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Isaac Rosa

Sevilla, 1974. Escritor, autor de novelas como "El vano ayer" (Premio Rómulo Gallegos 2005) y "El país del miedo", ha colaborado en varios medios de prensa escrita, digitales y radio. Su última novela es "La mano invisible".

¿Qué hay de lo nuestro?

Tras cada cambio de gobierno, desde la presidencia del país hasta el último ayuntamiento, resuena el viejo “¿qué hay de lo mío?” de quienes esperan que los suyos les recompensen los servicios prestados, cumplan sus promesas o decidan otro reparto de la tarta. El “qué hay de lo mío” es el lema del clientelismo, y el clásico estribillo de la corrupción.

El último relevo, el del pasado 24M, también tendrá sus “qué hay de lo mío”. Pero por ahora los que más se oyen, en Barcelona y Madrid, no tienen el tono esperanzado del que aspira a ganar algo con el cambio, sino el aire lastimero de quien teme perder lo que tenía, o lo que esperaba seguir ganando y ahora cree truncado.

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Sí se puede, pero solos no Podemos

Sí se puede, vaya si se puede. Nunca pensé que se pudiera tanto, que fuese posible un vuelco como el de ayer. Pero también queda claro que solos no podemos. Que solos no Podemos. Se ha podido en Barcelona, con un éxito rotundo de Ada Colau, o en A Coruña y Santiago con las irresistibles Mareas. Se va a poder, pactando con el PSOE, en Madrid y Zaragoza. El balance es impresionante, pues hablamos de varias de las mayores capitales.

Pero no se ha podido en otras: Sevilla, Málaga, Valladolid, Murcia, Córdoba, y muchas otras ciudades donde no se logró una candidatura popular y unitaria como las que han acabado triunfando en Barcelona, Madrid o las capitales gallegas. Los desencuentros desgastaron las posibilidades electorales, y acabaron en demasiadas papeletas que competían por el mismo espacio, que no han conseguido grandes resultados por separado, y que de paso han dejado fuera de juego a Izquierda Unida.

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El alcázar no se rinde

Cuando uno quiere levantar la moral de la tropa, cerrar filas y evitar deserciones, nada como el espíritu del asedio: vienen a por nosotros, estamos rodeados. Y eso hizo el PP en su plaza fuerte de Valencia. Más que una exhibición de músculo, alentar en sus desmoralizados militantes el coraje de la resistencia: estamos dispuestos a aguantar, son muchos pero no podrán con nosotros. La derecha española tiene desde Numancia una tradicional querencia por los episodios de asedio y heroísmo, y el próximo 24M aspira a escribir un nuevo capítulo. Sabe que solo puede movilizar a los suyos apelando al miedo y a ese patriotismo de partido que se crece en la adversidad.

Hasta que entraron en el ruedo los líderes, el ambiente era festivo, nadie pensaría en un asedio. El animador ponía a bailar a los insolados militantes, lo mismo Paquito Chocolatero que Chayanne, mientras nombraba a los alcaldes presentes, cada uno llegado de su pueblo y con su gente en autocar. Un listado que casi coincidía con la lista de municipios que tiene la comunidad, muestra de la apabullante fuerza institucional del PP.

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Barcelona ja no és bona (ni socialista)

Llega Pedro Sánchez en su gira 24M a una plaza que ya no es lo que era: Barcelona. Como esos rockeros que después de haber triunfado en grandes estadios acaban haciendo acústicos en teatros y bares, así anda el PSC que ayer acogió al líder socialista. Si el secretario general del PSOE hubiese venido a dar un mitin hace solo un par de elecciones, se habría encontrado con un Palau Sant Jordi desbordado (en 2008 hubo guerra de cifras: que si 20.000, que si 40.000), mientras que este martes se encontró con un pequeño recinto del Forum que llenaron varios cientos de voluntariosos militantes. Antes de empezar, los de la única grada trataron de hacer una ola que, por pequeña, daba ternura, y se imaginaba uno lo que sería esa misma ola como tsunami en el Sant Jordi de los buenos tiempos. “Hijo mío, antes todo esto era socialismo”, podía haber dicho uno de los muchos veteranos que elevaron la edad media del acto. Y el tono de buena parte de las intervenciones que precedieron a Sánchez fue por ahí: una mezcla de nostalgia y estupor ante la debacle de un partido que, tras gobernar durante casi toda la democracia el ayuntamiento de Barcelona, hoy se ve en las encuestas relegado al cuarto, quinto y hasta sexto puesto, y no mucho mejor en los sondeos para autonómicas pese a haber gobernado varias legislaturas. Por cierto, en la primera fila estaba sentado el ex president José Montilla, del que no se acordó ninguno de los oradores al hacer recuento de los éxitos socialistas. Ahí apareció Pedro Sánchez, en un PSC en sus horas más bajas, que llena apenas un salón del Centro de Convenciones de Barcelona, y gracias a los autocares llegados de la provincia. No sé si fue la mejor opción, para un partido tan deprimido como el PSC, ponerle como sintonía de mitin el ‘Jump’ de Van Halen, inspirada en un suicida que iba a saltar de un puente.

De ahí que la mayor parte del mitin se dedicase a recordar “lo que hicimos los socialistas” en Barcelona y Cataluña. Empezando por el propio lugar del acto, el Forum que rehabilitó urbanísticamente una zona degradada de una Barcelona que hasta entonces “vivía de espaldas al mar”, recordó el actor Abel Folk, conductor del acto. Quienes precedieron a Sánchez hicieron recuento del legado socialista, de lo mucho que los ayuntamientos, la Generalitat y el gobierno central han hecho por Barcelona en décadas. Nadie lo dijo, pero en todas las intervenciones resonaba la misma pregunta triste: “¿cómo es posible que con todo lo que hemos hecho nos veamos así?”. Mientras enumeraban los éxitos y el orgullo de ser socialista (“que se lleva en el corazón”, dijo la alcaldesa de L’Hospitalet, Nuria Marín), resonaba la intensa lluvia sobre el tejado, como un diluvio que hubiese arrasado al PSC y dejase aislados allí dentro a los últimos supervivientes, entregados a “la nostalgia de una edad feliz/y de dinero fácil tal como la contaban”, que decía Gil de Biedma en el poema del que tomo el título. El propio Sánchez, contagiado del ambiente lastimero, se unió a la terapia e hizo memoria de todas las leyes, reformas y derechos que trajeron los socialistas en Cataluña y España. Pero mientras los catalanes celebraban su acto más multitudinario de esta campaña (así lo dijo su primer secretario, Miquel Iceta), Sánchez llegaba con el recuerdo fresco del llenazo dos días antes en Valencia. Así que, aunque ahora tocase en acústico en un recinto pequeño, levantó la voz como si estuviese en el Sant Jordi de los buenos tiempos. Sánchez, con su imprescindible camisa blanca, hizo a los barceloneses el mismo número que ha ido rodando en esta campaña, y que cada día le sale mejor: una mezcla de risas, cabreo y emoción, para que vibre el pabellón con aplausos y banderolas. Las risas las pone siempre su alter ego, el muñeco bobo que saca en todas sus actuaciones: Rajoy. El líder socialista usa al presidente del gobierno para que la gente se ría. Les cuenta “la última de Rajoy”, “una de sus perlas”, y nada más mentarlo ya hay risitas. Pero cuidado, que solo quiere que te rías para luego sacudirte con un endurecimiento del discurso que te rompe emocionalmente para que solo puedas gritar y aplaudir: Rajoy ha dicho no sé qué tontería (risas, risas), y a continuación unas palabras duras sobre las familias que lo están pasando muy mal, cóctel perfecto para levantar al auditorio cabreado. La emoción la pone el cansino storytelling que no puede faltar en ningún mitin: Sánchez siempre se acuerda de tal o cual persona que ayer le preguntó esto o le contó lo otro. Unas veces toca Juana, otras Valeria, y en Barcelona fue un trabajador que en Móstoles le había confesado sus penurias por culpa de la precariedad, ejemplo perfecto para ilustrar “lo que Rajoy llama recuperación del empleo”. A partir de ahí, Sánchez propuso un “pacto entre generaciones” para situarse entre quienes priman la juventud (por Albert Rivera) y los que son solo pasado (el PP). Para terminar, tras un par de menciones desganadas a la “España federal” de la que el PSOE lleva décadas hablando, y unas pocas expresiones ingeniosas pero que sonaban demasiado a argumentario, Sánchez pidió silencio para concentrarse en la única frase que dijo en catalán. Mucha expectación para acabar soltando un soso “Barcelona se merece un alcalde de progreso”. Sánchez da bien en público, es muy telegénico y se sabe todos los recursos del buen mitinero. En Barcelona solo tuvo un problema: que no cerró el acto, y tras él habló el candidato del PSC al ayuntamiento de Barcelona, Jaume Collboni, un brillante y vibrante orador que empequeñeció a Sánchez, lo hizo parecer un telonero esforzado a su lado. Collboni, que levantaba la voz como si estuviese en un Sant Jordi abarrotado, insistió en recordar el pasado memorable del socialismo catalán y reivindicar el orgullo de ser socialista, y lanzó pullas a Colau (“soberbia”, la llamó). Mostró fuerza y convicción, y levantó más a la militancia que Sánchez. Parece Collboni un candidato que mereciera no ya un recinto más grande, sino un partido más grande. Aparte de Colau, los nuevos contendientes, Podemos y Ciudadanos, no fueron mencionados directamente aunque estuvieron presentes en las repetidas referencias de los oradores a quienes vienen de “platós de televisión”, “venden crecepelos” y otras indirectas obvias. En cuanto al soberanismo y el proceso catalán, como si no existieran, reducidos a la fórmula facilona de los “patriotas que confunden patria con patrimonio y se lo llevan a paraísos fiscales”, aunque a Pujol solo se le nombró una vez en toda la noche. Al terminar, Pedro Sánchez se dejó besar, abrazar y “selfiar” durante una larga media hora, en manos de una militancia muy falta de cariño. A la salida, la lluvia impuso desbandada y afeó la herencia socialista del Forum, subrayando el carácter poco humano de todo este urbanismo que dice ser “marca Barcelona”.

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La primera piedra

Ah, aquellas primeras piedras con que los gobernantes empedraban los meses previos a las elecciones. ¿Las recuerdan? Pocas cosas le gustan más a un alcalde que ponerse el casco de obra y empuñar la paleta para echar unos grumos de cemento sobre la primera piedra. Con solemnidad, como quien levanta una pirámide, con ese aire rancio de No-Do, a menudo con presencia de las “fuerzas vivas” y hasta el obispo asperjando el pedrusco con agua bendita.

Los años de la burbuja dejaron un gran álbum de primeras piedras. Hospitales, escuelas, autovías, pero también museos sin contenido, aeropuertos fantasma, kilómetros de AVE, estadios olímpicos, calatravadas, ciudades de la justicia, de las artes, de las ciencias, de la cultura y de la leche. Los ponepiedras no se perdían una, incluso privadas: fábricas, rascacielos de oficinas, centros comerciales, cualquier cosa que levantase un palmo del suelo exigía una primera piedra preciosa.

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El Ministerio del Tiempo se carga el 15M

En la próxima temporada de El Ministerio del Tiempo, la vicepresidenta del Gobierno ordena a un comando especial que viaje de vuelta a 2011, y se cargue el 15M. Siguiendo sus órdenes, varios agentes aparecen en la Puerta del Sol en la noche de hace cuatro años y, disfrazados de antidisturbios, desalojan a los cuarenta pioneros que pretendían pasar la noche en la plaza. Los indignados se van a casa a dormir, no hay convocatoria en redes sociales, no acude nadie al día siguiente, y la historia toma un curso diferente.

¿Sí? ¿Y qué curso sería ese? De vuelta a 2015, ¿ya no habría crisis política, ni candidaturas ciudadanas disputando ayuntamientos, ni Podemos, primarias abiertas y exigencia ciudadana de transparencia y participación? ¿Estarían Rodrigo Rato y los suyos más tranquilos, al no haber existido un 15MpaRato que pusiera la querella inicial? ¿Habría tenido Rajoy una legislatura más tranquila, sin mareas ni tantas otras protestas? ¿Felicitaría la vicepresidenta a sus agentes, y se prepararía para disfrutar una próxima victoria electoral?

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El sociólogo mató a la estrella de la economía

¿En qué momento los sociólogos sustituyeron a los economistas como estrellas mediáticas? En el momento en que la crisis económica perdió protagonismo en España a favor de la crisis política. Apuesto a que muchos de ustedes son capaces de nombrar un par de sociólogos, igual que antes reconocían por la calle a no pocos economistas.

Recuerden hace dos, tres años: los economistas eran los “expertos” por antonomasia, y llenaban páginas informativas y minutos de radio y televisión con sus análisis y predicciones. En cada tertulia había siempre uno en el estudio y varios calentando en la banda, y les ponían una pizarra para explicarse mejor. Mientras, los espectadores vivíamos pendientes de la prima de riesgo y de las predicciones económicas de todo tipo de organismos, y nos habíamos familiarizado con la jerga economicista. Tanto que en cada español había un economista además del tradicional seleccionador nacional.

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España está ingobernable, quién la gobernará...

Ingobernabilidad: apréndanse la palabreja y vayan practicando el trabalenguas, porque lo vamos a oír repetido muchas veces en las próximas semanas: España está ingobernable, quién la gobernará, el gobernante que la gobierne buen gobernante será.

El sondeo de ayer del CIS refuerza lo que medios, analistas y dirigentes políticos vienen avisando hace meses: que tras el 24M no habrá quien gobierne unos parlamentos y ayuntamientos fragmentados (apunten esa otra: fragmentación), y lo mismo pasará en el Congreso tras las generales: ingobernabilidad. Fragmentación. Caos.

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Te grabaron cuando cobrabas mordidas, y lo sabes

Así es: mientras cobrabas una mordida por facilitar una licencia o amañar un concurso público, te grabaron. Se te oye perfectamente, es tu voz. Y si te empeñas en negarlo, que sepas que también hay vídeo. Y eres tú, sin duda.

Eh, tú también. Sí, tú, el que desviaba dinero público y favorecía a empresarios amigos. No te hagas el tonto. Todas tus conversaciones telefónicas se grabaron. Todas.

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Si los trabajadores de Movistar pueden, ¿por qué nosotros no?

Como es Primero de Mayo, un, dos, tres, responda otra vez: tú, trabajador, trabajadora, ¿por qué no luchas por tus derechos? “Soy precario, si protesto me despiden o no me renuevan”. “Necesito este sueldo de mierda, no puedo arriesgarme a que me echen”. "Con lo que me ha costado encontrar trabajo, y todo el paro que hay, calla, calla". “Hay muy poca solidaridad, siempre habrá alguien que haga tu trabajo si decides plantarte”. “Los sindicatos ya no sirven para nada”. “Las huelgas son cosa del pasado”. “A mí que me cuentas, yo soy autónomo, bastante tengo con lo mío”.

Así es. Muchos hemos asumido que la lucha obrera, el sindicalismo, la solidaridad, la protesta, la negociación o la huelga son cosas del pasado, un lujo que ya muy pocos trabajadores pueden permitirse.

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