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Hasta aquí han llegado

Parecía que el bipartidismo se hubiese juntado por última vez ante los españoles para escenificar su sainete de matrimonio mal avenido que, en el fondo, no puede vivir separado. Todo tenía el aire de fin de fiesta. Como dijo Rajoy, hasta aquí han llegado.

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Las canas de Manuel Campo Vidal han sido el mejor reloj del envejecimiento del debate a dos. Ahí estaban de nuevo PSOE y PP, como en aquel primer cara a cara de González y Aznar en 1993, con el mismo moderador pero veintidós años más viejo y su cabello y el inconfundible bigote nevados por el tiempo. Fue verle y no poder evitar la sensación de que a los debates bipartidistas les habían caído de repente encima un montón de décadas. Todo olía a pasado, desde el presentador al plató, tan plano que parecía que la tele hubiera vuelto al blanco y negro. Faltaban al menos los otros dos partidos que se disputan el gobierno, por no hablar del tercero nacional que parece tendrá representación. Por faltar, faltó hasta la cabecera del NODO para que estuviéramos todos.

A punto estuvo de no comparecer Rajoy que ha calentado banquillo mientras salía Soraya al campo de los debates a hacerle el trabajo sucio. El presidente se ha pasado la legislatura cumpliendo aquella frase de Sabino Fernández Campos sobre Armada el 23F: “Ni está ni se le espera”. Ayer fue, pero no estuvo. No estuvo bien, no estuvo centrado, estuvo torpe, como ausente. Parecía que no fuera con él como le pasa con tantos problemas propios y ajenos. Es lo que tiene pasarte cuatro años metido en un plasma y huyendo de las preguntas de los periodistas por la puerta de atrás del Congreso, que cuando te enfrentas a un debate cerrado en un ring, te pilla desentrenado. Me imagino a Soraya, calentando en la banda y enviándole al presidente un mensaje de ánimo: “Mariano, sé fuerte”.

El aspirante, sin embargo, venía a darlo todo porque era su última oportunidad de reivindicarse como alternativa y poner freno al descenso que le dan las encuestas.Así que después de unos inicios titubeantes, esperó su momento, o sea, la corrupción y atacó con todo la artillería de Bárcenas, los discos duros, la Cospedal y un inesperado mamporro: “Señor Rajoy, usted no es un político decente”. Hasta que no recibió ese guantazo, paradójicamente el presidente no volvió en sí. Se tambaleó como si no esperase que le hablasen del amigo Luis. Le cambió la expresión cansada y el tic nervioso del ojo por otra de tipo duro, con los ojos fuera de las cuencas, entrando de una patada en el salón de un western. De un spaghetti western, mejor dicho, porque el presidente seguía moviéndose a cámara lenta.

“Hasta aquí hemos llegado”, dijo Rajoy que no se sabía si iba a propinarle puñetazo a Sánchez o se iba a levantar para marcharse y a acabar la pelea a los puños en la calle. Por un momento soñamos que así fuera y pusiese fin al aburrimiento. Pero no hubo suerte. Le respondió indignado llamándole varias veces “ruin, mezquino y miserable” mientras miraba el papel, como si hubiese apuntado las palabras. Esta vez sí entendió su letra. En resumen: no me insulte que ya le insulto yo. A partir de ahí, el debate se convirtió en una pelea de bar al estilo Bud Spencer y Terence Hill, con ambos rivales repartiendo bofetones y echándose en cara sus respectivos pasados. Un debate sin futuro.

 Pero no fue un clásico “y tú más”, no nos equivoquemos, fue un “y tú menos”. Tú les dejaste menos pensiones que yo. No, fuiste tú el que les dejó sin nada. Pues anda que tú que les quitaste todo. Y así. El bipartidismo compitiendo por ver quién lo había hecho menos mal. Un espectáculo tan triste y decadente como el decorado. Por iniciativa, juventud y firmeza ganó Pedro Sánchez que consiguió lo que no logró ni un parlamento ni mil manifestaciones: sacar al gallego impasible de sus casillas. Pero para hacerlo tuvo que tirar de navajazo. Ganó pero fue feo. Ruin, mezquino y miserable, como casi todo el debate que tuvo mucho de reproche de pareja que se está separando y nada de enamorar al espectador con un futuro ilusionante.

Parecía que el bipartidismo se hubiese juntado por última vez ante los españoles para escenificar su sainete de matrimonio mal avenido que, en el fondo, no pueden vivir separados. Todo tenía el aire de fin de fiesta. Españoles, la Transición ha muerto. Ahora sí. Bienvenidos a la siguiente. A partir de ahora, tendrán que compartir el escenario con más actores, los verdaderos ganadores de la noche, que ganaron sin ir, sin mancharse en la pelea de barro. Quedaron como señores siempre dispuestos a debatir pero sin las bajezas de sus mayores que acababan de despedir su duopolio con un espectáculo bastante lamentable. Como dijo Rajoy, hasta aquí han llegado.

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