situación de la izquierda aún más feroz y descorazonadora que cualquiera publicada por el ABC o La Razón. El PSOE ha corrido a proclamarse segundo por enésima vez y reclamar autocrítica a Podemos, Alberto Garzón ha corrido a reclamar autocrítica a Podemos y Pablo Iglesias ha sabido estar callado hasta que no ha podido resistirse más y le ha reclamado autocrítica al PSOE y a Pedro Sánchez.

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La España del futuro: horizontal, transversal y poliárquica

No se puede aventurar qué será de España como Estado durante los próximos 25 años sin hablar de la Europa que veremos construir a lo largo de ese período. Aunque buena parte de nuestra élite política, mediática o financiera siga pensando que se puede decir una cosa en Bruselas y hacer otra distinta en Madrid, o que lo verdaderamente importante se decide en los despachos y algunos palcos deportivos de la capital, hace tiempo que la soberanía que todos enarbolan como si les perteneciera comenzó un éxodo sin retorno hacia las instituciones Comunitarias. Situado en ese contexto de un Parlamento Europeo cada vez más reforzado, o viejos Estados nación cediendo soberanía monetaria, presupuestaria o incluso militar a una Unión que se edifica sobre el principio de subsidiariedad o diseños como la Europa de las Regiones, nuestro carpetovetónico debate sobre la indivisibilidad de la soberanía nacional resuena a un idioma tan antiguo como inútil y perdido.

La Europa que viene mutará inexorablemente horizontal, transversal y poliárquica. En ella el poder se compartirá aún más y las decisiones se producirán a través de complejos procesos de conflicto, negociación y compromiso. Empeñarse en reconstruir una España jerárquica y radial, con un punto central de mando y control, que tutela y vigila al resto de los cuerpos y administraciones del Estado encaramado a esa verticalidad, supone simplemente ir contra la historia.

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Internet en Sevilla es pura maravilla

Si el Director General de Tráfico puede trabajar desde su casa el día de Reyes, en plena operación retorno de Navidad, en medio de un temporal de nieve que el propio gobierno ha calificado como excepcional y además ponerse chulo, entonces, amigos, el cielo es el límite.

Desde hoy mismo ni un solo funcionario español debería sentirse obligado a acudir presencialmente a su puesto de trabajo, salvo que lo haga voluntariamente.  Dicen el director general y la versión doblada de My Fair Lady que internet y la lluvia en Sevilla son pura maravilla, pero seguro que todos nuestros funcionarios viven en ciudades igual de maravillosas, donde también funcionan internet y el teléfono y en cualquier momento pueden llamar al Ejército para que se ocupe de hacer todo aquello que no se pueda hacer por teléfono o por internet.

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España en estado de temporal

Qué cruel ironía. Todo estaba dispuesto para otra vibrante demostración de orgullo español y poderío del aparato gubernativo en el marco incomparable de la Pascua Militar. La ministra de Defensa, Maria Dolores de Cospedal, iniciaba los juegos de la patria recordándonos que el Ejército está preparado para actuar ante cualquier eventualidad en Catalunya; por desgracia nada nos desvelaba sobre su preparación frente a una eventualidad en Murcia o Lugo, o una nevada en Segovia.

Inconmensurable en su papel de diosa guerrera, con mantilla en vez de espada, aprovechó la jornada  para desvelarnos que el verdadero enemigo habita en las noticias falsas -sin ir más lejos, sobre su emprendedor marido- y ensalzar el compromiso del Ejército con esa nación española cohesionada, abierta, vertebrada y plural; como si aún estuviéramos enterrando a Franco y a un Ejército de la UE le quedara otra opción que acatar la legalidad democrática.

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Los presidentes de Famosa

Fue como en el mítico anuncio de la muñecas de Famosa, sólo que en la noche de fin de año. Casi daban ganas de ponerse a cantar el villancico del anuncio, contemplando como los presidentes autonómicos se dirigían al portal para hacer llegar al votante su cariño y su amistad y Rajoy en el pesebre se reía porque estaba alegre y todos repetían el gran mantra popular: todo lo malo que nos pasa es por culpa de Catalunya.

Todas y todos los presidentes autonómicos salieron a marcar territorio en sus televisiones y cumplir con la casposa tradición de endilgarnos otra vez ese mitin de fin de año que nadie les ha pedido y a nadie le interesa, excepto a ellos, sus séquitos y su prensa hipersubvecionada. Ninguno llegó al nivel de ridículo del presidente de Aragón, Javier Lambán, hablando de su libro rodeado de las disputadas piezas del monasterio de Sijena, como si fuera el jefe de la tribu exhibiendo las cabezas de sus enemigos cortadas por él personalmente; pero todos lanzaron su piedra en una lapidación que solo puede producir sonrojo y vergüenza ante semejante insulto a nuestra inteligencia.

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Pasa 2018, que cobras

Si ya les parece que tuvieron bastante de Trump, Brexit, nazis, neonazis, ultranazis, Putin, yihadistas reales e inventados, boots y robots, fake news, pos verdad, xenófobos disfrazados de patriotas o de liberales arengando contra todo aquel que no sea de allí, precariedad, paro, recortes, procés, chistes sobre Tintín y Puigdemont en Bélgica, gilibobadas como Tabarnia, películas de terror con las pensiones o guerras de audiencias, de banderas, de himnos, de pasodobles o de toreros, prepárense; esto solo acaba de empezar. Si el 2017 fue el año del “wanna cry”, 2018 será el año del “wanna run” .

No es que empiece mal, es que nunca ha pintado bien. Si miras fuera, ves que Donald Trump es más presidente que hace un año y mientras todos escrutamos sus tuits como los tontos que miran el dedo en vez de a la luna, su administración va sacando a delante la mayor contrareforma fiscal, moral y social que ha padecido Estados Unidos en décadas. Su colega de trapicheos y faltadas, Vladimir Putin, será reelegido este año como lo hacen los buenos demócratas: son más votos que votantes vivos. Mientras, en la Europa que debería hacer de contrapeso, los partidos que deberían parar a esa derecha extrema se suman a su discurso y les ceden el control de la agenda y a la austeridad económica le sigue una anemia moral y democrática mucho más peligrosa y dolorosa de lo que parece.

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Menos mal que nos quedas tú, Mariano

Después de un referéndum que no existió virtualmente pero si en la realidad, una casi declaración de independencia, varios sumarios judiciales, unas cuantas prisiones preventivas, otras cuantas fianzas, la aplicación por primera vez del artículo 155 CE y unas elecciones catalanas con un candidato huido y otro en la cárcel, aquí estamos otra vez donde estábamos: todo vuelve a ser culpa de Mariano Rajoy; que tiene culpa y mucha porque es el presidente del gobierno, pero ni es el único que esperaba que las urnas se llenarán con los votos de la mayoría silenciosa, ni tiene más culpa porque no haya sucedido.

Si la victoria histórica de Ciudadanos e Inés Arrimadas tiene como primer resultado que los naranjas renuncien a intentar formar gobierno, para evitar tener que explicar cuál es su propuesta para Catalunya y ahorrarse el mal rato de que nadie quiera gobernar con ellos, la culpa es de Rajoy por no ponerse de inmediato a hacer la reforma constitucional que, de inmediato, ellos y Aznar denunciarán sin complejos como un pago a plazos al separatismo. Qué ironía Mariano, quienes tanto te criticaron por renunciar a formar gobierno tras el 20D porque no te daban los números, corren ahora a renunciar tras el 21D; has creado tendencia, eres un influencer.

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Hay que volver a ver The Crown, Majestad

Como buen republicano y como hacía con mi padre, nunca me pierdo un discurso de Navidad del Rey, ni del nuevo ni del viejo. Ya llevamos cuatro mensajes navideños y, alguien tiene que decírselo, la cosa no mejora, Majestad. Cierto que no hemos llegado a los niveles de marcianada de ir a grabarlo al salón del trono del Palacio de Oriente, como en 2015, pero escoger la sala de audiencias y decirlo resulta tan inteligente como ir a vender seguros de vida a un funeral. Emplear para el mensaje navideño, que muchos van a ver en sus comedores familiares, el mismo espacio que se usa para las audiencias oficiales resulta tan moderno hoy como mandar un fax; además de confundir el discurso de Navidad con una audiencia real virtual, cuando es justamente al revés.  

Supongo que en la Casa Real verán The Crown, la excelente serie de Netflix sobre la verdadera familia Monster: los Windsor. Desde la lealtad del buen republicano me atrevo a sugerirle que la vuelvan a ver, más despacio y con más calma. Puede que extraiga algunas lecciones interesantes sobre cómo rectificar y aprender a sobrevivir cuando eres Rey en una democracia del siglo XXI y no lo estás haciendo particularmente bien.

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