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Caminar y aprender muchas Barcelonas

Jordi Corominas i Julián

Hace ya casi un año apuntábamos en estas mismas páginasla necesidad de apostar por una Barcelona capaz de apostar de completar en las calles una relectura de su Historia. Hasta ahora la capital catalana, a diferencia de muchas otras grandes ciudades europeas, destacaba por la ausencia de información al aire libre para permitir conocer a turistas y habitantes los dimes y diretes acaecidos durante siglos.

Entonces, cuando aun no gobernaba Ada Colau, criticábamos la parquetematización y el contagio derivado del Procés con el Centre Cultural el Born como punta de lanza. Ahora, a partir del primer impulso de Xavier Domènech y la consolidación que significan las ideas de Ricard Vinyes, parece que las tornas cambian para llegar a un puerto mucho mejor.

Que el antiguo mercado tan sólo sirviera para reivindicar el origen de los males que los políticos nacionalistas cifran en 1714 rozaba lo absurdo. Si se lee con atención el punto de partida de reivindicaciones a partir del mapa barcelonés entenderemos que cada época elige otra para apuntalar su mensaje.

Cuando nació el Eixample Víctor Balaguer, de acuerdo con el espíritu de la Renaixença, optó por llenar el nomenclátor con el recuerdo del esplendor de la Corona de Aragón entre zonas pertenecientes a la misma y nombres ilustres de ese período. La iniciativa entroncaba con el espejo donde querían reflejarse los burgueses de esa segunda fundación de la ciudad una vez se derribaron las odiosas murallas y se pudo crecer por el llano hasta, en 1897, anexionar la mayor parte de los pueblos cercanos, de Gràcia a Sant Martí, de Horta a Sarrià, los últimos en agregarse.

Con la victoria franquista en la Guerra Civil la zona alta cobró protagonismo. A lo largo de las dos últimas centurias se ha producido un fenómeno muy curioso. La parte baja de la ciudad se nutre de placas que recuerdan a gremios y funciones. El Eixample recoge la ambición de los señores del siglo XIX y los barrios pijos rezuman aún en su callejero parte de la influencia de la dictadura.

Hemos asistido a la polémica madrileña sobre la temática con la desproporcionada lista de eliminaciones, que en clave barcelonesa puede dar mucho que hablar.

Empezamos con las calles borbónicasy proseguimos con las que aun conservan el ascendente del Régimen. Entre la terna de celebridades a discutir están Salvador Dalí, Josep Pla y Francesc Cambó. El primero parecía que iba a recalar al lado de la estación de la Sagrera. ¿Seguirá el actual Consistorio con esa intención heredada o lo rechazará? El segundo no merece ser eliminado.

De Pla se dice mucho y se sabe poco, quizá por su incesante escritura. Yo, que le idolatro como escritor, uno de los pocos que logra la magia de trenzar una frase genial página tras página, critico su labor de espía y sus furores falangistas, colaboró en Arriba, durante los primeros años de la posguerra, pero también sé de su posterior renuncia a partir del Viaje en autobús y sus impagables artículos en Destino, donde con mucho tino introducía criticas y abogaba por una abertura hacia Europa inconcebible en las altas esferas dictatoriales.

El caso de Cambó sin duda es el más complicado, aunque quizá, perdonen la contradicción, puede ser la tarea más sencilla. A lo largo del Procés, su nombre, tan fundamental para entender la Historia del Catalanismo, apenas se ha mencionado, sin duda por su colaboración en el golpe de Estado de julio de 1936. ¿Quitamos su horrible estatua y liquidamos el nombre de su avenida? Dejarlo tampoco sería un error porque un país debe asumir sus luces y sus sombras.

El principal acierto desde mi punto de vista es implantar en las calles el recuerdo de la Barcelona de los movimientos sociales, tan importantes entre 1835 y 1951, de las bullangues a la huelga de tranvías, aunque sabiendo la génesis de Barcelona en Comú no estaría de más señalar con precisión en paseos, calles, pasajes y donde sea los hitos del movimiento vecinal.

Introducir como referencias informativas para el paseante los puntos esenciales, por ejemplo, del Anarquismo barcelonés, de la propaganda del fet a la Setmana Tràgica hasta llegar al auge y caída de la CNT, era una tarea pendiente que anteriores gobiernos municipales quisieron, directamente, borrar del mapa, como demuestra la eliminación temporal en 2012 del nombre del passatge de la Canadenca, famosa fábrica que dio el pistoletazo de salida a la huelga de 44 días que propició por primera vez en la Historia de la Humanidad las ocho horas de jornada laboral.

Que el barcelonés camine y conozca me parece excepcional, como también me lo parece apostar por transformar el Born en un centro de Cultura y Memoria sin ceñirse a un solo aspecto. Mientras que, las estatuas franquistas, las mismas que en estos momentos estarán muriéndose de asco en el almacén que custodia tantas metamorfosis políticas, sigan con justicia en la oscuridad.

No como el proceso judicial derivado del atentado del carrer dels Canvis Nous de 1896, una trama anti obrerista que hizo recular a España, y así lo mostraron los periódicos europeos, a los tiempos de la Inquisición. La exposición que recordará el suceso en el Castell de Montjuic demuestra que este espacio maldito puede virar hacia una óptica positiva, porque acercar la Historia siempre es una victoria.

Quedarían en el tintero, por proponer que no quede, rememorar las supresiones franquistas de 1940. Pocos barceloneses saben que el Molino antes era rojo, que donde están los juzgados de la dictadura se ubicaba el Palau de les Belles Arts, lugar fundacional de la CNT, y que la estatua dedicada al Doctor Robert estuvo en plaza Universitat durante treinta años.

Son minucias significantes y ya sabemos que Roma no se construyó en un día. También requerirá tiempo, aunque ya se esboza una acción en torno al monumento dedicado al Marqués de Comillas, para reflexionar sobre la relación del esclavismo con Barcelona. Lo importante es que con la diversificación del espacio público a través de la Historia se apuesta por constatar de un modo didáctico y muy útil que no existe una Barcelona, sino muchas, y lo mismo podría decirse, aunque algunos no quieran entenderlo, del resto de Catalunya.

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