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“Tras el concepto de smart city se encuentra una ideología muy concreta: la del consumismo”

El pensador bielorruso Evgeny Morozov inaugura el ciclo de conferencias Ciudad Abierta del CCCB con el debate Democracia, Internet y Ciudad.

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Evgeny Morozov, en el CCCB

Evgeny Morozov, en el CCCB

Ante un Hall del CCCB lleno, Evgeny Morozov y Joan Subirats protagonizaron el lunes la conferencia inaugural del ciclo Ciudad Abierta bajo el título Democracia, Internet y Ciudad. Subirats, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Barcelona, introdujo el tema de la conferencia recogiendo la idea de los analistas que afirmas que nos encontramos delante de una 3ª revolución industrial gracias al auge de las tecnologías smart y las inovaciones en materia energética. A pesar de las resonancias positivas que esto pueda tener, parece que estos cambios podrían avanzar con paso firme hacia un control exhaustivo y una mercantilización de la vida contemporánea. Es significativo el caso de la aplicación de las nuevas tecnologías inteligentes en las ciudades. Morozov (Bielorúsia, 1984), que actualmente trabaja en un nuevo libro sobre el espacio público, criticó la aplicación infundada de la política de las smart cities. “Debemos darnos cuenta que tras el concepto de smart city hay una ideología muy concreta: la del consumismo”, dijo el investigador. “Tenemos que afrontar este cambio tecnológico siendo consciente de lo que queremos y de lo que no queremos y por eso hay que politizar este debate, de modo que no perdamos por el camino los valores que nos importan”, aconsejó.

Su teoría del solutionism explica cómo esta ideología tras la tendencia creciente de hacer inteligentes las ciudades sólo obedece a una lógica de eficiencia económica y, sin duda, la mayoría de nuestros problemas pasan con más frecuencia por cuestiones de principios y valores que no por la tan deseada optimización de los sistemas. Porque son estos valores los que definen la ciudad de manera definitiva, los que la hacen democrática y tratan de incluir a los ciudadanos en sus instituciones. Y por los cuales deberíamos preocuparnos a nosotros mismos cuando los dejamos de lado en pro del crecimiento económico, exclamaba Morozov.

El bieloruso nos recordaba que normalmente son empresas privadas americanas de Silicon Valley las que se embolsillan cantidades ingentes de dinero público con la implementación de esta supuesta inteligencia en las ciudades, una inteligencia que ahora creemos que será la solución a todos nuestros problemas y también “a aquellos problemas que nos quieren hacer creer que son los nuestros, decía Morozov, porque “el neoliberalismo nos responsabiliza individualmente de problemas colectivos para incrementar el consumo”. Como si de la panacea se tratase, queremos solucionarlo todo con unas gotas de tecnología presuntamente inteligente, en lugar de afrontar y pensar sobre las causas y los orígenes de estos problemas.

“Es necesario que esté en nuestra agenda el especial impacto que tienen las tecnologías sobre la sociedad”. Así mismo, añadía Morozov, la apertura de la ciudad democrática tiene que ser replanteada constantemente para evitar ver afectados sus pilares constituentes: si permitimos una tecnología que sea capaz de manipular nuestras formas de vida según la conveniencia de unas pocas empresas privadas, toda libertad, creatividad, disención o ambigüidad genuinas de la ciudad se verán fatalmente afectadas. Cuando nos damos cuenta de este hecho, dijo Morozov, nos surje de inmediato la pregunta de si es necesaria la tecnología cuando el modelo de ciudad ha sobrevivido miles de años sin ella.

Parece que para el investigador la tecnofobia tampoco es la solución. Las nuevas tecnologías facilitan la vida en las ciudad. Incluso la acumulación de datos mediante cámars, sensores e identificadores podria ser un hecho positivo si fuese de libre acceso. En cambio, pueden devenir un peligroso material para todos si caen en manos de pocos. Morozov rememoró cuál fue el primer uso de estos datos recogidos en diversas ciudades de América en los 60: predecir cuándo surgirían protestas y disturbios para poder frenarlos con más eficiencia. Ahora, a diferencia de esa época, llevamos encima aparatos conectados a nuestras identidades y por ello podemos ser fácilmente registrados en sistemas que mal utilizados generen segregación social. El investigador nos lo ilustró con un claro ejemplo, y es que en el año 2010, los manifestantes de una protesta en Bielorusia recibieron mensajes de texto en el móvil con amenazas a modo de estrategia de disuasoria. También ejemplificó este caso poniendo sobre la mesa (metafóricamente) las polémicas Google Glass, que podrían manipular qué vemos y qué no vemos con tal de decidir dónde podemos entrar y de dónde quedamos excluídos, a quién vemos y a quién no.

“Tenemos el derecho ciudadano y democrático de poder escoger libremente aquella tecnología que encontramos más adecuada para nuestra ciudad, la más abierta y la más franca, y no aquella que se nos impone y está pretederminada para nostros porque cumple unos parámetros de eficiencia económica deseables”, sentenciaba Morozov, que finalizó la conferencia reivindicando el poder del civismo, “capaz de encontrar mejores soluciones que las propias empresas de Silicon Valley”, civismo que nunca debería dejarse recompensar en ejercicio de su virtud.

Judit Carrera presentava ayer por la tarde el ciclo de debates Ciudad Abierta, en un formato con cierta tradición en el CCCB que tiene la voluntad de reflexionar alrededor de enclaves destacados de la vida contemporánea. Enmarcado este año en las celebraciones del Tricentenari BCN 2014 y en las del Premio Europeo del Espacio Público Urbano del CCCB, el título del ciclo tiene un significado ambivalente en su origen, explicava la directora del Centro de Documentación y Debate. Por un lado, en términos militares se conoce como “ciudad abierta” aquella ciudad que ha dejado de ofrecer resistencia tras ser sitiada. Y por otro, es precisamente esa rendición del cierre en favor de la apertura que se entiende como una característica esencial de la ciudad, una parte fundamental que posibilita la democracia y la libertad y que propicía el pluralismo, mediante la inclusión de la diferencia y la disención dentro de su existencia más específica.

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