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Elisa Beni

Con 23 años fui la directora más joven de un diario español y ahora escribo en el diario más joven. En medio he pasado por decenas de redacciones y aún así sigo amando el periodismo. Ahora vivo este periodo decisivo como analista y comentarista en Las Mañanas de Cuatro,El Gran Debate de T5, Julia en la Onda de Onda Cero, "Tiempo" y allí donde quieran una voz que cree en lo que dice.

Desacuerdo radical

Tras la muerte y el dolor, la unidad se nos presenta como un salvavidas evidente que nos redime del absurdo del terror y nos humaniza. Si somos realistas podemos afirmar que ni las fotografías conjuntas ni los mensajes comunes consiguen ocultar la diferencias en el análisis de las causas últimas de la radicalización de los yihadistas que manejamos en las democracias occidentales y, por tanto, de las divergencias a la hora de señalar de forma unívoca los pasos a dar para paliar y minorar el efecto de esta oleada de terrorismo cruel y destructivo.

Las redes sociales, pero no sólo, también en menor medida las calles y las declaraciones de unos y otros, han vuelto a dejar palmariamente claro que al menos hay dos posiciones de opinión pública frente a un problema que nos atañe por igual y que golpea con la misma fuerza a todos. No todas estas posturas, desde luego, son equiparables en términos éticos. Ya hablaba el otro día de que entre el bien y el mal no podemos ser equidistantes y, por tanto, no puedo serlo entre los que buscan bienintencionadamente soluciones, aunque sean distintas, a esta devastadora realidad, y los que quieren aprovecharla para hacer fuertes sus propuestas xenófobas, racistas y fascistas. Entre ambos sólo cabe plantar cara a los últimos, como hicieron los barceloneses en la Rambla.

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Espirales de mierda

La superficie de nuestras pulidas democracias se ve de forma creciente asaltada por grumos de cieno, de fango pútrido, de mierda, vamos; que suben a borbotones desde los más profundos y oscuros rincones de unas sociedades amansadas y domesticadas.

Estábamos bañándonos en principios que creíamos irreversibles cuando llega una burbuja de lodo y nos estalla en plena cara. Acaba de suceder en Estados Unidos. Es sólo el último episodio, aunque nadie podría decir cuántos avisos más llegaremos a recibir antes de la erupción final. Los racistas se han mostrado con una nitidez que nadie hubiera esperado volver a ver. Ante la violencia que supone la mera expresión de palabras como "supremacismo blanco" y ante la voluntad decidida de quienes no están dispuestos a observar de brazos cruzados cómo destruyen la sociedad que tantas vidas costó construir, Trump sólo ha opuesto una postura de equidistancia inadmisible.

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Banderas subrogadas

Hoy día tengo más claro que hay quien cree en la revolución por subrogación, quien considera que los casos individuales y las consecuencias que estos tengan para las personas implicadas –incluidos los menores– decaen ante la fuerza de la reivindicación, de la lucha y de la bandera de una causa justa. Una bandera que enarbolan otros por subrogación.

Siempre he defendido la licitud moral de la desobediencia civil para conseguir cambios en el sistema y arañar derechos y libertades. Sucede que tengo claro qué es la desobediencia civil y qué no. He visto mucho lío con eso así que, sin afán de convertir a nadie y solo con el ánimo de poner sobre la mesa todos los argumentos, voy a repasar el concepto.

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Juana no está en mi casa

No, Juana no está en mi casa. Es una pena porque allí donde se encuentre creo que no la están ayudando como es debido. Si Juana hubiera estado en mi casa, la habría intentado convencer con todas mis fuerzas de que no asumiera el error fatal de cometer un delito. Ahora ya es tarde. Cometer un delito y convertirse en prófuga de la justicia penal era la peor elección que podía hacer, sobre todo por sus hijos. Ahora los ha convertido en rehenes de su condición de huída y se arriesga a ser castigada con entre dos y cuatro años de cárcel y a ser inhabilitada para ejercer la patria potestad sobre ellos entre 4 y 10 años. ¿Qué va a ser entonces de sus hijos? Si Juana ingresa en prisión o si pierde la patria potestad perderá a sus hijos durante un largo periodo. ¿No es eso lo que intenta evitar a toda costa? ¿Quién piensa que eso es lo mejor para ellos? ¿Cómo quienes la rodean y tienen conocimiento penal no la han conseguido convencer de la magnitud del error que está cometiendo?

No, Juana no está en mi casa. No está tampoco en casa de ninguno de los bien pensantes que se levantaron poniendo un hashtag que les hace sentirse humanos y empáticos pero que no responde a una verdadera reflexión informada sobre la cuestión. Muchos de los que lo han hecho también fueron Charlie, aunque después han demostrado una y otra vez no entender de qué va la libertad de expresión. Algunos fueron incluso activistas de las primaveras árabes y ahora no sabrían decir qué ha pasado después en aquellos países. Ni les importa. En el mejor de los casos, muchos han compartido su empatía y su comprensión, su humanidad y su compasión con el dolor de Juana, pero quizá sin pensar en que los actos individuales, cuando devienen en masivos, pueden tener consecuencias. Una de ellas, sobre la que merece la pena reflexionar, es la de hacer creer a esta mujer —cuya confusión, dolor y aturdimiento todos podemos comprender— que con un apoyo mayoritario de la opinión pública puede luchar contra el sistema legal. Otra hacerle que sienta que sus decisiones, como ahora la de convertirse en una prófuga de la Justicia, se verán atenuadas por el respaldo popular. Y eso, hay que decirlo clara y rotundamente, es mentira. Mentira. Al final cada uno volverá a su vida y Juana quedará a solas con la suya y con la consecuencias de su actos. Así funciona la realidad y así debe funcionar.

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Del café al porro

No se si he contado alguna vez que a mí me parió una vasca de rompe y rasga. De las que bebía al higuillo de bota o porrón como una diosa, sin tocar pitorro, pero luego apartaba a sus crías con garbo de cualquier sustancia que pudiera entorpecer su sano desarrollo. En casa por no tomar, no se tomaba ni cafeína. Un día mi hermana más pequeña salió con unas amiguitas, por primera vez sola, y al volver mi ama le preguntó qué había tomado. "Un café con leche", dijo la inconsciente criatura. Jamás pensó la que podía caerle encima. "Sigue, sigue así que del café con leche al porro no hay más que un paso", afirmó rotunda. Fue un momento inolvidable. Nos estuvimos descojonando de ella toda la vida (ay, madre, como vive tu recuerdo en mí). No, no me he vuelto loca. Es que hacía mucho que no me reía tanto. Hasta que llegó ayer Martínez–Maillo a devolverme la carcajada. "El problema no son los niñatos, sino aquellos que no condenan estos actos vandálicos, porque se comienza tirando confetis como en Baleares y se acaba quemando autobuses como la kale borroka en el País Vasco". Y es que no puede uno sino partirse el cuajo. Del café al terrorismo, di que sí, muchachote.

Es lo que tiene la gente de derechas –que mi madre no lo era– que son una fuente perfecta de chascarrillos. Lo malo es que sus chistes duelen. Toca ahora estigmatizar cualquier protesta contra la turistificación o la masificación de un turismo insostenible que daña ya en muchos casos los intereses de los habitantes del territorio. Y es que no les duelen prendas a la hora de pregonar que cualquier cosa que dé dinero ha de ser reverenciada sin cuestionamiento ninguno. El turismo es la principal industria de España así que nos quieren así, abiertos de piernas, para recibir todo lo que llegue, hasta donde llegue y a pesar de lo que nos hiere. Y no se les ocurra ni rechistar. Sobre todo rechistar porque de rechistar a acabar en prisión preventiva como FIES puede acabar habiendo un paso. No voy a poner ejemplos, pero ya he oído hablar de terrorismo varias veces después de unas pintadas en un bus, un poco de confeti, unas ruedas pinchada y un tanto de humo. Si algo da dinero es intocable. Si algo da mucho dinero es sagrado. Así funciona la lógica neoliberal.

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Posverano

Parecería el de 2017 el primer verano normal desde hace años. Un verano en el que los españoles vuelven a viajar, las ciudades se vacían y la pregunta inacabable versa sobre las ansiadas vacaciones. Un verano en el que no estamos a la espera de gobierno, ni tendremos elecciones a la vuelta. Los políticos se han ido a descansar, lo que implica que las guerras y las alianzas pueden esperar. Las estrellas se han ido de vacaciones y esa es la señal inequívoca de que en agosto no se espera ningún notición decisivo y de que habrá que volver a darle al magín para encontrar temas con los que conformar una agenda de actualidad.

El país parece volver a bostezar, distendido y alejado de su propia realidad mientras sólo la irrealidad acecha a los que aún se afanan por calles desiertas y metros holgados. La normalidad parece haberse instalado de nuevo en nuestras vidas pero ¿acaso no es el ser humano el animal más flexible a la hora de convertir cualquier horror en cotidiano?

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Abiertos en canal

Con lo que les voy a contar, se les van a abrir las carnes. Esta semana un grupo de profesionales detectó un agujero de seguridad en el sistema a través del cual se vehiculan todas las relaciones entre los operadores jurídicos y los órganos judiciales. Abreviando, el sistema informático por el que los abogados presentan sus escritos, los juzgados comunican resoluciones o policía y guardia civil notifican o solicitan permisos a los jueces. Lexnet se llama el invento. Un sistema obsoleto que el Ministerio controla y que "vende" como una modernidad aunque, en realidad, es un peligro constante para los derechos de los ciudadanos y para la separación efectiva de poderes. Esta semana se comprobó que cualquiera con acceso al sistema podía entrar en las carpetas de los demás. ¿Se imaginan? Sólo tenía que cambiar su ID por el de otro. Un abogado en las de otros, la policía en las de los abogados y así...

El fallo de seguridad, que dejó al descubierto también los datos de millones de ciudadanos, no fue detectado por el Ministerio. ¡Qué va! Todo fue mucho más kafkiano. El decano de los abogados de Cartagena, José Muelas, tuvo que ingeniárselas para conseguir, mediante amigos, el teléfono del subdirector general de Justicia, al que al final le pudo contar que el sistema que gestiona la información procesal estaba "abierto en canal". Finalmente el Ministerio cerró el servicio y a las cinco horas notificó que el problema estaba arreglado en una nota en la que casi parecía que el fallo de seguridad había venido bien para reforzar el sistema en un tiempo record. Además, el Ministerio informaba de que "no se habían producido accesos indebidos". Lo cual no podía ser cierto puesto que Muelas había realizado accesos indebidos, con permiso, para comprobar el fallo. Nos piden pues un acto de fe basado ya en una mentira. Es la única posibilidad porque el Ejecutivo controla el sistema que además opera con un sistema de código cerrado que no puede ser auditado desde el exterior. El Gobierno podría controlar, espiar o manipular los documentos que se mueven entre jueces y abogados pero nos dice que no lo hace. No queda otra que creérselo o salir tarifando del país. ¿Desde cuándo existía este agujero?, ¿se ha utilizado?, ¿por quién? Nadie más que el Gobierno puede responder a esto y nadie puede confirmar si mienten. ¿Les parece aceptable?

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¡Venga, que nos vamos...!

Ayer se echó una palada de tierra más sobre la confianza de los ciudadanos en la Justicia. Imparcialidad, independencia e igualdad fueron revolcadas y maltratadas por igual a los ojos de millones de personas en riguroso directo. Los jueces de la Audiencia Nacional, encabezados por el presidente del atípico órgano y seguidos por el tribunal enjuiciador con Hurtado al frente, dieron un espectáculo de sometimiento al poder político inaudito e insostenible.

Todo fue anómalo, preparado, forzado para salvar la cara de un testigo que es presidente del Gobierno y que tiene mucho poder, incluso sobre su futuro. Las normas procesales y los usos del foro existen para preservar los conceptos, los derechos, la igualdad de armas, el buen fin del proceso. Desgraciadamente para la Justicia española ayer, un grupo de magistrados decidió hace primar sus decisiones personales sobre el bien superior que supone preservar la idea de la imparcialidad ante la sociedad a la que sirven. Una cortina de falsos argumentos amparó el trato descaradamente favorable a los intereses de una persona: Mariano Rajoy.

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Polonia no es Catalunya

Ya que la mayor parte de los lectores están de vacaciones o a punto de irse, voy a llevarles de viaje hoy. No será un tour demasiado agradable pero es sin duda necesario. Y no voy a llevarles a Venezuela porque tenemos problemas más graves, más cercanos y que nos deben inquietar más, aunque cualquiera lo diría a tenor de la inmersión en los asuntos de allende los mares que quieren realizar algunos.

Vamos aquí, más cerquita, a uno de los problemas más peliagudos que se ciernen sobre la Unión Europea y que tiene una peligrosa similitud con algunas de las cuestiones que suceden en nuestro país. A mí esto sí que me preocupa mucho. Vénganse conmigo a Polonia. Polonia no es Catalunya sino un país de nuestro entorno que es la séptima economía de la Eurozona y que, por peso demográfico, es el más similar a España. Quiero explicarles cómo el partido ultraconservador Ley y Justicia -sí, siempre eligen estos nombres tan paradójicos- está llevando a cabo una involución que aleja a Polonia de los estándares democráticos y cómo ha llegado a un punto en el que tanto la ciudadanía, que ha salido en masa a la calle, como la Unión Europea consideran que se rebasa una línea inadmisible. El partido que gobierna Polonia con mayoría absoluta ha aprobado tres leyes que controlan al Poder Judicial sin ningún rebozo. Síganme porque se van a estremecer.

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Testigo bajo palio

¿Qué pinta un magistrado presidente de un alto tribunal abriendo la puerta de un coche para acompañar a un testigo hasta la sala de vistas?

Aún falta una semana para que Rajoy preste declaración ante el tribunal de la Audiencia Nacional que enjuicia la corrupción de su partido y ya es evidente que no lo hará como un ciudadano más.

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