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Periodismo a pesar de todo

Isaac Rosa

Sevilla, 1974. Escritor, autor de novelas como "El vano ayer" (Premio Rómulo Gallegos 2005) y "El país del miedo", ha colaborado en varios medios de prensa escrita, digitales y radio. Su última novela es "La mano invisible".

Después de las europeas

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No vamos a tener días bastantes después de las europeas para todo lo que habrá que meter en la agenda. Últimamente, cada vez que pregunto por una decisión política pendiente, siempre escucho la misma respuesta: “después de las europeas”. Solo falta aullar, a la manera del viejo Hermano Lobo.

Después de las europeas pasarán por el Congreso las leyes más polémicas, todas esas patatas calientes que se han ido retrasando a propósito, y que no sabemos si acabarán en el cajón, retocadas o aprobadas tal cual están, sin complejos. Después de las europeas llegarán al Congreso las leyes más macarras de esta legislatura: la del aborto y la de seguridad ciudadana.

Después de las europeas habrá movimientos decisivos en el tema catalán, tanto desde Cataluña como desde Madrid. Estaremos a pocos meses de la Diada y del 9 de noviembre, el PP ya no temerá perder votos por el flanco derecho, el PSOE sabrá cómo de profundo es su suelo, y para todas las partes será el momento de hacer algo más que presentar informes de futurología. Después de las europeas habrá hasta propuesta ¡de reforma constitucional! La acaba de anunciar Rubalcaba, como respuesta al soberanismo catalán, para avanzar hacia el estado federal, aunque ya veremos si se le ocurre algo más que la genial idea de convertir el Senado en cámara autonómica.

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Billy el Niño da las gracias por ser español

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Foto: Álvaro Minguito/DISO Press

Billy el Niño es español, y puede dar gracias por ello. De haber torturado al servicio de otra dictadura, en otro país, quizás no habría tenido la vida plácida de que ha disfrutado en los últimos cuarenta años, no habría saludado burlón al salir de la Audiencia Nacional tras haberse sentado unos minutos en un banquillo por primera –y seguramente última- vez en su vida.

Si por ejemplo hubiese sido portugués, habría corrido la misma suerte que sus colegas de la PIDE, la policía política salazarista. Tras la Revolución de los Claveles los represores fueron depurados, señalados, en algunos casos juzgados y condenados, en otros incluso perseguidos y golpeados en las calles por quienes hasta entonces habían vivido aterrorizados.

Si Billy el Niño hubiese torturado al servicio de la dictadura argentina, o de la chilena, no habría ley de amnistía que lo protegiese. Sus víctimas lo habrían sentado en el banquillo años atrás, sin necesidad de buscar justicia en otros países, y habría recibido una severa condena. Además, el edificio donde torturaba a los detenidos sería hoy un lugar de la memoria, para conocimiento de futuras generaciones. Prueben en cambio a encontrar alguna placa que recuerde a las víctimas en la fachada del edificio de la Puerta del Sol donde reinaba González Pacheco.

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¿Y si votamos todos en la consulta?

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La consulta catalana no puede celebrarse porque es ilegal, inconstitucional, e incompatible con la soberanía de todos los españoles. Esas son las tres cartas que el gobierno y sus aliados manejan desde hace meses, y con esas mismas tres cartas se sentarán a la partida de esta tarde en el Congreso.

Tres argumentos que se pretenden sólidos, de acero, irresistibles, pero que en realidad son bastante endebles: una excusa para convertir en un asunto técnico, jurídico, lo que es claramente un asunto político. Es decir: no es que no se pueda, es que no quieren.

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El rey que no daba golpe

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El rey en el discurso de la noche del golpe del 23F retransmitido por TVE.

Pese al mucho revuelo, lo cierto es que el libro de Pilar Urbano no dice nada que no hubiésemos oído o leído antes. Las dos tramas del golpe, la Operación Armada, el gobierno de concentración junto al PSOE, el papel dudoso del rey y las horas que tardó en aparecer el 23F, todo eso está ya investigado y contado en no pocos libros. Siempre suelo recomendar el mismo, pero es fundamental: Soberanos e intervenidos, de Joan Garcés, donde además documenta la implicación exterior, sobre todo norteamericana.

Pero ni siquiera es necesario haber leído esos libros: basta un vistazo a la hemeroteca de aquellos meses, pues el ruido de sables, las conspiraciones en marcha, los nombres de los implicados, aparecían a diario en toda la prensa en los meses previos al golpe. En serio, revisen prensa de finales de 1980 y principios de 1981, y verán qué poco sorprendió el golpe.

La novedad ahora, tras años de libros y reportajes pero también de chascarrillos populares sobre el “elefante blanco”, la novedad es que las alfombras se levanten desde posiciones digamos “oficiales”: una periodista nada sospechosa de antisistema, una editorial comercial y bien relacionada con el poder, y un periódico que pese a sus agujeros conspiranoicos no deja de ser un pilar del sistema.

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Ponme guapo, Montoro

Hoy arranca la campaña de la renta, y yo estoy pensando pedirle al ministro Montoro que si tiene un rato libre me eche una mano con mi declaración. Si me la hace él, estoy seguro de que me sale a devolver, y hasta me devuelven por los años anteriores en que me salió a pagar. Basta que aplique sobre mis ingresos y retenciones el mismo método que usa con las cuentas públicas este genio de los números.

Este año lo ha vuelto a hacer. Ha logrado que el déficit público sólo se pase unas centésimas del autorizado por Bruselas: el 6,62% frente al 6,5% que nos marcaron como objetivo para 2013. Visto lo visto, yo no me apostaría una cena a que en 2015 no cumpliremos el 4,2% a que estamos obligados. Parece una locura recortar en dos años otros 25.000 millones para llegar a ese 4,2%, pero con Montoro nada es imposible. El mago de Hacienda es capaz de conseguir el superávit en un par de años más. Y con bajada electoral de impuestos, ya verán.

Qué digo un par de años. En realidad ya hemos conseguido superávit, lo que pasa es que las autoridades europeas son muy quisquillosas y no nos lo reconocen. Ayer Montoro anunció eufórico que ya tenemos "superávit estructural primario", lo que traducido significa que, si no contásemos la deuda pública, los intereses y los efectos de la crisis, estaríamos ya en superávit. Sólo un quisquilloso se pone a mirar la deuda, los intereses, la crisis y otras minucias milmillonarias.

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Desarmar a los violentos

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Foto: EFE

Es urgente desarmar a los violentos antes de que ocurra una desgracia. Y puestos a desarmar, empecemos por quitarle la pistola a los policías que intervienen en protestas ciudadanas. Lo digo muy en serio: después del calentón de estos días, viendo que ya ha habido dos armas desenfundadas, y a la vista del estado de ánimo de algunos agentes, es una irresponsabilidad que en la próxima manifestación los antidisturbios lleven un arma de fuego en la cartuchera.

En ninguna manifestación de los últimos años ha habido necesidad de disparar. Tampoco en la del pasado sábado, donde por mucho que se repita no estuvo en riesgo la vida de ningún policía. No más de lo que lo haya podido estar la vida de muchos manifestantes en estos años, cuando un porrazo o un pelotazo mal dados podían haber causado más que heridas. Las unidades antidisturbios tienen recursos suficientes para neutralizar cualquier situación sin necesidad de disparar, así que dejen las pistolas en el armero antes de ponerse el casco la próxima vez, y nos ahorramos accidentes.

El siguiente paso en el desarme de los violentos es el desarme verbal, para desactivar esa otra violencia: la de quienes desde el sábado repiten una y otra vez que se está rifando un muerto, que los “violentos” buscan un policía muerto o un cadáver propio para incendiar más la calle, e insisten en informaciones que se acaban demostrando falsas, pero que siempre contienen el mismo lenguaje: matar, muertos.

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Lo de siempre

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Foto: Javi Julio


¿A quién le sorprendió lo que pasó el sábado al final de la manifestación? Mientras acompañaba una de las marchas durante el día, comenté y oí comentar varias veces: “Al final pasará lo de siempre, que reventarán la mani y nos quedaremos con las imágenes de los incidentes”.

Lo de siempre. Desde el momento en que la Delegación del Gobierno anunció un despliegue policial pocas veces visto, y alertó de la presencia de violentos, se puso en marcha la habitual profecía de autocumplimiento. Que por supuesto se cumplió. Y una vez más, hoy la delegada y sus afines pueden repetir lo de “ya lo dijimos”.

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La Transición ha muerto (en la cama)

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Adolfo Suárez era la Transición, y la Transición era Adolfo Suárez. La identificación entre el proceso político y su principal conductor ha sido total en el relato oficial, hasta fundirse ambos en una sola criatura.

A la manera de Dorian Gray, Suárez era el retrato de la Transición, y lo que le ocurría a esta tenía consecuencias sobre él. Durante cuarenta años hemos podido seguir la evolución de la Transición mirando a Suárez, su envejecimiento, su salud, su deterioro. Su amnesia.

Así, en los primeros años tras la muerte de Franco, Suárez aparecía radiante como la joven Transición, nervioso como ella, enérgico, ilusionante, y a la vez sufría en su carne los sobresaltos del proceso, inseparable de su suerte. De ahí que las intrigas de unos y otros le golpeasen directamente, las corrientes subterráneas que dirigían el rumbo de la nueva democracia le arrastraban a él también, y los límites alambrados de los que no debía salirse el proceso se acabaron convirtiendo en su encierro.

La temprana decadencia política de Suárez coincidió con el temprano declive del “espíritu de la Transición”: los años del llamado “desencanto”, los ochenta, cuando bajo los primeros gobiernos socialistas llegó la resaca y muchos comprobaron que la democracia resultante tenía demasiados agujeros, que la ruptura con la dictadura había mantenido zonas de continuidad y espacios de impunidad, que la parte social de la Constitución era papel mojado desde su propia escritura, y que la memoria de las víctimas y los resistentes quedaba atrás. En esos años de desencanto, mientras la Transición perdía brillo y no tenía quien la defendiese, Suárez arrastraba los pies por los pasillos del Congreso, abandonado por los suyos, capitán de una barquita como el CDS, él que había pilotado el gran buque durante unos pocos años. Se convirtió en el primer juguete roto de su generación.

Tras unos años en que nadie se acordaba de él (como nadie se acordaba de la Transición), a mediados de los noventa, con la vuelta de la derecha al poder, comienza la operación de canonización, por partida doble: de la Transición, y de Adolfo Suárez, profundizando en esa identificación entre ambos. Victoria Prego fija en imágenes el relato oficial, llegan los homenajes y aniversarios, y el primer gobierno de Aznar se aplica a fondo en esa versión idealizada y orgullosa de la Transición, que incluye la rehabilitación de Suárez, para el que se suceden los homenajes, incluido el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia.

En esos años, finales de los noventa, la derecha necesita construirse su propio pasado democrático, a la vez que poner dique al creciente movimiento ciudadano de recuperación de la memoria histórica. Y para eso echa mano de la Transición, convertida en un relato de consumo fácil, una novela perfecta que tiene todos los ingredientes para triunfar: una cronología irresistible, numerosas peripecias, momentos de intriga, héroes, villanos, y por supuesto final feliz. Para facilitar su aceptación, la Transición necesita encarnarse en un personaje, y ese es Adolfo Suárez, que se convierte en nuestro santo civil, el hombre providencial, el padre de la democracia, el valiente que no se arrojó al suelo en el 23-F. San Adolfo Suárez, la Santa Transición.

La versión oficial de la Transición triunfó durante años, y para eso necesitó la desmemoria de quienes vivieron aquel tiempo. Olvidar a los muertos de la Transición, a los torturados y a los torturadores que siguieron en los cuerpos policiales y que hoy se siguen paseando impunes. Olvidar el pasado franquista de buena parte de la clase política, judicial, empresarial y periodística, incluido el pasado franquista de Suárez. Son los años de la burbuja económica, del espejismo de progreso, y mientras la memoria de la Transición se disuelve y se sustituye por su fetiche, el cerebro de Suárez sufre un deterioro similar, comienza a perder los recuerdos, a desdibujar un pasado que él mismo ya solo podría llenar con ese relato.

Adolfo Suárez ha pasado los últimos diez años retirado de la vida pública, más o menos los mismos años que la Transición lleva perdiendo brillo, cada vez más criticada, hasta que el estallido de la crisis nos hizo mirar atrás y empezar a cuestionar también el origen de esta democracia fallida. Durante estos años ya no veíamos a Suárez, que envejecía y se descomponía en la intimidad, a la misma velocidad que el marchito relato de la Transición se iba pudriendo.

Esas vidas paralelas de Suárez y la Transición, esa identidad total entre uno y otra, hace que con la muerte del expresidente podamos decir que ha muerto también la Transición. Y para cerrar el círculo, lo hace también en una cama de hospital, como murió el franquismo.

Los homenajes fúnebres a Suárez serán también un homenaje a la Transición. Las lágrimas por él lo serán también por aquel proceso político. Y la exaltación institucional de su figura será también un último intento de dar brillo a su tiempo, de emocionarnos una vez más, para que seamos piadosos y agradecidos con Suárez y con su época. Una emoción que, de paso, nos haga desear otra Transición, esa que algunos vienen preparando.

También el juicio histórico de Suárez queda íntimamente ligado al juicio sobre la Transición. Si dentro de unos años las nuevas generaciones entierran del todo el relato oficial y construyen una versión diferente, lo mismo ocurrirá con el ex presidente. Si la Transición deja de ser un idealizado proceso de recuperación de la libertad y construcción de la democracia y el desarrollo, para ser vista como un corsé que intentó contener las mayores aspiraciones de libertad, democracia y desarrollo de los ciudadanos; si deja de ser valorada como una ruptura con el franquismo para ser leída como la garantía de su impunidad y en algunos aspectos continuidad; entonces también Suárez quizás deje de ser visto como el campeón de la democracia para ser juzgado con más severidad.

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Caminar para quitarnos el cansancio

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Si cualquiera de las cientos de mujeres y hombres que llevan semanas sumando kilómetros en las Marchas de la Dignidad dijesen que están cansados, lo comprenderíamos. El problema es quienes estamos cansados sin haber andado un solo kilómetro, quienes nos agotamos solo de pensar en el camino, quienes nos quedamos sentados o arrastramos los pies con una fatiga de años.

Ellos no, los que mañana llegan a Madrid vienen frescos, nadie diría que han caminado desde tan lejos, que llevan semanas fuera de casa. Al contrario, están más fuertes que cuando salieron, traen mejor cara, han ido cogiendo energía por el camino, de cada pueblo por el que pasaron han salido menos cansados, se han ido dejando la fatiga por el camino.

Pero míranos a nosotros, a quienes no hemos marchado junto a ellos y todavía nos estamos pensando si ir mañana sábado a recibirlos; nosotros que acabaremos yendo pero sin fuerzas, andando despacio como si nos costase cada paso que damos.

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Asuntos exteriores catalanes

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La máquina (española) de fabricar independentistas catalanes sigue funcionando a buen ritmo, y como no afloje un poco, al final no hará falta ni celebrar referéndum, porque la independencia será por aclamación.

La última genialidad es dedicar al ministro de Exteriores a defender la unidad de España. Para subrayar que el tema catalán es un asunto interno español, nada como poner al frente al ministro de Exteriores, y que sea él quien elabore los argumentarios sobre las consecuencias apocalípticas y hasta galácticas de una secesión, o que vaya al Parlament a hablar del tema. Para evitar la “internacionalización del conflicto” que siempre buscan los independentistas, nada como activar las embajadas enviando consignas a los diplomáticos, buscar a diario el micrófono más cercano para hacer paralelismos entre Cataluña y otros países, y aprovechar cada vez que te visita un ministro extranjero para hablar de Cataluña en la rueda de prensa conjunta.

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